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El director ejecutivo multimillonario de la empresa canadiense Shopify exige que se elimine el derecho al voto de amplios sectores de la población

Tobias Lütke [Photo by Union Eleven / CC BY-SA 3.0]

Los comentarios en redes sociales de Tobias Lütke, el director ejecutivo de derecha del sitio canadiense de compras en línea Shopify, en los que el multimillonario ataca el sufragio universal, han provocado indignación en Canadá y a nivel internacional.

Lütke declaró que se debería privar del derecho al voto a quienes él denominó «dependientes», basándose en su pago del impuesto sobre la renta. Esto privaría del derecho al voto a amplios sectores de trabajadores con salarios bajos, jubilados, desempleados, estudiantes y personas con discapacidad. Estas propuestas recibieron el apoyo de la oligarquía capitalista canadiense y de la élite financiera internacional, incluido el fascista Elon Musk.

Las publicaciones ponen al descubierto el carácter de clase, unificado a nivel internacional, del ataque capitalista contra los derechos democráticos básicos, que encuentra su expresión más concentrada en la campaña del presidente fascista de EE. UU., Donald Trump, para establecer una dictadura presidencial. La reacción a los comentarios de Lütke pone al descubierto la complicidad política del socialdemócrata NDP de Canadá y de la pseudizquierda, quienes han afirmado falsamente que la hostilidad de Lütke hacia la democracia es simplemente «poco canadiense». De hecho, los ataques contra los derechos de los trabajadores, incluido el derecho a la huelga, y la promoción de formas autoritarias de gobierno ocupan un lugar cada vez más destacado en la vida política canadiense.

Los comentarios de Lütke surgieron en una serie de respuestas a una publicación en X de Jordan Grimes, un activista del Partido Demócrata en San Francisco. El demócrata atacó a los residentes mayores de San Francisco que se movilizaron en una reunión pública para oponerse a un proyecto de construcción de un complejo de viviendas de gran altura. Grimes calificó a los votantes mayores como «muertos vivientes», quejándose de que habían sobrevivido a sus derechos democráticos y de que eran un obstáculo mucho mayor que el capitalismo para resolver la crisis de vivienda.

Ante estas quejas, Lütke respondió con entusiasmo a la idea de despojar a las personas de sus derechos democráticos. Cínicamente, planteó esto como una inversión de las reformas sociales del «New Deal» en Estados Unidos en la década de 1930:

«New Deal: cuando obtienes tu pensión, está asegurada y garantizada. Pero ahora eres un dependiente y eso significa que no puedes votar, al igual que los menores de edad. Disfruta del trato, deja que decidan quienes tienen un interés en el futuro».

Esta propuesta escandalosa recibió el apoyo de otro canadiense, el exejecutivo del TD Bank Eric Thor: «Interesante… ¿qué tal un voto ponderado proporcional al nivel de impuesto sobre la renta que pagas? (si no pagas impuesto sobre la renta: 0 votos; de 1 a 100 mil dólares: 1 voto; de 100 a 200 mil dólares: 2 votos, y así sucesivamente… con un tope de 5 votos para quienes ganan más de 500 mil dólares. Para quienes se quejan constantemente de que los ricos no pagan impuestos o no aportan lo que les corresponde, no tendrían de qué preocuparse, ¿verdad? ¿Por qué no recompensar la representación en función de los impuestos y construir una democracia en torno a quienes pagan la cuenta?»

Lütke respondió con entusiasmo que se trataba de un «buen sistema» y, más tarde, que «los jubilados, los desempleados, los que no pueden trabajar y los idiotas útiles son las únicas personas que asisten a estas sesiones de la asamblea pública».

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Los comentarios fueron tan escandalosos que incluso la revista Fortune —defensora acérrima del enriquecimiento de los ultra-ricos y propiedad del multimillonario tailandés Chatchaval Jiravanon— se sintió obligada a plantear la pregunta crítica: «¿Por qué un director ejecutivo con un patrimonio de 154 mil millones de dólares acaba de respaldar que se les prive a la mayoría de los estadounidenses de sus derechos democráticos y nos lleve de regreso al siglo XIX?»

