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Introducción a ‘El Proyecto del New York Times de 1619 y la falsificación racialista de la historia’

A continuación publicamos la introducción escrita por el presidente de la Junta Editorial Internacional del World Socialist Web Site, David North, para el El Proyecto 1619 del New York Times y la falsificación racialista de la historia, libro de próxima publicación. Se puede pedir por anticipado a Mehring Books para entrega a fines de enero de 2021.

El volumen es una refutación exhaustiva al Proyecto 1619 del periódico el New York Times, una falsificación racialista de la historia de la Revolución y la Guerra Civil estadounidenses. Además de ensayos históricos, incluye entrevistas de eminentes historiadores de Estados Unidos, como James McPherson, James Oakes, Gordon Wood, Richard Carwardine, Victoria Bynum y Clayborne Carson.

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Debo sugerir respetuosamente que, aunque los oprimidos pueden necesitar la historia para su identidad e inspiración, la necesitan sobre todo para conocer la verdad de lo que el mundo ha hecho con ellos y de lo que ellos han ayudado a hacer del mundo. Este conocimiento puede producir ese sentido de identidad que debería ser suficiente para la inspiración; y aquellos que buscan en la historia momentos y héroes gloriosos son traicionados invariablemente y cometen errores catastróficos de juicio político. — Eugene Genovese [1]

Tanto los mitos ideológicos como los históricos son producto de intereses de clase inmediatos. (…) Se puede refutar estos mitos restaurando la verdad histórica —la presentación honesta de hechos reales y tendencias del pasado. — Vadim Z. Rogovin [2]

El 14 de agosto de 2019, el periódico el New York Times dio a conocer el Proyecto 1619. Programado para coincidir con el cuarto centenario de la llegada de los primeros esclavos a la Virginia colonial, la edición especial de cien páginas del suplemento el New York Times Magazine consistió en una serie de ensayos que presentan la historia estadounidense como una lucha racial inquebrantable, en la que los afroestadounidenses han peleado una lucha solitaria para redimir la democracia contra el racismo blanco.

El Times movilizó grandes recursos editoriales y financieros detrás del Proyecto 1619. Con el apoyo del Pulitzer Center for Crisis Reporting, se enviaron cientos de miles de copias a las escuelas. El Proyecto 1619 se extendió a otros formatos. Se anunciaron planes para películas y programas de televisión, respaldados por la celebridad multimillonaria Oprah Winfrey.

Como empresa comercial, el Proyecto 1619 avanza, pero como esfuerzo de revisión histórica ha sido desacreditado en gran medida. Esto se debe sobre todo a la intervención del World Socialist Web Site, con el apoyo de varios historiadores distinguidos y valientes, que revelaron lo que el Proyecto 1619 realmente es: una combinación de periodismo de mala calidad, investigación descuidada y deshonesta y un relato falso, con fines políticos, que convierte al racismo y el conflicto racial en las fuerzas impulsoras centrales de la historia estadounidense.

El Proyecto del New York Times de 1619 y la falsificación racialista de la historia

Para justificar su afirmación de que la historia de Estados Unidos solo puede entenderse cuando se la ve a través del prisma del conflicto racial, el Proyecto 1619 trató de desprestigiar los dos acontecimientos fundamentales de la historia estadounidense: la Revolución de 1775-1783 y la Guerra Civil de 1861-1865. Esto solo podía lograrse mediante una serie de distorsiones, omisiones, medias verdades y declaraciones falsas, engaños que se catalogan y se refutan en este libro.

El New York Times no es ajeno a los escándalos producidos por el periodismo deshonesto y sin principios. Su historia larga y accidentada incluye episodios como su apoyo a los juicios fraudulentos de Moscú de 1936-1938, a través de Walter Duranty, su corresponsal ganador del premio Pulitzer; y, durante la Segunda Guerra Mundial, su decisión inconcebible de tratar el asesinato de millones de judíos europeos como «una historia relativamente irrelevante», que no requirió una cobertura extensa y sistemática [3]. Más recientemente, el Times estuvo implicado, a través de los informes de Judith Miller y las columnas de Thomas Friedman, en la publicación de información errónea del gobierno sobre «armas de destrucción masiva» que sirvió para legitimar la invasión de Irak en 2003. Se pueden mencionar otros muchos ejemplos de violaciones flagrantes, incluso dentro de los estándares generalmente laxos de la ética periodística, sobre todo durante la última década, ya que el New York Times —que cotiza en la Bolsa de Valores de Nueva York con una capitalización bursátil de siete mil quinientos millones de dólares— adquirió cada vez más el carácter de un imperio mediático.

