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Perspectiva

‘Trotsky’ de Netflix: una combinación tóxica de fabricaciones históricas y antisemitismo

Netflix está presentando a su audiencia global una serie virulentamente antisemita, Trotsky, la cual estuvo originalmente producida por el Estado ruso en 2017.

Esteban Volkov, el nieto de Trotsky de 93 años, recientemente denunció la serie como un “asalto político enmascarado como un drama histórico” y “una justificación del asesinato del ‘monstruo’ llamado Trotsky”. La edición latinoamericana del diario español El País, describió la serie como un “segundo asesinato de León Trotski” y rechazó el retrato del revolucionario “como un sádico, un completo traidor, como una marioneta”.

Lo que presenta Netflix no es historia. Ni siquiera es una ficción artística de la historia, en la que se tomaran la libertad de ciertos cambios por propósitos legítimos para su dramatización. La serie de Netflix es una falsificación histórica monstruosamente reaccionaria. No hay ni una sola escena que busque presentar eventos históricos con un grado de precisión. La mayoría de las escenas son fabricaciones grotescas. Ningún personaje, mucho menos León Trotsky, se asemeja a la figura histórica que la serie presume representar.

Para plantear el problema de la seria lo más directa y precisamente posible: Trotsky de Netflix es el filme más explícita e implacablemente antisemita presentado a una audiencia televisiva estadounidense e internacional. Es una incitación frenética de odio hacia los judíos. La inspiración para esta producción fueron Los protocolos de los sabios del Sion, la notoria falsificación antisemita producida en Rusia previo a 1917, que dizque documentaba una conspiración judía e internacional para conquistar el mundo.

La representación de todos los personajes judíos en la película, comenzando por Trotsky, se basa en estereotipos maliciosos y antisemitas. Están sedientos de sangre, son unos fanáticos arribistas, carentes de toda piedad humana, odian a las masas empobrecidas y tienen una insaciable hambre de poder. También están obsesionados con el sexo. La mayoría de los personajes judíos son denigrados en escenas semipornográficas, una herramienta de difamación antisemita bien conocida de la propaganda ultraderechista rusa y de los nazis.

Las Revoluciones rusas de 1905 y 1917 son presentadas como el resultado de una conspiración judía financiada desde el exterior. El origen de la Revolución de 1905 es un pacto criminal entre Trotsky y Alexander Parvus, quien obtiene fondos del Gobierno alemán. La Revolución de Octubre de 1917, el levantamiento social más monumental en la historia, es retratado como un “golpe de Estado” orquestado por Trotsky con la ayuda de dos otros líderes famosos del bolchevismo que también eran judíos: Lev Kámenev y Grigori Zinóviev.

Trotsky de Netflix

Trotsky es una figura demoniaca que se regodea en la muerte y la destrucción. Parvus, un importante teórico marxista, no tiene otra motivación más que su insaciable codicia, apareciendo como una caricatura del conspirador avaro familiar de los filmes de propaganda antisemitas durante el periodo nazi.

Lenin es presentado como poco más que un matón que termina siendo víctima de la conspiración de Trotsky.

La serie sugiere que Trotsky solo le cede el poder a Lenin para garantizar el éxito de su búsqueda de poder mundial por medio de la revolución socialista mundial. En una conversación completamente inventada con Frank Jacson, su futuro asesino, Trotsky argumenta que le dio el poder a Lenin porque “un gobernante judío nunca se podría quedar en el poder en Rusia por siquiera un mes” y para alcanzar “mi verdadera y auténtica meta”. Jacson responde: “Sí, sí lo sé. Azuzar las llamas de la revolución mundial”. Trotsky prosigue: “Y como dictador de Rusia solo me hubiera ensuciado las manos. El camino hacia el poder no siempre es seguir adelante. Necesitas poder detenerte y esperar”.

