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Organización Internacional de Trabajo documenta mayores ataques contra salarios

Un reporte emitido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ayer muestra que la tasa de participación de los trabajadores en el ingreso global ha caído “sustancialmente” durante las últimas dos décadas ante una transferencia sistemática de riqueza hacia el capital y los ingresos más altos.

Globalmente, la participación de los trabajadores en el ingreso nacional se redujo de 53,7 por ciento en 2004 a 51,4 por ciento en 2017. Mientras que el porcentaje que va al capital aumentó de 46,3 por ciento a 48,6 por ciento. Esto es parte de una tendencia continua que solo se interrumpió temporalmente por la crisis financiera global de 2008-09.

Sin embargo, la redistribución general de riqueza del trabajo al capital es solo una parte del reporte.

Uno de los hallazgos más significativos en el reporte es cómo se ensancha la desigualdad social. Los ingresos están siendo bombeados hacia los niveles más altos a expensas de los trabajadores con ingresos medios, definidos como el 60 por ciento intermedio. Su tasa de salarios totales cayó de 44,8 por ciento en 2004 a 43 por ciento.

El reporte describe esto como un hallazgo clave: “Los datos muestran que en términos relativos, los aumentos en los ingresos laborales más altos están asociados con las pérdidas para todos los demás, con una caída en el porcentaje de ingresos yendo a los trabajadores de clase media y clase baja”.

Esto es particularmente cierto en las economías más grandes. “En varios países de altos ingresos”, indica el reporte, “la evolución de la distribución de ingresos laborales entre 2004 y 2017 sigue un patrón como un ‘palo de hockey’: pérdidas sustanciales para la clase media y media-baja y grandes ganancias para los de arriba. Este patrón es discernible, entre otros países, en Alemania, Estados Unidos y Reino Unido”.

Este patrón de grandes ganancias para los mayores ingresos, acoplado a pérdidas para gran parte del resto de la distribución de ingresos, fue particularmente visible en Reino Unido, donde el reportó descubrió que las mayores pérdidas fueron entre los percentiles 7 y 50, mientras los aumentos para los más acaudalados fueron “más pronunciados” que en EUA y Alemania.

A una escala global, el reporte halló que el 10 por ciento en la cima recibió 48,9 por ciento de los salarios totales, el siguiente decil recibió 20,1 por ciento y el 80 por ciento inferior recibió 31,0 por ciento. El 20 por ciento al fondo solo vio 1 por ciento de los ingresos laborales totales.

Comentando sobre el reporte, Roger Gomis, economista de la OIT, señaló: “La mayoría de la fuerza laboral global soporta remuneraciones impactantemente bajas y para muchos tener un trabajo no significa tener lo suficiente para subsistir. El pago promedio de la mitad inferior de los trabajadores del mundo es de solo 198 dólares por mes y el 10 por ciento más pobre tendría que trabajar más de 300 años para ganar lo mismo que el 10 por ciento más rico gana en un año”.

Un número de factores han influido en crear esta situación. En primer lugar, los datos de la OIT son otra confirmación del análisis de Karl Marx, denunciado por los economistas burgueses por décadas, de que la lógica objetiva esencial del modo capitalista de producción es la acumulación de una riqueza masiva en un polo y pobreza y miseria en el otro.

Esta lógica ha sido reforzada por políticas llevadas a cabo por Gobiernos e instituciones financieras por todo el mundo, particularmente desde el estallido de la crisis global financiera de 2008.

La inyección de billones de dólares en el sistema financiero a fin de impulsar el valor los precios de las acciones y otros activos financieros ha sido uno de los mecanismos principales para transferir riqueza hacia lo más alto de la escala de ingresos. Gran parte del aumento en la remuneración del 10 por ciento más rico se deriva de los ingresos cada vez mayores de aquellos en las operaciones especulativas de alto nivel en el sistema financiero.

Al mismo tiempo, los Gobiernos se han dedicado a mejorar esta redistribución de ingresos por medio de recortes fiscales que benefician a los sectores de mayores ingresos, siendo el último ejemplo la aprobación de importantes recortes fiscales para los ricos en el Parlamento australiano el jueves, con un apoyo bipartidista, siguiendo los pasos del Gobierno de Trump.

Sin embargo, el factor clave que ha facilitado este proceso ha sido el papel de las burocracias laboristas y sindicales, junto con los partidos socialdemócratas en suprimir la oposición de la clase obrera. En todo el mundo, la caída en los salarios reales, documentada por el reporte de la OIT, ha estado acompañada por las acciones de los sindicatos, que han hecho todo lo posible para prevenir y acabar con la oposición.

Este no es meramente el producto del total servilismo y carácter traicionero de dirigentes sindicales individuales, a pesar de que abundan, sino que fluye de la naturaleza de los propios sindicatos, cuyas estructuras y orientación están arraigadas nacionalmente.

Su respuesta a la globalización de la producción y las finanzas durante las últimas tres décadas ha sido hacer que su “propia” clase capitalista sea más “competitiva internacionalmente” por medio de recortes en salarios reales y la imposición de cambios en las condiciones de trabajo para facilitar una mayor explotación. Consecuentemente han sufrido una transformación de organizaciones que alguna vez llevaron a cabo una defensa limitada de los salarios y las condiciones de los trabajadores dentro del marco del sistema de lucro, a los principales aplicadores de los dictados y las demandas del capital.

En llevar a cabo este rol, han contado con la asistencia y el empuje de todas las organizaciones pseudoizquierdistas, las cuales se han dedicado a promover la ilusión de que las luchas obreras deben ser dirigidas por medio de los sindicatos y que el cambio social solo puede venir por medio del Partido Demócrata en EUA o por medio de los partidos socialdemócratas en otros países.

Sin embargo, ha entrado un nuevo factor en escena. La ofensiva en marcha y cada vez más intensa de las élites gobernantes está provocando un resurgimiento de la lucha de clases, visto en las huelgas de docentes y educadores en EUA y todas partes, el movimiento de los “chalecos amarillos” en Francia, las huelgas salvajes en México, las huelgas contra el congelamiento salarial en Europa y las protestas de masas en el norte de África.

La cuestión crucial a la que se enfrenta este movimiento en crecimiento, aún en sus etapas iniciales, es el desarrollo de un programa y una perspectiva. Debe basarse, ante todo, en el entendimiento de que todas las problemáticas sociales grandes que enfrenta la clase obrera, reflejadas más claramente en el aumento de la desigualdad social, se derivan de una crisis sistemática del orden capitalista global.

Esto significa que solo pueden resolverse con un programa que es igual de sistemático, dirigido hacia la causa de raíz. Es decir, las luchas crecientes de los trabajadores en todo el mundo deben armarse con un programa internacionalista y socialista dirigido para derrocar el sistema de lucro, tomar el poder político en manos de la propia clase obrera, y la construcción del partido mundial de la revolución socialista para encabezar esta lucha.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 5 de julio de 2019)

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