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Un cuento de dos subidas: Wall Street repunta en medio de brote de coronavirus en la ciudad de Nueva York

"Fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos" fue el famoso pasaje inicial de Charles Dickens en su retrato ficticio de la Revolución Francesa, Un cuento de dos ciudades. Estas palabras encontraron un nuevo reflejo desencarnado en la ciudad de Nueva York el martes, cuando los multimillonarios se atiborraban en Wall Street y el resto de la población se enfrentaba a un creciente número de muertes, enfermedades y sufrimiento humano por la pandemia del coronavirus.

De ambos repuntes, el del índice Promedio Industrial Dow Jones y el del número de casos de coronavirus y muertes en Nueva York, el último fue el más pronunciado.

El número de casos se está duplicando cada tres días, aumentando el martes a 25.665 en todo el estado de Nueva York, con más de 15.000 de ellos concentrados en la ciudad de Nueva York. El número de muertos también está aumentando constantemente, con al menos 192 muertes sólo en la ciudad. La ciudad más grande y más densamente poblada de Estados Unidos se ha convertido en el epicentro de una pandemia que amenaza la vida de millones de personas.

Personas frente a una pantalla con el índice bursátil de Hong Kong fuera de un banco local en Hong Kong, 3 de marzo de 2020 (AP Photo/Kin Cheung)

Si bien las autoridades habían previsto que el "tsunami" de la pandemia comenzaría a asomarse sobre Nueva York dentro de dos o tres semanas, parece que ya ha llegado. La ciudad está deplorablemente mal preparada y se espera que sus hospitales se dobleguen ante el impacto de decenas, si no cientos de miles de personas en busca de atención médica.

Nada de esto, sin embargo, detuvo el frenesí financiero de Wall Street, que experimentó su mayor aumento de un día desde 1933, con un salto de 11 por ciento en el Promedio Industrial Dow Jones. El piso de la Bolsa de Valores de Nueva York estaba vacío, cerró el lunes después de que un operador diera positivo en la prueba de COVID-19. La compra masiva se realizó electrónicamente.

La subida de 2.000 puntos de Wall Street fue en respuesta a la inminente aprobación de la grotescamente mal llamada Ley CARES (Coronavirus Aid, Relief, and Economic Security Act), una bonanza de $2 billones para las grandes empresas, sumada a los $2 billones más prometidos por el Gobierno de EE.UU. para apuntalar los activos financieros de los principales bancos. Las acciones de las industrias a ser rescatadas –compañías de cruceros, centros turísticos y aerolíneas— se dispararon entre un 30 y un 40 por ciento.

Muchos de los multimillonarios y multimillonarias de Nueva York que se beneficiaron de este aumento récord ya se han retirado de la ciudad afectada, vaciando edificios de apartamentos de lujo en Manhattan y dirigiéndose a mansiones en Los Hamptons y granjas en Nueva Inglaterra, o llevando aviones privados a búnkeres en el oeste, sin duda llevándose el virus con ellos e infectando al ejército de empleados que se necesita para mantener su estilo de vida.

Mientras tanto, en la ciudad, las señales de que el virus se está propagando están por todas partes.

En el hospital Elmhurst de Queens, que atiende a una de las poblaciones con más inmigrantes del país, una fila de personas serpenteó la cuadra el martes por quinto día consecutivo mientras los enfermos esperaban tras las barricadas de la policía para entrar en la sala de emergencias. Las enfermeras del hospital informaron que a algunos trabajadores que dieron positivo se les dijo que no podían permitirse la autocuarentena ni siquiera por un día sin perder sus empleos y no poder alimentar a sus familias.

La mayor parte de la clase obrera de Nueva York, como en todo Estados Unidos, está atrapada en este trágico dilema. No tienen dinero para mantenerse a flote durante un cierre prolongado, y la miseria que ofrece el Congreso de los EE. UU. no hará nada para cambiar eso. La gran población de trabajadores inmigrantes indocumentados que sostiene la economía de servicios de la ciudad no recibirá ni siquiera la miserable suma que se ofrece.

Tanto el presidente Donald Trump como el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, han hecho cínicos llamamientos políticos apelando a los temores de las familias de la clase trabajadora de que podrían apsar hambre o quedarse sin hogar y que las pequeñas empresas se hundirían, sugiriendo que la gente puede volver pronto a trabajar, a pesar de la propagación del virus.

