Español

El castrismo y la política del nacionalismo pequeño-burgués

7 de Enero de 1998

Esta conferencia fue dada el 7 de Enero de 1998 en la Escuela de Verano Internacional "El marxismo y los problemas fundamentales del siglo veinte", organizada por el Partido Socialista de la Igualdad (Australia) en Sydney, del 3 al 10 de Enero de 1998.

Bill Vann es el editor internacional del World Socialist Web Site y autor de varios trabajos críticos sobre las luchas de las masas oprimidas en Latino América, Sudáfrica y el Oriente Medio en el período post-guerra.

El castrismo ha sido objeto de inmensa confusión, no una pequeña parte de ella creada por la tendencia revisionista pablista que emergió dentro de la Cuarta Internacional. Los pablistas presentaron al castrismo -y aún algunos de ellos lo siguen haciendo- como un nuevo camino hacia el socialismo, como la confirmación de que la revolución socialista puede ser llevada a cabo, y un estado obrero establecido, sin la participación consciente de la clase trabajadora.

Los revisionistas pablistas -liderados por Joseph Hansen en los EE.UU. y Ernest Mandel en Europa- abandonaron la lucha por el liderazgo revolucionario de la clase trabajadora y cedieron las tareas históricas del proletariado en los países atrasados a los nacionalistas pequeño-burgueses.

Al hacerlo, ayudaron a preparar algunas de las más terribles derrotas sufridas por la clase trabajadora en la segunda mitad del siglo veinte.

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional lanzó una implacable lucha en contra de esta perspectiva, de esta manera defendiendo y desarrollando las armas teóricas y políticas forjadas por el marxismo durante el completo período previo. En esta lucha se vieron involucradas las más esenciales cuestiones relacionadas a las tareas de los marxistas.

Nuestro movimiento luchó contra aquellos que vieron al marxismo sólo como un medio de descubrir, describir y adaptarse a procesos objetivos supuestamente imparables que obligaban a fuerzas -no provenientes de la clase trabajadora- a liderar la lucha por el socialismo. Defendió la perspectiva de que el único camino hacia el socialismo yacía en la construcción de partidos revolucionarios, basados en el proletariado internacional y en una lucha implacable contra los liderazgos de las burocracias y de la pequeña burguesía, sin importar qué tan poderosas o populares puedan parecer.

Al lidiar con el castrismo 35 años después, tenemos derecho a preguntar lo siguiente: ¿Quién tuvo la razón en esta disputa? ¿Otorgó el castrismo un nuevo camino hacia el socialismo o resultó ser un callejón sin salida y una trampa para la clase trabajadora? ¿Cuáles fueron las consecuencias de la renuncia de los pablistas al rol de la clase trabajadora y a su vanguardia conscientemente revolucionaria? Tomaremos la oportunidad de esta conferencia para reseñar esta experiencia estratégica y sus lecciones para el movimiento de la clase trabajadora.

El renacimiento del Che

Un tema apropiado para comenzar nuestro análisis son las recientes conmemoraciones por el 30° aniversario de la ejecución de Ernesto "Che" Guevara, el exponente y practicante más prominente de la perspectiva de la guerra de guerrillas, con la que el castrismo se identifica. En meses recientes hemos sido testigos de un práctico renacimiento del Che, aunque no del tipo que el guerrillero argentino podría haber imaginado, ni siquiera en su peor pesadilla.

El Che se ha convertido en tal objeto de comercialización que resulta ser bastante incongruente, dada su reputación de radical. Su propia imagen se ha transformado en una mercancía. El relojero suizo Swatch ha presentado un modelo "revolución" con el rostro del guerrillero. Éste también ha sido usado para promocionar esquís, adornar las portadas de CDs de rock e incluso para vender cerveza.

En Argentina, el gobierno de Carlos Menem -el favorito de Washington por su acogida al FMI y su apoyo entusiasta a la guerra del Golfo pérsico- ha incluso emitido una estampa conmemorativa honorando al Che como un "gran argentino".

El régimen de Castro también ha entrado en el acto. Recientemente trajo de vuelta los restos de Guevara desde Bolivia a Cuba con pompa y circunstancia. El gobierno cubano ha organizado giras del Che para ex-radicales extranjeros y comercializa camisetas y baratijas del Che, proveyendo una nueva fuente de divisas para la economía en crisis de Cuba.

¿Qué hace que el Che sea tan susceptible a ser vuelto en un inofensivo, aunque rentable, ícono? Las cualidades que sus admiradores citan sobre él son bien conocidas. La valentía física, el auto-sacrificio, el ascetismo, dar su vida por una causa. Todos estos pueden ser rasgos admirables. Sin duda presentan un marcado contraste con la prevaleciente ética social que dicta que el valor de un hombre se determina por el tamaño de su cartera de acciones. Pero estas cualidades, en sí no forman algún tipo de indicador del carácter político y de clase del que las poseen. Sectas religiosas e incluso movimientos fascistas pueden alegar el haber producido mártires con cualidades similares en sus luchas por fines totalmente reaccionarios.

Una cuidadosa revisión a la carrera de Guevara muestra que sus concepciones políticas no tenían nada en común con el marxismo y que las panaceas de la lucha armada y guerra de guerrillas con las que se identificó eran fundamentalmente hostiles a la lucha socialista revolucionaria de la clase trabajadora.

En medio del reciente renacimiento de la imagen del Che han aparecido diversas nuevas biografías del líder guerrillero. Los libros del autor mexicano Jorge Castañeda y el estadounidense John Lee Anderson, aunque de ninguna manera ofrecen un análisis político marxista, sí nos ofrecen algunas reexaminaciones valiosas tanto sobre la trayectoria del Che y de la revolución cubana.

Lo que emerge claramente en la narración detallada de la carrera del Che en estos libros es la abismal superficialidad y los trágicos resultados de su perspectiva política.

Junto a estos reportes de hechos ha habido un intento renovado por parte de varias tendencias pequeño-burguesas de izquierda de retratar a Guevara como un líder y teórico revolucionario cuyo ejemplo y concepciones siguen mostrando una perspectiva significativa para la lucha contra el capitalismo. A diferencia de los biógrafos, estos grupos no aportan ninguna nueva o penetrante reexaminación o información. Combinan una nostalgia enfermiza por los días gloriosos del radicalismo de clase media con lo que puede ser descrito como una falsificación de las perspectivas reales de Guevara y sus consecuencias políticas.

Algunas, como el Partido Socialista de los Trabajadores (Socialist Workers Party, SWP) en los Estados Unidos, hacen eco sin críticas de las conmemoraciones oficiales del gobierno cubano. Otros, como el viejo sinvergüenza pablista Livio Maitan en Italia o el MAS morenista en Argentina, intentan retratar a Guevara como el creador de una especie de alternativa revolucionaria tanto al Estalinismo como al propio régimen castrista.

En declaraciones recientes sobre la cuestión cubana, los morenistas alaban la consigna del Che de "Crear dos, tres... muchos Vietnam", y declaran que "Incluso con desastrosos focos guerrilleros, aislamiento de movimientos de masas, oposición a la construcción de partidos revolucionarios de trabajadores; éste expresó la necesidad de extender la revolución internacionalmente".

Los morenistas no se molestan en explicar cómo una perspectiva necesaria y revolucionaria podría ser expresada mediante métodos desastrosos. Como todas las tendencias pablistas, ésta ha hecho una carrera intentando demostrar cómo varias fuerzas -peronistas, estalinistas, guerrilleristas- "expresan" la lucha por el socialismo.

En efecto, en una etapa previa los morenistas llegaron al punto de hallar esta expresión en el dictador cubano que Castro derrocó: Fulgencio Batista. Proclamándolo el "Perón de Cuba", alabaron a la clase trabajadora cubana cuando no respondió a un llamado de huelga general del movimiento 26 de Julio de Castro. Sin embargo, luego de que Castro venciera colocaron su retrato al lado del General perón en la cabecera de su periódico.

A pesar de la alquimia política de los morenistas, los métodos desastrosos de Guevara fueron una fiel expresión de la perspectiva política -o, para ser más exactos, de la carencia de esta- que las subyacía.

Ni a los morenistas ni a ninguna otra de las tendencias pablistas les importa realizar un análisis de clase del Castrismo y del Guevarismo, buscar sus orígenes históricos y elaborar, o bosquejar, un balance de la experiencia del guerrillerismo en Latinoamérica durante las últimas cuatro décadas pasadas.

Esta tarea crítica sólo puede ser llevada a cabo por nuestro movimiento, y basada en la lucha que condujo este último durante ese período por la independencia política y la unidad internacional de la clase trabajadora.

El socialismo proletario versus el nacionalismo pequeño-burgués

Los revisionistas pablistas, como los ex-radicales de clase media en general, son hostiles ante tal enfoque. Ellos fervientemente esperan un renacimiento del Castrismo. Todos ellos se entusiasmaron por la aparición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, México y asimismo aplaudieron las acciones del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru cuando se apoderó de la embajada de Japón en Lima, hace poco más de un año.

