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Perspectiva

La pandemia, las ganancias y la justificación capitalista del sufrimiento y la muerte

El cínico anuncio del Gobierno de Trump de “guías” fraudulentas para legitimar una reapertura pronta de los negocios y un regreso forzado al trabajo en condiciones inseguras pone fin a cualquier pretensión pública de que existe un esfuerzo sistemático y coordinado en EE. UU. para priorizar la salud y proteger la vida humana al combatir la propagación de la pandemia del COVID-19.

El prematuro regreso al trabajo que el Gobierno de Trump está orquestando causará miles y miles de muertes que se podrían prevenir si se implementara y sostuviera un riguroso programa de distanciamiento social apoyado por un programa masivo de pruebas y rastreo de contactos en los siguientes meses críticos.

No existe absolutamente ninguna evidencia de hechos, ni hablar de un análisis científico, que se pueda citar para justificar el anuncio de Trump. Los epidemiólogos líderes ya han desafiado públicamente la validez del modelo estadístico utilizado por la Casa Blanca. Refiriéndose a las proyecciones del Instituto de Métrica y Evaluaciones Médicas (IHME, sigla en inglés) de la Universidad de Washington, la epidemióloga Ruth Etzioni del Centro para el Cáncer Fred Hutchinson le dijo a la revista médica STAT: “El hecho de que el modelo del IHME siga cambiando pone en evidencia su falta de fiabilidad como herramienta predictiva. El hecho de que esté siendo utilizado para decisiones de políticas y que sus resultados se interpreten equivocadamente es una farsa que se desarrolla frente a nuestros ojos”.

La pandemia está arrancando un costo horrendo de vidas humanas. Durante las 24 horas que precedieron al anuncio de Trump, el COVID-19 cobró 4.951 vidas en EE. UU. Esta cifra fue un aumento de más de 75 por ciento comparado con las 2.569 muertes en las 24 horas anteriores. En los últimos tres días, el total de muertes a nivel nacional aumentaron de 26.000 a 36.000.

Es ampliamente reconocido que la cifra oficial subestima sustancialmente el total de muertes. Los descubrimientos de los cuerpos de pacientes de mayor edad en dos hogares de ancianos distintos son solo los ejemplos más espantosos de la brecha entre las cifras de muertos oficiales y reales. En este momento, no hay ningún registro de personas que estén muriendo fuera de los hospitales por infecciones no diagnosticadas de COVID-19 o causas relacionadas a la pandemia.

Esta es una pandemia global. A la hora de escribir esto, los casos ascendían a 2.216.000 y las muertes a 151.000. Estas estadísticas no son más fiables que las reportadas en EE. UU. Las cifras reportadas anteriormente ya están siendo modificadas hacia arriba.

La descarada ignorancia y el matonismo de Trump le dieron al anuncio de las guías un tinte sociopático y totalmente podrido, el cual predomina en todas sus apariencias públicas. Pero sus políticas no son simplemente las de un individuo. La forma criminal en la que las políticas se presentan está determinada por los intereses económicos y sociales de la clase a la cual Trump sirve.

Para la oligarquía financiera-corporativa, la pandemia ha sido vista ante todo como una crisis económica. Su principal preocupación desde el principio no fue la potencial pérdida de vidas, sino la desestabilización de los mercados financieros, la interrupción de la extracción de ganancias y, por supuesto, una caída sustancial en la riqueza personal de los miembros de la oligarquía.

Mientras que en febrero y marzo, el Gobierno de Trump minimizó públicamente la seriedad de la crisis, los oficiales en el Departamento del Tesoro y la Reserva Federal trabajaron estrechamente con los principales bancos para estructurar e implementar un rescate multibillonario que eclipsaría aquel realizado tras el colapso financiero de 2008.

Durante las primeras tres semanas de marzo, las noticias estuvieron dominadas por el recrudecimiento del impacto internacional y nacional de la pandemia en la salud pública. La atención del público se encontraba concentrada en el drama de los cruceros, las muertes en Italia y los reportes iniciales de infecciones en el estado de Washington. La necesidad urgente de implementar cuarentenas y cerrar los negocios no esenciales fue ampliamente reconocido, a pesar de Trump.

El 19 de marzo, la “Ley CARES” fue introducida en el Senado. La rápida aprobación del rescate de toda la industria financiera fue dada por hecho. Sin duda, los ejecutivos empresariales, bien informados por sus sirvientes políticos en el Congreso, aprovecharon la caída en Wall Street para comprar de vuelta miles de millones de dólares en acciones anticipando la racha positiva enorme tras la aprobación final de la Ley CARES.

No bien fue introducido el proyecto de ley, el enfoque de la prensa comenzó a virar hacia una campaña agresiva para un retorno al trabajo. Ningún retraso era aceptable. El aumento masivo en capital ficticio—más de $2 billones en deudas creadas digitalmente—se añadirían al balance de la Reserva Federal en menos de un mes. En los próximos meses, se sumarían billones más en deudas. Esto representa en el análisis final un reclamo sobre valor real que necesita ser realizado por medio de la explotación de la fuerza de trabajo de la clase obrera. Cuánto más crezca la deuda incurrida por la creación de capital ficticio que ha aprobado el Estado, tanto más urgente será la demanda de poner fin pronto a las restricciones sobre el proceso de extracción de ganancias.