El Trotsky de la grabación no siente nada más que desdeño hacia el pueblo ruso. En una escena común, Trotsky le dice a su compañera, Natalia: “El pueblo es una mujer débil. El pueblo tiene una psicología femenina”. Natalia responde: “No entiendo cómo puedes hablar con tanto desprecio por la gente por cuyo futuro, según entiendo, estás luchando”. A esto, Trotsky replica: “¿Merece algo más que desprecio un pueblo que ha sufrido una tiranía por décadas?”.

En otra escena durante la Guerra civil, Trotsky está implantado en el Kremlin conspirando la exterminación de la población rusa. “Estamos creando un futuro en el que por mucho no nos llevaremos a todos. Digamos, 30, 50 o 70 por ciento de la población morirá, pero el resto vendrá con nosotros al comunismo… La crueldad [que emplearemos] será de proporciones bíblicas… Este es el nacimiento de un mundo nuevo”.

La única figura comprensiva en el filme es el asesino de Trotsky, el agente estalinista Jacson (Ramón Mercader). Es retratado como alguien que ha emprendido una noble lucha contra Trotsky, haciendo creerle al espectador que Trotsky es un verdadero demonio. En una escena, los ojos de Trotsky se vuelven completamente negros. En caso de que el espectador no haya comprendido el punto, Mercader dice sobre Trotsky, “Él es literalmente el diablo. Me succiona el alma poco a poco, cada día”. Al final de la serie, el asesinato de Trotsky es presentado como un acto legítimo de autodefensa por parte de Mercader.

Uno podría citar incontables fabricaciones indignantes, por no hablar de perturbadoras. La serie consiste en una fusión entre elementos histéricamente anticomunistas, ideologías oscurantistas de la Iglesia ortodoxa y un virulento nacionalismo ruso.

La serie despide el hedor del antisemitismo homicida difundido por los elementos más reaccionarios en Rusia antes de la Revolución de 1917 y la Guerra civil. A fines del siglo diecinueve y a principios del veinte, Rusia vivió sus pogromos antijudíos más mortales. El régimen zarista venía en el antisemitismo una poderosa arma ideológica en contra de la creciente amenaza de una revolución socialista. Las Centurias negras, encabezadas por Vladimir Purishkevich, fue solo la más prominente de las fuerzas antisemitas movilizadas como tropas de choque contra el movimiento socialista.

La Revolución bolchevique y la victoria posterior de la clase obrera durante la Guerra civil rusa conllevaron obligó a muchos de los principales ideólogos del antisemitismo zarista a exiliarse en Alemania, donde representaron un importante papel en promover una forma letal de odio contra los judíos que influenció sustancialmente al que sería el movimiento nazi. Como lo ha documentado extensamente el historiador Michael Kellogg en su libro, The Russian Roots of Nazism (Las raíces rusas del nazismo), los futuros líderes del Tercer Reich basaron en gran parte sus formulaciones en “las concepciones conspiratorias y apocalípticas de los emigrados blancos sobre la población judía internacional como una fuerza maléfica que procuraba dominar el mundo por medios ruines”.

El mentor político de Hitler, Dietrich Eckart le presentó por primera vez en 1919 Los protocolos de los sabios del Sion. Eckart, como lo documenta Kellogg, “lamentaba que el ‘judío Trotskii’ presidiera un ‘campo de cadáveres’ que una vez fue la Rusia imperial. Comentó disgustado: ‘Oh, qué sabios son ustedes hombres del Sion’” [ The Russian Roots of Nazism: White Émigrés and the making of National Socialism 1917-1945, Cambridge University Press, 2005].

Trotsky de Netflix pudo haber sido producida si ningún cambio bajo los auspicios del régimen nazi. Es más, el hecho de que la producción de esta basura antisemita fuera patrocinada por el Gobierno de Putin evidencia el carácter fundamentalmente reaccionario de un régimen que gobierno en nombre de oligarcas criminales y teme desesperadamente el resurgimiento de un movimiento revolucionario socialista en Rusia.