Nuestro movimiento no se unió a la celebración de este aparente resurgimiento del guevarismo y la hueca fórmula política de la "lucha armada". Tenemos una larga historia de lucha contra este tipo de concepciones, reconociendo que no encarnan los esfuerzos socialistas revolucionarios del proletariado, sino más bien la política del nacionalismo pequeño-burgués. No están dirigidas a resolver las cuestiones vitales de la dirección revolucionaria de la clase trabajadora, sino más bien a negar el papel revolucionario de esta clase en general y alejar de la lucha por el socialismo a los estratos radicalizados de estudiantes, así como a los trabajadores y campesinos.

Sirven no para iluminar, sino para oscurecer, los problemas estratégicos de la revolución socialista que fueron elaborados por Trotsky en su teoría de la Revolución Permanente. Tales consignas como "el deber del revolucionario es hacer la revolución", "lucha armada" y "prolongada guerra popular", dejan sin responder las preguntas como qué clase jugará el principal papel en la revolución, cuál es la conexión entre la revolución en un país y la revolución mundial, y cuál es la relación entre los trabajadores y oprimidos en los países atrasados y aquella de la clase trabajadora en los países capitalistas avanzados.

Detrás de su retórica radical, estos movimientos tienen concepciones definidas sobre todas estas preguntas. De manera invariable, están dirigidas a reprimir a la lucha revolucionaria independiente del proletariado, y subordinar a las masas oprimidas en conjunto a las necesidades de la burguesía nacional.

En este sentido, no importa cuán radical puedan parecer ser estos movimientos, son, en definitiva, uno de los últimos bastiones del imperialismo contra la revolución socialista. Esta es la naturaleza esencial del nacionalismo pequeño burgués y del guerrillerismo que permite dar una clave para comprender la facilidad con la que el capitalismo se apropia de la imagen del Che para sus propios fines.

Si uno examina cuidadosamente a las políticas del MRTA peruano y los zapatistas mexicanos, no son más que manifestaciones diferentes de la acomodación con el imperialismo llevado a cabo por todos los regímenes y movimientos nacionalistas burgueses. El MRTA tomó la residencia del embajador japonés con el objetivo de presionar al imperialismo japonés para que influenciara al régimen de Fujimori para que suavice sus políticas. El objetivo final del grupo, comunicado a varios rehenes, era forzar un acuerdo negociado mediante el cual podría transformarse de movimiento armado a un partido político pequeño-burgués legal.

En cuanto al movimiento zapatista, éste ha sido universalmente aclamado precisamente porque desde el principio ha renunciado a cualquier objetivo revolucionario. Las vagas demandas del Subcomandante Marcos han sido por la democratización, el fin de la corrupción y el aumento de los derechos culturales de la población indígena. Estas demandas podían, y han sido aprobadas, no sólo por la izquierda pequeño-burguesa, sino por secciones del gobernante PRI e incluso del partido derechista de oposición, el PAN. Marcos y los zapatistas, en vez de proporcionar un camino revolucionario hacia adelante para los trabajadores mexicanos y los oprimidos campesinos, se han vuelto en un instrumento más para el ajustamiento de cuentas políticas dentro de la burguesía mexicana.

El papel político de la pequeña burguesía

¿A qué nos referimos precisamente cuando describimos a estos diferentes movimientos como "nacionalistas pequeño-burgueses"? Esto no es solamente un epíteto político lanzado por los marxistas a sus oponentes. Es una definición científica de los intereses de clase y métodos que caracterizan a estos movimientos. Marx, basándose en la experiencia de la revolución de 1848 y Trotsky, en su teoría de la Revolución Permanente, demostraron que la pequeña-burguesía es incapaz de una acción política consistente e independiente. Su inconsistencia es un reflejo de su posición social intermedia. Atrapada entre las dos principales clases de sociedad y continuamente diferenciado entre explotador y explotado, estará obligado a seguir a una u otra de estas clases, ya sea el proletariado o la burguesía.

En el período post-guerra, el imperialismo creó y llegó a depender de un nuevo estrato social identificado como la clase media. En los países capitalistas avanzados, éste consistía de funcionarios que rellenaban las burocracias gubernamentales y oficinas de corporaciones, administraban los recientemente creados servicios sociales del estado de bienestar y operaban los crecientes medios de comunicación.

Un estrato análogo emergió dentro de los países oprimidos y fue a este estrato al cual el imperialismo entregó el poder durante el período de descolonización. En Latinoamérica, como en otros lugares del globo oprimidos por el imperialismo, las oportunidades que fueron presentadas a este estrato social fueron mucho más limitadas de las que habían entre sus contrapartes de los países capitalistas avanzados. Miles de estudiantes se graduaban de la universidad sin ningún futuro de una carrera profesional. En muchos casos aquellos que sí siguieron una profesión o intentaron vivir de un negocio pequeño disfrutaban un poco más en términos de estándares de vida que el trabajador promedio. Fue éste estrato social el cual proporcionó la principal base social de las políticas nacionalistas pequeño-burguesas.

Hubo, por lo tanto, una base de clase objetiva para la emergencia de las teorías pablistas de la "realidad de un mundo nuevo", en el cual la lucha por el socialismo podría ser llevada a cabo, no por la clase trabajadora y su vanguardia revolucionaria consciente, sino por la pequeña burguesía radicalizada. En última instancia, estas formulaciones revisionistas reflejan tanto las aspiraciones de esta capa social, así como la necesidad del imperialismo de un amortiguador entre sí y la amenaza de la revolución proletaria.

Las raíces de la Revolución Cubana

Como cualquier gran evento, la revolución liderada por Fidel Castro en 1959 tenía profundas raíces en el desarrollo histórico anterior. Estas raíces históricas, ignoradas generalmente por los porristas de Castro entre los pablistas y la izquierda pequeño-burguesa en general, deben ser examinadas para comprender el contenido clasista y el significado político del castrismo.

La historia de Cuba se formó principalmente a partir del carácter abortivo de su lucha por la independencia, el cual efectivamente transfirió su estatus de posesión colonial del moribundo colonialismo español a una semicolonia económica y política de la naciente potencia imperialista, los Estados Unidos.

Los EE.UU. intervinieron en Cuba en 1898 después de una guerra de 30 años por la independencia cubana. La intervención fue corta y decisiva. Los españoles fueron relevados de sus colonias en el Tratado de París, un acuerdo en el que los propios cubanos no tuvieron participación.

Este acuerdo produjo lo que se conoció como la Enmienda de República de Platt. La legislación, llamada así por el senador estadounidense que la redactó, fue aprobada en Washington y luego impuesta como una enmienda a la primera constitución cubana. Éste incluía una prohibición para que la teóricamente independiente república cubana no entre en ningún tratado internacional que se considere perjudicial para los intereses estadounidenses. También le garantizaba el derecho a EE.UU. de intervenir militarmente "para preservar la independencia cubana, el mantenimiento de un adecuado gobierno que proteja la vida, la propiedad y la libertad individual, y para el cumplimiento de las obligaciones que el Tratado de París impusiera en cuanto a Cuba". EE.UU. se aprovecharía en repetidas ocasiones de este "derecho" durante la primera parte del siglo veinte.

La dependencia de Cuba por el imperialismo estadounidense no era solamente aquella encarnada formalmente en el Acuerdo de Platt. Esta yacía en la exportación de azúcar cubana al mercado estadounidense. Este sólo cultivo representaba la amplia mayoría de las ganancias por exportación de la isla y era embarcado casi exclusivamente a los Estados Unidos. La monocultura del azúcar condenó a la mayoría de la población al atraso, a la pobreza y al desempleo crónico.

Las relaciones políticas y sociales que llegaron a prevalecer en Cuba estaban unidas al carácter incompleto de la lucha democrática burguesa por la independencia nacional. La condición semicolonial de Cuba, aunque una de las más flagrantes del mundo, no era de ninguna manera única.

Como advirtió la Cuarta Internacional en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial: "Los estados nacionales atrasados no pueden contar en un desarrollo democrático independiente. Rodeados por un capitalismo que se cae y enmarañados en las contradicciones imperialistas, la independencia de un estado atrasado será inevitablemente semificticio y el régimen político, bajo la influencia de contradicciones internas de clase y presiones externas, sucumbirá inevitablemente en una dictadura contra el pueblo" [1]

Otra declaración, escrita en el mismo año, recalcaba que no existía la posibilidad de acabar con la opresión imperialista a menos que fuera a través de la revolución socialista mundial: "Las esperanzas que los pueblos coloniales tienen para su liberación están ligadas, de manera aún más decisiva que antes, a la emancipación de los trabajadores del mundo entero. Las colonias gozarán de una liberación política, económica y cultural únicamente cuando los trabajadores de los países desarrollados le pongan fin al dominio capitalista y emprendan, en colaboración con los pueblos en desarrollo, la reorganización de la economía mundial a un nivel nuevo, haciéndola responsable de las necesidades sociales y no de las ganancias de los monopolios".

Como ya veremos, la historia cubana que transcurrió posteriormente ha comprobado esta tesis, pero de manera negativa. Sin semejante lucha unida e internacional de la clase trabajadora, una verdadera liberación económica, política y cultural ha sido comprobado de ser imposible.

La relación entre los EE.UU. y Cuba engendró un régimen burgués político notorio por su impotencia, corrupción extrema y las frecuentes explosiones de violencia. El dominio de Estados Unidos de la economía, junto con la predominancia de inmigrantes extranjeros en los negocios y en las clases terratenientes, creó un nacionalismo cubano antiestadounidense en lo extremo e incluso una tendencia xenofóbica.

