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Perspectiva

La quema de libros llega a EE.UU.

En un importante acto de censura con implicancias estremecedoras para los derechos democráticos, la editorial W.W. Norton ha anunciado su decisión de descontinuar “permanentemente” la biografía impresa del novelista estadounidense Philip Roth (1939-2018). Varios individuos acusaron a Bailey de mala conducta sexual, incluyendo violación, remontándose al 2003. Ninguno ha presentado evidencia para respaldar sus acusaciones.

El libro de 880 páginas de Bailey, aclamado positivamente por los críticos y considerado una de las obras importantes del año en su categoría, será destruido. Norton reportó que desechará la memoria de Bailey del 2014.

Blake Bailey, 2011 (foto: David Shankbone)

En una declaración plagada de hipocresía, la presidenta de Norton, Julia A. Reidhead, afirmó que “El Sr. Bailey tendrá la libertad de publicarlo en otra parte si así decide hacerlo”. De hecho, de un día para otro, Bailey se ha vuelto en un “don nadie”, ha dejado de existir.

De manera grotesca, la editorial también dijo que donaría el monto equivalente al adelanto pagado por el libro de Baley a “organizaciones que luchan contra las agresiones o el hostigamiento sexual y que trabajan para proteger a los supervivientes”.

El sitio web de Norton ya muestra que, al buscar Philip Roth: The Biography, aparece un mensaje que dice: “¡Nos disculpamos! No podemos encontrar la página que buscas”.

La misión declarada de la firma indica que “Independizada en 1923, propiedad de sus empleados y orgullosa de publicar ‘libros que viven’, Norton está aquí por ti”. La editorial promete “que nos mantendremos fieles hasta cuando sea posible al negocio de publicar los mejores libros que puedas obtener”. O bien, hasta que una camarilla de fanáticos obsesionados con el género aplique un poco de presión.

La eliminación del libro de Bailey constituye un ejemplo siniestro, destinado a intimidar a artistas, biógrafos y académicos por igual. El mensaje que se envía es claro: cualquier figura influyente que contradiga la opinión pública oficial puede ser denunciada y eliminada de la misma manera.

El repugnante hocico del New York Times ha estado muy ocupado en este asunto. El 21 de abril, el Times publicó un artículo en el que exponía las “acusaciones de agresión sexual” contra Bailey.

No hay ninguna razón para darle la más mínima credibilidad a priori a las acusaciones hechas en el artículo del Times. Siguen un patrón en que los medios de comunicación son el juez y que se ha “perfeccionado” desde el lanzamiento de la caza de brujas #MeToo (#Amitambién) en octubre de 2017. Bailey nunca ha sido acusado ni condenado por un delito. Ninguno de los supuestos incidentes fue denunciado a las autoridades.

Sorprendentemente, sobre la base de estas alegaciones infundadas, Norton “tomó medidas rápidas e inusuales”, según lo reportó de forma entusiasmada el Times el 21 de abril. La editorial reveló primero que había suspendido una segunda impresión de 10.000 ejemplares prevista para principios de mayo. Ahora, Norton ha tomado un infame paso más lejos.

Bailey ha calificado las acusaciones de “categóricamente falsas y difamatorias”. En respuesta al último anuncio de Norton, su abogado condenó la “decisión drástica y unilateral de la editorial... basada en las acusaciones falsas e infundadas en su contra, sin emprender ninguna investigación ni ofrecerle al Sr. Bailey la oportunidad de refutar las acusaciones”.

Hay un elemento irreal en la campaña contra el libro de Bailey. Nadie sostiene que la biografía contenga falsedades o que el autor haya plagiado la obra de otro. Al contrario, incluso las críticas hostiles reconocen la minuciosidad del libro. No, el biógrafo ha caído en una dudosa “acusación moral”.

La Coalición Nacional contra la Censura se limitó a repetir una verdad elemental, aunque una verdad en peligro. Al oponerse a la decisión de Norton, señaló que los libros “deben ser juzgados por su contenido. Muchos de los autores célebres de la literatura tuvieron vidas problemáticas e inquietantes. Aunque la propia biografía de un escritor puede influir en nuestra interpretación y análisis de su obra, el público lector debe poder tomar sus propias decisiones sobre qué leer”.

La “criminalidad” del autor francés Jean Genet fue incluida en el propio título de una de sus obras más importantes, El diario del ladrón (1949), que sigue siendo amplia y merecidamente leída. Nadie ha sugerido todavía que la notable novela de otro escritor francés, Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche (1932), deba ser destruida porque el autor se convirtió posteriormente en un antisemita pronazi.

Aún se publican los libros de personas condenadas por actos atroces, incluidos los presos condenados a muerte y otros. Por supuesto, un grupo de criminales verdaderamente siniestros, exfuncionarios y generales del Gobierno de EE.UU., responsables de la muerte de millones de personas en Oriente Próximo, África del Norte, Asia Central y en todo el mundo, tienen memorias (escritas por autores fantasmas) y reflexiones banales publicadas sin problemas.

Pero con un arrebato de histeria similar al del juicio de brujas de Salem, un respetado biógrafo, autor de un volumen que iba a convertirse en la obra de referencia sobre el tema, se desvanece en el aire.

El ataque a Bailey no tiene precedentes desde los oscuros días del mccarthismo, cuando el Gobierno estadounidense retiró de sus bibliotecas en el extranjero miles de libros de autores y simpatizantes de la izquierda. Continúa e intensifica un proceso reciente que ya ha supuesto la ruina (o el intento de ruina) de personas como el difunto James Levine, Woody Allen, Kevin Spacey, Plácido Domingo, Aziz Ansari, Louis C.K., Charles Dutoit, Garrison Keillor y Geoffrey Rush, así como la institucionalización de la censura.