El recién nombrado líder del NDP socialdemócrata de Canadá, el ex periodista Avi Lewis, intentó sin mucho éxito responder a esta pregunta en la transmisión en vivo de la videobloguera de pseudoizquierda Rachel Gilmore. Lewis, quien apenas podía contener sus risitas, calificó los comentarios de Lütke como «…una rareza, la visión del mundo marginal y extremadamente prejuiciosa de la clase de los billonarios en Estados Unidos. Son opiniones realmente poco canadienses, repugnantes y antidemocráticas…». Gilmore se mostró de acuerdo y señaló que el líder del NDP de Columbia Británica, David Eby, había calificado la sugerencia de Lütke como «una idea estúpida». En otras palabras, el ataque de Lütke a la democracia surge como resultado de una incapacidad o un defecto de carácter, incompatible con un conjunto idealizado de valores nacionales.

Esto no es un análisis, sino más bien una operación de encubrimiento en nombre del imperialismo canadiense. El Estado canadiense surgió como la expresión política organizada de la hostilidad de clase de la burguesía colonial y los banqueros hacia la revolución democrática más radical de su época: la Guerra Civil estadounidense. Los derechos democráticos, como el sufragio universal masculino —que se conquistaron por primera vez en Estados Unidos, aunque no se aplicaran de manera universal—, solo se otorgaron décadas más tarde en Canadá.

El gobierno canadiense actual está haciendo retroceder estos derechos. El derecho a la huelga depende ahora del capricho del ministro de Trabajo, quien puede invocar la Sección 107 del Código Laboral de Canadá para obligar a los trabajadores a regresar al trabajo sin necesidad de aprobar una ley, pero con la plena colaboración de la burocracia sindical, de la cual el líder del NDP, Avi Lewis, es el portavoz político remunerado. El uso de la «cláusula de excepción» de la Constitución, que permite a los gobiernos violar la Carta de Derechos y Libertades si les conviene, se ha vuelto habitual. El gobierno se basó en una interpretación secreta de la ley para suspender los derechos democráticos durante la ocupación de Ottawa por parte del fascista y mal llamado «Convoy de la Libertad». El gobierno ha tomado medidas para criminalizar las declaraciones de oposición basada en principios al genocidio de Israel.

La «oposición» de la clase dominante canadiense a Trump se limita exclusivamente al hecho de que su agenda fascista de «Estados Unidos primero» va en contra de los intereses del imperialismo canadiense. Sin embargo, en materia de política social y militarismo, las grandes empresas canadienses comparten muchos puntos en común con Trump. El primer ministro Mark Carney ha abogado por el establecimiento de un nuevo «gran acuerdo» con Estados Unidos como socio subordinado en una Tercera Guerra Mundial imperialista para la redistribución del mundo. Bajo el gobierno de Carney, la política oficial ha dado un giro brusco hacia la derecha, con una austeridad intensificada, la ilegalización de las huelgas y el compromiso de destinar el 5 por ciento del PIB de Canadá al ejército y a las industrias relacionadas para 2035.

El efecto de la afirmación de Lewis de que la hostilidad de Tobi Lütke hacia la democracia es “anticanadiense” es encubrir todo esto, cuando en realidad sus comentarios revelan que la clase capitalista canadiense sí comparte la “visión del mundo extrema y prejuiciosa de la clase de los billonarios de Estados Unidos” y está avanzando hacia la adopción del fascismo como parte de un proceso político internacional.

Esto lo demostró la propia Gilmore en el mismo episodio del podcast. Varios ejecutivos de empresas canadienses han defendido el ataque de Lütke a la democracia. Lucy Hargreaves, directora ejecutiva del centro de estudios corporativo de extrema derecha «Build Canada», declaró que «tal vez deberíamos establecer una edad máxima para votar». Build Canada, que cuenta con la atención de Carney, también ha atacado los derechos de los inmigrantes y ha exigido nuevas reducciones en los impuestos sobre las ganancias de capital.

Lulu Chen Meservey, miembro de la junta directiva de Shopify, se quejó de que «los logros de Lütke no cuentan si uno piensa de manera incorrecta», trivializando así su ataque a los derechos democráticos básicos e intentando presentar a sus críticos como censores estatales orwellianos.

