La aparición del presidente Donald Trump el lunes en el circuito de pruebas de General Motors en Milford, Michigan, como parte de su campaña, fue una demostración de su total indiferencia ante el deterioro del nivel de vida de la clase trabajadora, ya que celebró un auge económico que no tiene base en la realidad, salvo por el alza en el mercado de valores —¡73 máximos históricos desde que asumió el cargo!—, lo cual enriquece a multimillonarios como él.
Afirmó que Estados Unidos está construyendo más fábricas de automóviles que cualquier otro país, y más fábricas de todo tipo, aunque en realidad el número ha disminuido desde que Trump asumió el cargo en enero de 2025, especialmente después de que impusiera aranceles masivos a prácticamente todos los países del mundo.
Tras atacar al presidente del sindicato UAW, Shawn Fain, por apoyar a los demócratas en las elecciones de 2024 (Fain se ha convertido ahora en un ferviente partidario de las políticas de guerra comercial de Trump, en particular los aranceles a las importaciones de automóviles), se jactó diciendo: “He sido mejor para los trabajadores automotrices que sus padres. Nuestro país es un gran éxito”.
En ese momento, se escuchó a alguien entre la multitud gritando desde el fondo las palabras “protector de pedófilos”. Se trata de la misma acusación —que vincula a Trump con el traficante sexual Jeffrey Epstein— que le gritaron a Trump durante su visita a una fábrica de Ford en la primavera.
Los agentes del sheriff del condado de Oakland detuvieron de inmediato al hombre y lo sacaron del edificio, mientras la multitud, compuesta en su mayoría por partidarios del Partido Republicano, comenzaba a corear: “¡EE. UU.! ¡EE. UU.!” Por su parte, Trump declaró: “Es un comunista. Es un comunista”.
Esta caza de comunistas, junto con afirmaciones absurdas sobre el éxito de sus aranceles, constituyeron el contenido principal del discurso de Trump. Al igual que sus comentarios en la cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca el viernes por la noche, el discurso duró más de una hora y estuvo plagado de mentiras incesantes, insultos groseros contra sus oponentes políticos y momentos en los que parecía perder el hilo, divagar y repetir tópicos de campaña ya muy trillados.
Trump dedicó solo una frase a la guerra con Irán, presentándola como un gran éxito inspirado en su anterior ataque contra Venezuela, en el que las fuerzas especiales de EE. UU. secuestraron al presidente Nicolás Maduro, quien ahora se encuentra encarcelado en la ciudad de Nueva York a la espera de un juicio por cargos falsos relacionados con drogas.
En su ataque contra los candidatos del Partido Demócrata para las elecciones de 2026, Trump repitió sus mentiras habituales sobre que el gobierno de Biden estaba estableciendo “fronteras abiertas” —aunque en realidad continuó en gran medida con su política fronteriza represiva— y afirmó que los demócratas “quieren que los hombres compitan en deportes femeninos. Quieren que se mutile a tus hijos para convertirlos en transgénero”.
Luego volvió a la histeria anticomunista de su discurso del 3 de julio en el Monte Rushmore. Los líderes demócratas “se están alineando con los comunistas de izquierda radical que se están apoderando del partido. Quieren —en otras palabras, los socialistas normales que también pueden destruir un país— que no avancen lo suficientemente rápido... Vamos a convertirnos en un país comunista. Eso es lo que quieren. Se saltaron el socialismo. ¿Pueden creerlo? Pero el comunismo es la mayor amenaza para nuestro país en la historia, incluso más que la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Pearl Harbor o el 11 de septiembre; me refiero a que esta es una amenaza grave porque van a prometer todo tipo de cosas”.
Esta diatriba incoherente es otra demostración del miedo que ahora atormenta a la clase dominante estadounidense. La causa no es el puñado de victorias electorales de candidatos afiliados a los Socialistas Demócratas de Estados Unidos, que es una facción del Partido Demócrata totalmente comprometida con la defensa de los intereses del imperialismo estadounidense, por más radicales que sean sus consignas.