La «financiarización» del Times va de la mano de otro determinante crítico en la selección de los temas que el periódico debe publicitar y promover: su papel central en la formulación y el marketing agresivo de las políticas del Partido Demócrata. Este proceso ha servido para borrar las líneas divisorias siempre tenues entre la información objetiva y la pura propaganda. Las consecuencias de la evolución política y financiera del Times han encontrado una expresión particularmente reaccionaria en el Proyecto 1619. Dirigido por la Sra. Nikole Hannah-Jones y Jake Silverstein, el editor del New York Times Magazine, el Proyecto 1619 fue desarrollado con el fin de dar al Partido Demócrata un relato histórico que legitimara su esfuerzo por desarrollar un electorado en base a la promoción de la política racial. Al ayudar al Partido Demócrata en su esfuerzo de décadas para disociarse del liberalismo de bienestar social de la era que va desde el New Deal hasta la Gran Sociedad, el Proyecto 1619, al priorizar el conflicto racial, margina y elimina el conflicto de clases como un factor notable en la historia y la política.

El paso de la lucha de clases al conflicto racial no se produjo en el vacío. El New York Times, como explicaremos, se apoya en las corrientes intelectuales reaccionarias fermentadas durante varias décadas en sectores sustanciales del mundo académico de clase media.

Los intereses políticos y las consideraciones ideológicas que impulsaron el Proyecto 1619 determinaron los métodos deshonestos empleados por el Times en su creación. El New York Times era muy consciente del hecho de que estaba promoviendo un relato sobre la historia estadounidense basado en la raza y que no podía resistir la evaluación crítica de historiadores destacados de la Revolución y la Guerra Civil. El editor del New York Times Magazine descartó la posibilidad de consultar a los historiadores más respetados.

Asimismo, cuando uno de los verificadores del Times identificó declaraciones falsas y utilizadas para respaldar los argumentos centrales del Proyecto 1619, sus hallazgos fueron ignorados. Y cuando las afirmaciones falsas y los errores fácticos quedaron al descubierto, el Times editó de manera subrepticia frases claves del material del Proyecto 1619 publicado en Internet. El conocimiento y la experiencia de historiadores como Gordon Wood y James McPherson no fueron útiles para el Times. Sus editores sabían que aquellos se opondrían a la tesis central del Proyecto 1619, promovido por la ensayista principal Hannah-Jones: que la Revolución estadounidense comenzó como una conspiración para defender la esclavitud de una eventual emancipación británica.

La Sra. Hannah-Jones afirmó:

Convenientemente dejado fuera de nuestra mitología fundadora, está el hecho de que una de las razones principales por las que los colonos decidieron declarar su independencia del Reino Unido fue porque querían proteger la institución de la esclavitud. En 1776, el Reino Unido tenía conflictos profundos con su papel en la institución bárbara que había reconfigurado al hemisferio occidental. En Londres, habían cada vez más reclamos para abolir la trata de esclavos (...) [Algunos] pueden argumentar que esta nación no se fundó como una democracia, sino como una esclavocracia. [4]

Esta afirmación —que la Revolución estadounidense no fue una revolución, sino una contrarrevolución para defender la esclavitud— está cargada de implicaciones enormes para la historia estadounidense y mundial. El ataque a la Revolución estadounidense legitima el rechazo de los relatos históricos que confieren un contenido progresista al derrocamiento del dominio británico sobre las colonias y, por tanto, a la ola de revoluciones democráticas que aquella inspiró en todo el mundo. Si la creación de Estados Unidos fue una contrarrevolución, el documento fundacional de ese acontecimiento —la Declaración de Independencia, que proclamó la igualdad del hombre— no merece más que desprecio como ejemplo de la más vil hipocresía.

Entonces, ¿cómo se explica el impacto mundial explosivo de la Revolución estadounidense en el pensamiento y la política de sus contemporáneos inmediatos y de las generaciones siguientes?

Extasiado, el filósofo Diderot, uno de los más grandes pensadores de la Ilustración, reaccionó así ante la Revolución estadounidense:

Después de siglos de opresión general, ¡ojalá la revolución que acaba de producirse más allá de los mares, al ofrecer a todos los habitantes de Europa un asilo contra el fanatismo y la tiranía, instruya a quienes gobiernan a los hombres acerca del uso legítimo de su autoridad! Ojalá que estos estadounidenses valientes, que prefieren que sus esposas sean violadas, sus hijos asesinados, sus viviendas destruidas, sus campos devastados, sus aldeas quemadas y que prefieren derramar su sangre y morir antes que perder la más mínima porción de su libertad, impidan la enorme acumulación y distribución desigual de la riqueza, el lujo, el amaneramiento y la corrupción de los modales, y que ellos se encarguen del mantenimiento de su libertad y la supervivencia de su gobierno. [5]

Voltaire, en febrero de 1778, solo unos meses antes de su muerte, organizó una reunión pública con Benjamin Franklin, el muy celebrado enviado de la Revolución estadounidense. El anciano filósofo relató en una carta que su abrazo con Franklin fue visto por veinte espectadores que se conmovieron hasta «las lágrimas» [6].

