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Crisis social, lucha de clases y las elecciones de 2020

Las elecciones de 2020 tienen como trasfondo de la máxima crisis social, económica y política en la historia moderna de Estados Unidos.

El brote de la pandemia de COVID-19 ha desestabilizado profundamente la sociedad estadounidense. Más de 185.000 personas han muerto. Unos 27.000 millones están desempleados. Las filas para obtener comida se extienden por varias manzanas en las ciudades y una quinta parte de las madres con hijos pequeños dice que sus familias no tienen comida suficiente.

Los esfuerzos de las clases gobernantes para obligar a que los trabajadores regresen a sus puestos, a pesar de la furiosa pandemia, han llevado a una ola de huelgas y protestas y visto a millones de personas manifestarse contra la violencia policial en miles de ciudades y comunidades de todo el país.

Las elecciones de 2020 se definen por estos procesos gemelos: la prolongada crisis del capitalismo estadounidense expuesta por la pandemia, y el crecimiento explosivo de la oposición al capitalismo y la radicalización masiva de la clase obrera, junto a una ola cada vez mayor de protestas sociales en todo el mundo.

De sus maneras respectivas, la Convención Nacional Demócrata la semana pasada y la Convención Nacional Republicana esta semana representaron la respuesta de los partidos de la clase gobernante al estallido de la oposición social, ante lo cual sienten hostilidad y miedo.

La respuesta más directa provino de los republicanos. Un orador tras otro agitó en tonos histéricos, con algunos literalmente gritando, contra la marea de oposición izquierdista que se expande por la nación. Lanzaron diatribas contra el “marxismo”, el “socialismo” y “la ley de la calle” de las manifestaciones izquierdistas.

En su obsesión histérica con el crecimiento del apoyo al socialismo, Trump sabe que no está hablando sobre los demócratas como Biden, Pelosi, Sanders ni Alexandria Ocasio-Cortez. Les ha tomado la medida a todos ellos y ha financiado directamente a algunos, como a Kamala Harris. Por el contrario, expresa el temor histérico de la clase gobernante hacia la oposición e las masas obreras que está surgiendo por fuera del sistema bipartidista.

La respuesta de los demócratas es más sofisticada. Utilizando su ejército de apologistas profesionales y sus expertos en tergiversar con acentos izquierdistas, los demócratas buscan presentarse como simpatizantes de las demandas de los manifestantes contra la violencia policial y de los trabajadores que enfrentan un desastre social estadounidense. Pero esto solo fue para anestesiar y desarmar el aumento en la oposición, para dividirla en una amplia gama de “identidades” rivales y para encauzarla detrás del callejón sin salida de la política racial.

El hecho de que Bernie Sanders abandonara toda mención de una “revolución política” apenas se desató la pandemia da fe de la percepción de los demócratas hacia el crecimiento de la radicalización social. Desde entonces, se ha vuelto el promotor más entusiasta del embustero de la patronal, Joe Biden.

A tenor de vendedores de marcas de medicamentos, ambos partidos comercian a sus candidatos como la cura milagrosa para el malestar del país. Pero ya ha quedado claro que esta elección, independientemente del resultado, no restaurara ninguna forma de normalidad a la vida política estadounidense.

De hecho, las crisis que enfrenta el país son tan vastas, arrolladoras y generalizadas que ninguna convención fue capaz de siquiera mencionarlas por nombre.

El capitalismo estadounidense, cuyas exportaciones son cada vez menos competitivas en el mercado global, se ha vuelto adicto a la deuda. Sus corporaciones, con sus valoraciones astronómicas y bonos masivos para sus ejecutivos, no pueden sobrevivir sin entregas cada vez más grandes del Gobierno. El jueves, el día final de la convención republicana, la Reserva Federal anunció un cambio en su metodología básica, cuya única intención discernible es decirles a los mercados financieros que les dará aún más dinero de manera perpetua.

“¡Tasas bajas para siempre!”, proclamó el Wall Street Journal, declarando que la estrategia conducirá a “más manías, pánicos y colapsos financieros”. Los mercados financieros celebraron, con los tres índices principales en territorio positivo para el año pese a lo que ha sido calificada como la peor crisis económica en tiempos de paz en un siglo.

Millones de personas están reduciendo sus gastos en comida porque el Congreso se rehusó a extender su asistencia de emergencia para los desempleados. No obstante, Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, casi ha duplicado su riqueza desde el principio del año, convirtiéndose en la primera persona con un patrimonio neto de $200 mil millones.

En el fondo, hay cada vez más advertencias de que el arreglo económico que resultó en el “privilegio exorbitante” de EE.UU. —la hegemonía del dólar— podría estar llegando a su fin, según el precio del oro rompe un récord tras otro.

