El despido del profesor de los clásicos en la Universidad de Princeton Joshua Katz es una acción antidemocrática y un ataque contra la libertad académica y de expresión. La universidad deshonestamente afirma que Katz, un profesor titular que enseñó en Princeton durante 25 años, ha sido despedido a causa de un comportamiento sexualmente inapropiado hace más de 15 años y por el que él ya fue penalizado. Sin embargo, es evidente a cualquier observador objetivo que castigan a Katz por sus críticas públicas de la política racial en la universidad.
Durante los años 2000, Katz tuvo una relación consensual con una estudiante, una acción que violaba una regla universitaria. Una investigación por Princeton en 2018 resultó en su suspensión sin remuneración durante un año.
En julio de 2020, Katz escribió un artículo en Quillette, una publicación en línea, en que él condenó una carta firmada por 350 miembros de facultad en que afirmaron que “la antinegrura es fundacional para los Estados Unidos” y exigieron una variedad de privilegios especiales para “miembros de facultad de color”. La carta, a que volveremos, agudamente expresó el carácter egoísta y patético de un estrato de académicos afroamericanos privilegiados, apoyados por “aliados” blancos.
En su ensayo para Quillette, que señaló el carácter absurdo y amplio de la carta, Katz se refirió a la organización Black Justice League, que existió en el campus de Princeton desde 2014 hasta 2016, como “una organización pequeña local y terrorista”. Esta referencia fue un grave error. Si Katz quería decir que el grupo intentaba intimidar a sus opositores políticos, debería haberlo dicho. Usar la palabra “terrorista” bajo las circunstancias actuales tiene implicaciones peligrosas y definitivas, que abren la puerta para que las autoridades supriman la oposición política.
Por lo general, no tomamos ninguna responsabilidad por los puntos de vista del profesor Katz, lo que sean ésos precisamente, que él ha expresado en Quillette y el Wall Street Journal y otras publicaciones derechistas. En particular, el intento por el Journal poseído por Murdoch, el órgano de prensa de la oligarquía financiera, de presentarse como los defensores de la “libertad académica” y otros derechos básicos debe ser rechazado con desdén. La publicación ha defendido cada guerra e invasión criminal realizada por el ejército estadounidense durante las últimas décadas, así como el hundimiento y la tortura en general, las actividades de la NSA, la CIA y cada otra operación del gobierno estadounidense que representa una amenaza mortal a la democracia y la humanidad por todo el planeta.
Es una indicación del carácter grosero y esencialmente antipopular de la política racial y de género, la “izquierda” de la clase media alta en todas sus actividades, que provee, como hizo en el caso del Proyecto de 1619 del New York Times, una oportunidad inmerecida para que las publicaciones como el Journal se presenten como los guardianes de las tradiciones democráticas de Estados Unidos.
Lo que sean sus puntos de vista políticos, no hay ninguna cuestión de que Katz tuviera el derecho a su opinión sobre la carta.
La intervención de Katz durante el julio de 2020 claramente provocó un remolino. Inmediatamente ésta instó a dos reporteros estudiantes para el Daily Princetonian, el periódico universitario, a examinar su historia en un intento transparente de desacreditar y, si fuera posible, destrozarlo. El resultado fue un artículo burdo en febrero de 2021, 'Graduados afirman historial de conducta inapropiada con estudiantes femeninas por profesor de Princeton Joshua Katz”.
Como lo normal para tal trabajo de hacha, el artículo contiene prácticamente ningún pedazo de información que se podría verificar. Incluye un relato jadeante de la relación de Katz con la estudiante en los años 2000, por el que había sido suspendido en 2018, y además de eso solo un montón de lenguaje sobrecalentado sobre prácticamente nada. El Princetonian afirmó que su investigación había “descubierto acusaciones de que Katz cruzara la línea profesional con tres de sus estudiantes femeninas”. Ya se supo de una de ellas. Las otras, que por supuesto no dan su nombre, “no dijeron que Katz había participado en relaciones sexuales con ellas, pero afirman que se comportaba inapropiadamente”.
El artículo del Princetonian nota que “Samantha Harris ’99, una exestudiante de Katz y su abogada, respondió a una pregunta del ‘Prince’ por llamar esta historia una ‘difamación planeada’ de Katz y ‘claramente otro intento de castigarlo por disentir de la ortodoxia predominante del campus’”. Es difícil argumentar con esto.
