En la tarde del 20 de agosto de 1940, Ramón Mercader, agente de la policía secreta estalinista (GPU), atacó a León Trotsky mientras este se encontraba sentado en su escritorio en Coyoacán, México. Trotsky murió en un hospital de la Ciudad de México al día siguiente, el 21 de agosto.
Trotsky, nacido en la aldea ucraniana de Yánovka, en la provincia de Jersón, fue codirigente, junto con Vladímir Lenin, de la Revolución de Octubre de 1917, comandante del Ejército Rojo y fundador de la Cuarta Internacional.
El asesinato de Trotsky marcó la consumación de un violento asalto contrarrevolucionario contra los cuadros y la dirigencia de la Revolución bolchevique. Su aniversario coincide este año con el 90º aniversario del primer Juicio de Moscú, que inició el 19 de agosto de 1936 y dio inicio al Gran Terror.
Entre los acusados en el primer juicio se encontraba la dirigencia central de la Revolución de Octubre y los fundadores del Estado soviético.
Grigori Zinóviev había sido el colaborador más cercano de Lenin durante los años de emigración a partir de 1908, presidente del Soviet de Petrogrado desde diciembre de 1917, y, desde marzo de 1919, presidente del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Lev Kámenev había presidido el Soviet de Moscú desde 1918 y, como vicepresidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, presidió el gobierno soviético durante la enfermedad final de Lenin.
En los dos juicios que siguieron, en enero de 1937 y marzo de 1938, los acusados incluyeron a Yuri Piatakov, a quien el Testamento de Lenin situaba, junto con Bujarin, entre “las figuras más destacadas” de la generación más joven del partido; al propio Bujarin, que había dirigido Pravda durante una década y a quien ese mismo Testamento llamaba “el teórico más valioso e importante del Partido”; y a Alexéi Rýkov, quien había sucedido a Lenin al frente del gobierno soviético.
La base fabricada del juicio que comenzó en 1936 era que los acusados habían formado un “Centro Terrorista Trotskista-Zinovievista”, dirigido desde el exilio por Trotsky, para asesinar a Serguéi Kírov en diciembre de 1934 y asesinar a Stalin y al resto de la dirigencia. Trotsky calificó correctamente al juicio como el montaje más grande jamás visto en el mundo. Para 1936, las contradicciones de la sociedad soviética se acumulaban, producto del programa burocrático del socialismo en un solo país, de la colectivización forzada y de una casta privilegiada que consumía una proporción cada vez mayor del ingreso nacional. Dieciséis acusados fueron fusilados el 25 de agosto de 1936. Otros 31 fueron condenados a muerte en los dos juicios que siguieron.
El conflicto entre el estalinismo y el trotskismo fue entre dos perspectivas políticas fundamentalmente opuestas. Trece años antes, en 1923, Trotsky y la Oposición de Izquierda iniciaron una lucha contra la degeneración burocrática del Partido Comunista ruso y del Estado soviético, una degeneración personificada por José Stalin, quien se había convertido en secretario general del partido el año anterior.
El fundamento programático de la reacción estalinista emergente fue la doctrina del “socialismo en un solo país”, planteada por primera vez en 1924. Esta se contraponía a la teoría de la revolución permanente de Trotsky, confirmada en octubre de 1917, según la cual la revolución socialista comienza sobre bases nacionales, pero solo puede completarse en la palestra mundial.
Trotsky fue expulsado del partido en 1927 y deportado de la Unión Soviética en 1929. Trotsky explicó que Stalin había funcionado como el “sepulturero de la revolución”, y el estalinismo, como un agente del imperialismo mundial. “Como fuerza política consciente”, escribió en La revolución traicionada, en 1936, “la burocracia ha traicionado a la revolución” al imponer normas burguesas de distribución en beneficio de un estrato superior; estaba “preparando una restauración capitalista”. La burocracia veía a quienes habían dirigido la Revolución de Octubre como un obstáculo que debía ser destruido políticamente.
