“1619” y el mito de la unidad blanca durante la esclavitud

Reseña literaria: Masterless Men: Poor Whites and Slavery in the Antebellum South, de Keri Leigh Merritt

por Eric London
3 octubre 2019

En agosto, el New York Times puso en marcha la iniciativa “1619”, con motivo del 400 aniversario del desembarco de los primeros esclavos africanos en lo que luego se convertiría en los Estados Unidos.

La premisa histórica de la campaña del Times es que los “blancos”, como raza, se beneficiaron económicamente, políticamente y socialmente de la esclavitud y que, incluso hoy, los trabajadores blancos —una “cesta de deplorables” irremediablemente racista, en palabras de Hillary Clinton— se siguen beneficiando de los privilegios creados durante la esclavitud. El plan no expresado es sembrar divisiones raciales entre los obreros y contener al movimiento creciente de la clase trabajadora.

En el artículo central de la serie, Nikole Hannah-Jones cita a un grupo de historiadores para afirmar que “los blancos estadounidenses, involucrados en la esclavitud o no, ‘tuvieron una considerable inversión psicológica y económica en la doctrina de la inferioridad negra’”. Sobre el mismo tema, Matthew Desmond escribe que el sistema de esclavitud “les permitió [a los trabajadores blancos] circular libremente y tener una sensación de legitimación””.

En realidad, los “hechos” en los que el Times basa su afirmación de que la esclavitud creó “privilegio blanco” oscilan entre medias verdades y falsedades absolutas. El libro Masterless Men: Poor Whites and Slavery in the Antebellum South [Hombres sin Maestría: Blancos pobres y esclavitud en el sur prebélico] (Cambridge Press—2017), de Keri Leigh Merritt, hace mucho para aclarar las cosas.

Masterless Men: Poor Whites and Slavery in the Antebellum South por Keri Leigh Merrit

Merritt es una investigadora independiente y su distancia con respecto al ambiente académico es un punto a su favor. Sureña y proveniente, según su descripción, de una familia pobre y de derecha, ella explicó que su objetivo es descubrir las raíces históricas del atraso social y la confusión política en el sur.

La gran mayoría de los blancos no obtuvo ningún beneficio social, político o económico del sistema de esclavitud. Por el contrario, Merritt explica:

En el capitalismo, la fuerza laboral era la mercancía del obrero. Por el contrario, en el feudalismo, como en la esclavitud, las clases dominantes eran dueñas, completa o parcialmente, de la fuerza laboral de las clases trabajadoras. El sistema se basaba en que las élites obligaban a las personas a trabajar, a menudo con violencia. En el sur esclavista, donde los trabajadores competían con la mano de obra maltratada y esclavizada, los obreros, legalmente libres o no, tenían poco o ningún control sobre su fuerza laboral. La rentabilidad y profusión del trabajo esclavo en las plantaciones redujo sistemáticamente la demanda de obreros libres, bajó sus salarios y neutralizó su poder de negociación, que generalmente no tenía valor (excepto en el caso de habilidades especializadas). En esencia, no eran obreros “libres”, sobre todo cuando podían ser arrestados y obligados a trabajar para el estado o para individuos.

Una visión exclusivamente racial de la esclavitud en el sur de EEUU es insuficiente para entender el carácter reaccionario del orden social que surgió sobre los cimientos podridos de la esclavitud. En la primera mitad del siglo XIX, una oligarquía basada en la esclavitud y el privilegio aristocrático impuso su régimen mediante el terror vigilante y una dictadura policial-estatal apuntada a toda la población no esclavista, tanto blanca como negra.

Una subasta de esclavos en el sur, Harpers Weekly

Esta clase esclavista, que se enriquecía con el comercio con las clases dominantes de la Europa aristócrata, amenazó con destruir los principios igualitarios y democráticos de la revolución de EEUU. La Secesión, efectuada por la oligarquía ante una amplia oposición entre los blancos pobres, fue una rebelión contrarrevolucionaria desde arriba contra el principio consagrado en la Declaración de Independencia de que “todos los hombres son creados iguales”.