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David Heinemeier Hansson, otro miembro del consejo, también defendió a Lütke basándose en sus «logros», y se jactó de que «Tobi es la única razón fundamental por la que existe Shopify, por la que ha prosperado más allá de lo que los accionistas jamás hubieran imaginado y por la que goza de una reputación estelar tanto entre los comerciantes como entre los clientes. ¡Nuestro aprecio y reconocimiento no podrían ser mayores!» Elon Musk respondió: «100 %. Tobi es un tesoro nacional de Canadá».

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Esto plantea la pregunta: ¿cuál es la naturaleza de la empresa de Lütke? Shopify es la versión canadiense de Amazon: una plataforma minorista que obtiene ganancias como intermediario entre productores y consumidores. No genera ningún valor nuevo, sino que se apropia de manera privada del valor creado socialmente por los trabajadores de toda la industria gracias a su propiedad de la tecnología de pagos, de la cual extrae comisiones. ¡Es una operación de búsqueda de rentas de principio a fin!

Y es una operación muy rentable. El presidente de Shopify, Harley Finkelstein, publicó recientemente en X para presumir de que: «Ya tenemos los resultados del segundo trimestre, y fue un trimestre espectacular. 116 mil millones de dólares en ventas de los comerciantes, un aumento del 32 % interanual. 3.6 mil millones de dólares en ingresos, un aumento del 34 % interanual. 654 millones de dólares en flujo de efectivo libre, con un margen del 18 %. Durante cinco trimestres consecutivos, el GMV ha crecido más del 30 %. Lo más importante detrás de las cifras es que cada cambio que genera la IA juega a favor de los puntos fuertes de Shopify».

Si el ancien régime francés hubiera publicado informes trimestrales, uno podría imaginarse a María Antonieta hablando de manera igualmente poética sobre sus numerosas ganancias. Los «tech bros» de Shopify viven en el polo opuesto a la clase trabajadora, cuyo trabajo es la única fuente de sus enormes ganancias y estilos de vida lujosos, aislados, por el momento, de la creciente miseria social y la ira política que se intensifica rápidamente y que el sistema capitalista está generando en el otro polo.

Los marxistas entienden que el ser social determina la conciencia social. El ataque de Lütke a la democracia, y el apoyo que encuentra entre inversionistas y ejecutivos corporativos, no surge de algún defecto de carácter compartido —aunque puedan compartir muchos de esos defectos—, sino como la actitud correspondiente al modo de vida parasitario del sector ahora dominante de la oligarquía capitalista global, que se enriquece a través de manipulaciones bursátiles, esquemas Ponzi de criptomonedas, comisiones y estafas descaradas. La existencia social continuada de esta capa parasitaria depende de la explotación cada vez más despiadada de la clase trabajadora y de la extracción de ganancias cada vez mayores de su fuerza de trabajo.

Cada victoria democrática y cada concesión social que la clase trabajadora ha logrado a lo largo de dos siglos de lucha constituye ahora, por lo tanto, una barrera intolerable para las ganancias capitalistas y, por ello, se está eliminando. La expresión más avanzada de este proceso se está dando en Estados Unidos, donde la oligarquía financiera ha aupado a Donald Trump a la presidencia en dos ocasiones, con el fin de alinear políticamente al aparato estatal con la organización oligárquica ya existente de la vida económica, dominada por un puñado de megamillonarios y su primer billonario, Musk.

Esta capa social parasitaria, personificada por figuras como Musk y el director ejecutivo de Palantir, Peter Thiel, abraza abiertamente la ideología de la «ilustración oscura» promovida por el ingeniero de software Curtis Yarvin, quien aboga por la transformación de las democracias burguesas en ciudades-estado abiertamente fascistas y monárquicas corporativas, dominadas por los súper ricos.

La idea de que Canadá es una especie de isla feliz aislada de estos procesos por una línea artificial trazada a lo largo del paralelo 49 es un mito nacionalista. El Estado canadiense constituye un comité ejecutivo para gestionar los asuntos de la clase dominante capitalista, con el fin de aumentar sus ganancias. Esta realidad se revela en los detalles de los propios acuerdos y transacciones financieras de Lütke, que sus críticos han atribuido simplemente a la desvergüenza personal aparentemente ilimitada de Lütke.

