La pandemia del COVID-19 y el surgimiento del nacionalismo económico

22 abril 2020

La pandemia del coronavirus y sus consecuencias económicas han revelado, en la experiencia viva de miles de millones de personas en todo el planeta, la putrefacción interna y degeneración del sistema capitalista, junto con sus evidentes absurdidades.

Solo es necesario señalar como ejemplo el hecho de que el fundador de Amazon, Jeff Bezos, el hombre más rico del planeta, ha visto su fortuna crecer $24 mil millones desde el inicio del año a más de $138 mil millones, mientras los enfermeros y otros trabajadores de salud en EE. UU. y el resto del mundo combaten el virus sin el equipo de protección necesario.

Un barco de contenedores de Horizon Lines Inc. siendo descargado en el Puerto de Tacoma, Washington, 13 de febrero de 2008 (AP Photo/Ted S. Warren)

Sobran los ejemplos, tal como que las autoridades sanitarias y los estados en EE. UU. tienen que pelearse en el “mercado libre” capitalista para conseguir las provisiones y los equipos necesarios, o que miles en EE. UU. hacen cola en los bancos de alimentos mientras los productores de leche la botan y los agricultores labran sus cultivos de vuelta en la tierra.

Aún cuando expone tales contradicciones, antes cubiertas por los dizques “tiempos normales” ya expirados, la pandemia también ha revelado esas verdades fundamentales que han formado por mucho tiempo la base de la lucha por el socialismo auténtico.

Ante todo, ha dejado en claro que la diminuta minoría de oligarcas corporativos y financieros y el sistema de lucro que presiden constituyen un obstáculo para la organización racional y la planificación científica de la economía y sociedad necesarias para tratar con las amenazas a la vida humana. Este es un obstáculo que necesita ser eliminado.

Sin embargo, sería un error concluir que este inmenso problema social solo aplica para la extraordinaria situación generada por la pandemia. Tiene un alcance mucho mayor.

Los promotores del retorno al trabajo sin importa los peligros sanitarios para los trabajadores insisten en que seguir el cierre significa más estrés económico y peor pobreza, así como otros problemas de salud y psicológicos. No obstante, dichos problemas se podrían resolver rápido por medio de la expropiación de las enormes fortunas de los Bezos del mundo, para garantizar un ingreso digno para todos, mientras se aborda la crisis sanitaria.

Como lo explicó la perspectiva del World Socialist Web Site el sábado 18 de abril, si la riqueza de los 250 milmillonarios en EE. UU., cuyo patrimonio neto colectivo es de casi $9 billones, fuera expropiada y distribuida equitativamente entre los 100 millones de hogares más pobres, le proveería a cada uno un ingreso de $5.000 por 18 meses.

Más allá, los problemas derivados del cierre descritos por los defensores del retorno al trabajo son realmente problemas cotidianos creados por las operaciones “normales” del capitalismo. Y se intensificarán masivamente durante la pandemia según las clases gobernantes buscan bombear valor, extraído de la clase obrera, hacia la montaña de capital ficticio engendrada por el rescate de las corporaciones y el sistema financiero.

Los trabajadores ven su salud afectada a diario por el empeoramiento sinfín de sus condiciones. A diario trabajan bajo la amenaza de ser despedidos y condenados a la pobreza como resultado de alguna operación de “reestructuración”.

A diario enfrentan la posibilidad de ser echados al desguace a merced las vicisitudes del sistema financiero global y las acciones de los especuladores, o sufrir un recorte en sus pensiones, jubilaciones o planes 401(k), un aumento en sus pagos hipotecarios u otro cambio que puede devastar sus vidas en un abrir y cerrar de ojos.

En otras palabras, la locura puesta en evidencia por la pandemia solo es un reflejo particularmente atroz del funcionamiento diario de un orden social y económico maligno.

Así como la pandemia ha puesto al descubierto la absurdidad, irracionalidad y consecuencias destructivas del sistema de lucro, también ha revelado el carácter reaccionario de las estructuras políticas sobre las cuales está arraigada la acumulación de las ganancias privadas, es decir, el sistema de Estado nación.

Por su propia naturaleza, la pandemia ha revelado desde un punto de vista sanitario y económico, la necesidad de la colaboración y cooperación internacionales.

No existe ninguna solución nacional para los peligros presentados por el virus; requiere una respuesta global planificada. Una nación individual podría llegar a poner el virus bajo control dentro de sus fronteras, pero luego se vería confrontada con el peligro de una “segunda ola” de infecciones, debido a su continua propagación en otras partes del mundo. El virus no tiene pasaporte ni reconoce los controles migratorios y fronterizos.

La pandemia le ha asestado un importante golpe al mundo. Pero fue el evento que activó la crisis, cuyas condiciones ya se habían desarrollado hace un tiempo considerable. Tanto como el asesinato del archiduque austriaco Franz Ferdinand que desencadenó el inicio de la Primera Guerra Mundial no fue su razón fundamental, la pandemia no es la causa subyacente de la crisis actual.