Marx tenía razón cuando escribió, en su prólogo de 1867 a la primera edición de Das Kapital , que «la guerra de la Independencia estadounidense fue el toque a rebato para la clase media europea», que inspiró las revueltas que iban a barrer la basura feudal, acumulada durante siglos, del antiguo régimen. [7]

Como señaló el historiador Peter Gay en su célebre estudio sobre la cultura y la política de la Ilustración: «La libertad que los estadounidenses habían ganado y estaban protegiendo no era solamente una actuación estimulante que deleitaba a los espectadores europeos y les daba motivos para el optimismo sobre el hombre; también demostraba que era un ideal realista y digno de imitación». [8]

R. R. Palmer, uno de los historiadores más eruditos de mediados del siglo XX, definió la Revolución estadounidense como un momento crítico en la evolución de la civilización occidental, el comienzo de una era de cuarenta años de revoluciones democráticas. Palmer escribió:

La revolución estadounidense y la francesa, las dos principales revoluciones reales del período, con la debida consideración a las grandes diferencias entre ellas, tuvieron mucho en común, y lo que compartían también era compartido por diversas personas y movimientos en otros países, especialmente en Inglaterra, Irlanda, Holanda, Bélgica, Suiza e Italia, pero también en Alemania, Hungría y Polonia, y por individuos dispersos en lugares como España y Rusia. [9]

Más recientemente, Jonathan Israel, el historiador de la Ilustración Radical, sostiene que la Revolución estadounidense

formó parte de una secuencia revolucionaria transatlántica más amplia, una serie de revoluciones en Francia, Italia, Holanda, Suiza, Alemania, Irlanda, Haití, Polonia, España, Grecia e Hispanoamérica. (…) Los esfuerzos de los Padres Fundadores y sus seguidores en el extranjero demuestran la profunda interacción entre la Revolución estadounidense y sus principios con las otras revoluciones, lo que confirma el papel global de la Revolución menos como una fuerza directamente interviniente que como motor inspirador, el modelo principal, para el cambio universal [10].

Los marxistas nunca vieron la Revolución estadounidense o la Revolución francesa con lentes teñidos de rosa. Al analizar los hechos históricos mundiales, Friedrich Engels rechazó las interpretaciones pragmáticas simplistas que explican y juzgan «todo en función de los motivos de los actos», que dividen «a los hombres que actúan en la historia en buenos y malos, y luego comprueba que, por regla general, los buenos son los engañados, y los malos los vencedores». Los motivos personales, insistió Engels, tienen una «importancia secundaria». Las preguntas críticas que los historiadores deben hacerse son: «¿Qué fuerzas propulsoras actúan, a su vez, detrás de esos móviles? ¿Qué causas históricas son las que en las cabezas de los hombres se transforman en estos móviles?». [11]

Cualesquiera que hayan sido los motivos personales y las limitaciones individuales de quienes lideraron la lucha por la independencia, la revolución de las colonias estadounidenses contra la Corona británica estuvo enraizada en procesos socioeconómicos objetivos y relacionados con el surgimiento del capitalismo como sistema mundial. La esclavitud había existido durante varios miles de años, pero la forma específica que asumió entre los siglos XVI y XIX estuvo ligada al desarrollo y la expansión del capitalismo. Como explicó Marx:

El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata en América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: son todos hechos que señalan los albores de la era de la producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria. [12]

Marx y Engels insistieron en el carácter históricamente progresista de la Revolución estadounidense, una evaluación validada por la Guerra Civil. Marx le escribió a Lincoln en 1865 que fue en la Revolución estadounidense que «la idea de una gran república democrática surgió por primera vez, a partir de la cual se proclamó la primera Declaración de los Derechos del Hombre y se dio el primer impulso a la revolución europea del siglo XVIII...». [13]

No hay nada en el ensayo de la Sra. Hannah-Jones que indique que ella pensó detenidamente, e incluso que sea consciente de las implicaciones, desde el punto de vista de la historia mundial, en la denuncia del Proyecto 1619 sobre la Revolución estadounidense. De hecho, el Proyecto 1619 fue tramado sin consultar las obras de los historiadores más destacados de la Revolución y la Guerra Civil. Esto no fue un descuido, sino el resultado de una decisión deliberada del New York Times de prohibir, en la mayor medida posible, la participación de académicos «blancos» en el desarrollo y la redacción de los ensayos. En un artículo titulado «Cómo surgió el Proyecto 1619», publicado el 18 de agosto de 2019, el Times informó a sus lectores: «Casi todos los colaboradores de la revista y la sección especial —escritores, fotógrafos y artistas— son negros, un aspecto no negociable del proyecto que ayuda a subrayar su tesis...». [14]

De hecho, a pesar de la barrera de color preferida por Hannah-Jones, varios de los ensayos incluidos en el Proyecto 1619 fueron escritos por «blancos». Esos trabajos, del sociólogo Matthew Desmond y del historiador Kevin Kruse, no fueron mejores que el resto. Esto demuestra que el punto de vista racialista no tiene sus raíces en la identidad racial del autor, sino en su posición de clase y orientación ideológica.

