La década de la revolución socialista inicia

4 enero 2020

La llegada del Año Nuevo da inicio a una década de intensificación de la lucha de clases y la revolución socialista mundial.

En el futuro, cuando los historiadores cultos escriban sobre los levantamientos del siglo veintiuno, enumerarán todas las señales “obvias” a inicios de la década de 2020 de la tormenta revolucionaria que pronto recorrería el globo. Los investigadores, con amplios hechos, documentos, gráficos, publicaciones en línea y redes sociales y otras formas valiosas de información digitalizada a su disposición, describirán la década de 2010 como un periodo caracterizado por una crisis económica, social y política irresoluble del sistema capitalista mundial.

Señalarán que, para el comienzo de la tercera década del siglo, la historia había alcanzado la situación prevista teóricamente por Karl Marx: “Al llegar a cierta etapa de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes o —lo que significa lo mismo en términos legales— con las relaciones de propiedad en las que han operado hasta ese momento. Estas relaciones pasan de ser formas de desarrollo de las fuerzas productivas a ser sus grilletes. Luego comienza una época de revolución social. Con el cambio de las fundaciones económicas, toda la inmensa superestructura se transforma más o menos deprisa”.

¿Cuáles fueron las principales características de los últimos diez años?

La institucionalización de los conflictos militares interminables y el aumento en el peligro de una guerra mundial nuclear

No hubo ni un solo día en la última década en que Estados Unidos no se encontrara en guerra. Las operaciones militares no solo continuaron en Irak y Afganistán. Se emprendieron nuevas intervenciones en Siria, Libia, Yemen y Ucrania. Incluso, al inicio del 2020, el asesinato del general mayor iraní, Qassim Suleimani ordenado por el presidente Donald Trump amenaza con desatar una guerra de plena escala entre EE. UU. e Irán, cuyas consecuencias son incalculables. El involucramiento del mandatario estadounidense en otro asesinato selectivo seguido por alardes sanguinarios refleja el grado de desenfreno de toda la élite gobernante.

Más allá, la adopción de una nueva doctrina estratégica en 2018 pregonó una enorme escalada en las operaciones militares de EE. UU. Al anunciar la nueva estrategia, el exsecretario de Defensa, James Mattis, declaró: “Continuaremos la campaña contra los terroristas que estamos combatiendo hoy, pero la competición entre grandes potencias, no el terrorismo, es ahora el principal foco de atención de la seguridad nacional estadounidense”. La nueva doctrina expuso el propósito esencial de lo que había sido llamada la “guerra contra el terrorismo”: el intento de mantener la posición hegemónica del imperialismo estadounidense.

Estados Unidos está decidido a defender esta posición sin importar el costo financiero ni las consecuencias para las vidas humanas. Como lo señaló el Instituto Internacional para Estudios Estratégicos (IISS, por sus siglas en inglés) en su Informe estratégico: “Por su parte, no es probable que EE. UU. le entregue a China una batuta estratégica, ni de manera voluntaria o renuente, ni después de algún tipo de batalla”.

Todas las principales potencias imperialistas intensificaron, durante la última década, sus preparativos para una guerra mundial y un conflicto nuclear. El presupuesto de un billón de dólares adoptado en 2019 por el Gobierno de Trump, con el apoyo del Partido Demócrata, es un presupuesto de guerra. Alemania, Francia, Reino Unido y todos los países imperialistas están expandiendo sus fuerzas armadas. Los que son el blanco del imperialismo, incluyendo las élites gobernantes en Rusia y China, entre amenazas de guerra y esfuerzos desesperados para forjar algún tipo de acuerdo.

Las instituciones desarrolladas tras la Segunda Guerra Mundial para prevenir otro conflicto global no funcionan. El Informe estratégico indica:

Las tendencias de 2018-19 han confirmado la atomización de la sociedad internacional. Ni “el balance de poder” ni “la gobernanza basada en normas internacionales” sirven como principios ordenadores. Las instituciones internacionales han sido marginalizadas. La rutina diplomática de las reuniones continúa, pero la competición entre esfuerzos nacionales, tan infrecuentemente coordinados con otros, importa más y es usualmente errática tanto en ejecución como en consecuencias.

El fin del “orden global basado en normas” —es decir, uno dependiente del dominio incuestionable del imperialismo estadounidense— pone en marcha una lógica política que lleva a la guerra. Como lo advierte Informe estratégico: “El derecho lo hace y mantiene la política. Cuando el derecho es incapaz de resolver disputas, es empujado de vuelta a la política para su resolución”. Para entender el “ámbito” al que se refiere el IISS, cabe recordar la famosa definición de la guerra elaborada por Clausewitz como la política por otros medios.

