Español
Perspectiva

Las ganancias corporativas, la desregulación eléctrica y el desastre en Texas

En un desastre social que está entrando en su cuarto día, hasta 4,5 millones de personas han sido golpeadas por constantes apagones o cortes totales de electricidad en Texas. Millones se han quedado sin calefacción en medio de nevadas que han reducido las temperaturas a los 13 grados Celsius bajo cero tan al sur como en Austin, la capital estatal. El apagón es el más grande en la historia estadounidense causado deliberadamente por las empresas eléctricas.

Michelle Terrazas recoge leña mientras las personas hacen cola para cargar leña, 17 de febrero de 2021, Dallas (AP Photo/LM Otero)

Para el miércoles, según el mal llamado Consejo de Fiabilidad Eléctrica de Texas (ERCOT, por sus siglas en inglés), un coordinador de la distribución eléctrica dominado por las industrias, 1,4 millones de personas se quedaron sin luz en Houston, la mayor ciudad del estado, mientras que una cuarta parte de los residentes en Dallas, la segunda mayor ciudad, también se quedaron sin luz. Se han atribuido al menos 21 muertes en total a las tormentas invernales y apagones. Las causas van desde accidentes de tránsito a incendios en hogares y personas envenenadas por monóxido de carbono.

La causa del desastre no es que escasee la producción de electricidad en Estados Unidos. Por el contrario, el suministro energético es adecuado y los precios se mantienen relativamente estables. Esta tragedia social es el producto de una serie de decisiones hechas por las empresas privadas y los oficiales públicos, todos impulsados por una preocupación común: la maximización de las ganancias capitalistas.

Hace diez años, una profunda helada a mediados de febrero provocó una crisis eléctrica en Texas. Esto dio lugar a estudios y múltiples advertencias sobre lo que podría ocurrir en caso de un suceso similar o de mayor alcance. La crisis actual, que se produce en plena pandemia de COVID-19, no es un desastre “natural”, sino el resultado de la negativa deliberada y criminal a prestar atención a esas advertencias.

Un factor importante es la decisión de los funcionarios del estado de Texas, que se adhieren a la doctrina del Partido Republicano, de no tomar en cuenta el cambio climático, a pesar de una serie de desastres inducidos por el clima que han caído sobre el estado: tormentas, inundaciones, sequías, incendios forestales. Sobre todo, el huracán Harvey, que provocó inundaciones que devastaron la zona de Houston en 2017, matando a más de 100 personas y causando daños estimados en 125.000 millones de dólares.

Se cree que el cambio climático contribuye en gran medida a las erupciones más frecuentes del “vórtice polar”, que llevan ráfagas de aire superfrío a regiones donde las temperaturas bajo cero han sido históricamente poco frecuentes.

Pero hay otras decisiones políticas y económicas que subyacen a la crisis actual. Texas tiene una red eléctrica estatal que está desconectada de las grandes redes nacionales que cubren los 47 estados restantes de los Estados Unidos contiguos. El Gobierno estatal ha optado por esta política para eludir la autoridad de la Comisión Federal Reguladora de la Energía (FERC, por sus siglas en inglés), que supervisa las redes eléctricas que cruzan las fronteras estatales. La falta de conexión con los estados vecinos significa que cuando el sistema de Texas experimenta una crisis, no puede recurrir fácilmente a suministros de energía externos.

Esta crisis se produjo el domingo por la noche, cuando un salvaje frente frío de mediados de invierno entró en el estado. Las temperaturas bajo cero dejaron sin efecto casi la mitad de la capacidad de generación de energía del estado.

Mientras que los políticos de Texas se han centrado en la caída de la generación eólica y solar, que se redujo en unos cuatro gigavatios (millones de kilovatios), la mayor caída se produjo en la generación convencional impulsada por el gas, que perdió más de 30 gigavatios porque las temperaturas dificultaron el bombeo de gas natural de los tanques de almacenamiento subterráneos. El agua de refrigeración de algunas centrales nucleares se congeló. Incluso las anticuadas centrales de carbón se vieron obligadas a cerrar, ya que el suministro de carbón se congeló.

La intensa helada elevó la demanda de energía a casi 70 gigavatios, a medida que los tejanos trataban de calentar sus hogares. Pero los problemas de suministro redujeron la electricidad disponible a menos de 45 gigavatios. Los precios en el mercado al contado, el único medio a través del cual las empresas de servicios públicos de Texas podían obtener energía adicional, se dispararon de 22 dólares el megavatio hora a $9.000 el lunes.

