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Perspectiva

Europa y Canadá persiguen un realineamiento con una nueva arquitectura de seguridad, en medio de rivalidades interimperialistas en escalada

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, segundo por la izquierda, posa junto a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, segunda por la derecha, y la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, a la izquierda, en el Parlamento Europeo, en Estrasburgo, al este de Francia, el jueves 17 de septiembre de 2026. [AP Photo/Pascal Bastien]

En su discurso sobre el Estado de la Unión Europea (UE) del miércoles, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, hizo un llamado al establecimiento de un consejo de seguridad europeo por fuera de las estructuras de la OTAN. El organismo estaría compuesto por los Estados miembros de la UE, incorporaría a “socios como Canadá, Noruega, Ucrania, el Reino Unido y otros”, y contaría con una disposición de seguridad similar al Artículo 4 de la OTAN, que permite a los Estados miembros convocar una reunión de la dirigencia de la alianza para decidir sobre una acción en caso de ser atacados.

Dos pilares de esta nueva arquitectura de seguridad son la escalada de la guerra contra Rusia y la cooperación para expandir sus respectivas capacidades militares, con independencia de las tecnologías y los sistemas de armas controlados por EE.UU.

Las potencias imperialistas europeas y el imperialismo canadiense han escalado sistemáticamente la guerra contra Rusia en Ucrania durante los últimos 18 meses, arriesgando el estallido de una guerra directa entre potencias con armamento nuclear, mientras Trump ha buscado forjar un modus vivendi con el presidente ruso, Vladímir Putin, para asegurar los intereses del imperialismo estadounidense por encima de las cabezas de los europeos y los canadienses. La guerra contra Rusia se usa en las capitales europeas y en Ottawa para justificar inversiones masivas en el rearme, y una embestida contra las condiciones de vida y los derechos democráticos y sociales de la clase obrera, con el fin de pagar la guerra.

Putin subrayó el lunes el peligro de que las provocaciones repetidas contra Rusia, alentadas por las potencias europeas y Canadá —incluidos los ataques casi diarios de Ucrania con drones y misiles contra infraestructura civil, y ahora la inclusión de Ucrania por parte de Von der Leyen en un nuevo marco de seguridad—, pudieran conducir a una guerra total. Se refirió a los planes de las potencias occidentales de enviar tropas a Ucrania, diciendo: “Esto significaría la guerra con Rusia”. El expresidente Dmitri Medvédev advirtió que la amenaza de Moscú de usar armas nucleares “no es una táctica de intimidación: es una realidad”.

El discurso de Von der Leyen se pronunció en presencia del primer ministro canadiense, Mark Carney, e incluyó una agenda de amplio alcance para asegurar la “soberanía europea”. Von der Leyen expuso planes para una colaboración económica y militar más estrecha con Ottawa, en materia de minerales críticos, comercio, producción de equipo militar y en el Ártico.

Hablando un día después ante el Parlamento Europeo, Carney, quien saludó la asociación entre Europa y Canadá como una “alianza para el futuro”, declaró: “La soberanía va más allá de poder alimentarnos, abastecernos de energía y defendernos a nosotros mismos. Ahora requiere el acceso seguro a la IA, los semiconductores, los minerales críticos, los sistemas de pago, las tecnologías de energía limpia, las vacunas y las comunicaciones basadas en el espacio”. Los Estados rivales, afirmó, y las empresas supuestamente “globales” que “demuestran ser nacionales cuando llega la hora de la verdad” no eran confiables.

El realineamiento de las potencias europeas y Canadá marca un giro importante en la geopolítica interimperialista. Si bien ni Von der Leyen ni Carney se refirieron directamente a Estados Unidos ni a su presidente, de mentalidad fascista, Donald Trump, durante sus discursos, quedó claro, por lo que dijeron, que los blancos de su nueva “alianza” incluyen no solo a Moscú y Beijing, sino también a Washington. Hasta hace apenas unos pocos años, Canadá y EE.UU. habían disfrutado posiblemente de la asociación militar-estratégica más estrecha entre dos potencias imperialistas cualesquiera, durante más de ocho décadas.

El dominio de posguerra del imperialismo estadounidense, tanto económico como militar, fue el fundamento del “orden basado en reglas” que le permitió a la burguesía europea ponerse de pie de nuevo, tras su complicidad en los crímenes del fascismo y el estrangulamiento, por parte de los estalinistas, de las luchas revolucionarias de posguerra de la clase obrera. Pese a las disputas periódicas, la llamada alianza transatlántica siguió siendo insustituible para la mayor parte del establishment militar y estratégico imperialista europeo, hasta bien entrado el siglo XXI.

Las discusiones sobre la necesidad de una arquitectura de seguridad europea independiente, por fuera de la OTAN, han estado en curso durante casi tres décadas, pero siempre han naufragado ante la negativa de Reino Unido a debilitar su “relación especial” con Washington, así como ante las divisiones internas de la UE, especialmente entre Francia y Alemania.

