Cincuenta años desde la llegada del hombre a la Luna

22 julio 2019

Hace cincuenta años —a las 4:17 p.m., hora norteamericana del este, el 20 de julio de 1969—, Neil Armstrong y Edwin (Buzz) Aldrin se convirtieron en los primeros hombres en llegar a la Luna. Una audiencia estimada en 650 millones de personas vio como ambos astronautas se bajaron del módulo lunar y se volvieron en los primeros seres humanos en poner un pie sobre otro cuerpo celeste en nuestro sistema solar.

Cuatro días después, Armstrong, Aldrin y Michael Collins completaron su misión con un chapuzón en el océano Pacífico, volviendo seguros a casa de su viaje de 387.000 kilómetros al vecino más cercano de la tierra.

Medio siglo después, la llegada a la Luna sigue siendo un logro científico, técnico y organizacional que ha marcado toda una época. Fue una muestra inspiradora de dos verdades poderosas que en la era actual están constantemente bajo ataque pro tendencias reaccionarias e irracionalistas, desde el fundamentalismo religioso al posmodernismo: 1) la razón humana es capaz de entender el mundo por medio del desarrollo del conocimiento científico sobre sus leyes y propiedades objetivas inherentes, y 2) empleando la tecnología humana basada en la ciencia y con un esfuerzo organizado socialmente, la humanidad puede aprovechar la naturaleza para sus propios propósitos.

Neil Armstrong dando los primeros pasos de la humanidad sobre la Luna. Crédito: Apolo 11, NASA

En comentarios entregados desde el espacio cuando Apolo XI se acercó a la Tierra en su viaje de regreso, antes de reingresar en la atmósfera de la Tierra, quizás el segmento más peligroso de la misión, Armstrong rindió tributo, primero que todo, a “todos los gigantes de la ciencia que precedieron este esfuerzo” y agredió “especialmente a todos aquellos estadounidenses que construyeron la nave espacial; que la construyeron, diseñaron, hicieron las pruebas y pusieron sus corazones y todas sus habilidades en dichas profesiones…”.

Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Faraday, Maxwell, Einstein: estos fueron los pioneros intelectuales de la llegada a la luna. Luego, les sigue el conjunto de ingenieros brillantes que resolvieron incontables problemas técnicos involucrando un proceso de siete etapas para viajar de la superficie de la Tierra a la superficie de la Luna y de regreso.

Como lo describió recientemente Charles Fishman en su libro sobre el Programa Apolo, en mayo de 1961, cuando el presidente John F. Kennedy llamó a llegar a la Luna antes de que se acabara la década:

NASA no tenía cohetes para enviar a astronautas a la Luna, ni computadoras lo suficientemente portátiles para guiar un cohete espacial a la Luna, ni trajes espaciales para utilizar en el camino, ni una nave espacial para que los astronautas aterrizaran en la superficie (ni hablar de un vehículo lunar para que se movilizaran y exploraran), ni una red de estaciones de monitoreo para conversar con los astronautas en ruta. El día del discurso de Kennedy, ningún ser humano había abierto una ventanilla en el espacio y había salido; ni habían estado en el espacio dos naves espaciales juntas o incluso habían intentado encontrarse en el espacio. Nadie tenía una idea real de cómo era la superficie lunar y qué tipo de vehículo sería necesario… (Charles Fishman, Un salto gigante, 2019, Simon & Schuster, p. 6).

La experiencia humana en el espacio exterior hasta ese momento había llegado a orbitar la Tierra. Esto fue alcanzado por el cosmonauta soviético, Yuri Gagari y un vuelo suborbital del astronauta estadounidense, Alan Shepard, en abril y mayo de 1961, respectivamente.

Una vez en marcha, el Programa de Apolo fue una experiencia social enorme, absorbiendo más de la mitad del gasto en investigación y desarrollo de Estados Unidos. Fue tres veces más grande que el Proyecto Manhattan, que creó la bomba atómica, diez veces la escala del esfuerzo requerido para construir el canal de Panamá. Fishman señala:

En los tres años con mayores contratos para Apolo, había más estadounidenses trabajando en la misión lunar que los que estaban luchando en Vietnam: en 1964: 380.000 contra 23.300; en 1965, 411.000 contra 184.300; en 1966, 396.000 contra 385.300. Solo en 1967, el despliegue militar rebasó la fuerza empleada y contratada por NASA…

En los tres años de máxima contratación de NASA—1964, 1965, 1966—, NASA y Apolo eran más grandes en términos de planilla y contratistas que todas las compañías de la lista Fortune 500 excepto la número 1, General Motors, la cual tenía más de 600.000 trabajadores. NASA era más grande que Ford, GE, y US Steel (Ibid., p. 21).

