Detrás de los ataques contra Green Book

por Andre Damon
4 marzo 2019

La decisión de la Academia de Cine de darle el premio Oscar a Green Book (El Libro Verde) para la mejor película provocó el repudio iracundo de numerosos sectores de los grupos de poder políticos, universitarios y de reconocidos salones culturales.

Diarios estadounidenses como el New York Times, Los Angeles Times, Washington Post, y las cadenas de televisión ABC y NBC, coinciden en que la Academia cometió un error imperdonable, al otorgar su premio mayor a una cinta que pregona las supuestas opiniones “retrógradas”, raciales y de identidad étnica, de la gente que la produjo.

El crimen fundamental de esta película, dicen esos críticos, es el pensar que los prejuicios raciales son un problema social que se puede resolver mediante la educación, la razón y la empatía; que el odio racial no es una característica esencial de la humanidad.

La naturaleza del repudio hacia Green Book es fundamentalmente racista y de derecha. Proviene de capas de la clase media que consideran que fomentar la narración racista y los recelos raciales le convienen a sus intereses sociales, y del Partido Demócrata que presiente el peligro político que representa la unidad de la clase obrera.

Viggo Mortensen y Mahershala Ali en Green Book

En la película, Don Shirley (Mahershala Ali), un muy celebrado pianista de la música clásica y del jazz, contrata a Tony Vallelonga (Viggo Mortensen), un hombre italoamericano de clase trabajadora, como chofer y guarda espaldas en una gira musical a través los estados del Sur de EUA. Para Shirley, pianista de música clásica, la gira es un embate a la segregación racial. En su viaje se ve obligado a aguantar cientos de insultos, desprecios y abusos policiales. Tanto es así que acaba cancelando su último concierto porque no se le permite cenar con su público en el mismo restaurante.

Durante la gira, Vallelonga adquiere un respeto enorme hacia Shirley (“es como un genio”) y una estrecha amistad. El “doc” le enseña la música clásica y el jazz a este ex camionero de basurales. Le enseña a expresarse en cartas para tocarle el corazón a su esposa. Luego de que Vallelonga le da un puñetazo a un policía que lo insulta racialmente y por ser italiano, Shirley le explica sobre la necesidad responder a la opresión con dignidad y calma.

En cambio, Shirley está muy solo, muy deprimido. No encuentra su lugar en ninguna parte. “¡Mi propia gente no me acepta… no soy suficientemente negro; no soy suficientemente blanco; no soy suficientemente macho!”

Su amistad con Vallelonga le ayuda a Shirley derribar muchos de los muros personales que lo rodean; llega a valuar tanto la vida “de la clase obrera” como la “vida de los negros”.

“Es todo un cuento de amor”, dijo el director Peter Farrelly: “Es sobre como nos amamos, no obstante las diferencias entren nosotros, y como descubrimos nuestra realidad. Somos la misma gente.”

El éxito de Green Book se debe precisamente a que presenta a sus personajes tal como individuos, no como estereotipos raciales. Shirley es un genio artístico con gran cultura, invitado a estudiar en el Conservatorio de Leningrado a los nueve años de edad. Vallelonga no es un “hombre blanco” sino un hombre —cuyo gran corazón acompaña su falta de cultura.

Se trata de una cinta extraordinaria, con una comedia sofisticada de corazón; recuerda a Charlie Chaplin. Es una película “popular” en el mejor sentido de la palabra; se concentra en grandes ideales sociales y políticos, sin ínfulas de grandeza, en una forma que es accesible y atractiva para el gran público.

En cambio, la prensa opina que esa tierna recepción es un crimen.

El diario de Los Ángeles, el Los Angeles Times, insiste que la cinta es “insultantemente simplista y agresivamente comercial, una mierda autosatisfecha disfrazada de ramo de olivo.” Es una sorpresa que el crítico de ese periódico la condene por mercadear “la cansada idea de reconciliación racial”.