Bailey, que dedicó casi una década al volumen de Roth, es una víctima inmerecida de esta campaña difamatoria. La presencia del propio Roth se cierne en gran medida sobre el presente asunto.

El artículo del Times del 21 de abril dejó salir el sucio gato de la bolsa en este respecto. Indicaba que la controversia “que ha envuelto al Sr. Bailey estalló en parte debido a la publicidad que ha recibido por su biografía de Roth, que llevó a algunas de las mujeres que le acusan de mala conducta a presentarse”. Algunas de ellas “han señalado que no solo les molestaban los elogios dirigidos al Sr. Bailey, sino por la forma en que, en su biografía de Roth, parecían excusar la misoginia del escritor”. Varios críticos literarios se han centrado en el hecho de que, en la biografía, el Sr. Bailey se desentendió del maltrato de las mujeres por parte del Sr. Roth”.

Aquí no hay que leer entre líneas. Bailey está siendo castigado por los acusadores, el Times y, ahora que se ha sumado a la causa, Norton por no condenar suficientemente a Roth por lo que, según ellos, constituyó un “maltrato de las mujeres”.

Los escritos de Roth han chocado con la mafia racial y de género que opera en el Partido Demócrata y en torno a éste, incluyendo de forma destacada a la pseudoizquierda y al conjunto feminista. El difunto escritor no ocultó su disgusto por las políticas de identidad, un tema que trató con mordacidad en La mancha humana (2000). En 2018, a propósito de la entonces recién lanzada campaña #MeToo, Roth comentó que no veía un “tribunal” ante el que se pudieran juzgar las acusaciones de mala conducta sexual, sino “una acusación publicitada seguida instantáneamente de un castigo perentorio. Veo que al acusado se le niega el derecho de habeas corpus, el derecho a enfrentarse e interrogar a su acusador, y el derecho a defenderse en cualquier cosa que se parezca a un entorno judicial genuino, en el que puedan establecerse cuidadosas distinciones en cuanto a la gravedad del delito denunciado”.

Roth ha caído en desgracia y se enfrenta a la perspectiva de convertirse en una “persona sin importancia”. Es probable que su obra se elimine cada vez más de los cursos universitarios y que se exija que sus novelas “inmorales” y “libidinosas” sean retiradas de las bibliotecas.

La acusación de que Roth, en sus novelas, es un “misógino” que merece ser desterrado, casi no ha provocado respuesta. Roth era un artista, es decir, alguien que intentaba representar la realidad con honestidad y sin idealizarla. Como resultado, se negó obstinadamente a ver a ningún hombre o mujer como alguien “irreprochable”. Sus esfuerzos van en contra de la absurda, filistea y completamente estúpida visión que ahora prevalece en los círculos oficiales —algo sacado de un melodrama victoriano —de que las mujeres son víctimas eternamente santas que nunca dicen una mentira ni llevan a cabo una traición. Lo que se hace pasar por la intelectualidad estadounidense ha caído a este nivel ridículo e innoble.

En 2014, Roth respondió en una entrevista a la acusación de misoginia, señalando que la acusación, aunque absurda, no era “necesariamente una distracción inofensiva”. Continuó: “En algunos sectores, 'misógino' es ahora una palabra que se utiliza casi con la misma ligereza con la que se utilizaba 'comunista' por la derecha mccarthista en la década de 1950, y con un propósito muy parecido”.

De hecho, el ataque a la reputación de Roth tiene este carácter definitivamente derechista. Sus críticos lo desprecian al final por sus cualidades más admirables y duraderas, encarnadas en su trato artístico denodado e informado de temas como el conformismo pequeñoburgués, la represión, el antisemitismo, el fascismo estadounidense, el comunismo, la política de identidad y otros. En sus mejores momentos, Roth ofrece una visión inquietante y perturbadora de las cosas. La pequeña burguesía acomodada —simplemente satisfecha consigo misma y con cómo son las cosas— siempre y en todas partes desconfía del arte serio y, dadas las circunstancias adecuadas, se esfuerza por desacreditarlo y suprimirlo.

Instintivamente, la élite gobernante estadounidense, aterrorizada por la inevitable aparición de una oposición de masas, fomenta cualquier intento de embotar la conciencia y la sensibilización populares. Inevitablemente, teme cualquier obra que sensibilice y alerte al espectador o al lector, o que fomente un enfoque inquisitivo y reflexivo de los asuntos públicos. En ese sentido, todo ataque significativo a los derechos democráticos es un ataque a la clase trabajadora y a su progreso político.

El ala del Partido Demócrata de la élite gobernante es la más vigilante y, por tanto, la más censuradora en este sentido. Nadie en el Times, el Washington Post, Salon ni la Nation ha emitido una protesta seria sobre la escandalosa acción de Norton. Al contrario.

Roth también se enfrenta a la expulsión del canon debido a su vida personal, incluyendo sus numerosas aventuras. ¿Por qué debería detenerse aquí esta campaña de tan elevadas intenciones? Cualquier escritor o artista que tenga una vida personal que de alguna manera provoque la desaprobación de los cruzados moralistas se arriesga a la “expulsión permanente”. El ambiente actual casi garantiza que esto incluya a una amplia selección de escritores, dejando intactos solo a los que abrazaron la monogamia o las relaciones puramente platónicas. ¿Quién se librará de una “paliza” bajo ese esquema? No estamos convencidos de que nos garantice el mejor arte. Todo esto simplemente no tiene relación con la realidad tal y como se vive.

Denunciamos inequívocamente la censura de Norton, pedimos la defensa de Bailey y defendemos el derecho de Roth a representar el mundo tal como lo veía.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 28 de abril de 2021)

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