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Perspectiva

La libertad de Julian Assange depende de la movilización de la clase obrera

El editor de WikiLeaks, Julian Assange, pasó su cumpleaños 50 el sábado en la prisión de máxima seguridad de Belmarsh, donde ha estado encarcelado por más de dos años. La ocasión y su continuo encarcelamiento en una instalación apodada la bahía de Guantánamo británica prácticamente no generó ni un murmullo en la prensa corporativa.

El cumpleaños de Assange es otro hito en la campaña imperialista para destruirlo por exponer los crímenes de guerra, las conspiraciones globales diplomáticas y el espionaje ilegal liderados por EE.UU. Su cumpleaños 40 ocurrió cuando permanecía bajo arresto domiciliario en Reino Unido en 2011, y en su cumpleaños 45 permanecía como refugiado político sin poder salir de la Embajada ecuatoriana en Londres en 2016.

Si EE.UU. y sus aliados logran su cometido, Assange nunca será un hombre libre. A pesar de que una corte de distrito falló en contra de su extradición a EE.UU. con argumentos endebles relacionados a su salud en enero, no existe ninguna fecha para su liberación en el futuro próximo.

Fundador de WikiLeaks, Julian Assange, saluda a simpatizantes desde el balcón de la Embajada ecuatoriana en Londres (AP Photo/Frank Augstein, archivo)

Estados Unidos está procediendo con una apelación en contra del veredicto. A pesar de que el caso de la fiscalía haya quedado expuesto como un montaje, incluso por la admisión la semana pasada de un testigo clave de EE.UU. de que entregó pruebas falsas para la imputación de Assange, todo apunta a que la apelación será exitosa. En toda instancia, los tribunales británicos han hecho caso omiso al estado de derecho para facilitar la persecución de Assange.

La situación subraya la importancia crítica de una intensificación de la lucha por la libertad de Assange por parte de todos los trabajadores, estudiantes, jóvenes y defensores de los derechos democráticos.

En esta lucha, como en cualquier otra, la orientación política es una cuestión decisiva. Se han planteado dos perspectivas diametralmente opuestas en la lucha por liberar a Assange.

Aquella avanzada por organizaciones como el grupo oficial Don’t Extradite Assange (DEA; No Extraditen a Assange) en Reino Unido involucra una serie de quejas plañideras a los perseguidores de Assange para que pongan fin a la campaña en su contra, así como otros esfuerzos propios de cabilderos dirigidos a la élite política.

La otra avanzada por los Partidos Socialistas por la Igualdad y el World Socialist Web Site insiste en que la libertad de Assange depende de la movilización del enorme poder social y político de la clase obrera internacional, como parte de la lucha contra las guerras imperialistas y el giro hacia formas de gobierno cada vez más autoritarias.

El grupo DEA ha colaborado estrechamente con el exlíder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, y sus aliados. Cuando encabezaba el laborismo, Corbyn se rehusó en general a mencionar a Assange, ni mucho menos a luchar por su libertad. Después de entregarle la dirección del partido a los blairistas, quienes apoyan abiertamente la persecución de Assange, Corbyn y sus colegas han reanudad sus planteamientos ocasionales de ser defensores del fundador de WikiLeaks.

Una carta de 24 parlamentarios británicos el mes pasado resumió el carácter de este apoyo tardío. Felicitó a Joe Biden por su llegada a la Presidencia de EE.UU. y le pidió “abandonar este procesamiento” como un “acto que sería un toque de clarín en defensa de la libertad que haría eco en todo el mundo”. Dirigiéndose a Biden, la carta afirma: “Usted, así como nosotros, debió haberse sentido decepcionado con el hecho de que su predecesor iniciara una imputación con una sentencia de 175 años contra un editor de reconocimiento global”.

La semana pasada, el grupúsculo parlamentario “Traigan a Assange de vuelta a casa” en Australia realizó un llamado similar en video. El congresista Barnaby Joyce del conservador Partido Nacional fue uno de los miembros más prominentes del grupo, pero sutilmente lo dejó atrás desde su nombramiento como vice primer ministro de un Gobierno que se rehúsa a levantar un dedo en defensa de Assange.

El nuevo titular de facto del grupo es Peter Khalil un parlamentario derechista del Partido Laborista que estuvo involucrado en la ocupación de Irak como “analista de defensa” y que fue expuesto por los propios cables diplomáticos publicados por WikiLeaks como una “fuente protegida” de la Embajada estadounidense, es decir, un informante estadounidense. Khalil le ha sugerido, en los términos más gentiles, a Biden que retire el procesamiento de Assange porque, de continuar, socavaría la invocación de los “derechos humanos” en la campaña de agresión que lidera EE.UU. contra China.

Con amigos como estos, ¿quién necesita enemigos?

Por el contrario, la sinceridad, determinación y valentía de la familia de Assange y sus colegas de WikiLeaks está fuera de duda. Pero la misma perspectiva básica de hacer llamados a los perseguidores de Assange fue evidente en una gira recientemente concluida en EE.UU. del padre y hermano de Assange, John y Gabriel Shipton.