La “exposición” por el periódico instó a la administración a la acción y le dio el pretexto para despedir de Katz. Funcionarios de Princeton iniciaron una nueva investigación del mismo incidente, un caso obvio de “doble incriminación”, mientras cínicamente afirman que su investigación “no revisitó” las violaciones originales de la política. La segunda investigación determinó que “Dr. Katz tergiversó unos hechos o fracasó en ser honesto durante el procedimiento en 2018”. Todo esto se trata de una relación entre dos adultos que ocurrió hace casi 20 años.
Las “nuevas cuestiones” que se descubrieron se resumen en la afirmación por una estudiante femenina de que Katz le desalentara “de participar en y cooperar” con la investigación de 2018 y que le desalentara de “buscar atención médica mental, aunque él supiese que ella estaba en peligro, todo un esfuerzo por encubrir una relación que él sabía prohibido por las reglas de la universidad”. Katz deniega esto e insiste en que ella “se negara resueltamente –por su propia voluntad, estreso– a participar en la investigación que llevó a mi suspensión”. Sobre esta base, vergonzosamente, Princeton organizó su despido.
Perdido en este asunto, algo deliberado para los funcionarios universitarios, es el contenido deplorable de la carta de facultad de julio de 2020, la verdadera sustancia de la controversia y el ímpetu del despido de Katz.
La carta empieza con el punto de partida de que “el racismo contra afroamericanos ha saboteado nuestro proceso político”, que “es rampante incluso en nuestras comunidades más ‘progresistas’” y que “juega un papel poderoso en las instituciones como Princeton”. Sobre cómo actualmente juega ese “papel poderoso” en Princeton, la carta mantiene el silencio.
La misiva exige que la universidad “dé asientos en sus órganos decisorios a personas de color que son activamente antirracistas e inclusivos en sus prácticas. …Rectifique la disparidad demográfica de la facultad de Princeton inmediatamente y exponencialmente por contratar a más miembros de facultad de color. …Eleve a los miembros de facultad de color a posiciones prominentes de dirección”. Dicho de otra forma, se trata del dinero, la carrera y la condición social.
Además, la carta insiste en que Princeton “involucre a un comité desde afuera de académicos, profesores legales, artistas y asesores culturales de comunidades de color –expertos en el estudio de la raza y en desafiar el racismo– en las decisiones universitarias sobre la raza, el racismo, el antirracismo y la equidad racial” y forme “un comité internacional de facultad y estudiantes de color a quienes la universidad, en llevar a cabo esta tarea, pida cuentas”. ¡La Santa Inquisición sería patética comparada con tales comités!
Notablemente, la carta también exige a la universidad que “Regale los esfuerzos invisibles de facultad de color con alivio laboral y un salario de verano”, insiste en que “Para miembros de facultad de color contratados en el nivel subalterno se deba garantizar un semestre adicional de período sabático” y exige que funcionarios de Princeton “Provean más recursos humanos para el apoyo de facultad subalterna de color”. En respuesta a estas exigencias, Katz legítimamente comentó, “Me quita la razón que alguien abogaría dar a unas personas–personas extraordinariamente privilegiadas, déjenme señalar: profesores de Princeton–ventajas extra sin ninguna otra razón que su pigmentación”. Si se adoptaran tales políticas, ellas generarían un ambiente tóxico, y crearía divisiones serias entre miembros de facultad blancos y afroamericanos.
Y éste es solo el inicio. La carta absurda, que ve la universidad y el proceso educativo exclusivamente a través de un prisma racialista, según el que, de verdad, la raza es el único factor en la vida que valga la pena tener en cuenta, consiste en una lista de casi 50 exigencias semejantes. Estas exigencias, demasiado largas para enumerar aquí, darían poderes virtualmente dictatoriales a la administración y los varios órganos de racialistas que estas exigencias establecerían. En el camino, eviscerarían tales fenómenos como la permanencia y la libertad académica. Tienen el objetivo de borrar la libertad de expresión y pensamiento, el control del currículo y la vida intelectual del campus, etc. El carácter autoritario y represivo de esta multitud acomodada se deja claro.
La emisión de la carta de facultad de 2020 y el despido de Katz por criticarla demuestran el nivel al que Princeton y otras instituciones de las élites dependen de forma total actualmente de estas fuerzas sociales obsesionadas con la raza y el género, asociadas con el Partido Demócrata y secciones líderes de la élite gobernante estadounidense. Estas fuerzas tienen sus propios intereses sociales y económicos, que persiguen ferozmente, y también sirven como una manera de contaminar el ambiente social con sus exigencias por privilegios especiales. Como se demuestra el caso de Katz, a través de sus actividades implacablemente egoístas y antidemocráticas, los practicantes de la política identitaria alejan a estratos amplios de la población y empujan a los más vulnerables ideológicamente al abrazo de la ultraderecha.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 26 de mayo de 2022)