Otra perspectiva, sin embargo, sí emergió en Cuba. En 1925 se formó el Partido Comunista Cubano, el cual se afilió a la Tercera Internacional. Su figura más prominente fue Julio Antonio Mella, un estudiante de derecho que se volvió el líder de un movimiento de reformas en la universidad a comienzos de los veinte y que buscó orientar a los estudiantes a la clase trabajadora.

Mella y sus camaradas lideraron la lucha contra la dictadura del General Machado, a quién Mella describió como un "Mussolini tropical". Encarcelado por la dictadura, fue liberado gracias a la presión popular y logró huir del país, viajando a la Unión Soviética, Europa y finalmente México.

Mella quebró con el Partido Comunista estando en México en 1929, declarando su apoyo por la lucha de Trotsky en contra de la burocracia estalinista. Poco después fue asesinado.

Mella había emergido de un amplio movimiento de estudiantes e intelectuales cubanos que buscaban cambiar al corrupto sistema político de la isla y la dominación del imperialismo estadounidense. Pero él renunció a las concepciones nacionalistas prevalecientes y adoptó la perspectiva del internacionalismo socialista.

El estalinismo estaba dispuesto a prevenir que la clase trabajadora, basándose en tal perspectiva, proporcionara su propia solución a los problemas históricos de Cuba. Se podría decir, por lo tanto, que el estalinismo ayudó a preparar el camino al poder de Fidel Castro mucho antes de que él y el Partido Comunista Cubano consideraran unir fuerzas. Al suprimir la perspectiva por la cual habían luchado Mella y la primera generación de Marxistas Cubanos el estalinismo fomentó el desarrollo del nacionalismo radical pequeño-burgués.

En su primera conferencia en esta escuela, David North analizó en detalle cómo la historia no consiste solamente de "lo que ocurrió" y de "quién ganó", sino más bien de las alternativas que existieron y cuales fueron las consecuencias de aquéllas que se tomaron y aquéllas que no. ¿Qué habría sucedido si la Oposición de Izquierda hubiera prevalecido? La misma pregunta se puede hacer en cuanto a Cuba, aunque a escala menor.

Pues sí, existen límites a lo que uno puede decir con certidumbre acerca de "lo que pudiera haber ocurrido". No se puede aseverar con toda seguridad, por ejemplo, que una revolución socialista habría ocurrido en tal y otro año si en Cuba hubiera existido un genuino partido comunista. Sin embargo, podemos declarar a ciencia cierta que si en lugar del aparato político corrupto del estalinismo cubano hubiera existido un genuino partido revolucionario de la clase obrera, la tendencia específica que conocemos como castrismo nunca hubiera sido posible.

Tras la degeneración del Partido Comunista en Cuba, el país atravesó por una profunda crisis revolucionaria. Una insurrección nacional reventó en 1933 y forzó al dictador Machado a fugarse del país. El punto cumbre de este movimiento fue la huelga general de la clase obrera, cuando los trabajadores se apoderaron de fábricas, ingenios de azúcar y fincas.

A medida que la huelga general crecía en intensidad y trayectoria, el estalinista Partido Comunista Cubano, que dominaba los sindicatos, emitió una orden de regreso al trabajo, declarando que la huelga corría el peligro de provocar la intervención de los Estados Unidos. Mientras que la vasta mayoría de los trabajadores ignoraron la orden, el PC no obstante entró en negociaciones secretas con Machado y logró ciertas concesiones a cambio de ponerle fin a la huelga.

Este pacto, que no duró mucho tiempo debido al exilio de Machado, moldeó la práctica del PC durante los próximos veinticinco años. Los estalinistas continuaron su dominio del movimiento obrero a la vez que forjaban alianzas con partidos conservadores burgueses y hasta con regímenes militares. En los cuarenta, los estalinistas entraron al gobierno del cacique que los Estados Unidos respaldaba: Fulgencio Batista.

Castro y el Castrismo

Debido a que el estalinismo era odiado por su colaboración con partidos derechistas y dictaduras, la retórica del antiimperialismo y de la revolución fue cada vez más acaparado por elementos nacionalistas de clase media, centralizados estos particularmente entre los estudiantes de la Universidad de la Habana. Fue en este ambiente de invernadero en dónde Fidel Castro obtuvo sus inicios.

Descendiente de una familia de terratenientes española, el despertar político de Castro comenzó como estudiante de un colegio secundario jesuita. Fue ahí donde cayó bajo la influencia de sacerdotes jesuitas que apoyaban el fascismo de Franco. Leyó todas las obras de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española, y, según sus compañeros de clase, sentía una enorme atracción por la ideología fascista.

A fines de los cuarenta y comienzos de los cincuenta, Castro participaba de las actividades de pandillas armadas estudiantiles que dominaban a la universidad y cuya ideología era nacionalista y explícitamente anticomunista.

Castro entró en la lucha contra Batista como miembro del burgués Partido Ortodoxo. Previamente había postulado como candidato a la legislatura cubana en 1952, pero el golpe de Batista de ese año frustró sus ambiciones parlamentarias. Comenzó entonces a organizar a un pequeño grupo de seguidores para la lucha armada. Dirigió un asalto al cuartel militar de Moncada en Julio de 1953. Todos de los 200 participantes fueron apresados o asesinados.

Las acciones de Castro no eran únicas. Durante todo este período, seguidores de distintos partidos y facciones pequeño-burguesas llevaron a cabo ataques contra guarniciones, intentos de asesinato e incluso la toma del palacio de Batista. Había muy poco en las declaraciones políticas de Castro, durante el período que lo conduciría a la revolución de 1959, que lo diferenciara del típico nacionalismo cubano opuesto a Batista. Su discurso más famoso, "La historia me absolverá", preparado en su defensa cuando lo enjuiciaron por el ataque contra Moncada, consistía de denuncias a la represión de la dictadura y una lista de reformas democráticas bastante moderadas.

Luego de un breve encarcelamiento, Castro viajó a México, en dónde a finales de 1956 organizó un desembarco de 80 hombres armados. Como Moncada, el desembarco fue una catástrofe en la que apenas una docena sobrevivió a los primeros encuentros con las fuerzas represivas de Batista. Y aún así, tan sólo dos años después Castro tomaría el poder.

El poder cayó literalmente en las manos de las guerrillas de Castro porque no existía ninguna otra fuerza con credibilidad política en la isla.

Este vacío político fue, ante todo, producto de la falta de cualquier dirección revolucionaria en la clase trabajadora cubana. A pesar de las limitaciones del reformismo de Castro, su política social era mucho más radical que la que ofrecían los estalinistas. Además, sus acciones armadas, tan limitadas como fueran, le ganaron un apoyo popular bien amplio a la vez que a los estalinistas se les veía como cómplices de la dictadura.

Las intenciones originales de Castro eran las de poder acomodarse con EE.UU.. Durante su primer viaje a EEUU cuatro meses después de la conquista del poder, Castro hizo la siguiente declaración: "He dicho clara y definitivamente que no somos comunistas. Tenemos las puertas abiertas a las inversiones privadas que contribuyan al desarrollo de la industria de Cuba. Para nosotros es absolutamente imposible progresar si no llegamos a un acuerdo con los Estados Unidos".

Sin embargo, el movimiento de Castro se había comprometido a una reforma agraria limitada y a poner en práctica medidas sociales que beneficiaran al pueblo cubano. Durante sus primeros meses había decretado la redistribución de las tierras que no estaban en uso, reducido los gastos de alquiler, aumentado los sueldos y tomado varias medidas para ampliar la educación y el cuidado de la salud.

Washington se opuso férreamente a todo esto.

EE.UU. buscó la manera de disciplinar a Castro por medio de presiones económicas. En medio del creciente conflicto con el régimen cubano, redujo la cuota de la exportación de azúcar, el principal sustento económico de la isla, y luego se negó a abastecerle con petróleo.

El régimen cubano respondió con nacionalizaciones, primero de propiedad estadounidense y luego de empresas de propiedad cubana, y empezó a orientarse a la burocracia soviética por ayuda.

La política extranjera estadounidense era rígidamente ideológica y vengativa. Gran Bretaña había controlado problemas similares de una manera bastante distinta. Cultivó a líderes africanos como Nkrumah, Kuanda y Kenyatta quiénes (a pesar de su retórica radical e incluso "socialista") preservaron de esta manera la influencia y los intereses del imperialismo británico en la región.

De manera irónica, la arrogancia y estupidez de los EE.UU. han probado ser uno de los pilares centrales del dominio de Castro durante los últimos cuarenta años. Le han permitido a Castro presentarse como la encarnación misma del nacionalismo cubano y a tachar de títere del imperialismo yanqui a todo el que se le oponga.

Al mismo tiempo que se orientaba hacia Moscú, Castro forjó una alianza con los estalinistas cubanos. Los pablistas y la izquierda pequeño-burguesa en general aclamaron a esta movida como otra señal de la radicalización y del carácter socialista de la revolución. Pero en la realidad no era semejante cosa. Como ya habíamos visto, el Partido Socialista Popular (PSP) de Cuba, como se conocía entonces a los estalinistas, era una fuerza política completamente reaccionaria y desacreditada. Representaba parte del sistema político burgués que existía, puesto que había servido fielmente al régimen de Batista.

