Hoy se cumplen 25 años de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que mataron a cerca de 3.000 personas en Estados Unidos. Diecinueve hombres, 15 de ellos de Arabia Saudita, secuestraron cuatro aviones de pasajeros, estrellando dos contra las Torres Gemelas del World Trade Center en la ciudad de Nueva York, uno contra el Pentágono y uno contra un campo en Pensilvania, después de que los pasajeros se resistieran. Fue la mayor cantidad de muertes violentas en un solo día en Estados Unidos desde la Guerra Civil.
El 12 de septiembre de 2001, el World Socialist Web Site emitió una declaración afirmando:
El World Socialist Web Site condena inequívocamente los atentados terroristas contra el World Trade Center y el Pentágono. Los responsables del secuestro de cuatro aviones comerciales de pasajeros y de su conversión en bombas voladoras son culpables de asesinato en masa. No se logrará nada de carácter socialmente progresista sobre la base de una destrucción tan indiscriminada e insensible de vidas humanas.
Estos actos de terrorismo homicida manifiestan una combinación tóxica de pesimismo desmoralizado, oscurantismo religioso y ultranacionalista, y, hay que agregarlo, oportunismo político del carácter más vil. Las organizaciones terroristas —pese a su retórica antiestadounidense— basan sus tácticas en la ilusión de que actos aleatorios de violencia horrenda obligarán a la clase dominante estadounidense a modificar sus políticas. Así, en el análisis final, esperan llegar a un acuerdo con Washington.
Cualquiera sea la forma en que busque justificarse, el método terrorista es fundamentalmente reaccionario. Lejos de asestar un golpe poderoso contra el militarismo imperialista, el terrorismo le hace el juego a aquellos elementos dentro del establishment estadounidense que se aferran a este tipo de sucesos para justificar y legitimar el recurso a la guerra, en pos de los intereses geopolíticos y económicos de la élite gobernante. El asesinato de civiles inocentes enfurece, desorienta y confunde al público. Socava la lucha por la unidad internacional de la clase obrera, y contrarresta todos los esfuerzos por educar al pueblo estadounidense sobre la historia y la política que forman el trasfondo de los acontecimientos contemporáneos en Oriente Próximo.
Todos los acontecimientos que siguieron confirmaron este análisis. Esta declaración, junto con muchas otras, está incluida en una exhibición especial sobre el registro del WSWS acerca del 11 de septiembre, sus orígenes y sus consecuencias.
El atentado fue descrito de inmediato como el mayor “fracaso” del aparato de inteligencia estadounidense en la historia del país. Sin embargo, pese a la cobertura mediática saturada, la investigación de la Comisión del 11 de Septiembre y las innumerables audiencias del Congreso, el pueblo estadounidense sabe hoy poco más sobre la organización de este crimen de lo que sabía al día siguiente de que ocurriera.
Además, ni una sola persona fue despedida, bajada de puesto ni considerada responsable de ninguna manera por este desastre. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, varios almirantes de la Armada y oficiales de menor rango perdieron sus puestos. Nada semejante siguió al 11 de septiembre.
En cambio, ha habido un encubrimiento sostenido y sistemático, con la afirmación de que las agencias de inteligencia no lograron “conectar los puntos”. Esta frase se convirtió en una explicación para todo lo inexplicable. Las agencias de seguridad estadounidenses permitieron que operativos conocidos de Al Qaeda entraran al país, asistieran a escuelas de vuelo donde se entrenaron para pilotear aviones de pasajeros, y organizaran equipos de cuatro o cinco hombres armados que abordaron cuatro aviones que partían de Boston y Washington D.C. esa misma mañana.
Como explicó el WSWS en decenas de artículos, recopilados en la exhibición, el relato oficial fue un encubrimiento de una suspensión deliberada de la seguridad. En enero de 2002, en un análisis en cuatro partes basado enteramente en fuentes públicas, el WSWS escribió que “sin duda, la explicación menos probable y menos creíble de los sucesos de ese día es que el vasto aparato de seguridad nacional estadounidense desconociera por completo las actividades de los secuestradores hasta que los aviones se estrellaron contra el World Trade Center y el Pentágono”.
Hubo numerosas advertencias sobre los inminentes atentados terroristas, incluido el célebre informe entregado al presidente George W. Bush en agosto de 2001 sobre el peligro de secuestros de aviones.
