En el mayor despido masivo en EE.UU. desde 2020, 30.000 trabajadores de la empresa de camiones Yellow Corporation fueron arrojados al desempleo el fin de semana, después de que la empresa anunciara el fin de sus operaciones el domingo.
Dada la magnitud de los despidos y el hecho de que el principal acreedor de Yellow es el Gobierno estadounidense, el Gobierno de Biden ha tomado la decisión calculada de permitir que proceda la bancarrota, destruyendo los medios de vida de 30.000 trabajadores y sus familias.
La razón dada para la bancarrota es la deuda de $1,6 mil millones, aproximadamente la mitad con el Gobierno federal. Pero esta cifra es menor a lo que gasta el Gobierno estadounidense cada semana en la guerra en Ucrania. De hecho, la decisión de la Casa Blanca de permitir la quiebra está profundamente conectada con la guerra.
Mientras que el Gobierno estadounidense proclama que financiara la guerra en Ucrania “el tiempo que sea necesario”, supuestamente no hay recursos disponibles para prevenir que decenas de miles de familias trabajadoras sean arrojadas a la miseria en la mayor bancarrota de una empresa de transporte en carretera en la historia estadounidense.
La élite gobernante está involucrada en una guerra cada vez más intensa en dos frentes.
En el exterior, el imperialismo estadounidense busca subyugar y partir Rusia, mientras prepara simultáneamente un conflicto militar aún mayor con China. En casa, la clase gobernante está intentando contener y suprimir desesperadamente un movimiento cada vez más combativo de la clase trabajadora e imponer condiciones de superexplotación.
En abril, el asesor de seguridad nacional de EE.UU., Jake Sullivan, dijo que Biden tiene un “compromiso fundamental —de hecho, sus órdenes directas a nosotros— consisten en integrar más profundamente la política interior y la política exterior”.
La guerra en el exterior es la guerra en casa. La Casa Blanca pretende reprimir a la clase trabajadora, especialmente en las industrias clave de logística y manufactura, e imponer salarios de pobreza, como pasos cruciales para cumplir con los objetivos predatorios de política exterior del imperialismo.
El Gobierno de Biden, con el apoyo de ambos partidos en el Congreso, ha estado expandiendo sistemáticamente el gasto militar anual estadounidense a máximos históricos. Se gasta cerca de $1 billón al año en el Pentágono, el coste de la guerra en Ucrania, los preparativos de guerra con China y el conjunto de agencias militares y de inteligencia de EE.UU.
La respuesta de la Administración de Biden con respecto a Yellow contrasta fuertemente con sus acciones en relación con las quiebras de First Republic y Silicon Valley Bank a principios de este año, cuando el Estado puso a disposición sumas prácticamente ilimitadas de dinero para proteger la riqueza de sus depositantes más ricos, y la de la aristocracia financiera en general.
Para los altos ejecutivos de Yellow, que han seguido cobrando remuneraciones multimillonarias año tras año, el cierre de la empresa no será más que un inconveniente. Pero para los 30.000 camioneros, trabajadores de patio y oficinistas de Yellow, habrá una lucha desesperada por encontrar empleo y evitar la indigencia total.
La destrucción de decenas de miles de empleos en Yellow es parte de una política más amplia de la clase dominante, que implica el uso del desempleo masivo y de las burocracias sindicales proempresariales para obligar a los trabajadores a aceptar salarios de miseria.
La burocracia del sindicato Teamsters, lejos de encabezar una lucha contra el asalto a los empleos de los trabajadores de Yellow, ha trabajado a cada paso para sembrar confusión y evitar una huelga, que teme que movilizaría la oposición entre los trabajadores de UPS y otros trabajadores del sector de logística. Más de 340.000 trabajadores de UPS empezaron a votar esta semana sobre un acuerdo provisional que favorece a la empresa y ya ha provocado una oposición generalizada.
En un comunicado emitido el domingo que pretendía presentar la destrucción de 30.000 puestos de trabajo en Yellow como un hecho consumado, el presidente general de los Teamsters, Sean O'Brien, dijo: “La noticia de hoy es desafortunada pero no sorprendente”. Añadiendo insulto a la injuria, O'Brien afirmó: “Los Teamsters se comprometen a garantizar que los miembros estén protegidos y que reciban toda la información más reciente”.
En lugar de movilizar a sus cientos de miles de miembros en UPS, Yellow, TForce, ABF y otros lugares en una huelga combinada total para defender los puestos de trabajo y conseguir mejoras sustanciales de los salarios y las condiciones laborales, la burocracia de los Teamsters ha tratado de aislar a los trabajadores entre sí, utilizando mentiras e intimidación para imponer contratos propatronales uno por uno.