¿Y qué involucraría una guerra mundial moderna? El IISS llama atención a los planes para emplear armas nucleares. “Mientras tanto, EE. UU. y Rusia están modernizando sus arsenales y cambiando sus doctrinas en formas que facilitarán su uso, mientras que la disputa de Cachemira entre India y Pakistán sigue siendo un posible foco de uso de armas nucleares”. La imprudencia, al borde de la locura, que prevalece entre los políticos en el poder se pone de manifiesto en la postura cada vez más compartida de que el uso de armas nucleares tácticas es una opción factible.

El IISS escribe:

Lo único que se puede decir con una certeza razonable es que un intercambio nuclear limitado y regional tendría, en ciertas circunstancias, efectos ambientales globales y severos. Pero, en otras circunstancias, los efectos serían mínimos [subrayado nuestro].

La marcha hacia una Tercera Guerra Mundial que amenaza con extinguir la humanidad no puede ser detenida con llamamientos humanitarios. La guerra proviene de la anarquía del capitalismo y la obsolescencia del sistema de Estado nación. Por ende, solo se puede detener por medio de la lucha global de la clase obrera por el socialismo.

El desmoronamiento de la democracia

El extremo recrudecimiento de las tensiones de clases y la dinámica del imperialismo es la verdadera fuente del desmoronamiento universal de las formas democráticas de gobierno. Como escribió Lenin en medio de la Primera Guerra Mundial: “El imperialismo es la época del capital financiero y los monopolios, que engendran en todas partes aspiraciones de dominio, no de libertad. Independientemente del sistema político, el resultado de estas tendencias en todas partes es la reacción y la intensificación de antagonismos en este ámbito”.

El análisis de Lenin está siendo confirmado por el giro de las élites gobernantes en la última década hacia el autoritarismo y métodos fascistizantes de gobierno. La llegada al poder de personalidades tan criminales e incluso psicópatas como Narendra Modi en India, Rodrigo Duterte en Filipinas, Benjamin Netanyahu en Israel, Abdelfatah el Sisi en Egipto, Jair Bolsonaro en Brasil, Donald Trump en EE. UU. y Boris Johnson en Reino Unido es un síntoma de la crisis sistémica de todo el sistema capitalista.

Setenta y cinco años después del colapso del Tercer Reich, el fascismo está regresando en Alemania. El partido Alternative für Deutschland, un refugio para neonazis, emergió en la última década hasta convertirse en el principal partido de oposición. Su ascenso fue facilitado por el Gobierno de Gran Coalición, una prensa corrupta y académicos reaccionarios que minimizan con impunidad los crímenes del régimen de Hitler. Hay procesos similares en marcha por toda Europa, donde los líderes fascistas de las décadas de 1930 y 1940 —Pétain en Francia, Mussolini en Italia, Horthy en Hungría y Franco en España— están siendo recordados con nostalgia.

La década fue testigo del resurgimiento de la violencia antisemita y la cultivación de la islamofobia y otras formas de chauvinismo nacional y racismo. Se construyeron campos de concentración a lo largo de la frontera estadounidense con México para encarcelar a refugiados que escapan de América Central y del Sur, así como en Europa y el norte de África, como primera línea de la política antiinmigrante de la Unión Europea.

No existe ninguna tendencia progresista dentro de los partidos capitalistas. Incluso cuando se enfrentan a un presidente fascistizante, el Partido Demócrata se rehúsa a oponérsele con base en la defensa de los derechos democráticos. Empleando los métodos de un golpe palaciego, los demócratas solo están persiguiendo el juicio político contra Trump porque, en su parecer, ha socavado la campaña estadounidense contra Rusia y la guerra indirecta en Ucrania.

La actitud de toda la élite política burguesa a los derechos democráticos se resume en el trato horrendo al fundador de WikiLeaks, Julian Assange, y la denunciante Chelsea Manning. Tanto los republicanos como demócratas apoyan que Assange permanezca encerrado en la prisión de Belmarsh en Londres, esperando ser extraditado a EE. UU. Manning ha estado encarcelada por más de un año por rehusarse a rendir testimonio ante un gran jurado convocado para imputar a Assange con más cargos.

La persecución de Assange y Manning procura criminalizar la conducción de actividades periodísticas protegidas por la Constitución. Es parte de una supresión más amplia de la disensión, incluyendo la campaña de censura en línea y el encarcelamiento de los trabajadores de Maruti Suzuki en India, así como otros prisioneros de la guerra de clases.