Nick Lichtenberg, de la revista Fortune, señaló que en 2022, Lütke estableció una «estructura de “acciones de fundador” para su participación en Shopify, lo que le garantiza el 40 % del poder de voto de la empresa, independientemente de la cantidad de acciones que realmente posea...». Además, Lütke evita pagar cualquier impuesto sobre la renta, que se aplica a una tasa máxima del 50,5 por ciento. Como director ejecutivo de Shopify, percibe un salario anual de 1 dólar a cambio de opciones sobre acciones, las cuales se gravan en Canadá a una tasa efectiva del 15 por ciento. ¡Una regla para los jubilados de edad avanzada y los pobres, y otra muy distinta para Tobi Lütke!

Estos arreglos no son meramente obra de un hipócrita colosal, aunque esa es sin duda una descripción acertada del hombre. No serían posibles sin el respaldo legal del Estado capitalista canadiense, al que Lütke tiene acceso preferencial.

Unas notas informativas muy censuradas entregadas a Mark Carney para una reunión en enero de 2026 con Lütke revelan que el primer ministro había solicitado el consejo del director ejecutivo sobre créditos fiscales para «investigación y desarrollo científico», un dudoso esquema de refugio fiscal en el que las empresas clasifican todo tipo de actividad comercial ordinaria como «investigación» y deducen estos gastos de los ingresos imponibles.

La clase trabajadora debe sacar las conclusiones políticas correspondientes.

Mientras conspira con los directores ejecutivos para reducir sus impuestos, el gobierno de Carney está preparando al imperialismo canadiense para participar como beligerante en una guerra imperialista del Tercer Mundo por la redistribución de los recursos y las rutas comerciales. Ha iniciado una campaña de rearmamento de varios cientos de mil millones de dólares para defender el orden social capitalista y las ganancias de parásitos sociales como Tobias Lütke. Estos costos los cargará la clase trabajadora en forma de destrucción del estado de bienestar y la imposición de regímenes opresivos en los lugares de trabajo.

El gobierno de Carney no tiene mandato para librar esta guerra. Fue elegido gracias a una ola de repulsa contra Trump y la expresión del trumpismo en el Partido Conservador de Canadá.

Obtuvo una mayoría minoritaria que posteriormente convirtió en una mayoría ajustada al desplazarse tan a la derecha que logró atraer a varios diputados conservadores, quienes cambiaron de bando para pasar a los escaños del gobierno.

Carney ahora está implementando muchas políticas al estilo de Trump: ataca los derechos democráticos, se involucra en guerras de agresión, abandona los planes para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y acelera proyectos masivos de extracción de recursos sin tener en cuenta a las comunidades locales. Las declaraciones de Lütke son, por lo tanto, una expresión particularmente concentrada de la actitud despectiva hacia los derechos democráticos básicos que ya anima al gobierno de Carney y a la clase dominante canadiense en su conjunto.

El mismo proceso que está impulsando a la oligarquía capitalista a atacar la democracia está impulsando a cientos de millones de trabajadores y jóvenes hacia el socialismo en todo el mundo. Mientras los directores ejecutivos celebran ganancias récord, la experiencia de la vida de la clase trabajadora bajo el capitalismo es intolerable. Ha comenzado un proceso de radicalización masiva y lucha de clases.

El NDP y la burocracia sindical promueven el nacionalismo canadiense con el fin de atar a la clase trabajadora a la oligarquía capitalista canadiense y evitar a toda costa que saque conclusiones socialistas revolucionarias. Colaboran abiertamente con el gobierno y el Estado en una alianza corporativista para sofocar la oposición y reprimir las luchas de la clase trabajadora. Su promoción del «Equipo Canadá» para luchar contra Trump implica aliarse con el exbanquero central Carney y con multimillonarios opuestos a los derechos democráticos como Lütke.

El creciente movimiento de la clase trabajadora y la juventud requiere un liderazgo político, armado con una perspectiva y un programa socialistas revolucionarios e internacionalistas. El poder social de la clase trabajadora de Canadá y Estados Unidos debe movilizarse en una lucha conjunta por una sociedad socialista que pueda expropiar a los oligarcas multimillonarios de ambos países, detener la guerra y poner el poder político en manos de un gobierno obrero. Esta es la perspectiva de los Partidos de Igualdad Socialista, las secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 21 de agosto de 2026)

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