El presidente Donald Trump ha intervenido personalmente ante el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para revocar la suspensión al delantero estadounidense Folarin Balogun, en un episodio que deja al desnudo, de forma más descarnada que en cualquier momento anterior de la Copa Mundial de 2026, la subordinación del torneo deportivo más popular del mundo a la oligarquía financiera estadounidense y a Trump personalmente.
Balogun, el máximo goleador de Estados Unidos y delantero estrella del Mónaco esta temporada, fue expulsado en el partido de dieciseisavos de final contra Bosnia-Herzegovina después de que una revisión del VAR determinara que había clavado los tacos en la pierna y el tobillo de un adversario. Según el código disciplinario de la FIFA, una tarjeta roja directa conlleva una suspensión automática de un partido, aplicada sin excepción ni apelación durante más de 60 años de historia de la Copa Mundial. Balogun iba a perderse el partido de octavos de final del lunes contra Bélgica.
Trump, a quien la Federación de Fútbol de Estados Unidos no había pedido que interviniera, llamó a Infantino por iniciativa propia, según se informa, después del partido del miércoles. Según su propio relato, al principio no entendía por qué una tarjeta roja debía tener consecuencia alguna. “Pedí una revisión porque no creí que fuera una falta”, declaró a los periodistas, añadiendo que “no sabía qué demonios era una tarjeta roja” antes de hacer la llamada. Esa confesión de ignorancia no le impidió declarar: “Yo soy quien consiguió que la revocaran”.
Entre bastidores, el secretario de Comercio, Howard Lutnick, y el director del grupo de trabajo de la Casa Blanca para la Copa Mundial, Andrew Giuliani, presionaron directamente a Infantino, mientras abogados coordinaban con un gestor de fondos y donante de la Federación de Fútbol de Estados Unidos la preparación de argumentos jurídicos para impugnar la revisión del VAR, que fueron transmitidos a la federación. Días después, la FIFA anunció que suspendía la aplicación de la sanción de Balogun por un “período de prueba” de un año, invocando el artículo 27 de su Código Disciplinario, una disposición nunca antes utilizada para anular una suspensión automática por tarjeta roja en pleno torneo de la Copa Mundial.
La asociación europea de fútbol, la UEFA, denunció la decisión por haber “cruzado una línea roja”, calificándola de “sin precedentes, incomprensible e injustificable”. La federación belga, a la que se le negó toda explicación de la resolución, advirtió que impugnaría la participación de Balogun. El Comité de Apelación de la FIFA rechazó esta apelación horas antes del saque inicial.
Infantino, por su parte, insistió en que “los órganos judiciales son independientes” y que él simplemente había explicado el proceso a Trump. Esta afirmación se derrumba bajo el peso de los precedentes. En noviembre, días después de cenar con Trump en la Casa Blanca, la superestrella portuguesa Cristiano Ronaldo vio cómo dos tercios de una suspensión de tres partidos de clasificación eran aplazados bajo el mismo mecanismo de período de prueba ahora aplicado a Balogun.
En diciembre, además, Infantino inventó un “Premio de la Paz de la FIFA” completamente nuevo, otorgado a Trump —después de la fallida campaña de la Casa Blanca por el Nobel— durante el sorteo de la Copa Mundial. Asimismo, le regaló a Trump una réplica del trofeo dorado de los ganadores de la Copa Mundial. Posteriormente, la FIFA abrió una oficina dentro de la Torre Trump, pagando alquiler a la familia Trump por el privilegio.
Compareciendo ante los periodistas en la Casa Blanca el lunes, Trump y el senador Ted Cruz bromearon sobre la revocación de la suspensión.
“En nombre de todos los estadounidenses, gracias por eliminar esa ridícula tarjeta roja”, dijo el senador republicano por Texas con una sonrisa burlona.
“Eso fue interesante”, respondió Trump.
“Fue espectacular”, continuó Cruz. “Hubo una razón por la que el trofeo de la FIFA estuvo aquí todo el tiempo que estuvo”.
Trump encontró tiempo para la llamada a Infantino entre los actos conmemorativos del 250º aniversario de la Declaración de Independencia. Esa misma semana, pronunció un discurso en Medora, Dakota del Norte, en la inauguración de la Biblioteca Presidencial Theodore Roosevelt, de 450 millones de dólares, en el habló extensamente sobre la carga de Roosevelt en la colina de San Juan y la toma de Cuba, Guam, Filipinas y Puerto Rico a España en 1898, declarando sobre aquella conquista: “todas eran nuestras”.
El instinto de doblegar a la FIFA a la voluntad de Washington por un partido de fútbol y la nostalgia por la anexión imperial confluyeron de lleno en la cabeza del aspirante a Führer como parte de los festejos del Día de la Independencia. Se trata de un presidente para quien la afirmación de la igualdad humana en la Declaración de Independencia debe ser reformulada como una celebración de la supremacía estadounidense y el privilegio aristocrático por encima de todas las preocupaciones de la sociedad.