En todo caso, si el Times tenía que romper sus propias reglas, la insistencia racista y «no negociable» en que el Proyecto 1619 tenía que ser producido casi exclusivamente por negros fue justificada con la afirmación falsa de que los historiadores blancos casi habían ignorado el tema de la esclavitud estadounidense. Y en las pocas ocasiones en que los historiadores blancos habían reconocido la existencia de la esclavitud, ellos habían minimizado su importancia o habían mentido al respecto. Por lo tanto, solo los escritores negros podían «contar nuestra historia con sinceridad». El relato del Proyecto 1619, basado en la raza, pondría «las consecuencias de la esclavitud y las contribuciones de los estadounidenses negros en el centro de la historia que nos contamos sobre quiénes somos». [15]

El Proyecto 1619 fue una falsificación no solo de la historia sino también de la historiografía. Ignoró el trabajo de dos generaciones de historiadores estadounidenses, que se remonta a los años cincuenta. Los autores y editores del Proyecto 1619 no consultaron a ningún experto serio sobre la esclavitud, la Revolución estadounidense, el movimiento abolicionista, la Guerra Civil o la segregación racial de las leyes de Jim Crow. No hay evidencia de que el estudio de Hannah-Jones sobre la historia de Estados Unidos fuera más allá de la lectura de un solo libro, escrito a principios de los años sesenta, por el difunto escritor nacionalista negro Lerone Bennett, Jr. La «reformulación» de Hannah-Jones de la historia de Estados Unidos, que iba a ser enviada a las escuelas como base para un nuevo plan de estudios, ni siquiera se molestó en hacer una bibliografía.

Hannah-Jones y Silverstein argumentaron que estaban creando «un nuevo relato» para reemplazar el supuesto «relato blanco» que había existido antes. En una de sus innumerables diatribas en Twitter, Hannah-Jones declaró que «el Proyecto 1619 no es una historia». Se trata, más bien, de «quién controla el relato nacional y, por lo tanto, la memoria compartida de la nación sobre sí misma». En este comentario, Hannah-Jones exalta de manera explícita la separación entre la investigación histórica y el esfuerzo por reconstruir el pasado. Se declara que el propósito de la historia no es más que la creación de un relato útil para promover una u otra agenda política. La verdad o falsedad del relato no es motivo de preocupación.

La creación de mitos nacionalistas ha jugado, durante un período largo, un papel político significativo en la promoción de los intereses de los estratos de clase media que pelean por alcanzar un lugar más privilegiado en las estructuras de poder existentes. Como señaló lacónicamente Eric Hobsbawm, «Los socialistas (...) que rara vez usaban la palabra “nacionalismo” sin el prefijo “pequeñoburgués”, sabían de lo que estaban hablando». [16]

A pesar de las afirmaciones de que Hannah-Jones estaba forjando un nuevo camino para el estudio y la comprensión de la historia estadounidense, la insistencia del Proyecto 1619 en una historia de Estados Unidos centrada en la raza, escrita por historiadores afroestadounidenses, revivió los argumentos raciales promovidos por los nacionalistas negros en los años sesenta. A pesar de toda la impostura militante, la agenda subyacente, como lo demostraron los hechos posteriores, era crear nichos profesionales en beneficio de un segmento de la clase media afroestadounidense. En el mundo académico, esta agenda exigió que las materias ligadas a la experiencia histórica de la población negra fueran asignadas exclusivamente a los afroestadounidenses. Así, en la lucha subsiguiente por la distribución de privilegios y estatus, los historiadores que habían hecho contribuciones importantes al estudio de la esclavitud fueron denunciados por entrometerse, como blancos, en un tema que solo los historiadores negros podían entender y explicar. Peter Novick, en su libro That Noble Dream, recordó el impacto del racismo nacionalista negro en la escritura de la historia estadounidense:

Militantes le dijeron a Kenneth Stamp que, como hombre blanco, él no tenía derecho a escribir The Peculiar Institution. Herbert Gutman, que presentaba una ponencia en la Asociación para el Estudio de la Vida e Historia de los Negros, fue abucheado. Un colega blanco que estuvo presente (y tuvo la misma experiencia), informó que Gutman estaba «destrozado». Gutman suplicó en vano que él «apoyaba totalmente al movimiento de liberación de los negros —si la gente simplemente olvidara que soy blanco y escuchara lo que estoy diciendo (...) apoyarían al movimiento». Entre los incidentes más dramáticos de este tipo se encuentra el trato a Robert Starobin, un joven izquierdista y partidario de los Black Panthers, quien entregó un artículo sobre la esclavitud en una conferencia de la Universidad Estatal de Wayne en 1969, un incidente que devastó a Starobin en ese momento, y que es aún más lamentable por el hecho de que se suicidó al año siguiente. [17]