La pandemia no solo ha desatado la crisis. Ha acelerado procesos en etapas sumamente avanzadas antes de aparecer en el escenario. Uno de ellos es el crecimiento de las divisiones y conflictos nacionales.

Mucho antes de las denuncias contra China del Gobierno de Trump y sus aliados en el resto del mundo en torno al brote de virus, el aparato de inteligencia y militar de EE. UU., con el respaldo de la élite política—demócratas y republicanos— y sectores poderosos de los medios masivos ya habían designado a China una amenaza a la “seguridad nacional” de EE. UU.

En los documentos de planificación estratégica de la máquina militar estadounidense, la “guerra contra el terrorismo” fue reemplazada por la insistencia de que había que prepararse para una era de “competición entre grandes potencias” en la que China era el principal peligro de la hegemonía económica y militar de EE. UU.

Se había lanzado una guerra comercial por medio de la imposición de aranceles y el plan de desarrollo económico y tecnológico de China había sido declarado una amenaza existencial para la seguridad nacional de EE. UU., lo cual fue acompañado de una serie de prohibiciones contra las empresas chinas de telecomunicaciones y el inicio de una campaña global de EE. UU. para que sus aliados excluyeran a la empresa china Huawei del desarrollo de las redes de 5G.

Mientras que EE. UU., al menos hasta este punto, es el principal promotor del nacionalismo económico bajo la doctrina de “EE. UU. ante todo” del Gobierno de Trump, las mismas tendencias se manifiestan en todas partes.

La Unión Europea está sumida en divisiones y conflictos, más prominentemente la salida británica de la UE o brexit. La UE está dividida sobre su respuesta económica a la pandemia. Alemania procura mantener su dominio sobre el bloque, mientras varios dirigentes de la élite política insisten en que necesitan asumir un papel mayor en cuestiones globales.

Como resultado de la pandemia, hay cada vez más advertencias de que las interrupciones en las cadenas de suministro globales a causa de la propagación del virus, junto con los cierres, están dejando al descubierto los problemas en la globalización económica, queriendo decir que los países tienen que ocuparse de proteger “su propia” economía.

El secretario de Comercio de EE. UU., Wilbur Ross marcó la pauta en enero, cuando declaró que las interrupciones en las cadenas de suministro en China debido al brote del virus impulsarían a las firmas estadounidenses a trasladar sus operaciones de vuelta a suelo estadounidense.

El Gobierno japonés de Shinzo Abe asignó $2,2 mil millones de su paquete de estímulo económico para asistir a que las manufactureras saquen sus operaciones de China.

Un artículo de Neil Irwin en el New York Times del 16 de abril, intitulado “Es el fin de la economía mundial como la conocemos” cita los comentarios de Elizabeth Economy, una investigadora de alto rango en el Council on Foreign Relations, quien dijo que está en marcha un “replanteamiento” sobre cuán dependientes quieren ser unos países de otros.

Mientras no es el fin de la globalización, señaló, la pandemia aceleró los pensamientos del Gobierno de Trump de que hay “tecnologías críticas y recursos críticos, una reserva de capacidad de manufactura que queremos tener aquí en EE. UU. en caso de una crisis”.

El artículo nota que el ministro de Finanzas de Francia les ordenó a las empresas francesas que reevaluaran sus cadenas de suministros para ser menos dependientes de China y otras naciones asiáticas.

En EE. UU., donde los ataques contra China incrementan por día, el senador republicano de Carolina del Sur, Lindsey Graham, incluso sugirió que EE. UU. debería castigar a China por el COVID-19 cancelando sus tenencias de bonos del Tesoro de EE. UU.

Una medida de la velocidad de estos procesos se puede obtener contrastando la situación prevaleciente con la que siguió a la crisis financiera global de 2008.

En abril de 2009, los líderes del G-20 se reunieron en Londres para comprometerse con una respuesta coordinada, prometiendo nunca seguir el camino de las medidas proteccionistas que tuvieron un papel tan desastroso en la Gran Depresión, ayudando a crear las condiciones para la Segunda Guerra Mundial.

Por un tiempo, el compromiso a “resistirse al proteccionismo” era una característica regular de las declaraciones de todos los cuerpos económicos internacionales como el G-20 y el G-7. Ahora incluso esta frase ha desaparecido en condiciones donde todas las instituciones establecidas en el periodo de la posguerra para regular los asuntos del capitalismo mundial —la Organización Mundial del Comercio, el G-7, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de la Salud— se encuentran asoladas por conflictos o en un estado avanzado de deterioro.

El significado de estos acontecimientos solo se puede entender en su contexto histórico más amplio.

En el siglo diecinueve, el desarrollo del capitalismo y las fuerzas productivas de la humanidad fue ayudado por la formación de los Estados nación, tal como la unificación de Alemania en 1871, el establecimiento del Estado nación italiano y la guerra civil estadounidense, que sentó las bases políticas para la evolución de EE. UU. en una potencia económica.

Pero el avance de las fuerzas productivas no se detuvo en las fronteras nacionales. Se propagó globalmente en el último cuarto del siglo diecinueve e inicios del veinte. Este vasto desarrollo económico, sin embargo, trajo a la superficie una contradicción central en el capitalismo global, la cual lo ha castigado desde entonces: aquella entre el desarrollo de una economía global y la división del mundo en Estados nación y grandes potencias rivales.