Dado el carácter virulentamente antisemita de la serie Trotsky, se podía asumir que habría una tormenta de protestas contra la distribución y promoción del filme por parte de Netflix. Pero ese no ha sido el caso. A pesar de las campañas diarias denunciando como antisemita cualquier palabra crítica sobre el brutal trato del Estado israelí hacia el pueblo palestino, Trotsky de Netflix recibe aprobación. Las pocas reseñas en la prensa capitalista de EUA y Europa que han aparecido no han hecho referencia al explícito antisemitismo del filme. Ni siquiera han llamado atención a las innumerables fabricaciones. El New York Times no ha publicado ninguna.

En una reseña publicada el 20 de febrero, Luke Johnson del Washington Post, señala sin quejarse, “El show lo muestra a él [Trotsky] como atrevido, letrado y extranjero, leyendo Freud en París y yendo a una fiesta estimulada por cocaína, pero a fin de cuentas violento y destructivo”. A Johnson le causó gracia que, en una muestra del filme en Cannes en 2017, el productor ruso, Konstantin Ernst, buscó promover la seria a posibles compradores, “comparando graciosamente las hazañas sexuales de Trotsky con la conducta inapropiada de Harvey Weinstein”.

La falta de denuncias del filme de Netflix, ni hablar de la falta de demandas de que se elimine del listado de la empresa, no se limita a la prensa. Ninguna organización judía ha emitido una protesta. El World Socialist Web Site intentó conseguir una declaración de la Liga Antidifamación (ADL, por sus siglas en inglés) pero no recibió ninguna respuesta. Con pocas excepciones, los académicos más prominentes han mantenido silencio.

¿A qué se debe esta indiferencia hacia la presentación de un filme viciosamente antisemita a una audiencia masiva?

En primer lugar, el clima cultural y político de esta indiferencia es el producto de décadas de falsificaciones históricas. En particular, la demonización de Trotsky, incluyendo el uso de caracterizaciones recurrentes antisemitas, ha sido desarrollada por académicos occidentales desde 1991. En sus libros sobre Trotsky, tanto Ian Thatcher (Universidad de Ulster) como Robert Service (Universidad de Oxford) se referían constantemente a Trotsky como “Bronstein” (el nombre original de la familia de Trotsky que nunca utilizó) como forma de subrayar sus orígenes judíos. Service incluso cambio el primer nombre de Trotsky de “Lev” a “Leiba” (una forma del idioma yiddish que Trotsky ni sus papas utilizaron). Describió a la familia de Trotsky como “judíos osados” y acusó falsamente a Trotsky de intentar ocultar el nivel de riqueza de su padre. Describió a Trotsky como “impulsivo en su inteligencia, franco en sus opiniones… Trotsky exhibía estas características a un mayor grado que la mayoría de los otros judíos… Pero, no era el único judío que disfrutaba visiblemente las oportunidades para autopromocionarse en público”. Service señala que su “verdadera nariz no era ni larga ni curvada”.

En segundo lugar, bajo condiciones de una crisis política cada vez más profunda, se teme acerca de un mayor interés en el socialismo revolucionario. Las élites dirigentes y sus agentes en la prensa y la academia están respondiendo a esta amenaza. Las mentiras históricas, como escribió Trotsky, son el cemento ideológico de la reacción.

El antisemitismo y todas las formas de racismo se basan, en última instancia, en la falsificación de la historia. Se debe oponer. Sin duda, hay innumerables historiadores que saben muy bien que Trotsky de Netflix es una compilación de mentiras y fabricaciones. Es tiempo de que lo denuncien públicamente y registren su protesta.

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional y el World Socialist Web Site condenan este filme como un ejercicio depravado de falsificación histórica y propaganda antisemita y antisocialista. Exigimos que Netflix retire esta serie de su red internacional.

(Publicado originalmente en inglés el 8 de marzo de 2019)

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