Los preparativos de guerra, que involucran gastos masivos y exigen la acumulación de niveles de deuda sin precedentes, socavan la democracia. En el análisis final, los costos de guerra han de ser incurridos por el pueblo trabajador del mundo. La carga encontrará resistencia de una población ya harta de décadas de sacrificio. La respuesta de las élites gobernantes será la intensificación de sus esfuerzos para suprimir toda forma de disensión popular.

La degradación del ambiente

La última década estuvo marcada por una destrucción continua y creciente del ambiente. Los científicos han emitido advertencias cada vez más graves de que, sin una acción urgente y de gran alcance a escala global, los efectos del calentamiento global serán devastadores e irreversibles. Los incendios mortales que cubrían Australia al finalizar el año, son solo la última consecuencia horrible del cambio climático.

En noviembre, 11.000 científicos firmaron una declaración publicada en la revista BioScience, advirtiendo que “el planeta Tierra se enfrenta a una emergencia climática”. Señaló que, durante las cuatro décadas de negociaciones sobre el clima global, “con pocas excepciones, hemos continuado generalmente el enfoque usual y hemos fracasado en gran medida abordar esta difícil situación…

La crisis climática ha llegado y se está acelerando más rápido de lo que esperaba la mayoría de científicos. Es más severa de lo que se anticipaba, amenazando ecosistemas naturales y el futuro de la humanidad… Son particularmente preocupantes los posibles puntos de quiebre irreversibles del clima y las retroacciones de la naturaleza que podrían generar una catastrófica “Tierra invernadero”, más allá del control de los humanos. Estas reacciones climáticas en cadena podrían causar perturbaciones significativas a ecosistemas, la sociedad y las economías, potencialmente haciendo inhabitables grandes áreas de la Tierra.

Más temprano este año, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas reportó que 821 millones de personas que ya sufren hambre se enfrentan a la inanición según el calentamiento global afecta las regiones agrícolas. Cientos de millones podrían perder acceso a agua dulce, mientras que muchos más se verán afectados por patrones meteorológicos cada vez más severos: inundaciones, sequías y huracanes.

El cambio climático y otras manifestaciones de degradación ambiental son el producto de un sistema social y económico que es incapaz de organizar la producción global de una manera racional y científica, con base en la satisfacción de las necesidades sociales —incluyendo a un ambiente sano— en vez de la interminable acumulación de riqueza personal.

El resultado del derrumbe financiero de 2008 y la crisis del capitalismo

Detrás de todos los otros aspectos de la situación social y política está el aumento maligno de la desigualdad social extrema —la consecuencia inevitable y deliberada de todas las políticas adoptadas por la clase gobernante después de la crisis económica y financiera de 2008—.

Después del colapso financiero, en vísperas de la década de 2010, los Gobiernos y bancos centrales a nivel global abrieron sus válvulas. En Estados Unidos, los Gobiernos de Bush y, particularmente, Obama, ingeniaron un rescate de $700 mil millones a los bancos, siguiendo esto con medidas de “expansión cuantitativa” de billones de dólares. Es decir, la Reserva Federal compró los activos y títulos sin valor controlados por las instituciones financieras.

De un día a otro, el déficit federal del Gobierno estadounidense se duplicó. Los activos de la Reserva Federal aumentaron de menos de $2 billones en noviembre de 2008 a $4,5 billones en octubre de 2014, y permanecen por encima de $4 billones hoy. Con un nuevo programa de compra de activos de $60 mil millones por mes iniciado a fines de 2019, se espera que la cuenta supere el pico alcanzado tras el derrumbe financiero para mediados de este año.

Esta política ha continuado bajo Trump, quien ha implementado recortes de impuestos masivos para las corporaciones y exigido mayores reducciones en las tasas de interés. El New York Times señaló en un artículo del 1 de enero (“Una simple estrategia de inversión que funcionó en 2019: compra casi todo”) que el valor de casi todos los activos de inversión brincó fuertemente en el último año. El Nasdaq aumentó 35 por ciento, el S&P 500 subió 29 por ciento, los índices de materias primas 16 por ciento, los bonos corporativos estadounidenses 15 por ciento y los bonos del Tesoro de EE. UU. 7 por ciento. “Fue una racha notable y generalizada no vista en casi una década. ¿Cuál fue la causa? Principalmente un vertiginoso giro de la Reserva Federal, la cual pasó de planear aumentos en las tasas de interés a recortarlos y bombear más dinero nuevo en los mercados financieros”.

