El resultado del referéndum celebrado el lunes sobre la independencia de Alberta —la cuarta provincia más poblada de Canadá y la más rica en petróleo— constituye una reprimenda a la extrema derecha y al Gobierno de Trump.
Con una participación muy superior a la de la mayoría de las elecciones federales y provinciales recientes en Alberta, el 75,5 por ciento de los habitantes votó por permanecer en Canadá, mientras que solo el 24,5 por ciento votó a favor de celebrar un referéndum “jurídicamente vinculante” sobre la independencia.
En Edmonton, el 86 por ciento votó por permanecer, y en Calgary, el 83 por ciento; ambas cifras habrían sido aún mayores si los inmigrantes recientes hubieran podido votar. El apoyo a la separación se concentró en las zonas rurales de Alberta, incluidas comunidades afectadas por la campaña de las grandes petroleras, después de 2014, para aumentar sus ganancias recortando la perforación convencional, lo que eliminó unos 50.000 empleos relacionados con el petróleo.
Como las encuestas mostraban que el referéndum estaba condenado al fracaso, la Casa Blanca no respaldó formalmente la secesión. Sin embargo, funcionarios del Departamento de Estado y operadores del Partido Republicano se reunieron repetidamente con dirigentes separatistas. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, calificó a Alberta como “socio natural” de Washington, y Elon Musk, la persona más rica del mundo, declaró que Alberta “debería separarse”.
Desde que regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, Trump se ha negado a renovar el acuerdo comercial entre Estados Unidos, México y Canadá, ha impuesto una avalancha de aranceles a sectores clave de la economía canadiense y ha declarado reiteradamente su intención de reducir Canadá a un Estado vasallo o anexarlo directamente. Esto forma parte de una ofensiva para establecer una hegemonía estadounidense sin restricciones desde el Ártico hasta Tierra del Fuego y alistar los recursos del hemisferio para una guerra contra China y los demás grandes rivales de Estados Unidos. Washington invadió Venezuela en enero, ha amenazado con apoderarse de Groenlandia y del Canal de Panamá y ha endurecido su bloqueo contra Cuba.
Los aranceles de la guerra comercial de Trump y sus amenazas de anexión han provocado una oposición masiva en todo Canadá. Fueron un factor importante en la derrota electoral federal de 2025 de los conservadores encabezados por Pierre Poilievre, a quienes los consideraban demasiado cercanos a Trump y a su movimiento MAGA. También fueron un factor determinante en el resultado del referéndum de Alberta del 19 de octubre.
Los dirigentes separatistas de Alberta alardeaban de sus vínculos con Trump y de su afinidad con sus opiniones fascistizantes, al tiempo que prometían expulsar a inmigrantes, eliminar todas las restricciones al capital, recortar drásticamente los impuestos a las grandes empresas y los ricos, y prohibir medidas básicas de salud pública.
Los separatistas fueron respaldados en cada etapa por la primera ministra provincial Danielle Smith y de su Gobierno del Partido Conservador Unido (UCP, por sus siglas en inglés). Este es el resultado de décadas durante las cuales sectores del aparato político vinculados a los magnates petroleros de Alberta han promovido las consignas de “Alberta primero” y el regionalismo occidental para arrastrar la política canadiense hacia la derecha, desde el Partido Reformista hasta los conservadores de Poilievre y el UCP.
Smith, que se apoderó de la dirección del UCP y del cargo de primera ministra de Alberta en 2022 movilizando a la extrema derecha separatista, redujo en más de dos tercios el número de firmas necesarias para convocar un referéndum por iniciativa ciudadana, con el fin de ayudarlos a forzar una consulta sobre la secesión. Después, cuando los tribunales dictaminaron que el referéndum no podía celebrarse en la forma propuesta originalmente, ella misma incluyó la cuestión de la independencia en la papeleta.
Reconocer la importancia de este resultado no significa brindar ni una pizca de apoyo a la campaña procanadiense del Gobierno liberal de Carney y de los sectores más poderosos del capital canadiense, respaldados por la burocracia sindical y el Nuevo Partido Democrático (NDP). Estas fuerzas sacan provecho de la indignación popular contra el mafioso Trump para fomentar el nacionalismo canadiense, suprimir la lucha de clases y atar a los trabajadores a la facción dominante de la burguesía imperialista de Canadá.
El Congreso Canadiense del Trabajo, la Federación del Trabajo de Alberta, Unifor y el NDP se opusieron a los separatistas, no para unir a los trabajadores de toda América del Norte contra Trump y las grandes empresas canadienses, sino porque la secesión perjudicaría las inversiones y debilitaría al imperialismo canadiense. A través de la campaña “Forever Canadian” (“Canadiense para siempre”), se aliaron con directores ejecutivos y antiguos operadores de todos los partidos de la élite política, mientras que la ex primera ministra del NDP, Rachel Notley, se unió al predecesor de Smith en el UCP, Jason Kenney.
