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“Un virus de los pobres”: COVID-19 revela el abismo entre clases en EE.UU.

Una catástrofe social y económica masiva está teniendo lugar en Estados Unidos. Más de 170.000 personas, predominantemente trabajadores y mayores de edad, han fallecido por la pandemia del COVID-19. Treinta millones han perdido sus empleos. Una quinta parte de las madres con niños pequeños dice que sus familias no tienen suficiente comida. En julio, la mitad de los estadounidenses dice que se sienten deprimidos y sin esperanza.

Un campamento grande de personas sin techo cerca del centro de St. Louis (crédito: AP Photo/Jeff Roberson)

Y todo esto fue antes de que el Congreso permitiera que los beneficios federales por desempleo expiraran, recortando los ingresos de decenas de millones de desempleados en dos tercios del día a la mañana y sumiéndolos con sus hijos y dependientes en la pobreza.

El mundo se ve muy diferente desde el punto de vista de la clase gobernante. Para los superricos, “las cosas van mejor que de lo normal”, señaló alguien desde adentro a Vanity Fair. “Principalente están viviendo la vida como lo hacían antes del coronavirus”, con una sola excepción: son mucho más ricos.

Tras aumentar 20 por ciento el índice bursátil NASDAQ en el último año, la riqueza de los diez milmillonarios más ricos del país ha incrementado 22 por ciento en conjunto.

Los trabajadores del sector de salud en EE.UU. se han visto obligados a tratar a pacientes de COVID-19 sin el equipo de protección personal (EPP) más básico. También se les ha negado PPE a los docentes y estudiantes siendo obligados a regresar a escuelas hacinadas. Un maestro publico una fotografía de una sola mascarilla, un empaque de toallitas con alcohol y una botella de desinfectante, indicando “esto es lo que la escuela me dio de PPE para todo el año”. Otro añadió, “Parece que se les olvidó un frasco para mis cenizas”.

Para los millones de trabajadores de primera línea en EE.UU., las pruebas preventivas son impensables cuando los resultados duran más de una semana en llegar, tornándolos prácticamente inútiles. De hecho, a pesar de el repunte pandémico, las pruebas diarias han caído más de 20 por ciento en EE.UU. Una empresa de diagnósticos admitió en documentos internos que los resultados están durando más de 10 días.

Este problema no existe para los superricos. Vanity Fair cuenta como un “milmillonario en Los Ángeles ha estado auspiciando lujosas cenas de gala (sin redes sociales permitidas) donde una enfermera presenta les administra pruebas de coronavirus de 15 minutos afuera, mientras los invitados toman cocteles y les permiten entrar para comer una vez que su test salga negativo”.

El New York Times entrevistó a un doctor de un servicio médico personalizado en los Hampton, el cual provee pruebas instantáneas a pedido, que dijo, “Hemos ido a estos eventos privados, privados, privados, donde me hacen firmar un documento de ‘nada de lo que veas en esta casa se puede filtrar’”.

Los aviones abarrotados no son un problema para los oligarcas, quienes viajan en jets privados o chárter entre sus múltiples casas (el individuo promedio con un patrimonio ultraalto tiene nueve casas en el exterior). NetJets, un servicio privado de jets chárter, reporta que las solicitudes aumentaron 195 por cieno comparado al año anterior.

Mientras tanto, las ventas de yates aumentaron 51 por ciento en mayo comparado a abril.

Cuando los estudiantes están siendo apilados en atestadas aulas, “un oficial gubernamental de California”, le dijo a Vanity Fair, que “algunos maestros de las escuelas públicas están siendo sonsacados para dar clases individuales niños en áreas más adineradas, como Beverly Hills y Palo Alto —un escenario que esta persona describió como ‘jodido’ y uno que se está volviendo un problema real para los sistemas escolares—”.

Un doctor añadió, “El coronavirus es un virus de los pobres. Estamos viendo cómo se propaga en los barrios pobres, a las familias pobres que tienen que salir a trabajar y viven en proximidad unas de otras, y los niños pobres son los que no recibirán una educación adecuada”.

Es esta la realidad de clase que subyace todos los aspectos de la respuesta del Gobierno estadounidense a la pandemia, caracterizándose por su total menosprecio por la salud, la seguridad y el bienestar la vasta mayoría de la población.

Por meses, el Gobierno de Trump saboteó deliberadamente cualquier esfuerzo para contener la pandemia por medio de pruebas, temiendo que esto desataría un pánico en el mercado bursátil. Cuando quedó claro que la pandemia se estaba saliendo de control por todo el país, la respuesta de la clase gobernante estadounidense fue llevar a cabo un rescate masivo de las principales corporaciones y bancos, en el orden de $6 billones.

Una fundación estadounidense importante llamó recientemente a asignar tan solo $75 mil millones para crear el sistema más básico de pruebas para contener la pandemia. Y aun así sigue siendo imposible recaudar esta cifra menor al dinero acumulado por Jeff Bezos en un solo año en un país que gasta $1 billón en el ejército cada año.

Para la clase gobernante, la muerte de decenas de miles de personas no es un problema, con tal de que su riqueza y ganancias queden resguardadas. La oligarquía tiene todas las pruebas que quiera y es más rica que nunca. El desempleo masivo en la clase obrera equivale a menores salarios, costos laborales más bajos y más ganancias.

Con su rescate asegurado y el auge en los mercados bursátiles, la única preocupación de la oligarquía estadounidense es que los trabajadores vuelvan a las fábricas y que los hijos de los trabajadores sean arreados de vuelta a las aulas para que sus padres se puedan reportar para sus turnos.

La afirmación de los demócratas de que el desastre por COVID-19 fue simplemente el resultado de la mala gestión de Trump es un fraude. Cada estado abrió los negocios prematuramente, estuviera gobernado por los demócratas o republicanos, y muchos sin siquiera seguir las guías de los CDC antes de la reapertura. El principal vocero de la campaña de regreso a las aulas es Andrew Cuomo, quien ha declarado que todas las escuelas en el estado de Nueva York deberían reabrir.

Las elecciones, resulten en una Presidencia de Biden o la reelección de Trump, no abordarán las problemáticas más urgentes que enfrenta la clase obrera. Esto se debe a que la respuesta homicida de la clase gobernante estadounidense a la pandemia está arraigada fundamentalmente en el capitalismo y los intereses de clase que dictan las políticas gubernamentales.

Es imposible defender los derechos sociales más básicos de la clase obrera, incluso el derecho a defenderse, dentro del marco del orden social capitalista. Necesita ser arrancado de raíz y reemplazado por el socialismo y la organización racional de la sociedad para atender las necesidades sociales.

(Publicado originalmente en inglés el 18 de agosto de 2020)

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