Los servicios de seguridad estadounidenses tenían acceso directo a varios de los secuestradores. Dos de ellos, Nawaf al-Hazmi y Khalid al-Mihdhar, se alojaron en San Diego, en la casa de un informante del FBI. Mohamed Atta, el organizador principal, reingresó a Estados Unidos por Miami en enero de 2001 con una visa de turista, y les dijo a los inspectores de inmigración que se estaba entrenando en una escuela de vuelo de Florida, una contradicción directa con los términos de su ingreso. Fue remitido a inspección secundaria y, aun así, admitido. Regresó al entrenamiento que le permitió pilotear un Boeing 767 de American Airlines contra la torre norte del World Trade Center.
La organización Al Qaeda era bien conocida por las agencias de inteligencia estadounidenses. Su fundador, Osama bin Laden, un saudita con una fortuna en la construcción, había sido financiado por la CIA estadounidense como parte de su esfuerzo por construir una fuerza paramilitar antisoviética en Afganistán, para provocar la invasión soviética de 1979. El objetivo, en palabras de Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad nacional del presidente demócrata Jimmy Carter, era “darle a la URSS su Vietnam”. Fue solo después de la movilización estadounidense de 700.000 tropas en la Guerra del Golfo Pérsico de 1990-1991, la mayoría con base en Arabia Saudita, que bin Laden se opuso a sus patrocinadores estadounidenses.
Cualesquiera que sean los elementos específicos de la conspiración aún inexplicada, el verdadero significado político de los atentados radica en cómo se convirtieron en un punto de inflexión tanto en la política exterior como interna del gobierno estadounidense. La “guerra contra el terrorismo” se convirtió en el pretexto para todo, en una campaña sin precedentes de agresión internacional y represión interna. Estas medidas llevaban mucho tiempo preparadas, y solo esperaban un pretexto adecuado, que les proporcionó el 11 de septiembre.
En cuestión de semanas, el Congreso aprobó, con el apoyo casi unánime de demócratas y republicanos, una Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF, por sus siglas en inglés) contra los responsables de los atentados del 11 de septiembre. Fue invocada por primera vez por la administración Bush como justificación para invadir Afganistán, donde Osama bin Laden tenía su base principal. Sin embargo, la AUMF fue invocada repetidamente para nuevas operaciones militares en al menos 22 países, incluidos ataques con drones y de las Fuerzas Especiales, desde Pakistán hasta Siria y Libia, y por todo el norte de África, tanto por administraciones demócratas como republicanas. Permanece en vigor hoy, 15 años después de la muerte de bin Laden. Mientras tanto, cuando conviene a la política de Washington, un régimen sirio claramente vinculado a Al Qaeda es recibido como aliado cuando accede a servir a los objetivos de política exterior de EE.UU.
Si bien una AUMF separada fue utilizada como fundamento legal para la guerra en Irak, la administración Bush citó una conexión inexistente entre Sadam Huseínn y Al Qaeda (en realidad, enemigos acérrimos) como uno de los fundamentos para obtener la segunda resolución de guerra. La otra mentira fue la afirmación de que Irak poseía “armas de destrucción masiva” y podría suministrarle una bomba nuclear a Al Qaeda para usarla contra Estados Unidos. Como declaró en 2002 la asesora de seguridad nacional de Bush, Condoleezza Rice, descartando la necesidad de pruebas de que Irak era una amenaza para EE.UU.: “No queremos que la prueba irrefutable sea un hongo nuclear”.
A nivel interno, el impacto del 11 de septiembre fue quizás aún mayor. El país fue colocado en pie de guerra, con medidas militares-policiales internas a una escala masiva. El Congreso aprobó la Ley Patriota por 357 votos contra 66 en la Cámara de Representantes, y por 98 contra uno en el Senado.
Se creó un nuevo departamento federal, el Departamento de Seguridad Nacional, fusionando 22 agencias y albergando al recién establecido Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), que se ha convertido en la punta de lanza de las operaciones de Estado policial de Trump. La tortura se convirtió en práctica estándar en las prisiones clandestinas de la CIA en todo el mundo, así como en el principal centro de detención de la base naval estadounidense en la bahía de Guantánamo, en Cuba. Memorandos del Departamento de Justicia justificaron la tortura con ahogamientos simulados en nombre de prevenir “otro 11 de septiembre”.
El Partido Demócrata fue un participante pleno en la “guerra contra el terrorismo”, votando repetidamente para financiar las guerras de Bush, y luego continuándolas y expandiéndolas bajo Obama, quien lanzó el bombardeo de EE.UU.-OTAN contra Libia y las guerras respaldadas por EE.UU. en Siria y Yemen. Fue el fiscal general de Obama, Eric Holder, quien concibió la base legal para los asesinatos con misiles de drones, incluidos los de ciudadanos estadounidenses sin el debido proceso, y encabezó la persecución de denunciantes valientes como Chelsea Manning y Edward Snowden, quienes expusieron los crímenes de guerra estadounidenses y la vigilancia masiva ilegal.