Lanzado inesperadamente al poder, Castro se vio obligado a orientarse hacia el PSP. No tenía ni partido ni programa y ni siquiera contaba con un ejército de verdad. Los estalinistas cubanos le suministraron un aparato y una ideología con la cual podía gobernar.

Castro posteriormente reinterpretaría su propio pasado político, declarando que se había convertido en "marxista-leninista" mucho antes del golpe de Batista, aunque "no del todo" comunista. Todas sus aventuras políticas, desde sus días universitarios en las pandillas armadas anticomunistas hasta su candidatura en un partido burgués para el congreso, fueron re-interpretados como si hubieran sido solamente iniciativas tácticas que prepararían las condiciones para una revolución socialista.

¿Qué fue lo que Castro, así también como otros nacionalistas burgueses de izquierda, vieron en el "marxismo-leninismo"? Obviamente, no buscaban ninguna perspectiva científica para guiar la lucha de la clase trabajadora por su propia emancipación social y política. En realidad, no era más que un pretexto para ganarse el apoyo de Moscú.

Ellos vieron el marxismo-leninismo que aprendieron de los estalinistas como una política que promovía la utilización del estado para efectuar cambios deseados en el orden social. También encontraron en él una justificación para su propio control sin restricciones de este estado, gobernando por medio de un "partido revolucionario" omnipotente que lo dirigía un líder nacional infalible e irreemplazable. Se debe recordar que Chiang Kai Shek también modeló su partido, el Kuomintang, a partir de lo que aprendió del estalinismo.

El mito del guerrillerismo

Prácticamente como todos los regímenes nacionalistas y tendencias que emergieran durante el período post-guerra, el castrismo se ha basado en una serie de mitos con respecto a sus orígenes y proceso formativo. Es inevitable tal mitificación dado el carácter de clase de estos movimientos, puesto que, mientras se basan en la pequeña burguesía y la burguesía nacional, al mismo tiempo afirman representar a los intereses de las masas oprimidas.

Después de su llegada al poder, Castro y sus seguidores pintaron a su victoria como el resultado exclusivo de la lucha armada que las guerrillas habían entablado en las montañas de la Sierra Maestra: una victoria militar contra el imperialismo y la burguesía nativa ganada por pequeños bandos de hombres a fuerza de voluntad y determinación. Como el Che Guevara escribiría, apenas un mes después del derrocamiento de la dictadura de Batista:

"Hemos demostrado que un pequeño grupo de hombres resueltos, que el pueblo apoya y que no le tienen miedo a la muerte…pueden sobreponerse a un ejército regular…Hay otra lección para nuestros hermanos en [Latino] América, quienes, desde el punto de vista económico, se encuentran en la misma categoría agraria que nosotros, y es que tenemos que llevar a cabo revoluciones agrarias, luchar en los campos, en las montañas y de ahí llevar la revolución a las ciudades y no tratar de hacerla en éstas…".

Esta idea, que se convirtió en la explicación oficial de la revolución cubana, es en realidad una distorsión de los hechos. Durante el curso de los seis años que Batista estuvo en el poder, unos 20,000 cubanos perdieron la vida a manos del régimen. De éstos, 19,000 fueron muertos en las ciudades. Actos de sabotaje, huelgas políticas y otras formas de resistencia, la mayoría de las cuales no estaban bajo el control del Movimiento 26 de Julio dirigido por Castro, se habían propagado por doquier y, finalmente, constituyeron el ímpetu principal que condujo a la caída del régimen.

Las guerrillas de Castro alcanzaban, a lo sumo, unos pocos de miles. No hubieron batallas militares definitivas y el encuentro mayor no contó con más de 200 guerrilleros. Batista perdió el apoyo de la burguesía cubana -de la cual un amplio estrato respaldaba a Castro- y de Washington, el cual impuso un embargo de armas contra su régimen. Privado de este apoyo, éste rápidamente se derrumbó.

Dentro de Cuba, el mito que las guerrillas de Castro habían derrotado al imperialismo estadounidense y a las clases burguesas nativas con una mezcla de audacia absoluta y poderío militar sirvió un propósito político bien claro. Justificó la consolidación de un régimen que indiscutiblemente puso todas las riendas del poder estatal en las manos de Castro.

La leyenda de Castro y el Che fue exportada dando lugar a resultados catastróficos. El denominado camino cubano se promovió por toda Latinoamérica como la única forma viable de la lucha revolucionaria. Miles de jóvenes latinoamericanos terminaron masacrados porque se les había prometido que con sólo valor y unas pocas armas los gobiernos podían derrocarse y la opresión social acabarse.

El escrito más famoso de Guevara, "Guerra de guerrillas", sirvió de manual para esta fatal estrategia. Hizo un resumen de lo que él describió como las tres grandes lecciones de la experiencia cubana para "la mecánica de movimientos revolucionarios en América":

1. Fuerzas populares pueden ganar la guerra contra el ejército.

2. No es necesario que todas las condiciones estén presente para hacer una revolución; los focos [unidades guerrilleras] pueden crearlas.

3. En la América en desarrollo, los campos tienen que ser la arena principal de la lucha armada.[3]

El escaso análisis político que estos escritos contenían era contundentemente falso. La vía de desarrollo en Latinoamérica había sido capitalista por muchos años. La base esencial de la opresión en el continente no era, como afirmaba Guevara, el latifundismo -es decir, la concentración de la tierra en manos de una pequeña minoría- sino las relaciones capitalistas entre la mano de obra asalariada y las ganancias. Incluso cuando esta obra se escribía, el continente atravesaba por grandes cambios estructurales que iban convirtiendo a la población más y más en proletarios y que resultaban en migraciones gigantescas de las zonas rurales a las urbanas.

Nada de esto se analizó. La preparación revolucionaria se redujo al proceso impresionista de escoger la arena adecuada para la guerra de guerrillas. Aquellos que siguieron este consejo terminaron acorralados en las selvas y tierras remotas, donde fueron condenados a batallas individuales con los ejércitos latinoamericanos.

Lo que sale a la luz una y otra vez en las políticas de Guevara es su rechazo de la clase obrera como clase revolucionaria y un desdén a la capacidad de los trabajadores y las masas oprimidas para adquirir conciencia política y llevar a cabo su propia lucha por la liberación.

Si bien Guevara promovía al campo como la única arena para la lucha armada, la cuestión para él no era la de movilizar al campesinado por demandas sociales. Al contrario, el concepto del Che se basaba en usar a la violencia para "obligar a la dictadura a recurrir a la violencia y así desenmascarar su esencia verdadera como dictadura dirigida por clases reaccionarias". Es decir, el propósito de la banda guerrillera era provocar la represión contra el campesinado, el cual supuestamente iba a responder apoyando la lucha contra el gobierno.

Para semejante lucha, ni la teoría ni la política era necesarias, mucho menos la participación activa en las luchas de la clase trabajadora y las masas oprimidas. Mientras Guevara comenzaba a construir grupos guerrilleros en Latinoamérica, él insistió en que se excluyera toda discusión y controversia política. La unidad tenía que basarse exclusivamente en un acuerdo en cuanto a la táctica de la "lucha armada".

El desastre del Guevarismo

Como había de esperarse, los resultados fueron desastrosos. Fue en Argentina, su país natal, donde el Che formó uno de los primeras guerrillas, bajo la dirección del periodista Jorge Masetti. En su biografía, Anderson presenta una descripción particularmente escalofriante de este desastre. Los guerrilleros nunca vieron combate. Varios hombres perdieron el rumbo y aparentemente murieron de hambre en la selva. Otros fueron atrapados por la policía. Pero antes de que el grupo fuese diezmado, Masetti ordenó que tres de sus miembros fueran fusilados por supuestas infracciones de disciplina. El autor cita a uno de los sobrevivientes de este debacle, quién hace notar que los tres condenados eran judíos. Resultó que Masetti, antes de pasarse al castrismo, había sido miembro de una organización nacionalista de extrema derecha y antisemita en Argentina.

El propio grupo del Che en Bolivia llegó a un fin similar. Lo más notable de sus actividades en esta nación fue su indiferencia total hacia la situación socio-política del país. Durante los meses anteriores a la llegada del Che, los obreros de estaño, la fuerza más poderosa en la revolución boliviana de 1951, habían participado en huelgas y confrontaciones con el ejército. En su diario, el Che se limitó a señalar a estos acontecimientos como si fuesen parte del dramático telón de fondo de sus propias actividades. No tenía ni perspectiva ni política que ofrecerle a los trabajadores bolivianos. Cuando la lucha armada se inició, la reacción del campesinado boliviano no fue la de respaldar a los guerrilleros, sino más bien la de entregarlos a los militares.

En Bolivia, los castristas habían contado con el apoyo del promoscovita Partido Comunista. Pero este apoyo nunca llegó y muchos han culpado a los estalinistas y a la misma burocracia moscovita de haber condenado a los guerrilleros a un aislamiento total y hasta quizás de haberle entregado información a la inteligencia estadounidense sobre el paradero del Che.