Al no ser capaz de competir con el rápido avance del sector tecnológico chino, que ha eclipsado a EE.UU. en varios aspectos clave, Washington está provocando una nueva “guerra fría” con Beijing. Estados Unidos ha estado en guerra continuamente por tres décadas, pero su intento de reconquistar Oriente Próximo ha sido un desastre. Su inmensa máquina militar está sumamente sobrecargada. En varias simulaciones de conflicto, los expertos se quejan de que el ejército de China vencería a Estados Unidos. Pero, sin embargo, ambos países se acercan paulatinamente a un enfrentamiento militar.

Los efectos tóxicos de la desigualdad, la reacción y la guerra, resultando en un alejamiento sociopático respecto al sufrimiento humano, se han reflejado en la desastrosa respuesta de EE.UU. a la pandemia, con su macabra cifra de casi 200.000 muertos.

La única preocupación de la Casa Blanca, los Gobiernos locales y las principales corporaciones es barrer los contagios bajo la alfombra para limitar los costos corporativos y el pago de tiempo libre. La cantidad de pruebas se disminuye cada vez más y la Casa Blanca exigió sorprendentemente esta semana que aquellos expuestos a la enfermedad no sean sometidos a pruebas.

“¿Por qué no importan los muertos?”, pregunta un columnista del blog militar Defense One. Argumenta que las guerras interminables han “anestesiado” EE.UU. hacia la muerte por medio de “las aventuras militares en el extranjero que cobraron… vidas humanas… con un abandono casi temerario”. De hecho, las muertes masivas se han institucionalizado tanto que los noticieros vespertinos ni siquiera reportan la cifra diaria de muertos.

El World Socialist Web Site explicó en su declaración de 2017, “Un golpe palaciego o la lucha de clases” que la oposición de los demócratas a Trump se centra en cuestiones de política exterior. Han demandado una política más agresiva hacia Rusia y China e incluso orquestaron su juicio político exclusivamente con base en afirmaciones de que Trump no apoyaba a Ucrania lo suficiente en su “guerra caliente” con Rusia.

Desde la elección de Trump, los demócratas han trabajado de forma bipartidista con Trump para recortar los impuestos corporativos, expandir la Gestapo personal de Trump compuesta por las unidades de la patrulla fronteriza y llevado a cabo el mayor rescate de las principales corporaciones en la historia de la humanidad por medio de la Ley Cares.

Esta orientación está continuando en las elecciones de 2020. Sin duda, el Partido Demócrata ha formado una coalición de derechistas exrepublicanos, generales, representantes de la burocracia estatal de inteligencia,, miembros de la oligarquía financiera y, en su mayoría, los suburbios adinerados que son invocados repetidamente como la principal base demográfica del partido.

En otras palabras, el Partido Demócrata está disputando las elecciones de 2020 como una repetición de las elecciones de 2016, que resultó en la derrota de Hillary Clinton en el Colegio Electoral a pesar de ganar el voto popular por más de tres millones de votos.

Trump concibe las elecciones, como indicó antes de su juicio político, como una “guerra civil”, en la que se permiten todos los métodos de lucha políticos, militares y paramilitares. Por el contrario, sus oponentes demócratas ven el conflicto, en las palabras del expresidente Barack Obama, como un “juego amistoso del mismo equipo”, en que el peor error sería jugar con demasiada rudeza.

Esto es porque, hablando como uno de los dos partidos de Wall Street y la patronal, los demócratas tienen tanto miedo y hostilidad como Trump hacia el crecimiento de la oposición popular masiva.

Sin embargo, por fuera de los conflictos en Washington, está entrando en escena otra fuerza política. Durante los últimos meses, los trabajadores en las principales instalaciones manufactureras del corazón industrial de EE.UU., así como los maestros de todo el país, han comenzado a formar comités de base para resistir a los esfuerzos de las corporaciones y los Gobiernos para obligarlos a trabajar en condiciones cada vez más inseguras.

Además, millones de trabajadores y jóvenes han participado en protestas de masas —según algunas fuentes, las más grandes en la historia estadounidense— contra la violencia policial y el despliegue de tropas federales por parte del Gobierno de Trump en las ciudades del país.

Por mucho que Trump despotrique, presentándose como una imitación de Mussolini, la próxima etapa de la vida política estadounidense no será un movimiento hacia la derecha, sino hacia la izquierda, en la forma de una ofensiva social y política cada vez mayor de la clase obrera.

Este movimiento todavía no ha encontrado su dirección. Pero eso está en camino. La creciente censura contra el World Socialist Web Site y los esfuerzos aprobados por las cortes para excluir a la dupla del Partido Socialista por la Igualdad, Joe Kishore y Norissa Santa Cruz, de la papeleta, reflejan el temor abrumador de la clase gobernante de que el socialismo revolucionario encuentre una audiencia masiva.

Estados Unidos está entrando en una crisis revolucionaria, cuya característica central será la intersección de la tradición histórica del trotskismo, representada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional, con un movimiento global masivo de la clase obrera.

(Publicado originalmente en inglés el 29 de agosto de 2020)

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