La injerencia política no carece en absoluto de precedentes en la historia de este deporte, aunque rara vez ha sido tan descarada. El dictador argentino Jorge Videla visitó el vestuario de Perú antes de un decisivo partido en 1978 que Argentina necesitaba ganar por seis goles; Argentina ganó 6-0. En 1973, la FIFA otorgó a Chile una victoria por default después de que la Unión Soviética se negara a jugar un partido de clasificación en el Estadio Nacional, recién utilizado por la junta de Augusto Pinochet como centro de tortura y ejecución. En 1982, un jeque kuwaití irrumpió en el terreno de juego para intimidar a un árbitro y obligarlo a anular un gol legítimo de Francia. Mussolini, que en privado despreciaba este deporte, recurrió a la propaganda y la presión sobre los árbitros para asegurar el título de Italia en 1934. En 1974, se alega que Mobutu Sese Seko, de Zaire, amenazó a sus propios jugadores con el exilio si perdían contra Brasil por más de tres goles; perdieron 3-0.
Lo que distingue el caso Balogun es su escala y su descaro: la intervención directa, pública y reiterada del presidente de la potencia imperialista dominante del mundo en el arbitraje de un torneo mundial celebrado en su propio suelo.
El episodio está plagado de contradicciones. Balogun juega para la selección estadounidense solo porque nació en Brooklyn en 2001, cuando su madre nigeriana no pudo volar de regreso a Londres estando embarazada de siete meses. Esto fue resultado de la ciudadanía por derecho de nacimiento consagrada en la Decimocuarta Enmienda, que la administración Trump exige abolir —por no hablar de las prohibiciones de viaje de Trump dirigidas contra Nigeria y otros países de mayoría musulmana y africanos—.
El presidente que movilizó la maquinaria del Estado estadounidense para mantener en el campo a un delantero nigeriano-estadounidense busca simultáneamente garantizar que niños como él nunca sean reconocidos como ciudadanos. Cabe destacar que Balogun ha respondido con más dignidad que su propio gobierno, diciendo a los periodistas que era consciente de estar “inspirando a niños pequeños” que observan cómo “se manejan las cosas”. Mientras tanto, los propios jugadores estadounidenses, al enterarse de la revocación, se preguntaron si la noticia era generada por inteligencia artificial. En este torneo propio del programa “La dimensión desconocida”, a nadie le sorprendería que Israel, que nunca se clasificó para el torneo, apareciera en las semifinales.
Nada de esto es incidental en la FIFA de Infantino. La federación que heredó surgió de las imputaciones del “FIFA-Gate” de 2015, una investigación dirigida por el FBI que derrocó a su predecesor, Sepp Blatter, por cargos de soborno vinculados a las candidaturas de Rusia y Catar para sede de la Copa Mundial. Esto despejó convenientemente el camino para la elección “limpia”, fuertemente presionada, de la candidatura conjunta de Estados Unidos-México-Canadá como sede frente a Marruecos.
Infantino se convirtió en el instrumento elegido por Washington al frente del organismo deportivo más rico del mundo, que ahora enfrenta una nueva denuncia penal presentada por el expresidente de la UEFA, Michel Platini, alegando una falsa acusación que bloqueó el propio camino de Platini a la presidencia de la FIFA hace una década. Cualquier victoria de Estados Unidos sobre Bélgica quedará manchada permanentemente por esta decisión.
Las ciudades anfitrionas han recibido a los aficionados visitantes con genuina calidez, mientras cientos de millones siguen a selecciones construidas cada vez más con las filas de inmigrantes y sus hijos. Esa solidaridad y unidad internacional instintiva en el deporte y la cultura es precisamente lo que la manipulación de la FIFA por parte de Trump e Infantino pretende suprimir bajo una niebla de patrioterismo y lucro desenfrenado.
El caso Balogun se suma a un catálogo creciente: la exclusión de la selección y el cuerpo técnico de Irán del suelo estadounidense bajo amenaza de bombardeo, la censura del uniforme de Haití que conmemoraba la derrota de Napoleón a manos del primer ejército antiesclavista victorioso, los interrogatorios en aeropuertos y las expulsiones de jugadores, árbitros, periodistas y aficionados africanos, iraníes y árabes. Cada uno de estos episodios expone la misma realidad: un deporte inventado y sostenido por la clase obrera ha sido confiscado por una aristocracia financiera y fusionado con la maquinaria de un Estado cada vez más fascista.
Lo que esto exige es la lucha por romper el control de la oligarquía no solo sobre la FIFA, sino sobre todas las instituciones culturales, deportivas, académicas y sociales que ha doblegado para su propio enriquecimiento y uso político, y recuperarlas como patrimonio común de la clase obrera internacional.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 8 de julio de 2026)