Esto es plausible. El secretario general del PC boliviano, Mario Monje, aparentemente había sido agente de la KGB quién, mucho después de la muerte de Guevara, se mudó a Moscú con residencia permanente. Algo que emerge en la biografía de Castañeda es el extraordinario dominio que figuras de tal índole tenían sobre los partidos comunistas de Latinoamérica, en muchos casos hombres que habían participado directamente en el asesinato de Trotsky en 1940. Castañeda también establece, por medio de documentos previamente clasificados en los archivos rusos, la manera en que estos partidos habían recibido fondos directos de Moscú. La burocracia soviética financiaba agencias políticas de confianza cuyo propósito era avanzar su búsqueda por la co-existencia pacífica con Washington.

Pero, al fin y al cabo, uno siente que semejante traición no era realmente tan necesaria. La idea de que una revolución se realizaría movilizando a menos de una docena de hombres armados a una región donde no tenían antecedentes políticos ni apoyo, o que ni siquiera habían elaborado un programa o una perspectiva para ganarse este apoyo, estaba destinada a la ruina total desde el principio. El patético carácter de esta aventura se puede evaluar con el hecho de que durante sus últimos días y rodeado por el ejército boliviano, Guevara planeaba apelar por apoyo internacional... escribiendo cartas a Bertrand Russell y Jean Paul Sartre.

Cuba y la Cuarta Internacional

La revolución cubana resultó ser un momento decisivo en la historia de la Cuarta Internacional.

Luego de dirigir la lucha contra el pablismo en 1953, el Partido Socialista de los Trabajadores (SWP), en ese entonces la sección estadounidense, se reunificó una década después con la principal tendencia pablista dirigida por Ernest Mandel. La reunificación se basó principalmente en una evaluación común que compartían del castrismo y del papel del nacionalismo pequeño-burgués. Llegaron a la conclusión que, a causa de la nacionalización de la gran mayoría de las fuerzas productivas, Cuba se había convertido en estado obrero. Además, avanzaron la perspectiva que el castrismo se convertiría en una tendencia internacionalista y que de él saldría un nuevo liderazgo revolucionario de la clase obrera mundial.

Esta perspectiva tenía implicaciones que iban mucho más allá de Cuba. Como Trotsky había señalado en relación al debate de 1939-1940 sobre la definición del estado soviético, detrás de toda definición sociológica se encuentra una prognosis histórica. La definición de Cuba como estado obrero estaba vinculada al rompimiento con todo concepto teórico e histórico de la revolución socialista que se había desarrollado desde Marx en adelante.

En Cuba, el poder cayó en las manos de un ejército guerrillero que tenía un carácter obviamente nacionalista pequeño-burgués y sin ningún lazo serio con los trabajadores. Estos mismos nunca jugaron algún papel importante en la formación del nuevo régimen, ni tampoco habían establecido algún medio para ejercer control democrático sobre el estado una vez que éste se consolidara.

El designar a tal régimen como un "estado obrero" tenía ramificaciones enormes. Significaba abandonar toda la lucha que el movimiento marxista había llevado a cabo para lograr la independencia organizacional y política de la clase trabajadora. En vez de todo esto, señalaba que el sendero hacia el socialismo yacía subordinando la clase trabajadora a los liderazgos nacionalistas. Serían los castristas, los ejércitos de guerrillas y otros nacionalistas arraigados en la pequeña-burguesía los que dirigirían la revolución socialista y no la clase obrera organizada y educada por los partidos de la Cuarta Internacional. Esa fue la prognosis central que emanó de la definición del estado obrero cubano que los pablistas habían planteado.

La perspectiva que elaboró Joseph Hansen del PST en relación a Cuba se basó en una descarada vulgarización del marxismo. Tomó como punto de partida la previa decisión del movimiento trotskista de definir a la China y a los estados colchones de Europa Oriental como "estados obreros deformados"; definición sumamente condicional y, de cierto modo, temporánea.

En debates anteriores, el PST colocó énfasis en el adjetivo "deformado" para indicar que estos estados no eran históricamente viables. Ellos se opusieron al intento de Pablo de usar esta definición como un medio de dotar al estalinismo de un potencial revolucionario.

Sin embargo, Hansen, en una manera más vulgar que Pablo, se empeñó en demostrar que Cuba cumplía con una serie de criterios abstractos -sobretodo el de las nacionalizaciones económicas- que se suponía que la colocaban dentro de la categoría de estado obrero.

La clase obrera no había hecho la revolución, ni tampoco ejercía ningún control sobre el aparato del estado luego de la revolución. Pero a estos hechos se les consideró como criterios puramente normativos que la revolución cubana no había podido cumplir, demostrando así que todavía faltaba mucho progreso por hacerse y que, por lo tanto, un apoyo sin cuestionamientos al régimen era más necesario que nunca.

Como Hansen escribiese en aquella época: "El gobierno cubano todavía no ha instituido órganos proletarios democráticos de poder como consejos de trabajadores, soldados y campesinos. Sin embargo, a medida que se ha movido en dirección socialista, también ha mostrado ser de tendencia democrática. No titubeó en armar al pueblo y en formar una milicia armada. Ha garantizado libertad de expresión a todos los grupos que apoyan la revolución. Respecto a esto provee un contraste agradable a otros estados no-capitalistas que se han contaminado con el estalinismo."

"Si a la revolución cubana se le permitiera el desarrollo libre, sin duda su tendencia democrática la conduciría a la creación rápida de formas proletarias democráticas adaptadas a las necesidades específicas de Cuba. Por consiguiente, una de las razones más poderosas para apoyar a la revolución vigorosamente consiste en crear las mejores condiciones para que esta tendencia llegue a operar de manera debida".[4]

La realidad cubana era muy diferente a esta descripción color rosa de Hansen. A los trotskistas cubanos, por ejemplo, se les había reprimido implacablemente; sus dirigentes habían sido encarcelados y su prensa destruida. La isla por mucho tiempo ha tenido una de las mayores cifras de presos políticos del mundo, no pocos de ellos ex-compañeros del mismo Castro en el Movimiento 26 de Julio.

Desde un punto de vista teórico, el aspecto más engañoso de la evaluación de Hansen fue su sugerencia de que, si la oportunidad fuese presentada, el régimen de Castro "instituiría órganos proletarios democráticos del poder"; es decir, consejos obreros o, para usar la palabra que se consagró durante la revolución rusa, soviets.

Semejantes órganos de poder, sin embargo, no son instituidos o entregados desde arriba por un régimen creado por nacionalistas pequeño-burgueses. Tales instituciones -sean creados por Castro, Gadafi o Sadam Husein- no son más que decoraciones que dan cubierta a cualquier régimen de naturaleza bonapartista. Sólo los trabajadores mismos pueden formar consejos obreros genuinos o soviets para organizar a las masas, derrocar el capitalismo y establecer un nuevo poder estatal proletario.

Lenin y los bolcheviques no le entregaron los soviets a los trabajadores después de la toma de poder. Más bien, dirigieron la lucha por el poder a través de estos órganos que el proletariado ruso había creado por sí mismo, basándose en el desarrollo de su propia lucha de clases y en el crecimiento de una conciencia política clasista que la prolongada intervención de los marxistas rusos había producido.

Los pablistas llegaron a la conclusión de que las nacionalizaciones que Castro había llevado a cabo y su auto-proclamación como marxista-leninista constituían una corroboración de la Revolución Permanente.

En realidad, Cuba, como otros tantos países oprimidos durante las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, corroboró a la Revolución Permanente, pero de manera negativa. Es decir, donde quiera que la clase obrera carecía de partido revolucionario y era por lo tanto incapaz de darle dirección a las masas oprimidas, representantes de la burguesía nacional y los nacionalistas pequeño-burgueses podían intervenir e imponer su propia solución. Nasser, Nehru, Perón, Ben Bella, Sukarno, los Baatistas y, posteriormente, los fundamentalistas de Irán y los sandinistas de Nicaragua, todos fueron ejemplos de este proceso. Prácticamente en todos estos casos, las nacionalizaciones se implementaron.

En un documento que la Liga Obrera Socialista (SLL, siglas en inglés) le envió al SWP en 1961, los trotskistas británicos criticaron con aspereza la adulación con que Hansen trataba a las dirigencias nacionalistas pequeño-burguesas.

Ellos declararon que "no es el trabajo de los trotskistas de promover la causa de estos líderes nacionalistas". "Ellos pueden disponer del apoyo de las masas simplemente porque la social-democracia y en particular el estalinismo traicionaron la responsabilidad de crear una dirigencia revolucionaria, y, de esta manera, se vuelven amortiguadores entre el imperialismo y las masas de trabajadores y campesinos. La posibilidad de la ayuda económica de la URSS a menudo los empuja a obtener un mejor regateo en sus negociaciones con los imperialistas, e incluso permite a los elementos más radicales del liderazgo burgués y pequeño-burgués atacar a la propiedad imperialista y obtener un mayor apoyo de las masas. Pero, para nosotros, en todos los casos la cuestión primordial es que la clase trabajadora de estos países logre su independencia política por medio de un partido marxista que dirija a los campesinos pobres para que forme soviets y reconozca las necesarias conexiones con la revolución socialista internacional. En ningún caso, en nuestra opinión, deberían los trotskistas reemplazar esto por la esperanza de que los líderes nacionalistas se conviertan en socialistas".[5]

Para aquellos que ya conocen la degeneración posterior del Partido Revolucionario de los Trabajadores (WRP, siglas en inglés), el párrafo anterior parece ser una condena directa a la línea que Healy, Banda y Slaughter comenzarían a seguir, apenas una década después, en relación a la OLP y varios regímenes árabes. Esto sólo demuestra la perspicacia de nuestro análisis y el hecho de que el ataque revisionista contra la Cuarta Internacional estaba arraigado en fuerzas clasistas objetivas. Luego de abandonar la lucha contra el pablismo, la dirigencia de la sección británica estaba destinada a caer víctima de las mismas fuerzas clasistas que habían destruido al SWP.