La escuela racialista de falsificación histórica

Merritt comienza atacando el “mito” de que los blancos estuvieron unidos en la defensa de la esclavitud, una mentira creada por los representantes políticos de la esclavocracia, luego usada por los historiadores de la época de Jim Crow y hoy impulsada por el Times.

Ella se ocupa de la escuela de apologistas confederados de los agraristas de Tennessee, incluyendo al historiador Frank Lawrence Owsley, diciendo, “El sur de la preguerra, afirmó Owsley erróneamente, era indudablemente democrático en naturaleza. La esclavitud, afirmó él, fue beneficiosa para todos los blancos, más allá de la clase económica y el estatus social”. En cambio, la investigación de Merritt la lleva a concluir, “Se revela una de las falsedades más grandes y persistentes de la historia sureña: el mito de la unidad blanca respecto a la esclavitud”.

El sur de la preguerra se caracterizó por la desigualdad extrema, no solo entre los dueños de esclavos y su “propiedad” humana sino también entre los blancos. En 1850, dice Merritt, 1,000 familias de estados del algodón recibieron $50 millones por año en ingresos, en contraste con los $60 millones por año para las 66,000 familias restantes. También cita un estudio de Luisiana que descubrió que en 1860 el 43 por ciento de los blancos vivía en zonas urbanas, y que de estos habitantes el 80 por ciento eran obreros semicualificados o sin formación. Mientras tanto, la mitad de las familias blancas rurales no tenían tierras y la mitad de los que poseían tierras cultivaban menos de 50 acres. Merritt concluye que los blancos pobres constituían la gran mayoría de la población libre y señala que “solo se podría clasificar como clase media al 14 por ciento de los blancos del estado”.

En 1860, el 56 por ciento de la riqueza personal de EEUU estaba concentrada en el sur. En el cinturón de algodón de esa región, la riqueza en esclavos representaba el 60 por ciento de toda la riqueza, más incluso que el valor de la tierra. A medida que el precio de los esclavos subió en la década previa a la Guerra Civil, de $82,000 en 1850 a $120,000 en 1860 (en dólares de 2011), la concentración de la propiedad de esclavos en la cima de la sociedad sureña aumentó dramáticamente. La propiedad de esclavos estaba más allá del alcance económico de la mayoría de los blancos terratenientes.

Los blancos más pobres que poseían tierras fueron empujados a un terreno improductivo. Como dijo el periódico abolicionista National Era, “La esclavitud, con sus graves males sociales, los aleja del suelo más rico y los mantiene irremediablemente deprimidos y degradados en las colinas áridas”. Merritt escribe que un tercio de los blancos en el sur “no tenía nada más que ropa y pequeñas sumas de dinero en vísperas de la secesión”.

“La mano de obra esclava eliminó posibilidades de trabajo, redujo los salarios donde había empleo y obligó a los asalariados blancos a realizar el trabajo más degradado y peligroso, considerado ‘muy peligroso para la propiedad de negros’”, explica Merritt. Cuando los blancos intentaban hacer huelga, “se les recordaba constantemente que había miles de rompehuelgas negros fácilmente disponibles y esperando para ocupar sus lugares en caso de que pidieran mejores salarios o condiciones de trabajo más seguras”.

Merritt cita a Richard Morris, historiador de la Revolución estadounidense y una vez presidente de la American Historical Association, que escribió: “un segmento significativo de la fuerza laboral sureña de ambas razas operó en diversos grados de compulsión, legal o económica, en una zona crepuscular de esclavitud…[ellos] vivían en una tierra de sombras con un estatus que no era ni completamente esclavo ni completamente libre”.

Condiciones de vida de los blancos pobres y los esclavos en el sur de preguerra

A pesar de su libertad legal, escribe Merritt, “Esta grave estratificación económica entre amos y no amos implicó que, en términos materiales, los blancos sureños más pobres vivían de manera similar a los esclavos”.

Los blancos vivían en “chozas de un ambiente, hechas de troncos y barro”, generalmente sin ventanas. Tenían dificultades para viajar de un lugar a otro, a menudo en carros tirados por perros. Sin zapatos, la infección por anquilostoma era una inquietud constante, y el hambre era una amenaza. “No tener suficiente para comer era una preocupación constante para un porcentaje considerable de la población blanca”, escribe Merritt, citando a un esclavo que dijo, “Teníamos más para comer que ellos”. El esclavo escribió sobre sus vecinos blancos, “Eran personas tristes”.