A pesar de estos ataques, los historiadores blancos continuaron escribiendo estudios importantes sobre la esclavitud estadounidense, la Guerra Civil y la Reconstrucción. Los intentos rudos de introducir una calificación racial al jugar el «derecho» de un historiador a estudiar la esclavitud tuvieron una fuerte oposición. El historiador Eugene Genovese (1930-2012), autor de obras notables, como Economía política de la esclavitud y The World the Slaveholders Made, escribió:

Todo historiador de Estados Unidos y especialmente del sur no puede dejar de hacer estimaciones sobre la experiencia negra, porque sin ellas no puede hacer estimaciones sobre nada más. Por lo tanto, cuando me preguntan, en estos tiempos necios, qué derecho tengo yo, como hombre blanco, a escribir sobre los negros, me veo obligado a responder con palabras de cuatro letras. [18]

Este pasaje fue escrito hace más de medio siglo. Desde finales de los años sesenta, los esfuerzos por racializar el trabajo académico, contra los que Genovese polemizó con razón, han cobrado proporciones tan grandes que la palabra «necios» no es suficiente para describirlos adecuadamente. Con la influencia del posmodernismo y su descendiente, la «teoría crítica de la raza», las puertas de las universidades estadounidenses se abrieron de par en par para la propagación de concepciones profundamente reaccionarias. La identidad racial reemplazó a la clase social y los procesos económicos como la categoría analítica principal y esencial.

La teoría de la «blancura», la última moda, se utiliza ahora para negar el progreso histórico, rechazar la verdad objetiva e interpretar todos los hechos y las facetas de la cultura a través del prisma del interés propio racial. Sobre esta base, se puede decir la más pura tontería con la garantía de que todas las objeciones basadas en los hechos y en la ciencia serán descartadas como una manifestación de «fragilidad blanca» o alguna forma de racismo oculto. En este ambiente degradado, Ibram X. Kendi puede escribir el siguiente pasaje absurdo, sin temor a la contradicción, en su libro Stamped from the Beginning:

Para los intelectuales de la Ilustración, la metáfora de la luz tenía típicamente un doble significado. Los europeos habían redescubierto el aprendizaje después de mil años en la oscuridad religiosa, y su brillante faro continental de conocimiento existía en medio de un mundo «oscuro» que aún no había sido tocado por la luz. La luz, entonces, se convirtió en una metáfora de la europeidad y, por lo tanto, de la blancura, una noción que Benjamin Franklin y su sociedad filosófica adoptaron con entusiasmo e importaron a las colonias. (...) Las ideas de la Ilustración dieron legitimidad a esta «parcialidad» racista de larga data, la conexión entre la ligereza y la blancura y la razón, por un lado, y entre la oscuridad y la negritud y la ignorancia, por el otro. [19]

Esto es una invención ridícula que atribuye a la palabra «Ilustración» un significado racial que no tiene ningún fundamento en la etimología, y mucho menos en la historia. La palabra empleada por el filósofo Immanuel Kant en 1784 para describir este período de avance científico fue Aufklärung, que puede traducirse del alemán como «aclaración» o «aclarar», en alusión a un despertar intelectual. La traducción al español de Aufklärung como Ilustración data de 1865, setenta y cinco años después de la muerte de Benjamin Franklin, a quien Kendi menciona para sustentar su argumento racial. [20]

Otra expresión usada por la gente de habla inglesa para describir los siglos XVII y XVIII ha sido «La edad de la razón», que fue empleada por Tom Paine en su ataque mordaz contra la religión y todas las formas de superstición. El intento de Kendi de enraizar la Ilustración en un impulso blanco y racista no se basa en más que malabares retóricos vacíos. El racismo moderno está conectado de manera histórica e intelectual con la Anti-Ilustración, cuyo representante más significativo del siglo XIX, el conde Gobineau, escribió el libro Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas. Pero la historia real no juega ningún papel en las fabricaciones pseudointelectuales de Kendi. Su obra está marcada por la ignorancia.

La historia no es la única disciplina agredida por los especialistas de la raza. En un ensayo titulado «Music Theory and the White Racial Frame», el profesor Philip A. Ewell, del Hunter College de Nueva York declara: «Postulo que hay un ‘marco racial blanco’ en la teoría de la música que es estructural e institucionalizada; solo a través de un replanteamiento de este marco racial blanco comenzaremos a ver cambios raciales positivos en la teoría musical». [21]

Esta degradación de la teoría musical despoja a la disciplina de su carácter científico y desarrollado a través de la historia. Los complejos principios y elementos de composición, contrapunto, tonalidad, consonancia, disonancia, timbre, ritmo, notación, etc., derivan, según Ewell, de características raciales. El profesor Ewell merodea en el territorio ideológico del Tercer Reich. Hay más que una semejanza pasajera entre su llamado a la liberación de la música de la «blancura» y los esfuerzos de los académicos nazis en la Alemania de los años treinta y cuarenta para liberar a la música del «judaísmo». Los nazis denunciaron a Mendelssohn como una mediocridad cuya popularidad era la manifestación insidiosa de los esfuerzos judíos por dominar la cultura aria. De manera similar, Ewell proclama que Beethoven está «por encima de la media como compositor», y que «ocupa el lugar que ocupa porque ha estado sostenido por la blancura y la masculinidad durante doscientos años». [22]

