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Perspectiva

El desastre de Ida en Nueva York: un crimen social en el centro del capitalismomundial

Las lluvias récord que abrumaron gran parte del noreste de los Estados Unidos esta semana han dejado a 48 personas muertas y millones más sufriendo los daños de la histórica inundación.

Los remanentes del huracán Ida arrojaron 5 cm de lluvia sobre 60 millones de personas en toda la región. Ciertos sectores densamente poblados de Nueva York y Nueva Jersey registraron hasta 23 cm de lluvia durante la noche. En el Central Park de la ciudad de Nueva York, la tormenta dejó 8 cm de lluvia en tan solo una hora, superando un récord previo establecido tan solo 11 días antes.

La inundación en la estación Penn del metro de la ciudad de Nueva York, 1 de septiembre de 2021 (Twitter @Debz1lla)

La inundación masiva de Nueva York —la ciudad más pudiente y con la mayor concentración de milmillonarios del mundo— ha revelado las consecuencias mortales del desfinanciamiento sistemático de la infraestructura social y el empobrecimiento de las masas de obreros.

Si bien la intensidad de la tormenta no tiene precedente, no era para nada inesperada. Los científicos han advertido por décadas de las consecuencias del cambio climático global, incluyendo la inevitabilidad de tormentas tropicales más intensas alimentadas por océanos cada vez más calientes, que han absorbido el 93 por ciento del exceso de calor vinculado al cambio climático. El huracán Ida se fortaleció en cuestión de horas hasta alcanzar la categoría 4, nutrido por aguas del golfo de México que se encuentran entre 1,7 y 2,8 centígrados más altos que la norma del siglo pasado.

Además de los impactos climáticos, los científicos llevan tiempo dando la voz de alarma por la abismal falta de preparación. “Gran parte de la infraestructura del noreste, incluidos los sistemas de drenaje y alcantarillado, los recursos de protección contra inundaciones y tormentas, los sistemas de transporte y el suministro de energía, se está acercando al final de su vida útil planificada”, afirmó la Evaluación Nacional del Clima de Estados Unidos en su último informe de 2019. “Las actuales infraestructuras relacionadas con el agua en Estados Unidos no están diseñadas para la mayor variabilidad prevista de las condiciones climáticas futuras en comparación con las registradas en el siglo pasado”. Los autores subrayaron que se necesitan “nuevas inversiones significativas en infraestructuras” para proteger la vida y la propiedad.

Las inundaciones de esta semana pusieron de manifiesto la espectacular falta de respuesta a estas advertencias. Las carreteras de toda la región se transformaron en ríos impetuosos, sumergiendo tanto a los coches como a los automovilistas. Más de una docena de personas murieron en vehículos en Nueva Jersey. Un conductor fue encontrado muerto después de ser arrastrado casi tres km por la inundación.

Toda la red de transporte público de la ciudad de Nueva York se detuvo el miércoles por la noche, no como medida preparatoria para proteger al público, sino por necesidad una vez que el sistema dejó de ser navegable. Las líneas de metro funcionaron como alcantarillas y las cascadas cayeron sobre los andenes del metro, dejando a los pasajeros varados durante horas.

Una combinación de agua de lluvia y de aguas residuales sumergió viviendas en varios estados. En un complejo de viviendas de Elizabeth (Nueva Jersey), las crecidas mataron a cuatro residentes y dejaron a 600 sin hogar. En la ciudad de Nueva York, al menos 11 personas se ahogaron tras quedar atrapadas en sótanos inundados.

Junto a las escenas devastadoras en el noreste, los residentes de la costa del golfo de México, donde el huracán Ida tocó tierra, permanecen en condiciones extremas. Al menos 16 personas han muerto en Luisiana y Misisipi. Entre las víctimas se encuentran cuatro residentes de residencias de ancianos, que fueron evacuados a un almacén mugriento que carecía de instalaciones para los más de 800 residentes hacinados en su interior dos días antes del paso del huracán. Las autoridades determinaron que tres de las cuatro muertes estaban relacionadas con la tormenta.

Otras causas de muerte incluyen no sólo las lesiones sufridas durante la tormenta, sino también electrocuciones e intoxicaciones por monóxido de carbono. No fue hasta el jueves, cuatro días después del paso de Ida, que las autoridades de Nueva Orleans anunciaron que estaban organizando una evacuación voluntaria para permitir a los residentes ancianos y discapacitados buscar refugio fuera del estado. Cientos de miles de hogares siguen sin electricidad, y no se espera que el servicio se restablezca hasta la semana que viene como mínimo.

El impacto de la tormenta ha puesto de relieve la terrible realidad social de Estados Unidos, especialmente en el corazón del capitalismo mundial, la ciudad de Nueva York. Mientras que los ricos estaban bien protegidos en sus áticos aislados y sus casas de piedra rojiza de varios pisos, las brutales condiciones de vivienda de la clase trabajadora quedaron trágicamente expuestas por la tormenta. Al menos 11 personas murieron en sótanos ilegales en Queens. Muchos más se han quedado sin hogar.

Al no poder pagar los desorbitados alquileres, incluso en los barrios periféricos de Nueva York, decenas de miles de trabajadores, principalmente inmigrantes, se ven obligados a residir en peligrosos sótanos. Algunos están ocupados por familias. Otros están habilitados como dormitorios con una docena o más de camas alquiladas, a veces por turnos. Apenas habitables en las mejores épocas, se convierten en trampas mortales ante las inundaciones cada vez más frecuentes.

