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Perspectiva

Disparos en el canal de la Mancha: Reino unido, Rusia y la amenaza de la Tercera Guerra Mundial

Primera foto de los HMS Prince of Wales y HMS Queen Elizabeth navegando el 19 de mayo de 2021 [Photo by Open Government Licence v3.0]

Los disparos al aire efectuados el martes por un buque de guerra ruso en el canal de la Mancha fueron una advertencia dirigida a un yate británico que se encontraba cerca. Pero la clase trabajadora europea debería tomarlos como una advertencia de que sus gobiernos están arrastrándola cada vez más irremediablemente hacia una guerra con Rusia.

Naturalmente, existen versiones contradictorias del incidente. El ejército ruso afirma que el yate se aproximaba peligrosamente y que se hicieron múltiples intentos de contacto y se lanzaron bengalas de señalización antes de que se efectuaran cinco disparos de advertencia al aire desde el buque Almirante Grigoróvich. La pareja que viajaba en el yate afirma que no se lanzaron bengalas ni se realizaron llamadas por radio, pero ha confirmado que los disparos fueron de advertencia. El ejército británico, que estaba monitoreando el suceso, también describió inicialmente las acciones rusas simplemente como “un intento de evitar una posible colisión”.

Sean cuales fueren los hechos exactos, dos factores son decisivos e irrefutables. No se habrían efectuado disparos si las tensiones entre Rusia y Reino Unido no se hubieran llevado a un punto álgido. Estas tensiones son el resultado de un estado de guerra de facto entre las potencias europeas y Rusia, que amenaza con extender por todo el continente la catástrofe que ya está en marcha en Ucrania.

Dos días antes, en las mismas aguas, las fuerzas británicas incautaron el petrolero Smyrtos, de bandera camerunesa, parte de la flota fantasma rusa, que transportaba petróleo hacia la India. Esta fue la más reciente de una serie de incautaciones y embargos llevados a cabo por gobiernos europeos —incluidos Bélgica, Francia, Suecia, Finlandia y Alemania— para hacer cumplir las sanciones económicas contra Moscú.

La decisión británica de interceptar buques en el canal de la Mancha eleva significativamente la apuesta. Se trata de la principal ruta utilizada por los petroleros que zarpan de los grandes puertos bálticos de Rusia: Ust-Luga, Primorsk y San Petersburgo. Según una investigación del Sunday Times, aproximadamente 239.000 millones de libras esterlinas en petróleo ruso (319.000 millones de dólares) han transitado por esta vía marítima desde 2022.

El primer ministro Keir Starmer respondió al incidente del yate denunciando las acciones “imprudentes” de Rusia. La acusación debería devolvérsele multiplicada por diez a Starmer y a su gobierno laborista. Las afirmaciones de su ministro de Gabinete, Nick Thomas-Symonds, de que “esto no está relacionado con la incautación del petrolero ruso de la flota fantasma que ocurrió el pasado fin de semana” son absurdas.

Reino Unido y las potencias europeas han estado avivando agresivamente el conflicto con Rusia durante más de una década, desde que apoyaron el golpe de Estado de la extrema derecha en el Maidán en 2014. Respaldadas por la administración Biden, vieron la invasión rusa de Ucrania en 2022 —una respuesta reaccionaria a la expansión de la OTAN hacia el este— como una oportunidad de oro. Podrían empantanar y desangrar a Rusia, posiblemente incluso provocar un cambio de régimen, mientras reducían a Ucrania a un Estado vasallo listo para la explotación económica.

Tras más de cuatro años de guerra, estos objetivos se persiguen con entusiasmo frenético. Esto está ahora liderado por las potencias europeas, ya que la administración Trump se ha enfriado respecto a la guerra, prefiriendo buscar relaciones comerciales favorables con Rusia en torno a tierras raras, petróleo, gas y otros activos estratégicos, al tiempo que asegura su propio control económico sobre Ucrania.