Los registros de archivo soviéticos contabilizan 681.692 ejecuciones solo en 1937 y 1938. De los 139 miembros y miembros suplentes del Comité Central elegido en 1934, 98 fueron arrestados y fusilados, como admitió el dirigente soviético Nikita Jruschov en 1956.
Trotsky, en el ensayo de 1937 “Estalinismo y bolchevismo”, escribió que “la actual purga traza entre el bolchevismo y el estalinismo no simplemente una línea de sangre, sino todo un río de sangre”.
Como documentó el historiador Vadim Rogovin, el terror se extendió mucho más allá de la dirigencia del Partido bolchevique: científicos, educadores y figuras literarias fueron asesinados en masa. El poeta Ósip Mandelstam murió en un campo de tránsito en 1938. El escritor Isaak Bábel fue fusilado en 1940, al igual que el director teatral Vsévolod Meyerhold. El genetista Nikolái Vavílov fue dejado morir de hambre en una prisión de Sarátov, donde falleció en 1943.
Los asesinatos tampoco se detuvieron en la frontera soviética. La policía española capturó a Andreu Nin, dirigente del POUM, en Barcelona, en junio de 1937, y lo entregó a la GPU, que lo torturó hasta la muerte. Erwin Wolf, que había sido secretario de Trotsky en Noruega, fue secuestrado en Barcelona ese mismo julio y nunca más se le volvió a ver. En septiembre, la GPU asesinó a tiros a Ignace Reiss, uno de sus propios oficiales, en un camino a las afueras de Lausana, después de que este rompiera públicamente con Stalin y se declarara a favor de la Cuarta Internacional.
Esto fue un genocidio político: la aniquilación selectiva de toda una generación política. El terror despejó el camino para el pacto concluido entre Stalin y Hitler el 23 de agosto de 1939, que le dio a la Alemania nazi carta blanca para iniciar la Segunda Guerra Mundial.
En el centro del terror se encontraba la conspiración para asesinar a Trotsky, quien, incluso en el exilio, seguía siendo el enemigo más peligroso de Stalin. Millones de personas dentro de la Unión Soviética recordaban su papel en la Revolución de Octubre y en la Guerra Civil, y sabían que la campaña en su contra estaba construida sobre mentiras. Pável Sudoplátov, el oficial de la policía secreta que dirigió la operación, relató en sus memorias de 1994, Special Tasks (Misiones especiales), que Stalin dio la orden en marzo de 1939: “Si se acaba con Trotsky, se eliminará la amenaza”.
La conspiración para el asesinato fue una operación política masiva, y en su centro se encontraba la infiltración del propio movimiento trotskista. Los agentes de la GPU ya habían sido colocados años antes de que Stalin diera la orden —en París, Nueva York y Coyoacán—, tal como estableció el Comité Internacional de la Cuarta Internacional en su investigación Seguridad y la Cuarta Internacional.
Mark Zborowski, un hombre de la GPU que se había instalado junto a León Sedov, el hijo de Trotsky, en París, preparó los asesinatos de Reiss y del propio Sedov, quien murió en febrero de 1938 en una clínica que Zborowski había elegido. Sylvia Callen, que trabajaba como secretaria personal del dirigente del Socialist Workers Party SWP; Partido de los Trabajadores Socialistas), James P. Cannon, admitió ante un gran jurado federal en 1958 que había sido agente de la GPU; Joseph Hansen, uno de los secretarios de Trotsky en la casa de Coyoacán, trabajaba para la GPU. Una investigación publicada por el World Socialist Web Site en 2021 concluyó que la evidencia “conduce abrumadoramente a la conclusión” de que Sylvia Ageloff, quien facilitó a Mercader su entrada a la casa, “era una agente de la GPU que desempeñó un papel crítico en el asesinato de León Trotsky”.
El asesinato de Trotsky fue el asesinato político de mayores consecuencias del siglo XX: la decapitación política del movimiento socialista.