Si bien presentaron puntos importantes sobre la libertad de la prensa y la exposición de los crímenes de guerra por parte de Assange, ambos manifestaron esperanzas de que Biden recapacite y retire el enjuiciamiento. La gira tuvo eventos con discursos en ciudades como Nueva York, Washington y Los Ángeles, pero no en centros industriales como Detroit. Los Shipton aparecieron con figuras en la periferia del Partido Demócrata pero no se reunieron con trabajadores automotores ni de otros sectores de la clase obrera que están emprendiendo luchas.

Una perspectiva política en quiebra nunca se basa en las lecciones del pasado ni en una evaluación correcta de la situación política.

Los mismos llamados serviles a Joe Biden se dirigían hace poco a Trump. Cuando Trump era presidente, la persecución de Assange se presentaba como un residuo del Gobierno de Obama. Y ahora que Biden está en el cargo, se presenta como un “procesamiento de la época de Trump”. En cada ocasión en que sus llamados son rechazados, grupos como DEA simplemente proceden a la siguiente campaña de redacción de cartas, sin realizar nunca un balance de sus esfuerzos pasados.

En realidad, la persecución estadounidense de Assange cuenta con el apoyo de toda la élite política. Biden, como vicepresidente de Obama, desempeñó un papel protagonista en iniciar esta campaña, famosamente tildando a Assange de “terrorista de alta tecnología”. Desde que se volvió presidente, los oficiales de su Gobierno han dejado en claro que no tienen ninguna intención de abandonar el caso.

La determinación de la élite gobernante estadounidense y sus aliados en continuar su persecución de Assange refleja su importancia más amplia. Es un intento de establecer un precedente de montajes por parte del Estado y victimizaciones en contra de cualquiera que colisione con los poderes establecidos. Esto se produce en condiciones del recrudecimiento de la crisis global capitalista, acelerada por la pandemia de coronavirus, y de un resurgimiento de la lucha de clases.

Biden no tiene ninguna intención de avanzar ningún “toque de clarín en defensa de la libertad” ni la democracia, como sugieren los parlamentarios británicos. Su programa consta de bombardear Irak y Siria, preparar la guerra contra China para garantizar la hegemonía estadounidense, obligar a la clase obrera a pagar por los billones obsequiados a Wall Street durante la pandemia y apuntalar el Estado policial impuesto por todos sus predecesores durante los últimos 20 años.

Una lucha contra esta ofensiva y por la libertad de Assange necesita basarse en una fuerza más poderosa que la clase gobernante estadounidense, sus partidos demócrata y republicano, aparato mediático, ejército y agencias de inteligencia. Esa fuerza es la clase obrera estadounidense e internacional.

Por más de un mes, casi tres mil trabajadores de Volvo Trucks han estado en huelga en Virginia tras rechazar dos contratos entreguistas avanzados por la corporación transnacional y el sindicato United Auto Workers. Durante la pandemia, los docentes y trabajadores de la salud han luchado valientemente contra la respuesta homicida y propatronal de los Gobiernos a la crisis del coronavirus. En toda la clase obrera internacional existe una inmensa desafección política y oposición contra la desigualdad, los ataques a sus empleos, salarios y condiciones, y contra las guerras interminables.

Las luchas hasta la fecha anuncian el estallido de luchas mayores que se avecinan. Así como en el siglo veinte, el corolario del giro del capitalismo hacia la guerra y la dictadura es la lucha revolucionaria de masas de la clase trabajadora.

Es ahí donde los defensores de Assange encontrarán la base social para la defensa de los derechos democráticos. Es en la clase obrera donde perduran las grandes tradiciones democráticas de las luchas del pasado, incluyendo la Declaración de la Independencia de EE.UU. celebrada el 4 de julio.

Se tienen que emprender todos los esfuerzos para informar a la clase obrera de la situación crítica de Assange y para movilizarla. Esto solo puede llevarse a cabo a través de un rechazo de cualquier perspectiva que intente subordinar la lucha a llamados amables y a la presión entre bastidores de los cabilderos.

Es necesario plantear la demanda de que Biden retire el enjuiciamiento; que Reino Unido libere inmediatamente a Assange y que el Gobierno australiano lo defienda como un ciudadano y editor perseguido. Pero la experiencia ya ha demostrado que esto no se puede lograr si un movimiento de masas no los obliga a hacerlo desde abajo.

Finalmente, el caso de Assange plantea todas las cuestiones importantes de la actualidad. La lucha por su libertad es una lucha contra el Estado capitalista, las guerras imperialistas y el dominio de la sociedad a manos de una oligarquía corporativa que se asemeja a las decrépitas aristocracias de antaño. Toda faceta de la persecución de Assange presenta la necesidad de una alternativa, una lucha por la reorganización revolucionaria de la sociedad, la toma del poder político por la clase obrera y la democracia auténtica. En última instancia, esto significa una lucha revolucionaria por la abolición del capitalismo y el establecimiento del socialismo.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 4 de julio de 2021)

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