Las incautaciones de petroleros forman parte de una ofensiva militar más amplia contra las exportaciones energéticas rusas, encabezada por el régimen de Zelenski en Ucrania, y de una ofensiva económica liderada por los imperialistas europeos.

El ejército ucraniano, con la ayuda de la tecnología de la OTAN, ha mejorado sustancialmente su capacidad para alcanzar objetivos en el interior del territorio ruso. Los ataques han alcanzado más de una docena de refinerías y otras infraestructuras de petróleo y gas en los últimos seis meses, y media docena de puertos y terminales petroleras. Los ataques exitosos contra San Petersburgo, la ciudad natal del presidente Vladímir Putin, durante un foro económico conocido como el Davos ruso, fueron particularmente dañinos desde el punto de vista político.

También se han atacado buques de carga y petroleros, incluso el mismo día del incidente del canal de la Mancha.

En el frente económico, entre 2.000 y 3.000 personas y entidades han sido objeto de sanciones por parte del Reino Unido y la Unión Europea, con el comercio suspendido en sectores críticos y un precio máximo fijado por el G7 para el petróleo ruso. La cumbre del G7 en curso ha emitido un compromiso por escrito para aumentar “la presión sobre la economía de guerra rusa. En este contexto, reforzaremos nuestras sanciones, incluidas las de los sectores del petróleo y el gas”.

Múltiples indicadores sugieren que esta presión está empezando a surtir efecto. Las previsiones de crecimiento ruso se han recortado drásticamente, el déficit presupuestario nacional se está disparando, al igual que las deudas y los impagos de las empresas privadas, y el país sufre ahora una escasez de combustible al reducirse incluso las exportaciones críticas de petróleo. Varios monitores indican también una caída significativa de la cantidad de territorio capturado por Rusia en los últimos meses. Según se informa, los esfuerzos de reclutamiento están flaqueando.

Lejos de utilizar esto como palanca para impulsar las conversaciones, como afirman, las potencias europeas han dejado clara su intención de garantizar que las negociaciones de “paz” solo se lleven a cabo en forma de negociaciones de rendición rusa.

Rusia ha respondido en parte intensificando su guerra aérea contra los grandes centros urbanos, convirtiendo mayo en el peor mes de la guerra, según las Naciones Unidas, que cifran las víctimas civiles ucranianas en 274 muertos y 1.763 heridos. La presión aumentará en los sectores más militaristas y nacionalistas de la oligarquía rusa para una respuesta más expansiva y agresiva, colocando a Putin en una posición cada vez más expuesta.

En múltiples momentos a lo largo de la guerra, los funcionarios rusos han amenazado con atacar objetivos europeos fuera de Ucrania en respuesta a la intensificación de la participación en el esfuerzo bélico ucraniano.

En 2024, Putin indicó que cualquier base aérea de la OTAN utilizada como punto de despegue de los aviones ucranianos sería un “objetivo legítimo”. Ese mismo año, cuando París planteó la idea de enviar tropas a Ucrania y Londres autorizó el uso de sus misiles de largo alcance para atacar objetivos rusos, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, advirtió de “una nueva ronda de escalada” mientras Rusia anunciaba públicamente maniobras con armas nucleares estratégicas.

Este año, el Ministerio de Defensa ruso publicó las direcciones de empresas europeas que ayudan a Ucrania a producir drones, comentando que su implicación representaba la “transformación progresiva de estos países en una retaguardia estratégica para Ucrania” que conduciría a “una escalada brusca”.

Estas advertencias apenas aparecen en la prensa británica y han sido sistemáticamente denunciadas como un “farol” por el gobierno, intentando adormecer a la población en una falsa sensación de seguridad. Esto a pesar de que los jefes de las fuerzas armadas británicas insisten repetidamente en que deben hacerse planes para una guerra total con Rusia.

A los pocos meses del estallido de la guerra, el recién nombrado jefe del Ejército británico, el general sir Patrick Sanders, declaró en una conferencia militar, en un discurso emitido por Sky News: “Existe ahora un imperativo urgente de forjar un Ejército capaz de luchar junto a nuestros aliados y derrotar a Rusia en batalla. Somos la generación que debe preparar al Ejército para volver a luchar en Europa”.