Los mismos burócratas canalizan la oposición a Trump detrás de “Team Canada” y exigen medidas más duras en la guerra comercial, cuyo costo recae primero sobre los trabajadores estadounidenses. Se oponen encarnizadamente a unir las luchas de los trabajadores de Canadá con la creciente contraofensiva de los trabajadores estadounidenses contra Trump y la oligarquía que lo respalda.
Los trabajadores tienen todas las razones para oponerse a Trump y a todo lo que representa: oligarquía, reacción social, dictadura y guerra. Pero, para hacerlo, deben separarse de todas las facciones rivales de la burguesía y de sus diversos representantes políticos: desde Carney, el primer ministro de Ontario Doug Ford y otros defensores de “Canadá fuerte”, hasta figuras como Smith, que promueven un mayor poder para la élite de Alberta, y los partidarios de la independencia de Quebec y Alberta.
En la medida en que la burguesía canadiense se opone a Trump, lo hace exclusivamente para defender sus propias ganancias y privilegios. Le irrita y alarma que Trump se niegue a reconocer su derecho “soberano” a la mayor parte de las ganancias derivadas de la explotación de los trabajadores de Canadá y de sus abundantes recursos naturales, y que niegue al capital canadiense un acceso privilegiado al mercado estadounidense a cambio de una mayor integración en una América del Norte fortaleza.
Bajo el pretexto de oponerse a Trump, el Gobierno liberal encabezado por Carney está aplicando políticas socioeconómicas de tipo trumpista en nombre de la propia oligarquía financiera de Canadá. Esto incluye enormes aumentos del gasto militar, “mega” recortes de impuestos a las empresas, recortes generalizados del gasto social, desregulación y privatización. Con la recién presentada Ley para Construir un Canadá Fuerte (proyecto de ley C-39), está “normalizando” el poder gubernamental autoritario que se ha arrogado para criminalizar las huelgas, sin siquiera la hoja de parra del consentimiento parlamentario, mediante una “reinterpretación” fabricada de la sección 107 del Código Laboral de Canadá.
Para hacer frente a Trump, Ottawa ha forjado una alianza militar y de seguridad con las potencias europeas sobre la base de su objetivo común de llevar la guerra contra Rusia instigada por la OTAN a una “victoria”, sin importar el costo en vidas, y de desarrollar capacidades militares independientes de Estados Unidos y de la tecnología estadounidense, para perseguir sus propios intereses y ambiciones imperialistas depredadoras al margen de Washington.
Inmediatamente después del referéndum del lunes —que también incluyó una serie de preguntas tendenciosas redactadas por el Gobierno del UCP para culpar a los inmigrantes del deplorable estado de los servicios públicos y del alto costo de la vida—, Carney anunció que su Gobierno estaba dispuesto a conversar con Smith sobre las propuestas de Alberta para restringir la inmigración y negar el derecho a los servicios públicos a los inmigrantes “no aprobados por Alberta”.
La derrota de los separatistas provocó un suspiro de alivio entre la facción dominante del capital canadiense. Sin embargo, las presiones centrífugas sobre el Estado nacional canadiense tienen sus raíces en el derrumbe del orden mundial encabezado por Estados Unidos y en la contradicción entre una economía mundial integrada y su división en Estados nacionales rivales.
A medida que el imperialismo canadiense se rearma y reestructura las relaciones de clase para la guerra comercial y la guerra global, los conflictos entre las facciones de la clase dominante asentadas en distintas regiones solo se agudizarán. Lo que las une es la imposición de toda la carga de la crisis sobre la clase obrera, el desmantelamiento de los derechos democráticos y el fomento de la reacción, sobre todo del chovinismo antiinmigrante.
Los trabajadores de Canadá deben aprovechar la debilidad del imperialismo canadiense para afirmar sus intereses de clase mediante la intensificación de la lucha de clases y la recuperación de las tradiciones de lucha conjunta con sus aliados de clase más cercanos: los trabajadores de Estados Unidos.
Esto exige repudiar la política nacionalista y corporativista de la burocracia sindical —“Team Canada” y la alianza tripartita de sindicatos, empresas y Estado, cimentada por el nacionalismo quebequense en la única provincia de Canadá donde predomina el francés— y convertir el internacionalismo socialista en el eje de su lucha. Para oponerse a la austeridad, la guerra y la reacción, los trabajadores de Canadá deben forjar la unidad con los trabajadores de Estados Unidos y México en una lucha común por el poder obrero y una América del Norte socialista.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 22/10/2026)
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