Emigrantes de Carolina del Norte; Gente blanca pobre por James Henry Beard (1845)

Merritt cita al historiador Avery Craven, que “identificó varias similitudes entre las vidas materiales de los blancos pobres y los esclavos. Sus cabañas diferían ‘poco en tamaño o confort’, escribió él, ya que estaban hechas con troncos retorcidos y en general tenían un solo ambiente. Además, estas dos clases bajas ‘se vestían sencillo [y] andaban descalzos en verano… Las mujeres de ambas clases trabajaban en el campo o tenían la carga de otra tarea manual y los niños llegaron temprano a la edad de la responsabilidad industrial’. Incluso la comida que preparaban y comían, concluyó Craven, ‘era notablemente similar’”.

A menudo, los hombres blancos vivían alejados de sus familias durante meses, mientras recorrían el país buscando trabajo. “En contraste con las tasas bajas de divorcio de la clase alta”, dice Merritt, “las relaciones de pareja de los blancos pobres eran similares en algunos aspectos a las de los esclavos” debido a la falta de estabilidad económica.

Abolicionista Hinton Helper (1829-1909)

El alcoholismo y el analfabetismo eran muy altos. Hinton Helper, crítico sureño de la esclavitud, explicó que entre los blancos sureños, “Miles ... mueren a una edad avanzada, ignorando el alfabeto común como si no hubiese sido inventado”. Si bien en el norte había florecido un sistema extendido de educación pública con una “escuela común”, casi no había escuelas en el sur de preguerra. La reducción del acceso a la educación pública fue una medida deliberada para controlar socialmente a los blancos que se oponían de manera natural a la esclavitud. Como explica Merritt:

Más allá de que los medios fueran privar a los blancos pobres de sus derechos, mantenerlos sin educación y analfabetos, vigilarlos fuertemente y observar sus conductas, o simplemente dejarlos revolcarse en la pobreza cíclica, los fines eran siempre los mismos: la clase superior del sur siguió dominando la región, tratando de controlar una jerarquía cada vez más inestable. Los peores miedos de los esclavistas se hacían realidad a medida que crecían las filas de blancos pobres y descontentos. Como señaló un editorial de Carolina del Sur, el mayor peligro para la sociedad sureña no era ni los abolicionistas norteños ni los esclavos negros. En cambio, los dueños de carne debían tener cuidado con los hombres y mujeres sin amos en sus propios barrios—esta “clase servil de mecánicos y obreros, no aptos para el autogobierno, pero investidos con los atributos y poderes de los ciudadanos”.

La dictadura de la oligarquía esclavista

Para mantener el orden en condiciones de desigualdad social extrema, los oligarcas sureños sometieron no solo a los esclavos sino también a los blancos pobres a coacción física, terror paramilitar y vigilancia policial. La sociedad que gobernaban era un orden aristocrático en el que la Constitución era letra muerta.

Se estableció un código legal entero para vigilar a los blancos no dueños de esclavos. Se crearon las primeras fuerzas policiales y sistemas penitenciarios del sur “para imponer conformidad social y racial”, con una policía que “encarcelaba individuos por las infracciones más benignas. De hecho, el auge de la aplicación profesional de la ley cambió todo el sistema de justicia criminal”. En la preguerra fueron los blancos quienes llenaron las cárceles nuevas, ya que la propiedad negra era demasiado valiosa para ser eliminada de la mano de obra con el encarcelamiento. Los convictos blancos fueron sometidos a actos brutales con azotes públicos e incluso tortura con agua. Los dueños de esclavos prohibieron el comercio entre blancos pobres y esclavos y arrestaron a blancos sospechosos de entablar amistad o relaciones sexuales con los esclavos.