Proclamar a Cuba como estado obrero y a su revolución como un nuevo camino al socialismo significaba la renuncia total a la perspectiva de la Revolución Permanente. La clase trabajadora ya no tenía que jugar el principal papel en los países atrasados, ni tampoco era necesario luchar por fomentar la concientización socialista dentro de esta clase. Toda esta labor ahora había sido reemplazada por bandas de guerrilleros que, basándose en el campesinado, podían lograr el socialismo sin -y a pesar de- los trabajadores.

Esto significaba el rechazo a los principios más fundamentales del marxismo. La lucha por el socialismo había sido separado del proletariado. La liberación de la clase obrera ya no era el deber de la clase obrera misma. Ésta, más bien, se había convertido en un espectador pasivo de las heroicas acciones de los guerrilleros.

Al considerar esta perspectiva, uno puede claramente comprender la duradera infatuación de la izquierda pequeña-burguesa en general hacia Fidel Castro. Lo que ven en Castro es la habilidad de la pequeña burguesía de dominar a la clase trabajadora y de jugar un papel aparentemente independiente. Cuba, para ellos, es una muestra de que el intelectual de izquierda, el estudiante radical o el manifestante de clase media no tiene por qué subordinarse a la clase trabajadora y a la prolongada y difícil lucha para desarrollar la conciencia socialista entre los trabajadores. Más bien, podrían revolucionar a la sociedad a través de su propia actividad espontánea.

Mientras combatía este ataque revisionista contra el marxismo, el SLL siguió la trayectoria de esta disputa sobre Cuba hasta llegar a cuestiones metodológicas fundamentales. Demostró que el SWP se había suscrito a lo que Trotsky había llamado "la adoración del hecho consumado", es decir, el adaptarse a la denominada realidad que la estructura social había determinado, a las direcciones en vigor dentro de la clase trabajadora y a las formas burguesas de consciencia que prevalecían en amplios estratos de los trabajadores y oprimidos. A todo esto se le aceptó como si hubieran sido hechos objetivos y determinantes, totalmente separados de la lucha conciente del partido proletario revolucionario.

El método del SWP consistía en contemplar estos "hechos" pasivamente y, en búsqueda de todo lo que resultara en el éxito político más inmediato, adaptarse a las dirigencias existentes. Llegaron, pues, a convertirse en apologistas de estos líderes, justificando todas sus acciones con el argumento de que bajo las circunstancias presentes, ¿qué otra cosa podrían haber hecho? Estas "circunstancias", sin embargo, siempre excluían la lucha conciente de los trotskistas por movilizar a la clase trabajadora independientemente en base de su propio programa socialista e internacionalista.

El SLL defendió las conquistas teóricas que el movimiento trotskista había logrado en su lucha contra el estalinismo. Insistió en que las experiencias estratégicas de toda la época imperialista habían mostrado que las dirigencias que no fueran obreras no podían completar las luchas por liberar a los países coloniales o ex-coloniales de la opresión imperialista y del atraso.

A estas luchas sólo se les puede poner fin con la conquista del poder por la clase trabajadora y por medio de la extensión de la revolución socialista a nivel mundial. El deber principal que este análisis plantea es la construcción de partidos revolucionarios independientes de la clase trabajadora que se basen en la lucha contra todas las tendencias oportunistas, en particular los estalinistas, quienes buscan la manera de subordinar a la clase trabajadora al nacionalismo y a las dirigencias nacionalistas.

El pablismo negó ante todo que el éxito de la revolución socialista necesitara del desarrollo de un nivel alto de conciencia política socialista dentro de las capas avanzadas de la clase obrera. La conciencia política era, en el esquema de los pablistas, digna de indiferencia. Si de alguna manera la clase trabajadora llegaba a tener relación a la revolución socialista, era sólo como fuerza objetiva para ser dirigida y manipulada por otros.

La resolución elaborada por los pablistas después de su reunificación con el SWP detalló las implicaciones de las revisiones teóricas que habían desarrollado sobre el problema de Cuba. Declaraba que "la debilidad del enemigo en los países en desarrollo ha abierto la posibilidad de alcanzar el poder hasta con un instrumento ciego". [6]. Es decir, estados obreros podían establecerse sin siquiera construir partidos de la clase obrera.

En estos países, y en particular en Latinoamérica, declararon que las condiciones de enorme pobreza y la debilidad relativa de las estructuras estatales burguesas "crean situaciones en las que el fracaso de una ola revolucionaria no conduce automáticamente a la estabilización socio-económica relativa o hasta provisional. Una sucesión aparentemente inagotable de luchas de masas continúa... La debilidad del enemigo le ofrece a la revolución mejores métodos para que ésta se recupere de sus derrotas temporáneas que en los países imperialistas". [7]

Esta era una vulgar distorsión de la teoría de la Revolución Permanente. Cuando Trotsky indicó la debilidad de la burguesía en la Rusia zarista no hablaba en un vacío intemporal, sino, más bien, en relación a la dominación del imperialismo por un lado y la fortaleza objetiva de la pequeña, pero concentrada, clase trabajadora rusa. La burguesía nunca fue débil porque no podía acabar con, o controlar a, la democracia pequeño-burguesa. Era débil porque se encaraba a un proletariado joven dirigido por un liderazgo revolucionario.

Los pablistas, sin embargo, habían rechazado el papel del proletariado industrial y le habían asignado el rol revolucionario exactamente a semejantes fuerzas pequeño-burguesas.

Su teoría de "instrumentos ciegos" e "inagotables luchas de masas" fue elaborado justamente antes de que se diera el primero - liderado por Castelo Branco en Brasil- de una serie de golpes de estado apoyados por EE.UU. que hundirían a Latinoamérica en una década de represión terrible, cuyo legado aún se cierne sobre el continente.

Los pablistas no sólo no prepararon a la clase trabajadora para estos acontecimientos; ellos mismos los facilitaron al insistir que la revolución debía ser llevado a cabo por fuerzas que no provinieran de la clase trabajadora y, asimismo, al apoyar la perspectiva castrista de que aisladas bandas guerrilleras realicen acciones armadas.

El pablismo y la crisis de liderazgo

¿Por qué el castrismo se volvió en semejante polo de atracción en Latinoamérica? Si bien las condiciones que Guevara presentó para la guerra de guerrillas en todo el continente resultaron ser falsas, había una sola cosa que todos estos países tenían en común. Los liderazgos que dominaban a la clase trabajadora, en particular a los Estalinistas Partidos Comunistas, no ofrecían ningún camino a seguir bajo condiciones de una crisis revolucionaria que iba madurando rápidamente.

Entonces, la "nueva realidad" que los pablistas celebraran -el auge de tendencias nacionalistas liderados por nacionalistas radicales pequeño-burgueses como el castrismo- resultaba ser fundamentalmente una manifestación de la crisis irresoluta de la dirigencia revolucionaria dentro de la clase trabajadora misma. Y aún así, ellos lo presentaron como la solución a dicha crisis, repudiando los objetivos estratégicos de la Cuarta Internacional. Al abandonar una orientación independiente hacia la clase trabajadora y la lucha por construir un partido capaz de destruir el dominio de las burocracias, redujeron el papel de la Cuarta Internacional al de ayudar a los nacionalistas pequeño-burgueses y a los estalinistas para poder influirlos y empujarlos hacia la izquierda.

¿Cómo se suponía que esta perspectiva se iba a realizar en la práctica? En 1968, poco después del desastre boliviano de Guevara y en las vísperas de grandes luchas de clase en Latinoamérica, los pablistas realizaron su noveno congreso. Ellos instruyeron a los partidos afiliados al Secretariado Unido en Latinoamérica de que abandonaran a la clase trabajadora y participaran de la guerra de guerrillas.

Tal como declaró el documento del congreso: "Aún en el caso de países donde primero puedan ocurrir grandes movilizaciones de conflicto de las clases urbanas, la guerra civil asumirá formas variadas en las cuales el eje principal, durante todo un período, será la guerrilla rural, término cuyo significado principal es de naturaleza militar-geográfica y no significa una composición exclusiva o predominantemente campesina". [8]

La resolución seguía: "La única perspectiva realista para Latinoamérica es la de la lucha armada, la cual puede durar muchos años. La preparación técnica no puede considerarse como aspecto cualquiera de toda la labor, sino como aspecto fundamental a nivel internacional y como de los aspectos fundamentales en aquellos países donde las condiciones mínimas aún no existen". [9]

Instrucciones más explícitas no podían darse. En caso de que alguien dentro de las secciones latinoamericanas albergara dudas sobre si tenían el apoyo suficiente entre los campesinos, o de las condiciones políticas necesarias para plantear un levantamiento en el campo, la resolución les aseguraba que ningún apoyo campesino era necesario y que en todo caso la situación política no importaba. El único requisito era la "preparación técnica" para la lucha armada.

El resultado fue la liquidación política y la aniquilación física de los cuadros dirigidos por los pablistas de Latinoamérica.