Los medios corporativos animaron con entusiasmo los ataques contra el derecho internacional y la Constitución. Se descartó hasta el último vestigio de independencia mediática, con el New York Times, principal portavoz del liberalismo del Partido Demócrata, a la cabeza.
El papel del World Socialist Web Site contrastó de manera tajante con la subordinación de los medios corporativos. Desde el mismo día de los atentados, el WSWS los denunció como actos reaccionarios de asesinato masivo, mientras advertía que el imperialismo estadounidense se aprovecharía de ellos como medio para llevar a cabo ataques militares planeados desde hacía tiempo, y la destrucción de los derechos democráticos en el país.
Analizamos cuidadosamente toda la evidencia que surgió pese al encubrimiento mediático-gubernamental, y luchamos por movilizar a la clase obrera contra el programa de guerra y represión abrazado tanto por demócratas como por republicanos. Rechazamos la demagogia de sectores de la izquierda pequeñoburguesa que celebraron el asesinato masivo a manos de Al Qaeda, escribiendo, diez días después de los atentados, sobre “una forma de pseudosocialismo, el falso 'antiimperialismo' de cínicos y tontos”.
Y expusimos la capitulación de los académicos e intelectuales liberales que usaron el 11 de septiembre para justificar la agresión militar, las detenciones masivas y la tortura. Sobre los sesenta profesores que firmaron el manifiesto “Por lo que luchamos”, el WSWS escribió: “Lo que aquí está en juego no es ignorancia ni inocencia, sino deshonestidad y cinismo”.
Los 25 años transcurridos desde el 11 de septiembre han desacreditado las mentiras propagandísticas y han demostrado la profundización de la crisis del imperialismo estadounidense. La guerra de Afganistán terminó en una debacle, con más de 100.000 afganos muertos, además de 6.000 estadounidenses, en un conflicto de 20 años que terminó con el retorno de los talibanes al poder. La guerra en Irak fue un baño de sangre aún mayor, con un estimado de 1 millón de iraquíes muertos, junto con 7.000 estadounidenses. Estados Unidos está ahora en guerra con Irán, mientras Arabia Saudita, que suministró a la mayoría de los atacantes y de hecho apoyó financieramente a algunos de ellos, disfruta de vínculos aún más estrechos con Washington.
Su respuesta al 11 de septiembre reveló la ausencia de todo apoyo a la democracia dentro de la clase dominante estadounidense. Desde entonces, la intensificación de los poderes policiales internos —vigilancia, asesinatos policiales, detenciones masivas— ha avanzado a pasos agigantados. Si tuviera lugar otro atentado semejante —o fuera escenificado, según el modelo del incendio del Reichstag de Hitler—, la respuesta del Estado capitalista sería aún más desenfrenada. Habría tropas en las calles, arrestos masivos y métodos de Estado policial a plena escala.
Pero la clase obrera también ha aprendido lecciones amargas. No hay apoyo a las “guerras eternas” libradas por Bush, Obama, Trump, Biden y ahora nuevamente Trump. Pocos toman en serio la propaganda proguerra del aparato militar y de inteligencia y de sus voceros mediáticos. El asesinato policial de George Floyd produjo protestas públicas masivas en 2020. La administración Trump restaurada ha enfrentado las mayores manifestaciones de oposición en la historia de EE.UU., en las protestas “Sin Reyes”. Los trabajadores recurren cada vez más a métodos de lucha de clases, donde de inmediato se topan con la oposición del aparato sindical.
La tarea ahora es extraer las lecciones políticas del último cuarto de siglo —y más—, y construir un poderoso movimiento de masas de la clase obrera contra el capitalismo, basado en una ruptura política con los partidos corporativos, tanto el demócrata como el republicano, y en el impulso de un programa socialista revolucionario.
Instamos a todos los lectores a estudiar la exhibición que acompaña a esta declaración, la cual reúne el registro del World Socialist Web Site sobre el 11 de septiembre, sus orígenes y sus consecuencias. Instamos también a los lectores a adquirir el libro de David North, A Quarter Century of War: The US Drive for Global Hegemony 1990-2016 (Un cuarto de siglo de guerra: el impulso estadounidense hacia la hegemonía mundial, 1990-2016), disponible en Mehring Books, el cual sitúa a los atentados dentro del impulso hacia la guerra que comenzó en el golfo Pérsico en 1990.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 10/09/2026).