Este conflicto estalló en la forma de la Primera Guerra Mundial, según cada Gobierno buscaba resolverlo, como señaló León Trotsky, “no por medio de una cooperación inteligente y organizada de todos los productores de la humanidad, sino a través de la explotación del sistema económico mundial por parte de la clase capitalista del país victorioso”.

La Revolución rusa de octubre de 1917, el derrocamiento del capitalismo por parte de la clase obrera, apuntaba a la única salida. Fue concebida y emprendida por Lenin y la dirección del Partido Bolchevique como el disparo inicial de la revolución socialista mundial, es decir, la toma de poder político por parte de la clase obrera internacional como condición para la reestructuración de la economía global sobre bases socialistas, la siguiente etapa necesaria en el desarrollo histórico de la raza humana.

La guerra no resolvió nada. El nacionalismo económico se intensificó en las dos décadas posteriores, conduciendo al estallido de una guerra mundial aún más devastadora en 1939.

En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y el periodo inmediatamente después, los líderes del imperialismo mundial reconocieron que necesitarían construir un nuevo orden económico y sistema monetario internacionales basados en el poder económico de la principal potencia imperialista, Estados Unidos. Este fue el sistema monetario de Bretton Woods establecido en 1944, en que el dólar estadounidense, respaldado por el oro, se convirtió en la divisa internacional dominante.

Pero este sistema fracasó en proveer una solución duradera. En términos históricos, tan solo fue una mejoría temporal. La contradicción esencial reemergió porque la propia expansión económica subsecuente socavó la base sobre la cual descansaba, la superioridad económica de EE. UU. sobre sus rivales.

El inicio del fin de este dominio fue pregonado por la decisión del presidente estadounidense Nixon el 15 de agosto de 1971 de cancelar el respaldo en oro al dólar. El relativo debilitamiento de EE. UU. en relación con sus rivales económicos significó que ya no podía mantener el sistema que había creado.

El declive económico histórico de EE. UU. ha continuado a prisa desde entonces. Ha pasado de ser la fuerza motriz económica del capitalismo mundial al núcleo de putrefacción y deterioro. Ante todo, esto lo han evidenciado el proceso de financiarización —el divorcio total entre la acumulación de riqueza y el proceso subyacente de producción— y la generación de ganancias a través del parasitismo y la especulación en vez del desarrollo industrial.

Dicha descomposición salió a la superficie en la crisis financiera de 2008 y ha erupcionado en formas aún más grotescas con la pandemia —ejemplificado por el actual aumento en el mercado bursátil mientras mueren decenas de miles—.

No obstante, el imperialismo estadounidense no tiene intención alguna de abandonar el escenario. Por el contrario, enfrentándose a rivales en cada frente —China, Alemania, la Unión Europea y Japón— y viendo enemigos en todas partes, está decidido a proteger su posición por cualquier medio necesario, incluyendo la guerra.

La fuente de todos los grandes problemas que enfrenta la humanidad no es la globalización económica ni la integración de la vida económica y social a escala global.

La globalización de la producción representa en sí un importante avance. Aumenta la productividad del trabajo—la base material para todo avance económico—a nuevos niveles. Más allá, los vastos y complejos sistemas de planificación y comunicación, por medio de los cuales las empresas transnacionales emprenden sus actividades económicas, sientan la base material para una forma más avanzada de sociedad, una economía socialista, internacional y planificada, controlada conscientemente y regulada democráticamente por los productores del mundo: la clase obrera internacional.

En 1934, cuando se cernían nuevamente las nubes de la guerra, Trotsky advirtió de que el llamado de los regímenes fascistas y nacionalistas a un retorno a la “hogar nacional” entrañaba un significado profundo.

A pesar de que la posibilidad de un desarrollo económico nacional harmonioso sobre la base de la propiedad capitalista era una completa ficción, constituía una realidad política peligrosa. Significaba la marcha de las principales potencias a rejuntar todos los recursos económicos de la nación en preparación para la guerra. Esa conflagración estalló solo cinco años después y sus consecuencias fueron aún más devastadoras que en la Primera Guerra Mundial.

Hoy día, la promoción del nacionalismo económico —acelerado por la pandemia— tiene el mismo contenido reaccionario.

Los problemas que enfrenta la humanidad no derivan de la globalización económica en sí, sino que están arraigados en la contradicción cada vez más profunda entre este desarrollo progresista y el orden social y político reaccionario en el que está encapsulado, basado en el lucro privado y la división del mundo en Estados nación y grandes potencias rivales.

Por ende, las fuerzas productivas creadas por el trabajo de la clase obrera internacional necesitan ser liberadas de estas fuerzas reaccionarias. El derrotero fue trazado con el disparo inicial de la revolución socialista mundial en octubre de 1917. Es el camino al que la clase obrera internacional necesita regresar ahora, siendo la única salida de avance de la crisis actual.

(Publicado originalmente en inglés el 21 de abril de 2020)

Nick Beams