Lo que Trump y sus compañeros multimillonarios temen es la radicalización masiva que se está desarrollando entre los trabajadores y la juventud, un giro hacia la izquierda de millones de personas que solo encuentra un reflejo parcial y distorsionado en los votos emitidos en las primarias del Partido Demócrata. También en Michigan, donde la primaria del 4 de agosto es el motivo de la visita de Trump, un candidato respaldado por la DSA, Abdul El-Sayed, está disputando reñidamente la nominación al Senado contra la diputada Haley Stevens, la candidata elegida por la cúpula del partido.
Contrariamente a la fantasía de Trump de que la dirección demócrata abraza el comunismo, la cúpula del partido ha invertido 50 millones de dólares en una campaña mediática contra El-Sayed, un liberal de izquierda que ha declarado explícitamente que no es socialista. Este ataque mediático ha sido financiado en gran parte por el AIPAC (Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos) y otros grupos prosionistas, debido a que El-Sayed ha criticado el genocidio israelí en Gaza.
Los candidatos republicanos que fueron llamados a compartir el escenario con Trump se hicieron eco de su diatriba contra el comunismo. La diputada Lisa McClain dijo que noviembre sería “una elección entre el sentido común y la locura comunista». El diputado Tim Walberg afirmó que era el presidente del Comité de Educación de la Cámara de Representantes y que conocía la diferencia «entre la educación y el adoctrinamiento en la locura comunista”. Walberg era un predicador fundamentalista antes de ganar su escaño en el Congreso.
John James, el candidato republicano a gobernador, se hizo eco de la mentira favorita de Trump, la de que las elecciones de 2020 fueron “robadas”, y afirmó que Trump había “ganado en Michigan tres veces”, aunque en 2020 fue derrotado por Biden por más de 150.000 votos.
Trump insinuó las medidas que tomaría su gobierno para mantenerse en el poder, al decir: “Muchos republicanos son amables. Somos un partido muy amable. Para ser sincero, no deberíamos ser tan amables… Estamos viviendo el mejor año que hemos tenido como país. No vamos a dejar que esta gente lo arruine”.
Esto ocurre en un contexto en el que más de dos tercios de la población estadounidense afirma que el país va por mal camino, y un número aún mayor se opone a las políticas económicas de Trump y a la guerra contra Irán. Es esta amenaza desde abajo, y no la oposición ineficaz del Partido Demócrata, la que les da pesadillas a Trump y a sus colegas fascistas.
Luego continuó expresando un mensaje similar a la diatriba fascista que su colaborador más cercano, el subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, pronunció recientemente en una cumbre del Departamento de Estado con regímenes de derecha de todo el mundo.
“Quizás esto sea noticia porque nunca lo he dicho”, afirmó. “Solo estoy pensando que ahora, cuando ellos [los demócratas] se hacen cargo de algo, siempre está sucio. Las aceras están sucias. La gente, odio decir esto, no está limpia, ¿de acuerdo? Los bordillos están llenos de, ya sabes qué. El olor es terrible. Quiero decir, veo que esto les pasa a las ciudades, las ciudades azules, todas son azules, todas son azules”.
O como dijo Miller en el Departamento de Estado: “No es una coincidencia que, cuando observas estas violentas manifestaciones de Antifa y ves cualquier fotografía de quienes se reunieron —para ser franco—, ni una sola de las personas que se manifiestan se ve como una persona normal. Ni una sola se ve normal. Todas están deformadas de alguna manera: en su apariencia, en su vestimenta, en sus gestos. ¿Por qué es eso? ¿Por qué?”.
La caracterización de los oponentes políticos como biológicamente deformados, o físicamente sucios, es un sello distintivo de la política neonazi, que está cobrando cada vez más protagonismo, no solo en las mentes de Trump y su círculo más cercano o en sus discusiones privadas, sino en los discursos que pronuncian en público.
Como advirtió el WSWS tras el discurso de Trump en el Monte Rushmore: “Más allá de las denuncias histéricas, el discurso de Trump es una declaración de intenciones políticas, una conspiración para anular los resultados de las elecciones de medio período y consolidar una dictadura presidencial”. La clase trabajadora debe prepararse en consecuencia.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 27 de julio de 2026)