El giro ahora en curso prepara el terreno para que estos conflictos escalen fuera de control. Corre en paralelo a la agenda “Estados Unidos primero” de Trump, basada en el dominio de Washington sobre el continente americano, incluidas las amenazas de anexar a Canadá como el estado número 51, tomar el control de Groenlandia, apoderarse del canal de Panamá, conquistar México y provocar un “cambio de régimen” en Cuba, para sentar las bases de una guerra mundial que preserve la hegemonía imperialista estadounidense. Pero Trump es meramente el síntoma de la crisis cada vez más profunda del capitalismo estadounidense, que ha demostrado ser incapaz, con más de 35 años de guerras de agresión, de contrarrestar su acelerado declive económico relativo mediante el uso de la fuerza militar.

La lógica de la arquitectura de seguridad propuesta, y de la profundización de la asociación económica entre Europa y Canadá, conduce directamente hacia una intensificación dramática de la violenta redivisión del mundo entre las grandes potencias. Como ha subrayado repetidamente el World Socialist Web Site, la Tercera Guerra Mundial no es una perspectiva futura, sino un proceso que ya está en marcha a escala mundial. El imperialismo estadounidense y sus rivales europeos y canadiense están decididos a apoderarse de los recursos naturales, la mano de obra barata, los nuevos mercados y las esferas de influencia estratégica.

El impulso de los imperialistas europeos y canadienses por lograr independencia militar y “soberanía” frente a Estados Unidos exige inevitablemente un desafío a Washington en todos los campos donde este actualmente afirma agresivamente su propia “soberanía”. La definición de “soberanía” de Carney exige acceso a nuevas tecnologías, minerales críticos, redes de producción y sistemas de pago. Estas son exactamente las mismas esferas que Trump intenta consolidar violentamente bajo el control del imperialismo estadounidense, con la guerra comercial mundial, la guerra de EE.UU.-Israel contra Irán, y la invasión y el secuestro del presidente de Venezuela para apoderarse del petróleo de ese país.

Los minerales, las rutas comerciales, la infraestructura y el conocimiento técnico de los cuales depende lo esencial de la vida social moderna son vistos por las potencias imperialistas en competencia como objetos para una explotación despiadada que, como observó Trotsky de manera tan memorable en referencia a la Primera Guerra Mundial, “deben obtenerse de una misma y única fuente: la tierra”. Trump, que continúa amenazando con tomar el control de Groenlandia por la fuerza, arrebatándosela al miembro de la UE Dinamarca, resumió esta realidad a su manera ignorante, respondiendo a la mayor colaboración entre Europa y Canadá al decir: “Canadá ha sido un socio comercial terrible... si en algún momento considero que es un acto hostil, impondré aranceles muy severos, o dejaré de comerciar con Europa en muchas cosas”.

Los conflictos que surgen de esta lucha de todos contra todos tienen sus raíces en las dos contradicciones básicas del sistema capitalista: entre la economía mundial y el Estado nación, y entre el carácter social de la producción y la concentración de las fuerzas productivas en manos de unos pocos oligarcas. Estas contradicciones se agudizan cada vez más a medida que se profundiza la crisis capitalista, expresándose en los repentinos giros de los bloques imperialistas en competencia mientras luchan por la dominación mundial, y en la intensificación de la explotación brutal contra la clase obrera, mientras las élites gobernantes de cada país buscan concentrar los recursos de la sociedad en manos de los superricos. Estas contradicciones explican cómo es posible que Carney anuncie una “alianza para el futuro” con Europa, mientras al mismo tiempo mantiene la esperanza de un renacimiento de los vínculos con EE.UU., que sigue siendo el destino de tres cuartas partes de las exportaciones canadienses.

El llamado de Von der Leyen, en su discurso, a fortalecer la “competitividad” europea subraya cómo, desde el punto de vista de la burguesía en Alemania, Francia y las demás potencias del continente, el salvaje asalto contra el gasto social, para financiar más de 1 billón de euros en aumentos combinados del gasto militar, es apenas un primer pago a cuenta. Lo que requieren es revertir todas las concesiones hechas a la clase obrera en el curso de las amargas batallas de clases que siguieron a la última guerra mundial.

Esta tarea exige llevar al poder a regímenes fascistas, razón por la cual los partidos de extrema derecha están siendo sistemáticamente promovidos y preparados por la clase dominante para el poder en todos los principales países imperialistas europeos. El “orden basado en reglas” de Von der Leyen y del imperialismo europeo, como alternativa a EE.UU., exigiría el vaciamiento de los derechos democráticos y sociales de los trabajadores, a manos de los descendientes políticos de los nazis y de otros gobiernos fascistas, cuyo impulso por el poder mundial dejó al continente en ruinas tras la Segunda Guerra Mundial.

La profundización de la ruptura transatlántica, y la agudización del conflicto EE.UU.-Canadá expresada en el realineamiento entre la UE y Canadá develado esta semana en Estrasburgo, proporcionan una confirmación más del carácter de la época como una de guerras y revoluciones. En oposición a la guerra comercial, a las rivalidades imperialistas y a la Tercera Guerra Mundial en escalada, la tarea urgente es la movilización de la clase obrera internacional sobre la base de un programa socialista, para poner fin a la guerra imperialista y al sistema capitalista que le da origen.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 17/09/2026).

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