Por ende, el 22 de marzo, aun cuando la Ley CARES seguía acercándose a su aprobación, Thomas Friedman, el columnista líder el New York Times, inauguró la campaña del retorno al trabajo: “¿Qué diablos nos estamos haciendo a nosotros mismos? ¿A nuestra economía? ¿A la próxima generación?”, reclamó a gritos. “¿Es peor esta cura—incluso por un corto plazo—que la enfermedad?”.

Esta última oración suministró la consigna de una campaña cada vez más insistente en las semanas siguientes. Los argumentos en contra de preocuparse demasiado por la vida humana se tornaron cada vez más atrevidos. Evadiendo cualquier examen de los intereses socioeconómicos que previnieron una respuesta efectiva a la pandemia, el Times comenzó a exaltar los beneficios del sufrimiento humano. “Por más que queramos, ninguno de nosotros puede evitar el sufrimiento”, opinó la columnista Emily Esfahani Smith el 7 de abril. “Por eso es importante aprender a sufrir también”.

El 11 de abril, el Times publicó más meditaciones sobre los beneficios del sufrimiento y la muerte. Ross Douthat, en una columna de opinión intitulada “La pandemia y la voluntad de Dios”, invitó a sus lectores a considerar “cómo cabe el sufrimiento dentro de un plan providencial”. Otro ensayo, escrito por Simon Critchley de la universidad New School en la ciudad de Nueva York, proclamó que “Filosofar es aprender cómo morir”. Pretenciosamente invocando la autoridad de Descartes, Boethius, More, Gramsci, Heidegger, Pascal, T.S. Elliot, Montaigne, Cicero, Dafoe, Camus, Kierkegaard e incluso Bocaccio —todo dentro de una sola columna del periódico— este fanfarrón académico resumió la sabiduría de los tiempos sugiriéndoles a sus lectores que “Enfrentar la muerte puede ser la llave a nuestra liberación y supervivencia”.

La agenda brutal práctica detrás de estas reflexiones sumamente etéreas sobre el sufrimiento y la muerte fue puesta directamente de relieve en el texto de una mesa redonda por videoconferencia organizada por el Times. Los participantes incluyeron a Zeke Emanuel, quien es famoso por argumentar que los médicos no deberían prolongar la vida más allá de los 75 años, y Peter Singer, un profesor de bioética en Princeton, cuya defensa de la eutanasia para bebés débiles generó protestas cuando lo nominaron para su puesto universitario hace 20 años. El Times conoce completamente las opiniones de Singer, dado que escribió extensamente hace dos décadas sobre la controversia generada por su llegada a Princeton.

El texto de la discusión por videoconferencia fue publicado en la edición en línea de la New York Times Magazine el 10 de abril bajo el título, “Reactivar Estados Unidos significa que morirá gente. ¿Así que cuándo lo hacemos? Cinco pensadores ponderan sobre las decisiones morales en una crisis”.

En su introducción al texto, el Times afirma que será necesario aceptar que existe un “intercambio [ trade-off ] entre salvar vidas y salvar la economía”. Si bien ambos objetivos estarían alineados a corto plazo, “a largo plazo, no obstante, es importante reconocer que aparecerá un intercambio —y se volverá más urgente en los meses siguientes, en la medida en que se desliza la economía más profundamente en una recesión—”.

En su análisis del “intercambio”, el Times parte de la premisa no cuestionada de que los intereses económicos solo pueden ser los de la clase capitalista. El sistema de lucro, la propiedad privada de las fuerzas productivas y las vastas riquezas personales son inalterables y eternos. Por ende, el “intercambio” inevitablemente reclama vidas humanas, específicamente, las vidas de la clase obrera.

Singer declaró que es imposible dar “paquetes de asistencia para todas esas personas” por un año o 18 meses. “Ahí es donde terminaremos diciendo, ‘Sí, morirá gente si abrimos, pero las consecuencias de no abrir son tan severas que quizás tengamos que hacerlo de todos modos’”.

Huelga decir que ninguno de los panelistas del Times señaló que el Congreso acaba de inyectar varios billones de dólares en los cofres de los bancos y las corporaciones para salvar a los ejecutivos y accionistas. Tampoco se mencionó que hay aproximadamente 250 milmillonarios en EE. UU. con una riqueza neta de casi $9 billones. Si se expropiara y distribuyera esta riqueza de forma igualitaria entre los 100 millones de hogares más pobres en EE. UU., ¡le proveería a cada hogar un ingreso mensual de $5.000 por 18 meses!

Por supuesto, la expropiación de esta gigantesca suma de riqueza personalmente controlada —algo totalmente legítimo y necesario en el contexto de una crisis social masiva— no es una opción que el Times y sus panelistas siquiera están preparados para considerar como posibilidad teórica. Pero están dispuestos a aceptar la muerte de miles y miles como un hecho de necesidad práctica, es decir, capitalista.