Todas las principales potencias capitalistas han perseguido medidas similares. La provisión de crédito y la impresión de dinero de forma ilimitada —en el análisis final, en esto consiste la expansión cuantitativa— agravaron la crisis subyacente. Intentando rescatarse a ellas mismas, las élites gobernantes institucionalizaron el parasitismo y aumentaron la desigualdad social a un nivel desconocido en la historia moderna.

Beneficiadas por la inyección ilimitada de dinero en el mercado, las fortunas de la élite financiera crecieron a alturas astronómicas en la última década. Los 500 individuos más ricos del mundo (0.000006 por ciento de la población mundial) cuentan ahora con un patrimonio neto colectivo de $5,9 billones, la cual aumentó $1,2 billones tan solo en el último año. Este aumento es más que el producto interno bruto (es decir, el valor total de todos los bienes y servicios producidos en el año) de todos los países del mundo menos 15. En Estados Unidos, los 400 individuos más ricos tienen más riqueza que el 64 por ciento más pobre de la población, mientras que el 0,1 por ciento de la población tiene una tajada más grande que en cualquier otro momento desde 1929, inmediatamente antes de la Gran Depresión.

La catástrofe social que enfrentan las masas de obreros y jóvenes en todo el mundo es el producto directo de las políticas empleadas para garantizar la acumulación de riqueza de la élite corporativa y financiera.

La caída en la esperanza de vida de los trabajadores en EE. UU., el desempleo masivo de los trabajadores y particularmente los jóvenes en todo el mundo, las devastadoras medidas de austeridad impuestas contra Grecia y otros países, la intensificación de la explotación para impulsar las ganancias corporativas —todo esto es la consecuencia de la política avanzada por las élites gobernantes—.

El crecimiento de la clase obrera internacional y la lucha de clases global

Las condiciones objetivas para la revolución socialista emergen de la crisis global. El avecinamiento de la revolución social ya fue anunciado por las manifestaciones y huelgas de masas que estremecieron el mundo en 2019: en México, Puerto Rico, Ecuador, Colombia, Chile, Francia, España, Argelia, Reino Unido, Líbano, Irak, Irán, Sudán, Kenia, Sudáfrica, India y Hong Kong. Estados Unidos, donde toda la estructura política está dirigida hacia la supresión de la lucha de clases, fue testigo de la primera huelga nacional de trabajadores automotores en más de cuarenta años.

Sin embargo, el aspecto dominante y más revolucionario de la lucha de clases es su carácter internacional, el cual está arraigado en el carácter global del capitalismo moderno. Más allá, el movimiento de la clase obrera es un movimiento de la generación joven y, consecuentemente, un movimiento que definirá el futuro.

Aquellos con menos de 30 años conforman más de la mitad de la población mundial y más del 65 por ciento de la población de las regiones de mayor crecimiento del mundo —África subsahariana, Oriente Próximo, el sur y sureste de Asia—. Más de un millón de personas cumple 18 años en India cada mes. En Oriente Próximo y el norte de África se estima que 27 millones de jóvenes entrarán en la fuerza laboral en los próximos cinco años.

Entre 1980 y 2010, el desarrollo industrial global añadió 1,2 mil millones de personas a las filas de la clase obrera, y cientos de millones más en la década siguiente. De estos 1,2 mil millones, 900 millones se unieron a la clase obrera en el mundo en desarrollo. Internacionalmente, el porcentaje de la fuerza laboral global que puede clasificarse como campesina cayó de 44 por ciento en 1991 a 28 por ciento en 2018. Casi mil millones de personas en África subsahariana tienen programado ingresar en la clase obrera en las próximas décadas. Solo en China, 121 millones de personas se mudaron “de granja a ciudad” entre 2000 y 2010, y millones más en la década siguiente.

No son solo Asia y África que han visto un crecimiento de la población obrera. En los países capitalistas avanzados, amplios sectores de los que se consideraban previamente como miembros de la clase media han sido proletarizados, mientras que la ola de inmigrantes de América Latina hacia Estados Unidos y del norte de África y Oriente Próximo a Europa han añadido millones más a una fuerza laboral sumamente diversa.

Entre 2010 y 2019, la población urbana global aumentó en mil millones de personas, creando una red de “megaciudades” interconectadas que constituyen tanto concentraciones de productividad económica como polvorines sociales, donde la desigualdad es un hecho cotidiano visible.