En Argentina, por ejemplo, la sección oficial del Secretariado Unificado se reconstituyó como el ERP antes de romper formalmente con los pablistas. Este grupo participó en los secuestros de ejecutivos empresariales a cambio de rescates de dinero, simplemente añadiendo a éstos demandas por el aumento de los sueldos y la mejora las condiciones de trabajo.

¿Qué resultados produjeron estas acciones? A los trabajadores esencialmente se les enseñó de que no era su papel entablar la lucha para ponerle fin al capitalismo. Simplemente iban a ser espectadores agradecidos puesto que los heroicos guerrilleros armados actuaban en nombre de ellos.

En Chile, los trabajadores llevaron a cabo una ofensiva sostenida que fue finalmente estrangulada por el gobierno de Unidad Popular de Allende, cuya política le abrió el paso a la dictadura de Pinochet. En Argentina, el Cordobazo de 1969 -en el que los trabajadores tomaron el control de la ciudad de Córdoba- inauguró una prolongada ofensiva que fue reprimida por los Peronistas y luego aniquilada por la dictadura de Videla. En Bolivia, los mineros se levantaron en repetidas ocasiones sólo para que sus dirigentes los subordinaran a una capa de militares aparentemente nacionalista e izquierdista bajo el mando del General Torres. Como era de predecirse, Torres prontamente le cedió el poder a sus colegas más tradicionales, quienes llevaron a cabo la represión despiadada de los obreros bolivianos.

Con su giro hacia el Castrismo, los pablistas habían abandonado a la clase trabajadora y a la lucha por liberarla del dominio de las viejas burocracias. Así como Castro supuestamente había confirmado la Revolución Permanente, también había rendido superflua esta lucha tan primordial.

Hansen, como representante del SWP, planteó esta tesis con su cinismo y patanería de costumbre, proclamando que Castro había vencido el papel contrarrevolucionario del estalinismo.

"Incapaz de reventar el obstáculo estalinista, la revolución retrocedió bastante y se desvió. El desvío nos ha conducido por un terreno bastante escabroso que incluye la Sierra Maestra, pero es obvio que le están saltando por encima a la muralla estalinista".

"Esta es la lección principal que se debe aprender de la experiencia de Cuba. Para terminar una vez por todas con la hipnosis del estalinismo, fue necesario gatear en cuatro patas por las selvas de la Sierra Maestra". [10]

Esta conclusión contenía implicaciones políticas bien claras que iban más allá de Cuba. Si a la "muralla estalinista" se le podía fácilmente "esquivar" por medio de una guerra de guerrillas dirigida por nacionalistas pequeño-burgueses, la lucha difícil y prolongada que la Cuarta Internacional había entablado para romper el nudo estrangulador con el que el estalinismo dominaba a la clase trabajadora no sólo era superflua sino contraproducente.

Esta perspectiva no resultó en la destrucción del control que el estalinismo tenía sobre el movimiento obrero en los países oprimidos, particularmente en Latinoamérica, sino en su fortalecimiento. Ayudó a desviar a toda una generación de jóvenes latinoamericanos y a apartarlos de toda lucha dentro de la clase trabajadora misma. La orientación hacia el guerrillerismo representó una bonanza para los estalinistas y otras dirigencias burocráticas. Aisló a los elementos más revolucionarios de la juventud y a una capa entera de trabajadores que se habían radicalizado, revigorizando de tal modo el control de la burocracia sobre el movimiento obrero.

A fin de cuentas, la adaptación de los pablistas al nacionalismo pequeño-burgués ayudó a asegurar que la clase trabajadora no tuviera ninguna dirigencia revolucionaria al entrar a las grandes luchas de clase hacia fines de los 1960 y a principios de los 1970. Las aventuras guerrilleras que éstos fomentaron le dieron a los militares y al imperialismo el pretexto para imponer la dictadura. Esta tendencia revisionista, de esta manera, jugó un papel importantísimo en la preparación de las derrotas más sangrientas que los trabajadores de Latinoamérica jamás sufrieran.

Hoja de balance del guerrillerismo

¿Qué sucedió con los movimientos guevarista y castristas que los revisionistas proclamaron como nuevos instrumentos de la revolución socialista? Seguir la trayectoria de su evolución concreta significa sacar a luz el carácter clasista de estos movimientos desde su inserción.

El FALN de Venezuela fue de los principales movimientos guerrilleros durante la década de los 1960; se formó con apoyo cubano. Citemos la declaración que hizo uno de los dirigentes de este movimiento durante ese período.

"Cuando hablamos de la liberación de Venezuela queremos decir la liberación de toda Latino América; no reconocemos fronteras en Latino América. Nuestras fronteras son fronteras ideológicas. Interpretamos la solidaridad internacional de una forma verdaderamente revolucionaria y por lo tanto estamos comprometidos a la lucha para combatir al imperialismo hasta que ya nunca más exista; nos comprometemos a no entregar nuestras armas hasta que el imperialismo norteamericano en particular sea reducido a la impotencia".

El autor de estas líneas era Teodoro Petkoff. No sólo entregó sus armas, sino que se volvió el Ministro de Planeamiento y el principal funcionario responsable por la implementación de los programas de austeridad del FMI. De proclamar la solidaridad continental y una lucha a muerte contra el imperialismo yanqui, Petkoff ahora participa en el recorte de sueldos y la privatización de empresas estatales con el objetivo de competir con otras economías capitalistas de la región por las inversiones multinacionales. Se espera que se vuelva el principal candidato en las elecciones presidenciales de este año en Venezuela.

Su caso es típico. En Uruguay, los exguerrilleros tupamaros ahora son parte del Frente Amplio, un frente electoral burgués que administra las condiciones sociales en desintegración de la capital de Montevideo. El movimiento M-19 elaboró un acuerdo con el gobierno colombiano que no sólo les aseguró a sus líderes puestos en el parlamento, sino que les permitió a sus miembros el trocar sus armas por pequeños préstamos empresariales.

A comienzos de los ochenta, el régimen de Castro y sus seguidores afirmaban que Centroamérica, luego de la toma del poder de los sandinistas nicaragüenses y el estallido de la guerra civil en El Salvador, ofrecía una fresca confirmación de su perspectiva.

¿Pero qué ocurrió con todos estos movimientos? Los Sandinistas, el FMLN en El Salvador, el URNG en Guatemala, todos firmaron pactos con las mismas fuerzas que habían sido responsables de la muerte de cientos de miles de trabajadores y campesinos. Castro colaboró a que las partes negociaran estos pactos en los acuerdos de Contadora y Esquipulas, los cuales consolidaron el poder en las manos de facciones de la burguesía apoyadas por EE.UU.; mientras tanto, volvió a los cuadros de los denominados movimientos de liberación en diputados parlamentarios, funcionarios militares y policías en los nuevos regímenes. Todos estos grupos se han dividido en diversas facciones que denuncian una a otra, con amplia justificación, de traición política y corrupción financiera.

Mientras tanto, las masas de la región encaran condiciones de pobreza y opresión tan malas o peores como las que dieron surgimiento a los levantamientos revolucionarios de la región hace 20 años. El resultado de estos movimientos nacionalistas pequeño-burgueses influenciados por el castrismo fue el de sembrar la desmoralización entre los trabajadores, jóvenes y campesinos más militantes.

Cuba el día de hoy

¿Qué hay de la propia Cuba? ¿Cuál fue el resultado final del nuevo camino hacia el socialismo que tanto proclamaran el régimen de Castro como los revisionistas pablistas 35 años atrás?

Durante 30 años, la isla sobrevivió gracias a los enormes subsidios de la burocracia de Moscú. De acuerdo a los partidarios de Castro y a las estimaciones de EE.UU., los subsidios económicos de la Unión Soviética a Cuba alcanzaban entre $3 y $5 billones anualmente. El mecanismo de esta ayuda era la compra, por parte del bloque soviético, de los productos agrícolas cubanos, particularmente el azúcar, a un precio por encima del de los mercados mundiales -hasta 12 veces más alto- y la venta de petróleo a precios por debajo del mercado. Sobre la base de este acuerdo, Cuba llegó al punto de comprar azúcar de la vecina República Dominicana y poner en reventa al petróleo en el mercado mundial para obtener divisas.

La dependencia en los subsidios soviéticos al final tuvo el efecto de consolidar el monocultivo de azúcar en Cuba, la fundación histórica de su atraso y opresión. Al igual que antes de la revolución de 1959, las exportaciones de Cuba -83 por ciento de las cuales iban a la URSS y Europa del Este- consistían de azúcar, tabaco, níquel, pescado y algunos otros productos agrícolas. Del bloque soviético importó bienes de consumo manufacturados y maquinaria, por no mencionar de una gran parte de sus alimentos.

Ninguna cantidad de retoques o cambios abruptos en la política económica dictada por el infalible "líder máximo" Fidel Castro cambió esta relación esencial. Al final, las considerables reformas ganadas por el pueblo cubano en los sectores de salud, educación y nutrición fueron sostenidas mediante estos subsidios. Ahora que el régimen busca a las inversiones extranjeras directas, las reformas están siendo sistemáticamente rebajadas.

Castro entró en un pacto Faustino con la burocracia soviética cuya función era el ser un peón en las relaciones EE.UU.-URSS a cambio de los subsidios soviéticos. De manera inevitable, el diablo ha venido a cobrar su deuda.