Las revistas académicas que cubren prácticamente todos los campos de estudio están repletas de basura ignorante de este tipo. Incluso la física no ha escapado a la embestida de las teorías raciales. En un ensayo reciente, Chanda Prescod-Weinstein, profesora asistente de física en la Universidad de New Hampshire, proclama que «la raza y la etnia tienen un impacto sobre los resultados epistémicos en la física» e introduce el concepto de « empirismo blanco» (cursiva en el original), que «Llega a dominar el discurso empírico en física porque la blancura modela poderosamente los criterios predominantes sobre quién es un observador válido de los fenómenos físicos y sociales». [23]

Prescod-Weinstein afirma que «la producción de conocimiento en física depende de las identidades asignadas a los físicos»; el origen racial y de género de los científicos afecta la forma en que se efectúa la investigación científica y, por lo tanto, las observaciones y experimentos realizados por los físicos afroestadounidenses y mujeres producirán resultados diferentes a los realizados por los hombres blancos. Prescod-Weinstein se identifica con los contingentistas que «desafían todo supuesto de que la toma de decisiones científicas sea puramente objetiva». [24]

Según ella, el supuesto de objetividad es un problema importante. Los científicos, se queja Prescod-Weinstein, son «típicamente monistas —creyentes en la idea de que solo hay una ciencia (…) Este enfoque monista de la ciencia normalmente excluye una investigación más profunda de cómo se entremezclan la identidad y los resultados epistémicos. Pero el empirismo blanco socava una teoría significativa de la física del siglo XX: la relatividad general» (énfasis agregado). [25]

El ataque de Prescod-Weinstein a la objetividad del conocimiento científico se refuerza con una distorsión de la teoría de Einstein.

La contribución monumental de Albert Einstein a nuestra comprensión empírica de la gravedad tiene sus raíces en el principio de covarianza, que es la idea simple de que no existe un marco único de referencia objetivo que sea más objetivo que otro. Todos los marcos de referencia, todos los observadores, son igualmente competentes y capaces de observar las leyes universales que subyacen al funcionamiento de nuestro universo físico (énfasis agregado). [26]

De hecho, la afirmación de la relatividad general sobre la covarianza postula una simetría fundamental en el universo, de modo que las leyes de la naturaleza son las mismas para todos los observadores. La gran idea inicial (aunque difícilmente «simple») de Einstein, al estudiar las ecuaciones de Maxwell sobre electromagnetismo relacionadas con la velocidad de la luz en el vacío, es que estas ecuaciones eran verdaderas en todos los marcos de referencia. El hecho de que dos observadores midan una tercera partícula de luz en el espacio viajando a la misma velocidad, incluso si están en movimiento entre sí, condujo a Einstein a una profunda redefinición teórica de cómo la materia existe en el tiempo y el espacio. Estas teorías fueron confirmadas por los experimentos, un resultado que no será refutado cambiando la raza o el género de quienes realizan los experimentos.

La masa, el tiempo y el espacio y otras magnitudes resultaron ser variables y relativas, según el marco de referencia de cada uno. Pero esta variación es objetiva, no subjetiva, y mucho menos determinada por la raza. Confirma la concepción monista. En la realidad física no hay declaraciones o marcos de referencia distintos, «superiores en lo racial», «mujeres negras» o «empiristas blancos ». Existe una verdad objetiva comprobable, realmente independiente de la conciencia, sobre el mundo material.

Además, «todos los observadores», independientemente de su educación y experiencia, no son «igualmente competentes y capaces» de observar, y mucho menos descubrir, las leyes universales que gobiernan el universo. Los físicos, sean cuales sean sus identidades personales, deben recibir una educación adecuada; y esta educación, con suerte, no se verá empañada por el tipo de basura ideológica propagada por los teóricos de la raza y el género.

Obviamente, hay un público para las tonterías anticientíficas propuestas por Prescod-Weinstein. Detrás de gran parte de las teorías raciales y de género contemporáneas se encuentra la frustración y la ira por la asignación de puestos dentro de la academia. El ensayo de Prescod-Weinstein es un texto en nombre de todos aquellos que creen que sus carreras profesionales fueron obstaculizadas por el «empirismo blanco». Intenta encubrir su falsificación de la ciencia con afirmaciones amplias y sin fundamento de que el racismo es omnipresente entre los físicos blancos, quienes, según ella, se niegan a aceptar la legitimidad de la investigación realizada por científicas negras.