Fishman calcula, “Cada hora de vuelo espacial requirió más de 1 millón de horas de trabajo en el terreno, un nivel asombroso de preparación”.

Una paradoja del Programa Apolo fue que la misma imperativa política que lo impulsó —el conflicto de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética— luego crearía las condiciones para su erosión y finalización. Al mismo tiempo, los enormes logros tecnológicos fueron, bajo el capitalismo, continuamente subordinados por las guerras y la destrucción

Los iniciales logros espaciales soviéticos, comenzando por el lanzamiento de Sputnik en 1957 y culminando en el envío del primer hombre al espacio, Gagarin, en 1961, fueron vistos por el imperialismo estadounidense como una amenaza mortal. Los misiles que pudieran poner en órbita satélites podían cargar armas atómicas.

Kennedy hizo campaña para la Presidencia en 1960 basándose en la “brecha de misiles” con la Unión Soviética. Pronunció un mensaje al Congreso pidiendo una llegada a la Luna solo un mes antes de la debacle humillante en la bahía de Cochinos, cuando una fuerza expedicionaria de exiliados cubanos respaldada por EUA fue derrotada y obligada a rendirse por parte del régimen de Castro respaldado por los soviéticos.

Kennedy y su vicepresidente, Lyndon Johnson, quien continuó el Programa Apolo después del asesinato de Kennedy en 1963, estaban interesados primordialmente en los beneficios políticos y estratégicos de la “carrera espacial” contra la URSS. La Luna fue una prioridad por razones puramente terrenales, sin nada que ver con el carácter histórico del esfuerzo ni su significado científico.

Imagen panorámica del Mare Tranquilitates de la Luna, el sitio de aterrizaje apodado Base de la Tranquilidad. Crédito: Neil Armstrong, Apolo 11, NASA

Las cifras comparativas de las planillas de la NASA y el despliegue de Vietnam son reveladoras: para 1967, las demandas de la escalada militar absorbieron tanto los recursos de EUA que tanto las reformas sociales iniciadas como parte del programa de la “Gran Sociedad” y la carrera a la Luna iniciadas por Kennedy comenzaron a sentir el efecto.

Más allá, una vez que se había llegado a la luna, dándole a Estados Unidos una enorme victoria propagandística ante la Unión Soviética, los líderes del imperialismo estadounidense perdieron interés. Todos los seis aterrizajes en la Luna se llevaron a cabo en un periodo de tres años, dentro del primer término de un presidente estadounidense, Richard Nixon. Después de 1972, sitiado políticamente por el escándalo de Watergate y enfrentándose a una derrota en Vietnam y una crisis económica global cada vez mayor, a su vez derivada del declive relativo del capitalismo estadounidense, Nixon degradó el programa espacial, rechazando propuestas de una base lunar permanente o viajes futuros. Sus sucesores también.

Esta historia sugiere otra paradoja: mientras que el Programa Apolo logró avances históricos en el uso de la tecnología que serían considerados hoy como primitivos, los enormes desarrollos científicos y tecnológicos de los últimos 50 años no han impulsado una reanudación de la exploración espacial del sistema solar o incluso la Luna.

El Computador de Navegación del Apolo (AGC, por sus siglas en inglés), el cual operó la nave espacial con instrucciones de los astronautas, fue el primer ordenador con circuitos integrados. Todas las computadoras previas tenían transistores, los cuales eran demasiado grandes y poco fiables para su uso en el espacio. El AGC tenía una memoria de 73 kilobytes, incluyendo solo 3.840 bytes de RAM, menos que un horno de microondas hoy. Los laser todavía eran el tema de ensayos de secundaria sobre su uso futuro, al no existir ningún aparato de laser comercial.

Apolo ayudó a desencadenar la revolución digital, particularmente con el desarrollo de la producción precisa de circuitos integrados, impulsando la fiabilidad de los microchips a un estándar de aviación de un fallo en 10.000 a un fallo en 312 millones para chips utilizados en las computadoras abordo y otros sistemas de NASA.