Y estos trabajadores están conectados unos a otros de una manera sin precedente en la historia mundial. Los colosales avances de la ciencia, tecnología y comunicaciones, ante todo en la aparición del internet y proliferación de aparatos móviles, han permitido que masas de personas eviten las noticias falsas de la prensa burguesa, la cual funciona como poco más que una vocera del Estado y las agencias de inteligencia. Más de la mitad de la población mundial, 4,4 mil millones de personas, tienen acceso al internet. El individuo promedio gasta más de dos horas en redes sociales cada día, en gran parte en aparatos portátiles.

Los trabajadores y jóvenes pueden coordinar sus protestas y acciones a escala global, lo que se vio reflejado en el movimiento internacional contra el cambio climático, la aparición de los “chalecos amarillos” como un símbolo mundial de protesta contra la desigualdad y la solidaridad entre los trabajadores automotores en Estados Unidos y México.

Estos cambios objetivos están produciendo cambios importantes en la consciencia social sobre el tema central de la desigualdad social. El reporte sobre desarrollo humano de las Naciones Unidas en 2019 explica que, en casi todos los países, el porcentaje de personas que exige una mayor igualdad aumentó hasta 50 por ciento entre la década de 2000 y la de 2010. El reporte advierte: “Las encuestas han revelado percepciones cada vez mayores de la desigualdad, aumentos en las preferencias de una mayor igualdad y la creciente desigualdad global en las percepciones subjetivas del bienestar. Todas estas tendencias deberían ser advertencias brillantes y rojas”.

El papel de la conducción revolucionaria

El crecimiento de la clase obrera y el surgimiento de la lucha de clases a escala internacional conforman la base objetiva para la revolución. Sin embargo, las luchas espontáneas de los trabajadores y su búsqueda instintiva del socialismo son inadecuados por sí solos. La transformación de la lucha de clases en un movimiento consciente por el socialismo es una cuestión de conducción política.

La última década ha ofrecido abundantes experiencias políticas que demuestran, negativamente, el papel crítico de una dirección revolucionaria. La década comenzó con una revolución, en la forma de las luchas monumentales de los trabajadores y jóvenes egipcios contra la dictadura respaldada por EE. UU. de Hosni Mubarak. Ante la ausencia de una dirección revolucionaria y con la ayuda de la desorientación introducida por las organizaciones pequeñoburguesas, las masas fueron encarriladas detrás de distintas facciones de la clase gobernante, culminando en el restablecimiento de la dictadura militar directa bajo el control del carnicero de El Cairo, el Sisi.

Todas las alternativas al marxismo inventadas por los representantes de la clase media adinerada han sido desacreditadas: el movimiento “apolítico” y neoanarquista de Occupy Wall Street en EE. UU. en 2011 quedó expuesto como un movimiento de la clase media cuyo llamado a formar “un partido del 99 por ciento” buscaba subordinar los intereses de la clase obrera a los del 10 por ciento más pudiente.

Se promovieron nuevas formas de “populismo de izquierda” en Europa, incluyendo Syriza en Grecia y Podemos en España. Syriza llegó al poder en 2015 e implementó los dictados de los bancos por cuatro años. Podemos ahora es un partido oficialista, gobernando en coalición con el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el cual está comprometido con implementar un programa derechista y proausteridad. El “Movimiento 5 Estrellas”, el cual se presentaba como una insurrección antielitista, acabó en una alianza política con los neofascistas italianos. El corbynismo, que alimentaba la ilusión de que un renacimiento del Partido Laborista podía servir como instrumento para una lucha anticapitalista, probó al final que era un sinónimo a cobardía política y postración ante la clase gobernante. De llegar a la Casa Blanca, Sanders encabezaría un gobierno al menos igual de impotente.

En América Latina, el nacionalismo burgués de “izquierda” que fue parte de la “marea rosa” —el lulaísmo en Brasil, la “Revolución bolivariana” de Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia— naufragó en la crisis del capitalismo mundial. Sus propias políticas de austeridad y favorables a las corporaciones allanaron el camino para un giro brusco a la derecha, incluyendo la llegada al poder de Bolsonaro en Brasil y el golpe militar respaldado por EE. UU. contra Morales en 2019.

Los sindicatos, los cuales han servido por mucho tiempo como herramientas para la supresión de la lucha de clases, han quedado expuestos como agentes de las corporaciones y el Estado. En Estados Unidos, las luchas de los trabajadores automotores fueron libradas en conflicto con los ejecutivos corruptos del sindicato UAW, objeto de imputaciones e investigaciones de recibir sobornos de las compañías y robar el dinero de cuotas de los trabajadores. El UAW, sin embargo, solo es la expresión más clara de un proceso universal.