La subordinación de la vida al sistema de lucro no se limita a Estados Unidos. Está siendo proclamada como un principio universal por parte de las élites gobernantes en Europa. El Neue Zurcher Zeitung, el principal portavoz de la clase gobernante suiza, publicó un artículo ayer que plantea:

¿Quieren vivir por siempre? Esta fue la pregunta que Federico el Grande le preguntó a sus soldados en la batalla de Kolin en 1757 cuando cedieron al enemigo. Uno está inclinado a hacer la misma pregunta otra vez ante la disputable relación entre los enfermos y fallecidos por corona, por un lado, y la población en general y aquellos sufriendo por enfermedades comunes, por el otro.

Ciertas cosas aquí parecen —literalmente— una locura. Pero también el daño colateral de la enfermedad con su aceptación gratuita de la destrucción de la economía suscita la pregunta completa. Cualquiera que quiera plantearlo drásticamente podría decir: Elegimos el suicidio económico para prevenir que adultos mayores individuales mueran algunos años antes de lo esperado bajo circunstancias normales.

La defensa de una política que acepta e incluso aboga por el sacrificio de los débiles y ancianos se manifiesta de la forma más explícitamente fascistizante en un largo ensayo publicado en la revista alemana Der Spiegel el 13 de abril. El autor, bajo el título “Necesitamos hablar sobre morir”, es Bernard Gill, un sociólogo asociado con el Partido Verde.

En un ataque extenso contra el desarrollo de la ciencia, Gill denuncia la “narrativa heroica” que celebró a los importantes científicos del siglo diecinueve Louis Pasteur y Robert Koch “como héroes que hicieron que los microbios fueran visibles, tratables y consecuentemente controlables”. Gill protesta:

En esta historia de creación, lo mejor es exterminar los microbios, que son alienígenas, que nos amenazan y por ende domínenos con el poder. “Nuestras” vidas contra “sus” vidas—conocimiento científico y una lucha defensiva bien organizada hasta la victoria final de la higiene, que promete la vida eterna en un ambiente libre de gérmenes—.

Pero esta es una violación de la naturaleza. “Nuestra vida”, declara Gill, “no es concebible sin muerte”. Pero los que buscan “contener la infección con todos los medios, también luchan contra la muerte por todos los medios”.

Gill aboga por aceptar la propagación natural de la pandemia, con base en el programa de la “inmunidad de rebaño” (colectiva), que percibe “morir como un proceso natural que es individualmente doloroso para los involucrados, pero desde la distancia hace campo a nueva vida”. Con este enfoque, Gill argumenta que “llegamos a un entendimiento con los microbios dentro del conocimiento de que nuestra vida sin muerte es impensable. Nos consolamos con la posibilidad de nueva vida”.

Estos son argumentos con los que el líder nazi Adolfo Hitler, quien se suicidó hace 75 años en su búnker en Berlín, hubiera estado fácilmente de acuerdo.

Tales ideas profundamente reaccionarias e inhumanas están haciendo las rondas por Alemania. Pero tanto ahí como en EE. UU., no provienen de la psicología enfermiza de individuos, sino de las necesidades del sistema capitalista.

La misma publicación, Der Spiegel, que le ofreció un foro a Gill, advierte que la industria automotriz alemana no puede aguantar un cierre prolongado.

Entre más dure la crisis del corona, más alto va a exigir la industria a los políticos que le pongan fecha a una relación de los cierres para darles a las empresas algo de seguridad de planificación…

La industria automotriz, en particular, se enfrenta a una prueba de fuerza sin precedente histórico. A fin de prevenir un colapso, las empresas necesitan reabrir sus fábricas cerradas esta primavera.

Asimismo, están involucradas cuestiones críticas de competitividad global. Der Spiegel continúa:

También están los intereses geoestratégicos. Los ejecutivos en las empresas en Europa quieren fortalecer el mercado europeo para establecerlo como un contrapeso a EE. UU. y China como potencias económicas…

Todo esto es aún más cierto dado que China, donde se originó el coronavirus, parece estar saliendo de la crisis más rápido que el resto del mundo.

El Covid-19 no solo enfrenta a la humanidad con un problema científico-médico, sino también un desafío político y social. La respuesta de las clases gobernantes a la pandemia del coronavirus revela que sus intereses son incompatibles con el progreso humano y la propia supervivencia de la raza humana.

En su fracaso de preparación para la pandemia, su respuesta caótica y desorganizada al coronavirus una vez que inició el brote, su subordinación de toda necesidad social a sus propios intereses económicos, su sabotaje arraigado nacionalmente contra cualquier posibilidad de una respuesta globalmente unificada a la enfermedad y su justificación abierta del programa reaccionario y neofascistizante de eutanasia social, la clase gobernante está demostrando la necesidad del socialismo.

Para que la humanidad sobreviva, la subordinación de la sociedad a las élites capitalistas locas por el dinero debe acabarse.

(Publicado originalmente en inglés el 18 de abril de 2020)

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