El martes, la Autoridad de Tránsito de la ciudad de Nueva York anunció que se había visto obligada a recortar el servicio de metro, eliminando más de 1.000 viajes en la última semana debido a un fuerte aumento en el número de operadores y conductores de trenes que llamaban para avisar que estaban enfermos. Al menos 23 trabajadores de tránsito son casos confirmados de COVID-19, mientras que muchos más se han visto obligados a ponerse en autocuarentena debido al contacto con compañeros de trabajo infectados.

El efecto de cascada de estos cortes se siente en los pasajeros apiñados hombro con hombro en los trenes, facilitando la propagación del virus a capas cada vez más amplias de la población.

De manera similar, la ciudad anunció el martes que está negociando con las compañías privadas de transporte de basura por temor a que un creciente número de trabajadores sanitarios afectados por el virus –61 ya han dado positivo y 26 más están en cuarentena— haga que se apile la basura en las calles.

En otra trágica expresión de la propagación del virus, se informó el lunes que un director de 36 años de una escuela de Brooklyn, Dezann Romain, murió como resultado de complicaciones del coronavirus. El alcalde demócrata de la ciudad de Nueva York, Bill de Blasio, se había resistido a cerrar las escuelas de la ciudad hasta que los maestros lo amenazaron con un paro masivo, denunciándolo por tener "sangre en las manos".

Este impacto en los trabajadores de servicios esenciales es un indicador de la propagación del virus en toda la población de la ciudad. Crece la ira entre estos trabajadores y la clase obrera de Nueva York en su conjunto por el fracaso de la ciudad y los empleadores para proporcionarles una protección mínima ante la enfermedad.

Según estimaciones oficiales, la ciudad necesitará 140.000 camas de hospital para atender a los neoyorquinos afectados por la enfermedad, con sólo 53.000 disponibles. Para salvar la vida de los pacientes, se necesitarán 30.000 ventiladores, cuando no hay más de 5.000 en la ciudad. A los hospitales se les dice que deben ampliar su capacidad en un 100 por ciento, pero no hay ninguna indicación sobre cómo un personal ya agobiado va a lidiar con el doble de la carga. El resultado inevitable es que el personal médico se verá obligado a elegir entre quién vivirá y quién morirá.

A finales del martes, soldados con uniformes de camuflaje junto con la policía de Nueva York colocaron carpas y camiones frigoríficos en el exterior del hospital Bellevue de Manhattan como morgue improvisada para el anticipado desbordamiento de cuerpos. Se están haciendo arreglos similares en todos los principales hospitales de la ciudad.

Los médicos, las enfermeras y los trabajadores de la salud carecen lamentablemente de equipo de protección personal, y en todos los hospitales se están agotando los suministros de mascarillas y protectores faciales, que se espera que se agoten en unas semanas. El resultado inevitable será que estos trabajadores se convertirán en una parte importante de los que se enfermen y mueran.

El republicano Trump y el demócrata Cuomo arremetieron uno contra otro el martes. El gobernador de Nueva York protestó la lamentable cantidad de ayuda ofrecida por Washington y el presidente de los EE. UU. afirmó que Cuomo debería haber comprado más ventiladores para su estado años antes.

La realidad es que ambas partes han diezmado los servicios de salud pública en el curso de décadas. El actual sistema político bipartidista de los Estados Unidos, basado en la defensa de los intereses de la oligarquía financiera y corporativa de los Estados Unidos, es orgánicamente incapaz de responder a la crisis actual o de hacerlo sin aplicar políticas que impongan toda su carga a la clase obrera y condenen a millones de personas a morir.

La flagrante contradicción entre la orgía de parasitismo financiero en Wall Street y el sufrimiento infligido a millones de personas en la ciudad de Nueva York presenta la respuesta ineludible a la crisis actual. Los billones de dólares para rellenar los bolsillos de la oligarquía financiera deben en cambio ser incautados y utilizados para una respuesta coordinada a nivel mundial a la pandemia del coronavirus.

Los gigantescos bancos y empresas deben ser puestos bajo propiedad pública y control democrático a fin de movilizar todos los recursos de la sociedad para combatir la pandemia y proporcionar acceso universal a la atención de la salud y a un ingreso digno garantizado, así como a una vivienda y otras necesidades de todos los trabajadores que no puedan trabajar debido al virus, independientemente de su ciudadanía o condición de inmigrante.

La pandemia mundial de coronavirus ha demostrado que la propia preservación de la vida humana es incompatible con el sistema capitalista y requiere la reorganización de la sociedad sobre bases socialistas.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 25 de marzo de 2020)

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