Los esclavistas armaron grupos de vigilantes, especialmente después del devastador Pánico de 1837, “en un esfuerzo por imponer la aquiescencia entre la población”. No estaban compuestos, como afirma el Times, solamente por “blancos”, sino más bien por blancos ricos. Merritt explica que estos grupos vigilantes eran:

Esencialmente bandas de esclavistas y propietarios que vigilaban las conductas y creencias de los blancos menos ricos. [El historiador Charles] Bolton describió a los blancos en la mira como aquellos “cuya propiedad o indolencia los convirtió en indeseables”. Los blancos sin esclavos se encontraron cada vez más en un mundo donde tenían que censurar cada enunciado y defender cada acción.

Bajo la dirección de este terror oligárquico:

Las mafias locales que linchaban y mataban a los blancos pobres abundaban en el período final de preguerra. La mayoría de los maltratados fueron acusados de algún tipo de abolicionismo—ya sea porque estuvieran repartiendo materiales de lectura, hablando con otros no esclavistas sobre los derechos de los obreros o simplemente porque fueran demasiado amigables con los afroestadounidenses.

Esto contradice la acusación general del Times de que “las patrullas de esclavos en toda la nación fueron creadas por blancos que tenían miedo a la rebelión”, que mostraron “la voluntad inquebrantable de nuestra nación de usar violencia contra personas no blancas”.

Lejos de ganar privilegios políticos con la esclavitud, los supuestos derechos de los blancos pobres estaban a merced de los amos. Podían ser encarcelados sin cargos, arrestados por “vagancia” e incluso ejecutados por delitos contra la propiedad, como robo y falsificación. Como señala Merritt, “a efectos prácticos, se anuló el debido proceso”.

Es revelador que a los blancos pobres se les prohibió leer literatura abolicionista y que podían ser ejecutados por participar del discurso político que amenazaba a los grandes dueños de plantaciones. A los blancos pobres se les prohibió votar lo que deseaban; sufragaban en voz alta ante la mirada de los observadores electorales y esclavistas que controlaban sus perspectivas de empleo y su crédito de la tienda.

Los blancos pobres a veces fueron subastados para servidumbre ante el incumplimiento de sus préstamos. Los niños blancos—incluidos el joven Abraham Lincoln y su sucesor presidencial, Andrew Johnson—también estaban “sujetos al contrato de servidumbre”, por decisión de sus padres pobres o de un juez que declarara a estos como “inmorales”.

Merritt explica que este “vínculo no era un acuerdo muy diferente de la esclavitud en muchos aspectos”, y en los años anteriores a la secesión un sector de los dueños de esclavos abogó por la esclavización de los blancos y de los negros liberados. Algunos blancos de piel más oscura fueron capturados y esclavizados. En los años 1850, quienes se encontraban en esta situación tenían que demostrar que no eran negros.

El surgimiento de la oposición blanca a la esclavitud en los años 1850

Marginados de las ganancias del sistema esclavista y sujetos a las condiciones dictatoriales del gobierno oligárquico, los blancos sin esclavos desarrollaron un profundo sentido de su posición de clase, explica Merritt—como lo hicieron los dueños de esclavos.

Ella hace referencia a los diarios privados y las declaraciones públicas de muchos esclavistas, como “Christopher Memminger, un rico esclavista charlestoniano, [que] decía que los obreros blancos—sobre todo los extranjeros—eran ‘la única parte de la que debe ser detenido el peligro para nuestras instituciones’. Los obreros blancos y pobres, que tenían que competir con obreros negros no remunerados o mal remunerados, ‘pronto levantarían el tono, llorarían contra el negro y serían abolicionistas ardientes—y cada uno de esos hombres tendría un voto’”.

Además, “A mediados de los años 1850, las grietas que siempre estuvieron detrás de la fachada de la solidaridad racial blanca finalmente se convirtieron en fisuras. Cuando llegó el Pánico de 1857 y la desigualdad económica siguió profundizándose, los esclavistas se dieron cuenta de que tenían que ser proactivos en la defensa de su propiedad y poder”.

A medida que la desigualdad creció y el sur se industrializó lentamente en la década de 1850 (hacia 1860 el 10.5 por ciento de los blancos en Alabama trabajaba en el sector industrial), las asociaciones sindicales emergentes comenzaron a celebrar reuniones y publicar declaraciones pidiendo la abolición de la esclavitud.