El ERCOT ordenó a las empresas de servicios públicos que no pagaran la exorbitante tarifa a corto plazo –lo que reduciría drásticamente sus ganancias, ya que muchos clientes pagan tarifas fijas a largo plazo— y que, en su lugar, impusieran apagones continuos.

El cierre de las centrales eléctricas que provocó la escasez de energía fue en sí el resultado del afán de lucro. No existe ningún obstáculo técnico para la climatización de las centrales eléctricas, ya sean de gas, nucleares o basadas en recursos renovables como el sol, el viento y el agua. Estas centrales funcionan incluso en Siberia, Canadá y Alaska.

Pero la desregulación de las empresas de servicios públicos de Texas hizo que los ejecutivos de las empresas decidieran si hacían o no las inversiones necesarias para proteger sus operaciones de las olas de frío que se han vuelto cada vez más comunes en las últimas dos décadas. Se negaron a hacer tales deducciones a sus beneficios.

Además, las autoridades de Texas decidieron a mediados de la década de 1990 que ya no exigirían a las empresas de servicios públicos que reservaran una determinada proporción de su capacidad para hacer frente a los aumentos de la demanda. En otros lugares de Norteamérica, esas reservas de suministro se mantienen en un 15% o más. Pero Texas no tenía ninguna planta de reserva para activar cuando llegó la crisis.

Una vez que comenzaron los apagones, se pusieron de manifiesto todas las desigualdades e injusticias del capitalismo estadounidense en 2021. Los tejanos de la clase trabajadora y de las minorías viven en viviendas deficientes, sin aislamiento contra el frío inesperado y sin una capacidad de calefacción adecuada.

Los residentes de Houston, la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos, podían ver las luces aún encendidas en las sedes corporativas del centro de la ciudad mientras se congelaban en la oscuridad. Los pobres con ventiladores y los que dependían de sondas de alimentación no tenían otro lugar al que acudir que las salas de urgencias de los hospitales.

Pocos pueden igualar los prejuicios de clase flagrantes de la élite gobernante de Texas y sus servidores políticos. El alcalde de Colorado City, una pequeña ciudad del oeste de Texas, tuvo que dimitir después de una diatriba en las redes sociales en la que denunció a los residentes que esperaban que el Gobierno local hiciera algo por la crisis. “Estoy harto de que la gente busque una maldita limosna”, declaró. “¡La ciudad y el condado, junto con los proveedores de energía o cualquier otro servicio no les deben NADA!”. Continuó con una diatriba contra el “Gobierno socialista”, añadiendo que “los fuertes sobrevivirán y los débiles [perecerán]”.

Esta no es solo la opinión de un reaccionario de una zona remota. El exgobernador de Texas, Rick Perry, que acaba de concluir un mandato de cuatro años en Washington como secretario de Energía de Trump, declaró el miércoles: “Los tejanos se quedarían sin electricidad durante más de tres días para que el Gobierno federal no se meta en sus asuntos.” Este ignorante millonario está más que dispuesto a luchar hasta el último niño congelado para mantener los servicios públicos de Texas sin regulación.

El gobernador de Texas, Greg Abbott, encontró tiempo en medio de la crisis para aparecer en el programa de Sean Hannity en Fox News y atribuirle la crisis a la energía solar y eólica, aunque admitió que éstas representan sólo el 10 por ciento de la producción del estado.

Lo cierto es que Texas es el primer productor de energía eléctrica de Estados Unidos, con casi el doble que cualquier otro estado. Cualquier déficit se debe enteramente a la criminal y mala gestión de la élite corporativa y sus testaferros políticos como Abbott y Perry.

Sin embargo, la subordinación de la política gubernamental de Texas al afán de lucro empresarial y el abandono de la planificación y la infraestructura no son la excepción. Son más bien una expresión particularmente cruda de la norma en los EE.UU. capitalistas. La misma indiferencia e incompetencia básicas, impulsadas por los mismos intereses económicos, han caracterizado la catastrófica respuesta oficial a la pandemia del COVID-19, con el coste hasta la fecha de medio millón de vidas.

La instalación de la Administración de Biden-Harris en Washington tampoco supone una diferencia. El Partido Demócrata, al igual que los republicanos, defiende el sistema capitalista, incluida la producción y distribución de energía basada en las ganancias privadas, no en la planificación racional. Junto con los republicanos, los demócratas han supervisado la desregulación para aumentar los beneficios y las fortunas personales de la élite empresarial.

Solo un sistema socialista, en el que los recursos energéticos se nacionalicen como parte de una economía planificada y se organicen para producir calor y luz para todos como un servicio público, ofrece un camino hacia adelante para los trabajadores.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 17 de febrero de 2021)

Loading