En medio de todo esto —la campaña de terror cada vez mayor, la traición a la Revolución española, la cercanía de la alianza entre Stalin y Hitler—, Trotsky fundó la Cuarta Internacional, que celebró su Congreso Fundacional en secreto, a las afueras de París, el 3 de septiembre de 1938. Un aspecto central en su fundación fue la insistencia de Trotsky en que, a menos que la clase obrera derrocara a la burocracia estalinista, esta restauraría el capitalismo en la URSS. La revolución política a la cual llamaba era un componente del programa de la revolución socialista mundial.
El programa redactado por Trotsky para el congreso lo planteaba directamente: “o la burocracia, cada vez más convertida en el órgano de la burguesía mundial dentro del Estado obrero, derrocará las nuevas formas de propiedad y hundirá de nuevo al país en el capitalismo; o la clase obrera aplastará a la burocracia y abrirá el camino hacia el socialismo”.
El pronóstico de Trotsky resultó correcto. Hace treinta y cinco años esta misma semana, el fallido golpe de Estado del 19 al 21 de agosto de 1991 abrió el acto final de la disolución de la Unión Soviética.
Los hombres que reemplazaron a los asesinados hicieron sus carreras sobre esas vacantes; llegaron a ser conocidos, como registró Rogovin, como “los nuevos elegidos de 1937”. Gobernaron la Unión Soviética durante el medio siglo siguiente y la llevaron al borde del colapso. La disolución fue finalizada por Mijaíl Gorbachov, secretario general desde marzo de 1985. El 26 de diciembre de 1991, la Unión Soviética dejó formalmente de existir.
La disolución fragmentó a la Unión Soviética en más de una docena de Estados capitalistas. En cada uno de ellos se formó una nueva clase dominante a través del saqueo de la propiedad estatal. En Ucrania, este proceso ha producido una oligarquía ligada a Washington y Berlín; en Rusia, un régimen apoyado en el nacionalismo gran-ruso. La guerra entre ambos, ya en su quinto año, es producto directo de 1991. Instigada por la OTAN, del lado ruso es librada por un régimen que no combate en defensa de los intereses de las masas, sino de los intereses de la clase capitalista surgida de la restauración.
Noventa años después de los Juicios de Moscú, en un nuevo período de crisis capitalista, las agencias de la reacción mundial vuelven a buscar suprimir por la fuerza al movimiento trotskista. El 10 de agosto de 2026, el Tribunal de Distrito de la Ciudad de Pervomaisk, en la región de Nikoláiev, condenó a Bogdan Syrotiuk —un socialista ucraniano y dirigente de la Joven Guardia de Bolchevique-Leninistas, jóvenes trotskistas en solidaridad política con el Comité Internacional de la Cuarta Internacional— a 15 años de prisión y ordenó la confiscación de sus bienes, declarándolo culpable de alta traición bajo la ley marcial. También ordenó la destrucción del programa y la literatura impresa de la organización.
Al procesar a Bogdan, el Estado ucraniano fue explícito en que lo que estaba castigando era la difusión de las ideas de León Trotsky, declarando que Bogdan y el WSWS promueven “la ideología comunista” en la tradición de “la corriente política del ‘trotskismo’”.
El tribunal condena explícitamente a Bogdan por su colaboración con el Comité Internacional de la Cuarta Internacional: “La Cuarta Internacional es una organización internacional comunista, una alternativa al estalinismo. Se basa en el legado teórico de León Trotsky y se plantea como tarea la realización de la revolución mundial, la victoria de la clase obrera y la construcción del socialismo”.
Por defender la perspectiva del trotskismo, Bogdan ha sido condenado a 15 años de prisión. Su persecución es una medida del temor que la perspectiva del trotskismo inspira en las clases dominantes.
En todo el mundo, los trabajadores y los jóvenes están entrando en lucha contra un orden social que solo les ofrece guerra, desigualdad y dictadura. Esto producirá un enorme crecimiento del trotskismo, el marxismo auténtico de nuestra época, cuya herencia el Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha defendido a lo largo de décadas de lucha. En la perspectiva por la cual Trotsky vivió y murió, el programa de la revolución socialista mundial, deben encontrar, y encontrarán, el camino a seguir.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 20/08/2026).