Merritt cita a un grupo de trabajadores en Lexington, Kentucky, que determinó que la esclavitud “degradó la mano de obra, enervó a la industria, interfirió con los empleos de los obreros libres, creó un abismo entre ricos y pobres, privó a las clases trabajadoras de educación y tendió a expulsarlos del estado”. Los obreros blancos concluyeron que “los derechos públicos y privados” requerían la “extinción definitiva” de la esclavitud.

Voto de secesión amañado por condado (1860)

Cuando los estados secesionistas realizaron convenciones y votaron por la desunión, Merritt explica que los obreros blancos y granjeros pobres votaron abrumadoramente en contra. Esto contradice la versión del Timesde que los blancos apoyaron activamente la esclavitud o que la consintieron silenciosamente —“generalmente aceptaron su suerte”, en la frase condescendiente de Matthew Desmond. De hecho, la secesión fue impuesta por los esclavistas en elecciones fraudulentas en un intento desesperado por salvar a su sistema esclavista de los republicanos del norte y de la posibilidad de desunión desde dentro. Se necesitaba una guerra que estableciera la esclavitud en el oeste (y quizás en el Caribe y América Latina) para apuntalar un orden de esclavos que se desmoronaba desde su interior. Los esclavistas se rebelaron para adelantarse a este movimiento desde abajo.

Desertores rebeldes que vienen dentro de las líneas de la unión, Harpers Weekly (1864)

Merritt escribe: “Más allá de sus profesiones, una cosa era clara. La Secesión, la Confederación y la Guerra Civil fueron, abrumadoramente, creaciones de una pequeña clase de estadounidenses: los esclavistas ricos y sureños”.

La falta de apoyo entre los blancos pobres al esfuerzo bélico confederado y la oposición activa desde abajo fueron factores importantes en el colapso militar del sur en 1864 y 1865, como explicaron David Williams en Bitterly Divided: The South’s Inner Civil War y Victoria Bynum en Free State of Jones, en el que se basó el filme homónimo de 2016.

La Reconstrucción, Jim Crow y el mito del “privilegio blanco”

El trabajo de Merritt refuta las afirmaciones del Times de que la esclavitud era una institución popular entre todos los blancos sureños y que todos los blancos obtuvieron privilegios especiales con la esclavitud. Estos argumentos, basados en distorsiones y mentiras, dejando de lado la evidencia contradictoria, son un reciclaje del mito segregacionista del sur sólido.

Pero Merritt afirma en la conclusión de su libro que, con el final de la Reconstrucción, los blancos pobres obtuvieron una posición privilegiada en la sociedad sureña en relación con los negros pobres. Ella escribe:

Los blancos pobres fueron parias en la época de preguerra porque no tuvieron un lugar real en el sistema esclavista y, por lo tanto, lo amenazaron realmente. Con la emancipación de los afroestadounidenses, los blancos pobres fueron incorporados al sistema de privilegio blanco, aunque en la parte inferior. Aun así, esta inclusión los puso por encima de los hombres liberados en la jerarquía social sureña, y obtuvieron ventajas legales, políticas y sociales basadas solamente en la raza.

No se puede criticar a la historiadora por finalizar su estudio con el final de la Guerra Civil. Las relaciones de clase y raza en el sur tras la Guerra Civil son un tema vasto y complejo. Sin embargo, luego de demostrar (al contrario del cuento moral del Proyecto 1619, del Times ) que los blancos pobres en el sur de preguerra no se beneficiaron con la esclavitud, Merritt afirma sin rodeos que sí lo hicieron después de la Guerra Civil. Es una conclusión desafortunada que no solo vicia su análisis previo. Es falsa y requiere una respuesta.

La Guerra Civil y sus mayores logros—la abolición de la esclavitud, la Decimocuarta Enmienda, etc.—representó un gran paso adelante para todos los trabajadores. Además, por un breve momento durante el período de “Reconstrucción Radical”, inmediatamente después de la Guerra Civil, hubo una gran mejora en la posición política de los esclavos liberados y los blancos pobres, quienes acudieron en masa al Partido Republicano.