Es posible que un número muy reducido de físicos sean racistas. Pero esa posibilidad no legitima sus esfuerzos por atribuir a la identidad racial un significado epistemológico que afecta el resultado de la investigación. En esta línea, Prescod-Weinstein afirma que las afirmaciones de verdad objetiva hechas por el «empirismo blanco» se basan en la fuerza. Esto es una variante del dogma posmoderno de que lo que se denomina «verdad objetiva» no es más que una manifestación de las relaciones de poder entre fuerzas sociales en conflicto. Ella escribe:

El empirismo blanco es la práctica de permitir que el discurso social se inserte en el razonamiento empírico sobre la física, y daña activamente el desarrollo de una comprensión integral del mundo natural al impedir que las ideas provincianas europeas sobre la ciencia — que se volvieron dominantes mediante la fuerza colonial — dialoguen con las ideas que están ligadas más fuertemente a la «indigeneidad», ya sea la indigeneidad africana u otra (énfasis agregado). [27]

La prevalencia y legitimación de las teorías racialistas es una manifestación de la profunda crisis intelectual, social y cultural de la sociedad capitalista contemporánea. Al igual que a finales del siglo XIX y principios del XX, la teoría racial está ganando seguidores entre los intelectuales desorientados de clase media. La mayoría de los académicos, pero no todos, que promueven una agenda racial pueden creer sinceramente que están combatiendo los prejuicios basados en la raza, pero están propagando ideas anticientíficas e irracionalistas que, más allá de cuáles sean sus intenciones personales, son funcionales a fines reaccionarios.

La interacción de la ideología racialista, desarrollada durante varias décadas en el mundo académico, con la agenda política del Partido Demócrata es la fuerza impulsora del Proyecto 1619. Particularmente en condiciones de extrema polarización social, en las que hay un creciente interés y apoyo al socialismo, el Partido Demócrata —como instrumento político de la clase capitalista— está ansioso por desviar el foco de la discusión política de los temas que agitan el espectro de la desigualdad social y el conflicto de clases. Esta es la función de una reinterpretación de la historia que coloca a la raza en el centro de su relato.

El Proyecto 1619 no surgió de la noche a la mañana. Durante varios años, en consonancia con el papel creciente que desempeñan diversas formas de la política de la identidad en la estrategia electoral del Partido Demócrata, el Times se ha concentrado totalmente en la raza, hasta un punto que puede calificarse legítimamente como obsesivo. A menudo parece que el propósito principal de la cobertura de noticias y los comentarios del Times es revelar la esencia racial de cualquier hecho o tema específico.

Una búsqueda en el archivo del New York Times muestra que la expresión «privilegio blanco» apareció en solo cuatro artículos en 2010. En 2013, la expresión apareció en veintidós artículos. En 2015, el Times publicó cincuenta y dos artículos en los que se menciona esa expresión. En 2020, hasta el 1 de diciembre, el Times había publicado 257 artículos en los que se hace referencia al «privilegio blanco».

La palabra «blancura» apareció en solo quince artículos del Times en 2000. En 2018, el número de artículos en los que aparecía la palabra había aumentado a 222. Para el 1 de diciembre de 2020, se hacía referencia a la «blancura» en 280 artículos.

El enfoque implacable del Times en la raza durante el año pasado, incluso en su sección de obituarios, ha estado vinculado claramente con la estrategia electoral 2020 del Partido Demócrata. El Proyecto 1619 fue concebido como un elemento crítico de esta estrategia. Esto fue declarado explícitamente por el editor ejecutivo del Times, Dean Baquet, en una reunión llevada a cabo el 12 de agosto de 2019 con el personal del periódico:

La raza y la comprensión de la raza deberían ser parte de cómo cubrimos la historia estadounidense (...) una razón por la que todos apoyamos el Proyecto 1619 y lo hicimos tan ambicioso y expansivo fue para enseñar a nuestros lectores a pensar un poco más así. El año que viene, la raza —y creo que, para ser franco, esto es con lo que espero que salgan de esta reunión— el año que viene, la raza será una gran parte de la historia estadounidense. [28]

El esfuerzo del New York Times por «enseñar» a sus lectores «a pensar un poco más» en la raza tomó la forma de una falsificación de la historia estadounidense, con el objetivo de desprestigiar las luchas revolucionarias que dieron lugar a la fundación de Estados Unidos en 1776 y la destrucción final de la esclavitud durante la Guerra Civil. Esta falsificación contribuye a la erosión de la conciencia democrática, legitima una visión racializada de la historia y la sociedad estadounidenses y socava la unidad de la amplia masa de estadounidenses en su lucha común contra las condiciones de desigualdad social y explotación.

La campaña racialista del New York Times se ha llevado a cabo en el contexto de una pandemia que está devastando a las comunidades de clase obrera, independientemente de su raza y etnia, en Estados Unidos y el resto del mundo. El número mundial de muertos ya ha superado el millón y medio. En Estados Unidos, el número de muertes por COVID-19 superará los trescientos mil antes de fin de año. La pandemia también ha devastado económicamente a millones de estadounidenses. La tasa de desempleo se acerca a los niveles de la Gran Depresión. Millones de personas no tienen ninguna fuente de ingresos y dependen de los bancos de alimentos para su sustento diario.