Ha ocurrido una diferenciación política y social vasta entre la clase obrera y la tendencia política internacional de la pseudoizquierda, la cual está basada en secciones de la clase media-alta adinerada que promueve la política de la identidad racial, sexual y de género. La política de la clase media-alta busca acceso a y una redistribución de parte de la riqueza que se acumula en el 1 por ciento más rico. Se regodean en su obsesión con el individuo, como forma de utilizar la “identidad” para llegar a posiciones de poder y privilegio mientras ignoran los intereses sociales de la gran mayoría.

Las tareas del Comité Internacional de la Cuarta Internacional

En muchos de los comentarios en la prensa burguesa, las protestas y luchas del último año se describen como “sin líderes”. Pero esta es solo una etapa preliminar el desarrollo de la consciencia de las masas. Las masas, al acumular experiencia en el transcurso de sus luchas, están atravesando un cambio profundo en su orientación social y política. Es precisamente dentro del contexto de este proceso revolucionario que se desarrollará la lucha por la consciencia socialista.

La nueva década de revolución social estará acompañada del inicio de una nueva etapa en la historia del Comité Internacional de la Cuarta Internacional. La práctica del movimiento revolucionario es decisiva. La resolución del Congreso Nacional de 2018 del Partido Socialista por la Igualdad (EE. UU.) explicó:

Una evaluación de la situación objetiva y una apreciación realista de las posibilidades políticas, que excluya el impacto de la intervención del partido revolucionario, es absolutamente ajena al marxismo. El partido revolucionario marxista no comenta simplemente los acontecimientos, sino que participa en los acontecimientos que analiza y, mediante su conducción en la lucha por el poder obrero y el socialismo, se esfuerza por cambiar el mundo (ver: “El resurgir de la lucha de clases y las tareas del Partido Socialista por la Igualdad”)

Hay muchas señales de que la influencia política internacional del CICI está creciendo. Durante 2019, el WSWS experimentó un enorme aumento en el número de lectores, a pesar de una campaña de censura en línea. El número total de vistas de página aumentó a 20 millones de 14 millones en 2019 (un incremento de más de 40 por ciento). El periodo más largo en que el número de lectores mensual superó dos millones correspondió a la huelga de General Motors y la lucha de los trabajadores automotores en septiembre y octubre.

Estos acontecimientos marcan un importante avance, pero no hay razón para estar satisfechos. El crecimiento de la influencia del CICI plantea con aún más claridad las inmensas responsabilidades y tareas adelante.

El giro ahora debe ser hacia la clase obrera, hacia la intervención activa en toda manifestación de oposición de los trabajadores y jóvenes a la desigualdad, la guerra y las dictaduras. Debe realizarse un trabajo incansable para aumentar el nivel político, para crear cuadros en las fábricas y en las escuelas para explicar las lecciones de la historia y la naturaleza del capitalismo. No habrá ninguna escasez de personas decididas para luchar por el socialismo.

Pero esta determinación debe ser armada con una estrategia que una las luchas de la clase obrera en un movimiento mundial por el socialismo.

Este año marca el 80 aniversario del asesinato de León Trotsky, el colíder junto a Lenin de la Revolución rusa y el fundador de la Cuarta Internacional, a manos de un agente estalinista el 20 de agosto de 1940. En los años finales de su vida, Trotsky le atribuyó una importancia enorme al papel de la dirección revolucionaria. “La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria”, escribió en el documento fundacional de la Cuarta Internacional.

Ahora es una cuestión de construir el CICI internacionalmente, expandir los Partidos Socialista por la Igualdad en países donde existen y la construcción de nuevas secciones en países donde el CICI no cuenta aún con una presencia organizada. Las enormes bases históricas sobre las cuales se apoya el movimiento, el repositorio consciente de las experiencias de la clase obrera internacional, debe ser avanzado en las luchas en marcha de la clase obrera y forjar el camino hacia el socialismo.

Según inicia esta década, el CICI reitera las palabras con las que Trotsky concluyó el documento fundacional de la Cuarta Internacional:

Obreros —hombres y mujeres— de todos los países, colóquense bajo el estandarte de la Cuarta Internacional. ¡Este es el estandarte de su victoria que se aproxima!

(Publicado originalmente en inglés el 3 de enero de 2019)

David North y Joseph Kishore