Sigue: “degrada la larga, bárbara y duradera historia del racismo estadounidense, convirtiéndola en un problema, en una fórmula, una ecuación dramática capaz de balancearse y resolverse”. O sea que, para él, el racismo es un problema sin solución, que nunca se puede vencer.

Para Brooks Barnes del New York Times, la cinta es “tristemente retrógrada y al borde del prejuicio”. En contraste, Barnes celebra Black Panther (Pantera Negra), una exitosa cinta de super heroes, que glorifica a Wakanda, un etnoestado mítico.

Al igual que todo lo que sale de los Marvel Studios, Black Panther es una basura, cualquiera sea el origen étnico de sus actores y productores. También conlleva un mensaje fascista. El diario de la capital estadounidense Washington Post comenta: “los nacionalistas blancos abrazan a Black Panther, el exitazo de Marvel Comics, con el objeto de fomentar, en los medios cibernéticos, la idea que los Estados-naciones deben basarse en grupos raciales”.

Black Panther

También contrastan a Green Book con Blac Kk Klansman (El infiltrado del KKKlan) de Spike Lee, un drama policial que se basa en trillados estereotipos raciales. En congruencia con Black Panther, las ideas de Spike Lee son un reflejo de las de los racistas de la extrema derecha. Según John David Washington, el protagonista principal de BlacKkKlansman, David Duke, antiguo líder del Klu Klux Klan ha dicho “siempre he respetado a Spike Lee”.

Todavía es temprano intentar explicar las fuerzas sociales que empujaron la decisión de la Academia de rechazar la campaña racista contra Green Book, que se destilaba por varios meses. Una serie de entrevistas con electores de la Academia publicadas en el New York Times, nos da una pista. “Uno de ellos, un ejecutivo cincuentón de cine, admite que su apoyo por Green Book está enraizado en la ira [ira, en el lenguaje del New York Times, significa indignación hacia sus ideas]. Indicó que estaba cansado de que le dijeran que películas le debían gustar o no gustar.”

Sobre Black Panther, otro “avinagrado elector de avanzada edad, comparó esta cinta de súper héroes con ‘la porquería que sale de los basureros detrás de los restaurantes de comida al paso’”.

Para el Times, esa idea —que las cintas no deben ser elegidas en base a consideraciones raciales— evidencian que hay que reeducar a la Academia. Un “profesor de estudios de cine y mediáticos… enfocado en la cultura popular y las razas” le dijo al periódico que “vemos algunos cambios, pero no ha ocurrido una transformación completa”.

¿Qué “transformación” desea el Times para la Academia?

Primero que la condición para los premios a obras de cine sea el esencialismo racial, los estereotipos, la reacción política y las porquerías artísticas que fluyen de todo eso, vedando las cintas que presentan relaciones humanitarias entre gente de diferentes etnias.

Esa metamorfosis crearía una prueba racial para las obras de cine, que recibirían premios, no en base a la calidad de las cintas, sino en base al color de la piel de la gente que las produjo.

¿Hacia dónde vamos con todo eso? ¿Por qué no crear dos academias y dos tipos de premios —para la mejor cinta “negra” y para la mejor cinta “blanca”? ¿Por qué no ir más allá del cine? ¿Por qué no tener escuelas y universidades separadas? ¿Por qué no tener bebederos separados?

La plaga del racismo ha infectado a importantes capas de la clase media adinerada, a sectores dominantes de los grupos políticos de poder, de las universidades, y de la crítica cultural oficial. El diez por ciento más rico de la sociedad, que recela la tremenda riqueza de la oligarquía financiera y que también teme a las masas, considera a la política racial y de identidades como herramienta para avanzar sus intereses, no sólo contra los de arriba, sino, principalmente, contra los de abajo.

La política del racismo en la actualidad adquiere enorme significado político. Se convierte en la principal estrategia electoral del Partido Demócrata, que más que nada teme todos los intentos de unir a obreros de diferentes nacionalidades en una lucha coordinada.

(Publicado originalmente en inglés el 26 de febrero de 2019)