En el centro mismo del método científico materialista histórico desarrollado por Karl Marx se encuentra la comprensión de que los fundamentos objetivos de la revolución se encuentran en la contradicción entre el crecimiento de las fuerzas productivas y las relaciones sociales en las que se han desarrollado.
En el transcurso del último siglo y medio, desde que se elaboró por primera vez esta concepción fundamental, esta contradicción ha estallido en forma de crisis económicas, guerras, intensificación de la lucha de clases y revoluciones sociales, entre las que destaca la Revolución Rusa de octubre de 1917.
El desarrollo de la inteligencia artificial (o, más correctamente, la inteligencia aumentada) y la creciente preocupación por su potencial para desencadenar una grave crisis económica y financiera muestran que la contradicción identificada por Marx está volviendo a salir rápidamente a la superficie.
La IA encierra en sí misma el potencial de un enorme avance de la fuerza productiva en todos los ámbitos de la actividad económica, posiblemente el mayor de la historia de la humanidad.
Pero se está enfrentando a un conflicto frontal con el sistema de relaciones sociales: el mercado capitalista y el sistema de beneficios, basado en la propiedad privada en el que está encerrada. Este conflicto se expresa en el temor de que, si bien traerá consigo un enorme aumento de la productividad, este mismo desarrollo provocará crisis económicas y financieras y devastación social.
Estos temores se manifiestan de dos formas básicas. En primer lugar, la posibilidad de que las enormes inversiones en centros de datos de IA, que ascienden a billones de dólares, no generen ingresos suficientes para obtener beneficios. En segundo lugar, que la aplicación de la IA a toda una serie de actividades económicas y financieras simplemente acabe con una serie de empresas, muchas de las cuales existen desde hace décadas, y provoque una crisis para las instituciones financieras, en particular el crédito privado, que las han respaldado.
El modelo de negocio inicial de la IA, impulsado tras el lanzamiento de ChatGPT de OpenAI en noviembre de 2022, consistía en que las inversiones masivas de los denominados hiperescaladores, Amazon, Google, Microsoft, Meta y otros, combinadas con los chips de alta gama desarrollados por Nvidia, crearían un dominio monopolístico de la IA, lo que les permitiría obtener superbeneficios y amortizar sus inversiones.
Sin embargo, este «escenario optimista» ha sido cuestionado desde varios frentes. Existe preocupación por si los acuerdos financieros entre los principales actores, en particular la circularidad en la que una empresa proporciona dinero a otra para que pueda comprar sus productos, han creado una imagen falsa similar a la que acompañó a la burbuja puntocom a principios de siglo.
Los acuerdos circulares pueden dar una apariencia de confianza y salud económica, pero, en última instancia, la rentabilidad vendrá determinada por la aceptación de la IA fuera de estos límites.
La preocupación por que el gasto de capital en IA esté superando la generación de beneficios se puso de manifiesto en la reacción al anuncio realizado por Amazon a principios de este mes. Tras conocerse la noticia de que su inversión en 2026 ascendería a 200.000 millones de dólares, frente a los 130.000 millones del año pasado, el precio de sus acciones cayó. Las acciones de Amazon han bajado un 20 % desde su máximo alcanzado en noviembre pasado.
También se han producido caídas significativas en el precio de las acciones de Microsoft, Nvidia y Meta. Como señaló el Australian Financial Review en un artículo reciente, «de repente, los inversionistas se muestran muy escépticos sobre la posibilidad de que las enormes cantidades que están invirtiendo empresas como Amazon generen beneficios».
Aparte de la cuestión de si se pueden generar ingresos suficientes, está la cuestión de la depreciación moral. Es decir, la depreciación no por el desgaste, sino por el desarrollo de un producto superior.
La historia de la tecnología demuestra que una innovación que goza de superioridad y mayores beneficios en un momento dado puede perderlos rápidamente. No hace mucho, el teléfono celular Blackberry estaba de moda: todo el mundo tenía que tener uno debido a las innovaciones que había introducido. Pero muy pronto fue sustituido y ha pasado en gran medida a la historia.
Sin duda, algo similar es posible en el desarrollo de la IA, que aún se encuentra en una fase muy incipiente, con el resultado de que las enormes inversiones realizadas hasta ahora podrían convertirse en «activos varados». Pero, aunque pudieran perder su valor, las deudas utilizadas para financiarlas seguirían existiendo.
Hubo un indicio de esta posibilidad cuando, a principios de 2025, las principales empresas e inversores de IA se vieron sacudidos por la noticia de que la empresa emergente china DeepSeek había desarrollado un chatbot tan bueno como los disponibles, pero producido a una fracción del costo y utilizando chips menos potentes debido a las prohibiciones impuestas por Estados Unidos.
Estas cuestiones se refieren a lo que podría caracterizarse como los «fracasos» de la IA en el marco del sistema de beneficios. Es decir, las consecuencias de la incapacidad de generar los ingresos necesarios para obtener un beneficio suficiente de las enormes inversiones de capital que se han realizado, y la posibilidad de que se produzcan crisis económicas y financieras catastróficas.
Pero lo que se puede denominar «éxitos» de la IA no es menos peligroso para la estabilidad del sistema de beneficios y sus estructuras financieras. Esto se debe a que la introducción de la IA genera beneficios adicionales mediante la reducción de costos basada en la eliminación de mano de obra y la posible desaparición de empresas enteras cuyas operaciones se basan en una tecnología que ahora está siendo sustituida por la IA.
Los acontecimientos de este mes han sido el comienzo de lo que se prevé que será una gran transformación. El lanzamiento por parte de la empresa de IA Anthropic de su plataforma Claude Cowork, que tiene la capacidad de desarrollar códigos, entre otras cosas, así como de automatizar funciones como la atención al cliente y los servicios jurídicos, ha causado conmoción en el mundo de las empresas de software.
El índice JPMorgan de acciones de software cayó un 7 %, lo que eleva la caída total del año al 18 %.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 13 de febrero de 2026)