La disolución de la URSS significó una catástrofe económica para Cuba. La respuesta del régimen de Castro fue la de aumentar las inversiones extranjeras y permitir el surgimiento de una creciente estratificación social dentro de Cuba mismo.

El ministro de relaciones extranjeras Roberto Robaina explicó la reciente política cubana en una entrevista con el periódico estatal Granma: "Lo que está pasando en Cuba es una abertura económica con garantías totales para los inversionistas extranjeros (...) Esta abertura es estratégica y se amplía y profundiza cada día (...)".

"Mitsubishi Motors, Castrol, Unilever, Sherrit Gordon, Grupo Sol, Total, Melia Hotels, Domos, ING Bank, Rolex, DHL, Lloyds, Canon, Bayer, todos son nombres de éxito en el universo de los negocios y se encuentran en Cuba. Algunas de estas firmas tienen el capital más grande en el mundo y han puesto su confianza en nosotros".

"La facilidad de la inversión de capital, la seguridad y el respecto, las garantías de la repatriación de beneficios, la disponibilidad de personal con un alto nivel de excelencia, el alojamiento, el deseo de salir adelante, la seriedad en las negociaciones y la lealtad de sus socios cubanos son algunos de los elementos de quienes han decidido unirse a Cuba aprecian ante todo (...)"[11]

Aunque no lo dijera en Granma, es indudable que el mensaje dado a estos inversionistas en privado es que en Cuba podrán obtener una de las manos de obra más baratas del hemisferio y se garantizará un ambiente libre de huelgas gracias a la estalinista policía de estado.

El régimen de Castro afirma habitualmente que procura las inversiones capitalistas extranjeras para salvar las "conquistas sociales" de la revolución cubana. La realidad es que el régimen de Castro, como los regímenes burgueses del ex mundo colonial, se encarga de vender a las multinacionales una mano de obra barata.

En el caso de Cuba, esto se realiza de una manera extremadamente directa y centralizada. Los trabajadores cubanos son contratados para las corporaciones extranjeras por divisas para el gobierno cubano. El gobierno contrata a los trabajadores necesarios y luego les paga una fracción de esta cantidad en forma de pesos, la moneda local. Las empresas extranjeras conservan plena discrecionalidad en el despido de trabajadores.

El crecimiento de la desigualdad social es alimentado por una floreciente economía de dólares. Hoy en día la mayor fuente de efectivo es el dinero enviado por exiliados mayormente en EE.UU. a sus parientes de la isla. ¿Qué puede decirse de una "revolución" que es económicamente dependiente de aquellos a los que denuncia como "gusanos" contrarrevolucionarios?

Otros filtros de efectivo se encuentran en la creciente industria de turismo, de la cual el régimen de Castro ha vuelto la pieza central de su planificación económica. Esto ha dado resultado a lo que muchos en Cuba describen como un apartheid turístico. Se erigen nuevos hoteles, restaurantes y tiendas reservados solamente para extranjeros y prohibidos para los cubanos comunes. La prostitución está descontrolada. La inmensa mayoría de la población vive en la pobreza.

El régimen de Castro culpa a todos los problemas económicos de la isla al bloqueo de EE.UU.. Sin lugar a dudas esta política de EE.UU. es un abuso brutal e irracional de poder imperialista sobre un país pequeño y oprimido. Pero esta política ha estado en efecto por 35 años. Mientras tanto, Cuba ha tenido relaciones económicas prácticamente con cualquier otro país importante en el mundo.

La crisis de Cuba es esencialmente el resultado del carácter burgués de la revolución en sí. Ésta fracaso en resolver cualquiera de los problemas históricos en la sociedad cubana. Más bien, cubrió las contradicciones con subsidios masivos de la burocracia soviética.

En pocos países se ha visto semejante éxodo de refugiados. En los primeros años de la revolución éste consistió en gran parte de la burguesía y los estratos más privilegiados de la clase media. Pero aquellos que han huido en balsas y cámaras de aire en los ochenta y noventa han sido motivados por las mismas razones que miles han huido de Haití y México y de otros países: el deseo de escapar del hambre y la opresión.

Encima de estas condiciones descansa un régimen que ahoga las aspiraciones de las masas del pueblo trabajador cubano. Castro gobierna mediante una dictadura política organizada bajo líneas militares. La institución esencial del estado son las fuerzas armadas, las cuales administran la mayoría de empresas económicas cubanas.

Castro está consagrado en la constitución cubana como presidente por vida. Oponérsele, por lo tanto, no es solamente "contrarrevolucionario" sino anticonstitucional. Es tanto jefe de estado como jefe de gobierno como primer secretario del Partido Comunista y comandante en jefe del ejército. En resumen, todo el poder está concentrado en sus manos e impone su dictados personales sobre cualquier decisión de importancia. Ahora que Castro se encuentra en sus setentas, el tema de la sucesión se está volviendo un tema cada vez más apremiante. Su hermano Raúl ocupa todos los puestos secundarios en el gobierno, el ejército y el partido.

En la medida que Cuba esté identificado con el socialismo -algo promovido tanto por los imperialistas por un lado como por el régimen de Castro y sus seguidores izquierdistas y pequeño-burgueses por el otro- ha realizado el efecto de desacreditar la concepción de una alternativa socialista al capitalismo, particularmente en Latinoamérica.

Resumen

La Primera Internacional bajo Marx adoptó la consigna de que "La liberación de los trabajadores deberá ser la tarea de los trabajadores mismos". Es decir, el socialismo era, a fin de cuentas, la auto-determinación de la clase trabajadora. No podía ser concedida a los trabajadores o ganada por los trabajadores por alguna otra fuerza de clase que actúe sobre su nombre. Sólo podía ser el producto de una lucha consciente de la clase trabajadora, organizada democráticamente como una clase para sí misma, luchando para cambiar a la sociedad en su nombre y en el de toda la humanidad.

El Comité Internacional defendió esta perspectiva frente a todas las teorías en boga de los sesentas y setentas que rechazaban a la clase trabajadora y afirmaban haber descubierto otros vehículos, más revolucionarios, que otorgarían atajos convenientes para llegar al socialismo. Más de treinta años después, no queda nada de estas teorías. La lucha emprendida por el CICI ha sido poderosamente vindicada por la historia.

Debemos recordar lo que Joseph Hansen dijo sobre la intransigente lucha del Comité Internacional y su rechazo a postrarse ante el Castrismo. Esta posición, él advirtió, equivaldría a un "suicidio político en América Latina". ¿Qué fue lo que realmente ocurrió? El revisionismo pablista condujo a una generación de jóvenes radicalizados a aventuras suicidas por las que la clase trabajadora pagó el más alto precio.

¿Cuáles habrían sido los efectos si es que, en vez de adaptarse al castrismo, las fuerzas que cayeron bajo la influencia del pablismo hubieran sometido las políticas del nacionalismo pequeño-burgués a una implacable crítica?

Ciertamente el resultado podría haber sido un aislamiento temporal, al menos de los movimientos dominados por la pequeña burguesía. Pero en el proceso habrían educado a las secciones más avanzadas de los trabajadores y jóvenes. Durante esta lucha, un liderazgo podría haber sido capaz de movilizar a la clase trabajadora en una lucha revolucionaria. En vez de caer bajo la dominación de dictaduras militares, las cuales ayudaron a estabilizar temporalmente al capitalismo mundial, Latinoamérica podría haber dado un poderoso impulso a la revolución socialista mundial.

Las lecciones centrales que debemos extraer de esta experiencia conciernen las responsabilidades fundamentales de los marxistas. Su tarea no es la de descubrir y adaptarse a otras fuerzas que espontáneamente llevarán a cabo la revolución socialista. Más bien, es la construcción de partidos revolucionarios independientes de la clase trabajadora, secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, basadas en una firmeza teórica implacable y que cuenten a la clase trabajadora la verdad.

Las condiciones objetivas en Latinoamérica e internacionalmente están madurando hasta el punto en el que la lucha realizada por el movimiento trotskista se intersecará con el movimiento revolucionario de millones. Las lecciones que este movimiento ha asimilado a partir de la lucha por el socialismo en el siglo veinte se volverán en decisivas para su realización en el siglo veinte.

Notas

[1] León Trotsky, Writings of Leon Trotsky 1939-40, (New York: Pathfinder Press, 1973), p. 202

[2] Documents of the Fourth International: The Formative Years 1933-40 (New York: Pathfinder, 1973), p. 394

[3] Ernesto Che Guevara, La Guerra de Guerrillas, (La Habana: Talleres de INRA, 1961)

[4] Joseph Hansen, Dynamics of the Cuban Revolution: The Trotskyist View (New York: Pathfinder Press, 1978), p.75

[5] Cliff Slaughter, ed., Trotskyism Versus Revisionism: A Documentary History (London: New Park Publications, 1974), vol. 3, The Socialist Workers Party's Road Back to Pabloism, p. 65

[6] Ibid, vol. 4, The International Committee Against Liquidationism, p. 199

[7] Ibid

[8] United Secretariat 9th Congress documents

[9] Ibid

[10] Joseph Hansen, Dynamics of the Cuban Revolution: The Trotskyist View (New York: Pathfinder Press, 1978) p. 265

[11] Granma, 16 de Noviembre, 1994

Loading