Sin embargo, el Partido Republicano era un partido capitalista. Al llevar a cabo la “segunda Revolución estadounidense”, que incluyó la mayor incautación de propiedad privada en la historia universal antes de la Revolución rusa, aquel demostró ser mucho más firme en representar los intereses de la propiedad privada y las corporaciones ferroviarias que en defender los intereses y derechos de los esclavos libres. Las políticas radicales de la Reconstrucción fueron diluidas en los años 1870 y luego abandonadas por completo en el “Gran Compromiso” entre los demócratas del sur y los republicanos del norte en la disputada elección Hayes-Tilden de 1876.

En la reacción posterior, la antigua clase de dueños de esclavos, privada de su propiedad humana pero no de su tierra, siguió considerando que la división racial forzada era necesaria para mantener el orden social y defender los niveles extremos de desigualdad social. El mecanismo político mediante el cual lo consiguió fue, como antes, el Partido Demócrata, que supervisó un monopolio político basado en la segregación de Jim Crow—cuyo objetivo era la división total entre los trabajadores negros y los blancos.

Una escuela de Freedmen's Bureau

Merritt concluye que, si bien “amenazaron realmente” al statu quo bajo la esclavitud, los blancos pobres no amenazaron las relaciones de propiedad luego de la esclavitud porque “tuvieron un lugar” en la segregación sureña pos-Reconstrucción debido a su “privilegio”, en contraste con los negros. Ella no explica en qué consistió este supuesto “privilegio”, pero fue inexistente para los millones de sureños blancos subsumidos, junto a los negros, en el sistema de agricultura “crop-lien” conocido como aparcería.

Los sureños pobres tampoco se beneficiaron políticamente de la opresión extrema de los negros. A partir de los años 1890, la élite sureña impuso una serie de restricciones al voto que prácticamente le prohibió a los negros participar en las elecciones y que redujo drásticamente la participación de los blancos, como los impuestos al voto (tasas cobradas en el lugar de votación), pruebas de alfabetización y la “cláusula del abuelo”, que exigía a los votantes demostrar que sus abuelos habían sido ciudadanos votantes.

Familia de aparceros de algodón, por Dorthea Lange (1937)

En cuanto a las mejores sociales, el sur siguió siendo la región más atrasada del país, con pobreza masiva para ambas razas, infraestructura pobre, bajos niveles de alfabetización y baja expectativa de vida. En términos objetivos, los negros y blancos pobres siguieron siendo explotados por la clase dominante blanca del sur y, detrás de ella, por las compañías ferroviarias, los bancos y las corporaciones en el norte y el noreste. Como establecieron los historiadores C. Vann Woodward y Eric Foner, el racismo sureño de posguerra fue agitado desde arriba por una clase dominante sureña aterrorizada por el riesgo de que los blancos y negros pobres actuaran en función de sus intereses comunes.

Convención de nominaciones del Partido Popular (Nebraska 1890)

Nada de esto suaviza la realidad horrible de que miles de negros fueron linchados, que decenas de miles más fueron encarcelados y que los negros, como segmento entero de la sociedad sureña, se vieron obligados a tener una ciudadanía legal y social de segunda clase, en lo que fue, excepto en el nombre, un sistema de castas racial. El color de la piel fue una diferencia cualitativa en la vida de una persona sureña en la época de Jim Crow.

Pero la segregación no proporcionó a los blancos pobres beneficios políticos o sociales positivos, que condujeran a una mejora de sus niveles de vida. En términos económicos y políticos, la segregación racial redujo los salarios para todas las razas, redujo el gasto social en escuelas, hospitales y otros servicios sociales, y el retrógrado clima político y cultural predominante en el sur hasta mediados del siglo XX creó las condiciones para la hiperexplotación de los trabajadores blancos y negros que se prolonga hasta el presente.

Blancos y negros protestan por la segregación

En un sentido más amplio, más allá de lo que pensó individualmente una persona blanca y pobre (y el racismo no fue propiedad exclusiva de los ricos), el sistema segregacionista no proporcionó “privilegio” a la mayoría de los blancos porque la segregación bloqueó el desarrollo de un movimiento unido desde abajo, lo único que podía haber mejorado las condiciones de vida de todos los trabajadores y granjeros sureños.

