La política comunalista racial y el segundo asesinato de Abraham Lincoln

26 junio 2020

Un mes tras el asesinato de George Floyd, las manifestaciones multirraciales de masas contra la violencia policial corren el peligro de ser secuestradas y mal encaminadas por fuerzas políticas reaccionarias que intentan fomentar las divisiones raciales, sabotear la unidad de la clase obrera y la juventud, y socavar el desarrollo de la lucha de clases contra el capitalismo. Actualmente, esta campaña se está concentrando en profanar y destruir las estatuas de las figuras que lideraron la Revolución estadounidense y la guerra civil.

Es difícil hallar las palabras para expresar el sentimiento de repugnancia generado por los monstruosos ataques a los monumentos para honrar la memoria de Abraham Lincoln, el presidente más importante de EE.UU., quien lideró al país durante la Segunda Revolución estadounidense que destruyó el poder esclavista y emancipó a millones de afroamericanos esclavizados.

En la noche del 14 de abril de 1865, menos de una semana desde la rendición del principal ejército confederado, lo cual puso fin a los cuatro años de guerra civil, Lincoln recibió un disparo en la cabeza a manos del actor proesclavista John Wilkes Booth. Nueve horas después, a las 7:22 de la mañana el 15 de abril, Lincoln murió a causa de la herida infligida por el asesino. Junto a su lecho de muerte, el secretario de Guerra, Edwin Stanton declaró famosamente: “Ahora pertenece a la eternidad”.

El martirio de Lincoln produjo un torrente de dolor en todo EE.UU. y el mundo. La clase obrera reconoció que había perdido a un gran defensor de la democracia y la igualdad humana. Karl Marx, en nombre de la Asociación Internacional de Trabajadores, escribió en los días tras el asesinato de Lincoln que él fue “uno de inusuales hombres que logró convertirse en un gran hombre, sin dejar de ser bueno”.

Abraham Lincoln fue un hombre extraordinariamente complejo, cuya vida y política reflejaron las contradicciones de su época. Como dijo alguna vez, no podía “escapar de la historia”. Decidido a salvar la Unión, se vio impulsado por la lógica de la sangrienta guerra civil a recurrir a medidas revolucionarias. A lo largo de la brutal lucha, Lincoln puso de manifiesto las aspiraciones revolucionarias-democráticas que inspiraron a cientos de miles de estadounidenses a luchar y sacrificar sus vidas por “un renacer de la libertad”.

Todo periodo de luchas políticas en EE.UU. ha obtenido inspiración de la vida de Lincoln. Desde su inauguración en 1922, el Monumento a Lincoln en Washington DC ha sido la sede de varios de los momentos más importantes en la lucha contra la opresión racial y la igualdad. En 1939, cuando los nazis de Hitler marchaban en Europa y el fascismo ganaba simpatizantes en la élite gobernante estadounidense, no se le dio permiso a la famosa contralto afroamericana, Marian Anderson, de cantar en el Constitution Hall. Así que, en cambio, cantó en los escalones frente al Monumento a Lincoln frente a 75.000 personas.

En 1963, durante la Marcha a Washington, Martin Luther King Jr. pronunció desde el mismo lugar su discurso “Tengo un sueño”, llamando a la igualdad e integración racial frente a 250.000 personas. Más tarde en esa década, decenas de miles de jóvenes que protestaban la guerra contra Vietnam se reunieron en el monumento.

No es una coincidencia que el levantamiento obrero de los años treinta estuviera asociado con dramatizaciones artísticas importantes de Lincoln, como los filmes Young Mr. Lincoln (El joven Sr. Lincoln, 1939) y Abe Lincoln in Illinois (Abe Lincoln en Illinois, 1940). La preciada narrativa orquestal de Aaron Copland, Lincoln Portrait (El retrato de Lincoln, 1942), concluye con la declaración de que el decimosexto presidente estadounidense “permanecerá eternamente en la memoria de sus compatriotas”.

Pero hoy día, 155 años tras la tragedia en el teatro Ford, Lincoln es objeto de un segundo asesinato. Este no puede ser exitoso.

Eleanor Holmes Norton, la delegada sin voto de Washington DC en el Congreso, dijo que introduciría un proyecto de ley para quitar el famoso Monumento de Emancipación del parque Lincoln en Washington DC. Los manifestantes obsesionados con las razas han declarado su intención de derribar el monumento, el cual fue pagado por antiguos esclavos y el cual fue dedicado de manera emotiva por el abolicionista Frederick Douglass en 1876.

“Los diseñadores de la estatua de Emancipación en el parque Lincoln en DC no tomaron en cuenta las opiniones de los afroamericanos”, declaró Norton en un tuit. Los demócratas afirman que la estatua denigra a “la comunidad negra” porque muestra a Lincoln librando a un esclavo arrodillado en una pose de corredor, con la cual el escultor buscaba simbolizar la liberación de la guerra civil.

La reaccionaria campaña de Norton está siendo apoyada por los oficiales del Partido Demócrata en Boston, quienes realizarán audiencias en las próximas semanas para recibir las demandas para remover una réplica del Monumento de Emancipación en dicha ciudad.

Lincoln no es el único líder de las fuerzas anticonfederadas que está siendo atacado. La semana pasada, en San Francisco, fue arrancada una estatua de Ulysses S. Grant, el gran general del victorioso ejército de la Unión y luego presidente de EE.UU.