No cabe duda de que los altos cargos de los Teamsters y la Administración de Biden colaboraron estrechamente en el plan para Yellow. O'Brien ha sido un visitante frecuente de la Casa Blanca y desempeñó un papel clave en la traición de la lucha de más de 100.000 trabajadores ferroviarios el año pasado.
En UPS, Yellow y otros lugares, la dirección de los Teamsters mantuvo a los trabajadores desinformados sobre los detalles de las discusiones con la patronal. El 23 de julio, los Teamsters desconvocaron una huelga en Yellow prevista para el día siguiente, dando a sabiendas a la empresa el tiempo necesario para prepararse para declararse en quiebra. Es probable que los dirigentes sindicales intuyeran que no podrían imponer por sí mismos las exigencias de la empresa en cuanto a concesiones históricas sin desencadenar una explosión por parte de los trabajadores y decidieron que sería más prudente delegar esta tarea a los tribunales de quiebras.
La bancarrota de Yellow y el traicionero papel de la burocracia de los Teamsters son una advertencia para los trabajadores de todo el mundo. Las lecciones son especialmente cruciales para los 150.000 trabajadores de General Motors, Ford y Stellantis, que se enfrentan a una lucha tanto contra las empresas como contra el aparato sindical del United Auto Workers ante la inminente expiración de los contratos el 14 de septiembre.
Biden, el autodenominado “presidente más prosindical de la historia”, ha intentado apoyarse todo lo posible en las burocracias sindicales para bloquear o aislar las huelgas. Allí donde las luchas han amenazado con escapar a las garras de la burocracia sindical, como en los ferrocarriles el año pasado, la Casa Blanca no ha dudado en recurrir a los poderes del Estado para imponer los dictados de las corporaciones.
El creciente uso del Estado y de las burocracias sindicales por parte de la clase dominante no se limita a Estados Unidos. En Canadá, el sindicato International Longshore and Warehouse Union (ILWU) anunció a última hora del domingo que había llegado a otro acuerdo con los operadores portuarios en la parte occidental del país, negociado por la Junta de Relaciones Industriales de Canadá, desafiando el apoyo generalizado entre los trabajadores portuarios a reanudar su huelga. El anuncio se produjo apenas dos días después de que los trabajadores rechazaran por votación un acuerdo provisional respaldado por las empresas, el ILWU y el Gobierno de Trudeau.
Aterrorizados por el crecimiento de la lucha de clases, y una serie de crisis sociales, políticas y económicas insolubles, el capitalismo estadounidense y sus aliados imperialistas buscan desesperadamente salir de ellas con todas las herramientas a su alcance, incluidas las guerras depredadoras por mercados y recursos y el uso del conflicto militar para canalizar las tensiones sociales hacia el exterior. Al mismo tiempo, los costes gigantescos de la rápida intensificación del conflicto en Ucrania y los preparativos para la guerra con China se impondrán a la clase trabajadora, a través de recortes a los programas sociales y la supresión de los salarios.
De este modo, las guerras en ambos frentes se libran por los mismos intereses de clase y a instancias de las mismas corporaciones multinacionales.
Sin embargo, los continuos ataques contra el nivel de vida de los trabajadores ya están generando una ira y una oposición explosivas, con huelgas cada vez más numerosas este año en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania y otros países.
En todos los casos, el principal obstáculo al que se enfrentan los trabajadores son las burocracias sindicales que dicen representarlos pero que, de hecho, operan como saboteadores enemigos, apéndices quintacolumnistas de las corporaciones y el Estado capitalista.
Para liberarse de este sabotaje, los trabajadores deben desarrollar su propia estrategia y estructuras organizativas que puedan ejecutar esa estrategia. Cada vez son más los trabajadores de la industria automotriz, de UPS y de otros lugares que están formando comités de base, con la ayuda de la Alianza Internacional Obrera de Comités de Base (AIO-CB), para coordinar sus luchas en diferentes lugares de trabajo e industrias.
El capitalismo está haciendo la guerra a la clase obrera, y la clase obrera debe declarar la guerra al capitalismo. La oposición latente a la guerra en Ucrania existe, pero debe volverse consciente y dotarse de un programa político. La lucha por los derechos e intereses de los trabajadores –por salarios más altos, condiciones de trabajo dignas y el derecho a un trabajo bien remunerado—debe fundirse con la lucha contra la guerra imperialista y por el socialismo internacional.
(Publicado originalmente en inglés el 31 de julio de 2023)