Mientras la pandemia hace estragos, las estructuras de la democracia estadounidense se están derrumbando por el peso de las contradicciones sociales producidas por un nivel asombroso de concentración de la riqueza en una pequeña fracción de la población. La campaña presidencial de 2020 se llevó a cabo en medio de conspiraciones fascistas, orquestadas desde la Casa Blanca, para establecer una dictadura. El viejo adagio «Aquí no puede suceder», acuñado en los años treinta, durante el ascenso del fascismo en Europa, ha sido refutado por los acontecimientos. «Está sucediendo aquí» es una descripción correcta de la realidad estadounidense.

En medio de esta catástrofe social y política sin precedentes, que requiere una respuesta unida de todos los sectores de la clase obrera, el New York Times ha dedicado sus energías a promover un relato falso, que retrata la historia estadounidense como una guerra perpetua entre razas. En esta distorsión grotesca no hay lugar para la clase obrera ni para la lucha de clases, que ha sido el factor dominante en la historia estadounidense durante los últimos 150 años, y en la que los trabajadores afroestadounidenses han luchado heroicamente junto a sus hermanos y hermanas blancas. La extrema crisis social desencadenada por la pandemia y las condiciones desesperadas que enfrentan decenas de millones de trabajadores de todos los orígenes raciales y étnicos constituyen una condena incontestable a las premisas reaccionarias del Proyecto 1619. Los ensayos y entrevistas con historiadores distinguidos publicados en este libro proporcionan la refutación fáctica a la falsificación histórica realizada por el Proyecto 1619.

David North

Detroit

3 de diciembre de 2020

Notas:

[1] «The Nat Turner Case», The New York Review of Books, 12 de septiembre de 1968.

[2] Vadim Z. Rogovin, Los bolcheviques contra el estalinismo 1928–1933: León Trotsky y la Oposición de Izquierda (Oak Park: 2019), p. 2.

[3] Laurel Leff, Buried by the Times: The Holocaust and America’s Most Important Newspaper (Cambridge: 2005), p. 5.

[4] New York Times Magazine, 18 de agosto de 2019, p. 18.

[5] Citado por Peter Gay, The Enlightenment: The Science of Freedom (Nueva York y Londres: 1996), pp. 556–57.

[6] Ibid., p. 557.

[7] Karl Marx, El capital: El proceso de producción del capital, Tomo I (Londres: 1974), p. 20.

[8] Gay, The Enlightenment: The Science of Freedom, p. 558.

[9] R.R. Palmer, The Age of Democratic Revolution: A Political History of Europe and America, 1760–1800 (Princeton: 1959), p. 5.

[10] Jonathan Israel, The Expanding Blaze: How the American Revolution Ignited the World, 1775–1848 (Princeton: 2017), pp. 17–18.

[11] Friedrich Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (Nueva York: 2018), p. 49.

[12] Karl Marx, El capital: El proceso de producción del capital, Tomo I (Londres: 1974), p. 703.

[13] Karl Marx, «A Abraham Lincoln, presidente de Estados Unidos», en Karl Marx-Friedrich Engels Collected Works, Volume 20 (Nueva York: 1984), p. 19.

[14] «How the 1619 Project Came Together», consultado el 3/12/2020: https://www.nytimes.com/2019/08/18/reader-center/1619-project-slavery-jamestown.html

[15] New York Times Magazine, 18 de agosto de 2019, p. 5.

[16] E.J. Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780: Programa, mito, realidad (Londres: 1991), p. 117.

[17] Peter Novick, That Noble Dream: The “Objectivity Question” and the American Historical Profession (Cambridge: 1988), p. 475.

[18] Eugene D. Genovese, In Red and Black: Marxian Explorations in Southern and Afro-American History (Nueva York: 1968), p. viii.

[19] Ibram X. Kendi, Stamped from the Beginning: The Definitive History of Racist Ideas in America (Nueva York: 2017), p. 80.

[20] https://www.etymonline.com/search?q=enlightenment

[21] «Music Theory and the White Racial Frame», en MTO, Volume 26, Number 2, septiembre de 2020.

[22] «Beethoven Was an Above Average Composer—Let’s Leave It at That», 24 de abril de 2020, consultado el 3/12/20:

https://musictheoryswhiteracialframe.wordpress.com/2020/04/24/beethoven-was-an-above-average-composer-lets-leave-it-at-that/

[23] «Making Black Women Scientists under White Empiricism: The Racialization of Epistemology in Physics», in Signs: Journal of Women in Culture and Society, 2020 Volume 45, No. 2, p. 421.

[24] Ibid., p. 422.

[25] Ibid.

[26] Ibid.

[27] Ibid., p. 439.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 4 de diciembre de 2020)

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