Los avances científicos y tecnológicos del último siglo han permitido a la NASA realizar logros extraordinarios en la exploración sin tripulantes, con sondas robóticas espaciales que han alcanzado todo planeta y han recopilado más información del sistema solar en los últimos 40 años que en toda la historia previa.

Una media Tierra sobre el módulo nuclear, mientras Buzz Aldrin y Neil Armstrong regresan al mando, piloteado por Michael Collins, finalizando la primera exploración humana de la superficie en la Luna. Crédito: Michael Collins, Apolo 11, NASA

Sin embargo, en cuanto a exploración espacial con tripulantes, los horizontes de NASA fueron degradados a operaciones cerca de la órbita terrestre. Todos los esfuerzos estaban enfocados en el Transbordador Espacial, útil para descargar satélites militares de vigilancia pesados en las órbitas apropiadas y construir la Estación Espacial Internacional. Después de los desastres del Challenger en 1986 y el Columbia en 2003, se terminó el uso de este vehículo reusable, basado en lo que era para ese momento tecnología sumamente anticuada.

Hoy día, los astronautas estadounidenses son llevados a la Estación Internacional Espacial en cohetes rusos, mientras que la construcción de un cohete estadounidense sigue en la mesa de planeación.

El resurgimiento en marcha de las actividades relacionadas con el espacio es producto de tensiones geopolíticas recrudecidas. Estados Unidos, Rusia, China, India, Francia, Reino Unido, e incluso Israel e Irán, todos están involucrados en mayores lanzamientos de misiles y satélites. Así como la “carrera espacial” de los años sesenta, esta está siendo impulsada por la competición directa entre potencias rivales que ven el espacio como el “terreno alto” para la próxima serie de guerras mundiales.

El Gobierno de Trump, como en todo otro ámbito, expresa esto de la manera más cruda. El mandatario anunció la creación de un brazo militar, la Fuerza Espacial, que operará inicialmente como una unidad de la Fuerza Aérea, pero claramente tiene previsto convertirse una institución militar importante por sí sola. La acción viola directamente el consenso internacional establecido en 1985, después del lanzamiento de Sputnik, de que el espacio no sería un escenario de operaciones militares. Todas las potencias capitalistas están rompiendo con este entendimiento, optando por desarrollar, por ejemplo, misiles para derribar satélites en los que dependen sus rivales para datos de posición global y otros apoyos para operaciones militares.

Como es usual con Trump, siempre hay dinero disponible para los pocos favoritos. Un puñado de compañías privadas están revoloteando para ofrecer sus servicios como subcontratistas para el nuevo impulso estadounidense hacia el espacio, buscando sacar partido de la nueva área de expansión en compras del Pentágono.

Incluso en la cúspide del Programa Apolo, existía una tensión inherente en el afán de lucro capitalista y la seguridad de la misión. Este oscuro chiste se le atribuye a varios astronautas, Alan Shepard, John Glenn o Gus Grissom: “Mi vida depende de 150.000 piezas de equipo, cada una comprada del proveedor más barato”. Grissom murió en un trágico incendio que mató a tres astronautas en enero de 1967.

Hoy día, la voracidad de este afán capitalista es más atrevido y pernicioso. El Wall Street Journal reportó el jueves sobre la nueva fiebre del oro inspirada por el llamado de Trump a una misión lunar para 2024 (antes de terminar un segundo término en el cargo). El Journal cita un asesor de una firma privada de inversiones espaciales, Rick Tumlinson de SpaceFund. “‘Si el Gobierno va a bombear miles de millones de dólares en un retorno a la luna’, dijo el Sr. Tumlinson, deberá promover iniciativas en el sector privada en el camino. ‘Si no lo hace, lo consideraré un fracaso, y también lo hará la historia’”.

Entonces, si la humanidad ha de regresar a la Luna, pero ninguna corporación saca ganancias, el esfuerzo es un fracaso. ¡Qué imputación tan tremenda del capitalismo, de la boca de uno de sus propagandistas!

Como todas las tareas históricamente progresistas, el avance de la humanidad en el espacio depende de la superación de todas las barreras erigidas por el sistema de lucro: la propiedad privada de los medios de producción y la división del mundo en Estados nacionales rivales y en competición. En otras palabras, depende del desarrollo de un movimiento independiente de la clase obrera mundial, basado en un programa socialista.

(Publicado originalmente en inglés el 20 de julio de 2019)

Patrick Martin