El teniente general ruso retirado Evgueni Buzhinski respondió diciendo a la emisora estatal rusa: “No entiende que, como resultado de la Tercera Guerra Mundial, Reino Unido dejará físicamente de existir. La isla desaparecerá, así que no tengo idea de dónde vivirán él o sus descendientes”.

La clase trabajadora no puede permitir que estos maníacos que actualmente los gobiernan sigan en el poder. Los funcionarios europeos hablan de una guerra con Rusia “para finales de la década” o “en unos años” como si se tratara de un hecho inevitable y desafortunado, no de una catástrofe para la humanidad.

En estas condiciones, el más mínimo incidente puede desencadenar una rápida espiral de escalada. Ya se producen incidentes graves con regularidad. Drones, tanto ucranianos como rusos, han entrado en el espacio aéreo de Lituania, Letonia, Polonia y Rumanía. Un avión espía de la Fuerzas Aérea Real británica fue interceptado por cazas rusos sobre el mar Negro el mes pasado; cazas suecos interceptaron cazas rusos hace unos días.

Acontecimientos similares serán cada vez más frecuentes y graves a medida que las potencias europeas se militarizan rápidamente. Los miembros europeos de la OTAN gastaron un total de 559.000 millones de dólares en el ejército en 2025, y el gasto “aumentó más rápido que en cualquier otro momento desde 1953”, según Jade Guiberteau Ricard, del Programa de Gasto Militar y Producción de Armas del SIPRI.

En todo el continente, el redoble de tambores es cada vez más fuerte. Starmer sufrió la semana pasada la dimisión de su secretario de Defensa, John Healey, quien denunció al gobierno por ser “incapaz y no estar dispuesto” a aumentar el gasto militar lo suficiente “en este momento de amenazas crecientes”.

Su predecesor, Ben Wallace, se quejó en el programa Today de BBC Radio 4 de que el incidente del canal de la Mancha demuestra que Rusia “no se siente disuadida por nosotros”. El presidente del Comité de Defensa de la Cámara de los Comunes, Tan Dhesi, declaró: “Evidentemente, tenemos que avanzar mucho más rápido, incluso aumentando el gasto en defensa”.

Alemania, por su parte, va a la cabeza, aumentando su gasto militar un 24 por ciento en 2025 —el tercer año consecutivo de crecimiento de dos dígitos— para convertirse en el cuarto país del mundo que más gasta en fuerzas armadas, con 114.000 millones de dólares. Rusia ocupa el tercer lugar, con 190.000 millones de dólares, con su gobierno atrapado entre una guerra reaccionaria que no puede ganar y una “paz” que difícilmente podría sobrevivir.

Mientras se desarrollaban los acontecimientos en el canal de la Mancha, Trump se jactaba ante las potencias imperialistas del mundo en la cumbre del G7 en Evian de que la paz con Irán estaba a solo unos días de distancia, pendiente únicamente de la firma de un “memorando de entendimiento”. En lugar de ello, el mundo se ha acercado un paso más a la guerra abierta con Rusia.

Ninguno de los combatientes puede ofrecer una salida a este infierno creciente. Representan a facciones de una oligarquía capitalista cada vez más dependiente de los métodos de la guerra y la dictadura para defender sus intereses: ya sea mediante el reparto de nuevas zonas de influencia, como en el caso de las potencias imperialistas, o el intento de establecer una sólida posición regional desde la que resistir estos esfuerzos, como en el caso de Rusia.

La clase trabajadora en Europa ya está pagando por esto mediante una austeridad cada vez más salvaje y la destrucción de derechos democráticos fundamentales. Al igual que sus hermanos y hermanas ucranianos y rusos, los trabajadores también pagarán con sus vidas.

La necesidad acuciante ahora es construir un movimiento socialista masivo contra la guerra. Solo la clase trabajadora puede detener la escalada de la guerra global, utilizando su propio método de la revolución socialista internacional.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 17 de junio de 2026)

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