Las raíces políticas y materiales de la ideología racista

Como mostró Woodward en su emblemático The Strange Career of Jim Crow, la segregación, y todo lo que esta implicó, tardó años en ser implementada. No fue sino hasta los primeros años del siglo XX que alcanzó toda su dimensión—la segregación casi total del espacio público, la supresión de derechos democráticos, la aplicación de la violenta “justicia sureña” y la turba de linchamiento para apuntalarla. Y llegó en respuesta directa a un movimiento político de blancos y negros pobres que representó una amenaza existencial para los herederos de la esclavocracia en “el nuevo sur”.

El desarrollo pos-Reconstrucción de la lucha de clases en EE.UU., incluyendo el sur, estimuló una tendencia poderosa, hacia la unidad y en contra de las corporaciones, entre los obreros negros y blancos y los granjeros pobres. Este proceso objetivo fue el que socavó orgánicamente la política racial de las élites demócratas sureñas. Ante la amenaza planteada por las alianzas de agricultores y los movimientos populistas del período pos-Reconstrucción, los blancos ricos, ayudados por los rompehuelgas en el Ku Klux Klan, afirmaron que los esfuerzos para movilizar a los pequeños granjeros y trabajadores contra los terratenientes y las corporaciones (especialmente en unidad con los aparceros negros) amenazó al sistema de “supremacía blanca”.

Woodward describe cómo miles de granjeros pobres, blancos y negros, colmaron los pueblos pequeños de Georgia a principios de los años 1890, viajando grandes distancias para escuchar al congresista Tom Watson declarar que el Partido del Pueblo se oponía al racismo y que “haría que la ley de linchamiento fuera odiosa para la gente”. Woodward escribió sobre el populismo sureño en su apogeo:

Bajo la tutela de Watson, las masas de blancos sureños aprendieron a ver al negro como un aliado político vinculado a ellos por lazos económicos y un destino común, en lugar de un fino sostén para su autoestima dañada en la forma de ‘supremacía blanca’. Aquí había una base de realismo político sobre la que podía construirse una estructura de democracia económica más duradera. Nunca antes, y desde entonces, las dos razas en el sur se acercaron tanto como durante las luchas populistas.

La ruptura catastrófica de esta alianza floreciente fue en gran parte el producto de la insatisfacción generalizada de los granjeros por la “fusión” corrupta del Partido del Pueblo con el Partido Demócrata, tanto en las elecciones de medio término de 1894 como en la elección en 1896 de William Jennings Bryan, agricultor de Nebraska, como el candidato presidencial del partido, quien previamente había asegurado la elección del Partido Demócrata. Este hecho, hipócritamente facilitado por el propio Watson, desinfló la ola populista y abrió un período de reacción amarga en todo el país. Esto debería ser una lección histórica para quienes argumentan que trabajar dentro de los límites del Partido Demócrata será beneficioso para las causas “izquierdistas”.

En el sur, el Partido Demócrata capitalizó el estado de ánimo de derrota para expandir drásticamente la segregación de Jim Crow y logró un gran avance en su esfuerzo de décadas para dividir a blancos y negros. En mayo de 1896, cuando la trama para la elección de Bryan estaba muy avanzada, la Suprema Corte dio cobertura pseudolegal a la doctrina de “separados pero iguales” con su infame decisión de Plessy contra Ferguson.

Tom Watson (1856-1922)

El historiador Robert Wiebe escribió que “el movimiento por Jim Crow revivió después de 1896”. Haciendo referencia al declive del populismo, Wiebe agrega:

La crueldad con que los granjeros y habitantes urbanos del sur atacaron al negro después de 1896 contó una historia sobre el fracaso de la comunidad … A esa persistente sospecha hacia los inmigrantes se sumó una teoría racial cada vez más elaborada, diseñada para abarcar a todas las personas, y la propagación de un antisemitismo frío y formalizado. Un miedo residual había encogido los límites exteriores del optimismo en todo Estados Unidos.