A solo un puñado de paradas de metro del centro del capital financiero mundial en Midtown Manhattan, las condiciones de la “Otra Mitad” de la ciudad de Nueva York se asemejan a las representaciones de los sórdidos y peligrosos barrios del Lower East Side que Jacob Riis puso al descubierto hace 130 años, y que durante mucho tiempo se consideraron como parte de un pasado lejano.

El huracán Ida no es simplemente un trágico desastre natural. Es, fundamentalmente, un crimen social. Durante décadas, la clase dirigente se ha negado a proporcionar fondos para el mantenimiento de las infraestructuras críticas, por no hablar de la construcción de infraestructuras para hacer frente a los inminentes extremos climáticos. Nueve años después de que el huracán Sandy devastara la región, Nueva York ni siquiera ha completado todas las reparaciones necesarias en el sistema de tránsito. Gran parte del litoral sigue peligrosamente desprotegido. En lugar de destinar miles de millones de dólares a proporcionar viviendas adecuadas a las masas de trabajadores, se han despilfarrado inmensos recursos en la ciudad construyendo casas de lujo en las nubes para los más ricos.

Ida, que ha devastado tanto la costa del golfo de México como la del Atlántico, se produjo mientras los incendios forestales arrasan con gran parte de la costa oeste. Se produce tras una serie incesante de desastres climáticos en todo el mundo, como las inundaciones masivas en Alemania, China y Tennessee, y las olas de calor sin precedentes en el noroeste del Pacífico. Según un informe reciente de la Organización Meteorológica Mundial, el número de catástrofes provocadas por el clima se ha quintuplicado en los últimos 50 años, causando la muerte de más de 2 millones de personas y más de 3,6 billones de dólares en pérdidas.

El empeoramiento de los efectos del cambio climático sobre la clase trabajadora ya es pan de cada día frente al aumento de las temperaturas globales 1,1 centígrados con respecto a los niveles preindustriales. Otro medio grado de calentamiento ya es inevitable debido a la inercia del sistema climático. El capitalismo global está siguiendo una trayectoria que supera los compromisos sin sentido de los Gobiernos nacionales de limitar el aumento a dos grados. El futuro de la propia civilización humana está en peligro.

Las políticas de la clase dominante están dirigidas por sus propios intereses sociales. En el último año, mientras millones de personas han muerto a causa de la pandemia y se ha producido una catástrofe climática tras otra, se han inyectado varios billones de dólares en los mercados para impulsar las fortunas de la oligarquía financiera. Solo en los últimos 12 meses, el S&P 500 añadió más de 10 billones de dólares a su capitalización de mercado.

Mientras tanto, ¿qué se ha hecho para abordar el cambio climático? Después de cada catástrofe, la clase política declara que es una llamada de atención y hace promesas vacías para cambiar el rumbo. Sin embargo, las actuales viviendas de Queens o el decadente sistema de metro siguen siendo mortales. Las vulnerabilidades climáticas aumentan, mientras que los billones necesarios para apuntalar las infraestructuras van a parar a las arcas de Wall Street.

La negativa de la clase dirigente de la ciudad de Nueva York a invertir en medidas de resiliencia climática ha ido acompañada de la incapacidad de la clase dirigente mundial para poner en marcha una respuesta significativa a la crisis. Las décadas de intentos de construir un régimen internacional para detener el calentamiento global, desde el Protocolo de Kioto en 1997 hasta el Acuerdo de París en 2015, han fracasado estrepitosamente.

Para abordar eficazmente la crisis climática, que en su esencia es una cuestión internacional, se requiere un nivel de planificación y coordinación imposible en un sistema dividido en Estados nación rivales que subordina todas las facetas de la vida social al lucro. Requiere la movilización de los recursos de la sociedad para implementar cambios a gran escala en la producción de materiales y la generación de energía, transitando rápidamente a la energía renovable para la industria, el transporte y los hogares.

Las cuestiones de clase vinculadas al cambio climático se reflejan de forma comprimida en la pandemia. Las horribles cifras de muertos por el COVID-19 —oficialmente más de 660.000 en Estados Unidos y 4,5 millones en todo el mundo— no han provocado una respuesta racional de la clase dominante para perseguir la erradicación del virus. En su lugar, los milmillonarios de Estados Unidos se han dado un festín con la muerte, haciéndose de $1,2 billones más durante la pandemia.

En su prefacio a Una contribución a la crítica de la economía política, Karl Marx escribió: “En una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes o –lo que no hace más que expresar lo mismo en términos jurídicos— con las relaciones de propiedad en cuyo marco han funcionado hasta ahora. Estas relaciones pasan de ser formas de desarrollo de las fuerzas productivas a sus grilletes. Entonces comienza una era de revolución social”.

Lo que ha bloqueado una solución racional tanto a la pandemia como al cambio climático es 1) la propiedad privada de los medios de producción; y 2) la división del mundo en Estados nación. Estos son los “grilletes” que impiden el desarrollo progresivo de la humanidad. Su eliminación es la condición previa para hacer frente al cambio climático y para abrir una vía al enorme desarrollo tecnológico y científico de la sociedad humana en interés de la inmensa mayoría, no de unos pocos.

(Publicado originalmente en inglés el 4 de septiembre de 2021)

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