Un ejemplo aun más desagradable de la campaña racialista fue la profanación del monumento en Boston rindiendo honor al 54º Regimiento de Infantería de Voluntarios de Massachusetts. El 54º de Massachusetts, liderado por el abolicionista Robert Gould Shaw, fue el segundo regimiento compuesto enteramente por personas negras durante la guerra civil. Los manifestantes se oponen al hecho de que el regimiento, retratado famosamente en la película Glory (Gloria, 1989), estaba bajo el mando de un oficial blanco, Shaw. Holland Cotter, el segundo crítico de arte en jefe del New York Times, calumnió el monumento llamándolo una imagen “supremacista blanca” por representar a Shaw a la cabeza del batallón afroamericano.

Otro monumento de la Unión, la estatua del abolicionista Hans Christian Heg (1829-1863), fue derribada el martes por la noche en Madison, Wisconsin. La estatua fue decapitada antes de ser lanzada a un río.

Heg, un inmigrante noruego, lideró el 15º Regimiento de Wisconsin, conocido como el Regimiento escandinavo, para combatir a la Confederación. Antes de la guerra, Heg, un miembro del Partido Libertad de la Tierra (Free Soil Party), se opuso ferozmente a la esclavitud y encabezó una milicia para combatir a los capturadores de esclavos en Wisconsin. Fue asesinado a los 33 años en la batalla de Chickamauga en setiembre de 1863.

El Partido Socialista por la Igualdad rechaza todas las penosas excusas y justificaciones que ofrecen los liberales para legitimar la profanación de estos monumentos. Las acciones, independientemente de los motivos que se les adscriban, tienen un significado objetivo y consecuencias políticas muy reales.

El ataque contra los monumentos a Lincoln y los otros monumentos que rinden tributo a los dirigentes de la Revolución estadounidense y la guerra civil son provocaciones políticas que buscan azuzar las hostilidades raciales. Tales provocaciones son formas bien conocidas de política comunalista, semejantes a la quema de mezquitas musulmanas por parte de fanáticos hindúes o de templos hindúes por parte de fanáticos musulmanes. Aquí en Estados Unidos, las estatuas siendo atacadas son presentadas como ejemplos de dominio “blanco”.

Los ataques a las estatuas son el resultado de una campaña entre dos partidos capitalistas y varios elementos reaccionarios en la clase media alta que buscan matizar la política estadounidense en términos raciales y comunales. La intensidad cada vez mayor de esta campaña es una respuesta al surgimiento de la militancia de la clase obrera, la cual es vista como una amenaza al capitalismo. Lejos de acoger la unidad interracial demostrada en las manifestaciones contra la brutalidad policial, las élites gobernantes y los sectores más adinerados de la clase media están aterrados por sus implicancias políticas.

Al promover la política racial, existe una división de trabajo entre los partidos demócratas y republicanos. Trump y los republicanos dirigen sus llamamientos a los elementos más desorientados políticamente en la sociedad estadounidense, manipulando sus inseguridades económicas de manera que incitan antagonismos raciales y desvían el enojo social lejos del sistema capitalista.

El Partido Demócrata emplea otra variante de política comunalista, evaluando y explicando todos los problemas y conflictos sociales en términos raciales. Independientemente de la problemática en cuestión —la pobreza, la brutalidad policial, el desempleo, los bajos salarios, las muertes por la pandemia—, se define casi exclusivamente en términos raciales. En su mundo de fantasía racial, los “blancos” nacen dotados con un “privilegio” que los exime de cualquier dificultad.

Esta distorsión grotesca de la realidad actual requiere una distorsión del pasado al menos tan grotesca como esta. Para presentar a los EE.UU. contemporáneos como la tierra de implacable guerra racial, es necesario crear una narrativa histórica en estos mismos términos. En lugar de la lucha de clases, toda la historia de EE.UU. es presentada como un cuento de conflictos raciales perpetuos.

Incluso antes del brote pandémico, los esfuerzos para crear las bases raciales de una política comunalista contemporánea ya estaban bien avanzados. El New York Times, el principal vocero de los patrocinadores corporativos y financieros del Partido Demócrata, inventaron el insidioso Proyecto 1619, cuyo propósito central era promover una narrativa racial. El argumento central del proyecto, inaugurado en agosto de 2019, era que la Revolución estadounidense fue librada para proteger la esclavitud norteamericana y que la guerra civil, encabezada por el racista Abraham Lincoln, no tenía nada que ver con poner fin a la esclavitud. Los esclavos, o así iba la nueva historia, se liberaron a ellos mismos.

El propósito de mentir sobre la historia, como explicó Trotsky, es ocultar las verdaderas contradicciones sociales. En este caso, las contradicciones son aquellas arraigadas en los niveles impactantes de desigualdad social generados por el capitalismo. Estas contradicciones solo se pueden resolver sobre una base progresista, por medio de los métodos de la lucha de clases, con los cuales la clase obrera lucha conscientemente por poner fin al capitalismo y por reemplazarlo con el socialismo. Los intentos de desviar y sabotear esa lucha disolviendo la identidad de clases en la fetidez de la identidad racial conducen inexorablemente hacia el fascismo.

Por medio de la promoción de una versión racial del comunalismo, todas las facciones de la clase gobernante pretenden dividir a la clase obrera para facilitar su explotación y desviar la amenaza de la revolución. No es una coincidencia que, cuando la sociedad estadounidense se encuentra aplastada bajo el peso de la pandemia de COVID-19, que ha cobrado más de 120.000 vidas y desatado una crisis económica de la misma escala que la Gran Depresión, los demócratas estén buscando con una ferocidad cada vez mayor convertir la raza en la cuestión fundamental.

La alternativa a la política del comunalismo racial es la política socialista de la unidad de la clase trabajadora. Este es el programa del Partido Socialista por la Igualdad y todos aquellos que estén de acuerdo con esta perspectiva deberían unirse a nuestro partido.

(Publicado originalmente en inglés el 24 de junio de 2020)

Niles Niemuth y David North