Tom Watson, como explica Woodward, se convirtió en un racista atroz, que se reincorporó al Partido Demócrata y enardeció notoriamente a la opinión pública contra Leo Frank, director de una fábrica, cuando este fue acusado falsamente por el asesinato de Mary Phagan, una niña blanca de 13 años, en Atlanta, en 1913. Watson llamó a Frank “judío libertino” y pidió su muerte en su periódico, la Jeffersonian, contradiciendo sus declaraciones anteriores al escribir, “la ley de linchamiento es una buena señal; muestra que la justicia vive entre las personas”. Una turba mató a Frank el 17 de agosto de 1915.

El linchamiento de Leo Frank, 17 de agosto de 1915

La degeneración política expresada por la transformación de Watson no era inevitable y no estaba predestinada por el racismo intrínseco o la “amargura” popular sureña por la derrota de la Confederación en la Guerra Civil. Esa posición tiene más en común con los historiadores de la Causa Perdida de lo que los promotores de “1619”, del New York Times, quisieran admitir. Una tendencia diferente fue expresada, por ejemplo, por Albert Parsons, editor anarquista y oriundo de Alabama, que de joven sirvió en el Ejército Confederado y luego fue colgado en Illinois, en 1887, tras la revuelta de Haymarket. Parsons escribió sobre su ruptura con la Confederación:

He hecho algunos enemigos. En los estados del sur mis enemigos eran quienes explotaban a los esclavos negros; en los del norte, quienes quieren perpetuar la esclavitud de los obreros asalariados.

Merritt cita la afirmación de Karl Marx en el volumen 1 de El capitalde que “El trabajo cuya piel es blanca no puede emanciparse allí donde se estigmatiza el trabajo de piel negra. Pero de la muerte de la esclavitud brotó enseguida una vida nueva y rejuvenecida”.

Albert Parsons (1848-1887)

La abolición de la esclavitud provocó un crecimiento masivo de la fabricación, sobre todo en las ciudades del norte, y abrió la posibilidad de grandes luchas revolucionarias de la clase trabajadora, que se manifestó rápidamente en la explosiva rebelión ferroviaria de 1877. Esa huelga fue testigo de manifestaciones poderosas de obreros blancos y negros en lugares como St. Louis, donde el Partido de los Trabajadores peleó por la unidad de los obreros de todas las razas en la lucha contra los barones del ferrocarril.

Karl Marx

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el sur atravesó una fuerte industrialización, que transformó a páramos agrícolas (como los estados de Georgia, Florida y Carolina del Norte) en el “cinturón soleado” de la fabricación y la producción. Este es un componente de un proceso global, en el que la integración internacional de la economía mundial transformó a China, el sudeste de Asia, América Latina, India e incluso a secciones de África en centros de la producción mundial, llevando a miles de millones de trabajadores al proceso de producción. En todo el mundo, las tradiciones de chovinismo racial y religioso están siendo socavadas por los desarrollos económicos objetivos y los avances en las comunicaciones y el transporte.

La Guardia Nacional de Maryland dispara a los trabajadores en huelga durante la huelga ferroviaria, Harper's Weekly (1877)

La tarea principal en la situación política presente es lograr la unidad de esta poderosa clase obrera internacional, más allá de la raza, la nacionalidad, el género, la orientación sexual o cualquier otra línea divisoria, en una lucha global y común contra el capitalismo. Esto requiere una pelea contra todas las formas de falsificación histórica, incluyendo los esfuerzos por retratar a la esclavitud estadounidense como un proceso que confirió a los trabajadores blancos un “privilegio” del que todavía se benefician. En última instancia, este argumento es otro capítulo en la larga historia de la clase dominante de EE.UU. de usar la raza para dividir y conquistar.

El libro de Merritt es una contribución crítica a esta pelea, ya que socava la afirmación de que los blancos pobres y de clase obrera se beneficiaron de la esclavitud. Cabe esperar que ella, junto con otros historiadores honestos, reconsideren la suposición de que aquellos fueron beneficiarios de la opresión racial de las leyes de Jim Crow.

(Publicado originalmente en inglés el 9 de septiembre de 2019)