Mosul, Irak y el legado bélico de Obama

24 diciembre 2016

Barack Obama quedará en la historia como el primer presidente estadounidense en haber presidido dos mandatos continuos de guerra. Su legado al presidente electo, Donald Trump, incluye operaciones en curso en Afganistán, ataques con drones en el noroeste de Pakistán, la consecuencia de la destrucción de Libia en el 2011, la incitación de la guerra civil en Siria, el respaldo a las brutales intervenciones sauditas en Yemen y los conflictos civiles en Ucrania, el Cáucaso y a través de África.

Sin embargo, es en Irak donde Obama dejó su legado sangriento más gráfico. Existe una ironía amarga en el hecho de que Obama fue electo en el 2008 en gran parte por su supuesta oposición a la invasión y ocupación de Irak por parte del gobierno de Bush. Tras continuar la guerra por tres años más después de haber llegado al poder, se jactó de haberla terminado formalmente con la retirada de tropas en diciembre del 2011.

No obstante, Obama reinició los ataques estadounidenses en Irak después de que el Estado Islámico (EI) capturara la ciudad de Mosul en junio del 2014. Hoy en día, en esa misma ciudad al norte del país, se está llevando a cabo uno de los episodios más criminales en los más de 25 años de violencia perpetrada por Estados Unidos contra el pueblo iraquí.

Mosul está siendo asediada por las fuerzas lideradas por EE.UU., compuestas por decenas de miles de soldados del ejército iraquí, el gobierno regional kurdo (GRK) y milicias sectarias chiitas. El objetivo es retomar la ciudad del control de los extremistas sunitas del EI, quienes fueron capaces de capturar esta y otras ciudades iraquíes de las manos del gobierno chiita gracias a las armas y reclutas que consiguieron al servirle a EE.UU. y sus aliados como fuerzas subsidiarias en la guerra civil en Siria para derrocar al gobierno de Bashar al-Assad.

El gobierno de Obama utilizó el surgimiento del EI, una consecuencia de sus propias políticas, para reanudar sus operaciones a gran escala en Irak e intervenir directamente en la guerra civil siria. Esta intervención la han pagado innumerables iraquíes y sirios con sus vidas. Las ciudades predominantemente sunitas al oeste de Irak, Faluya y Ramadi han sido efectivamente destruidas y despobladas como consecuencia de la campaña para expulsar al EI. Ahora, Mosul, la segunda ciudad más grande de Irak, con 1,5 millones de personas, está siendo destruida para ser “liberada”.

Después de dos meses del asalto liderado por EE.UU. en Mosul, se reportan pérdidas civiles, desplazamientos y la destrucción de infraestructura civil en gran escala, provocando un alto sufrimiento humano.

El gobierno de Bagdad, dominado por chiítas, les ordenó a los residentes quedarse en sus hogares y no huir de la ciudad. En las semanas siguientes, los bombardeos aéreos de aviones estadounidenses, británicos, franceses, australianos, canadienses, jordanos e iraquíes han destruido los puentes sobre el río Tigris que unen el este con el oeste de la ciudad, además de las tuberías de agua. Gran parte de la ciudad está sin electricidad. La universidad y otros edificios públicos han quedado reducidos a escombros, mientras que muchas calles han sido destruidas para detener el paso de vehículos.

Cientos de miles de personas, entre ellas un gran número de niños, están atrapados sin agua potable, una alimentación adecuada ni acceso a atención médica. El Estado Islámico ha llenado los edificios con explosivos y enviado atacantes suicidas en vehículos con bombas para empujar a las fuerzas del gobierno a los suburbios al este de Mosul. Han incendiado trincheras llenas de petróleo para cubrir a la ciudad con nubes negras de humo y dificultar los ataques aéreos. Debido a la feroz resistencia, la ofensiva encabezada por EE.UU. ha avanzado de forma limitada.

Los suburbios más poblados aún siguen siendo controlados por el EI. Han logrado escapar sólo alrededor de 100.000 personas de las zonas que han sido retomadas por la coalición, siendo reubicados a campamentos para desplazados. A los hombres los detienen y separan de sus familias para interrogarlos sobre posible simpatía por el EI. Han salido informes dispersos de civiles sunitas asesinados o torturados por tropas o milicias chiítas. Al llegar a los campamentos, a las personas se les impide salir por “razones de seguridad”.

Un representante del gobierno kurdo afirmó esta semana que están huyendo alrededor de 2.000 personas más cada día de la ciudad. La representante de las Naciones Unidas, Lisa Grande, le indicó al Washington Post: “Estamos muy preocupados de que nos quedemos sin suministros. Sólo tenemos cantidades limitadas de reservas y si todos cerca y dentro de Mosul requieren ayuda, no tenemos suficiente, ni cerca”.

Las instalaciones médicas están abrumadas de civiles con heridas causadas por armas de fuego y explosivos. Además, es difícil de contemplar el destino de la mayoría de los heridos dentro de la ciudad, donde los hospitales no están funcionando.

Mientras tanto, el gobierno y la prensa de EE.UU., así como de los países aliados, denuncian como un crimen de guerra la ofensiva en Alepo del gobierno sirio con apoyo ruso para expulsar a los “rebeldes” islamistas apoyados por EE.UU. La situación crítica y el sufrimiento de los civiles en Alepo, particularmente de los niños, han sido divulgados ampliamente.

No obstante, estos hipócritas imperialistas apenas comentan sobre la gente en Mosul, retratándolos como si sus muertes y desesperación fuesen “daños colaterales”. Culpan principalmente al EI por utilizar a los civiles como “escudos humanos” o atacarlos con francotiradores y morteros para no dejarlos escapar de la ciudad.

Una persona desplazada le dijo al Washington Post: “La gente en Mosul tiene dos opciones. O se quedan dentro y se mueren por bombardeos o hambre, o se van a los campamentos—a la prisión. De cualquier manera, es una muerte lenta”.

El ejército estadounidense ha indicado que la ofensiva seguirá por dos a cuatro meses, o sea que continuará bastante después de que llegue Donald Trump al poder. Cuando la ciudad caiga al control de la coalición, si lo hace, es probable que nunca se sepa el número de muertes civiles. Cerca de 14 años después de la invasión estadounidense a Irak, los apologistas del imperialismo estadounidense y su gobierno títere en Bagdad rechazan la creíble estimación de la revista médica Lancet que la guerra causó más de 650.000 muertes solamente entre marzo del 2003 y junio del 2006. Aún no ha sido publicada una cifra de muertos de las sangrientas batallas en Faluya y Ramadi de este año.

Mientras que aún se desconoce el costo humano exacto, no cabe duda alguna de cuál fue el motivo principal para haber librado la guerra del Golfo en 1991, los años de sanciones contra Irak, la invasión de Irak en el 2003 y, ahora, la batalla de Mosul: el petróleo.

La invasión del 2003 fue una conspiración criminal diseñada por el gobierno de Bush y los conglomerados petroleros y justificada con las perversas mentiras de que Irak estaba amenazando a EE.UU. con “armas de destrucción masiva”. El gobierno de Obama continuó la intervención debido a que los años de resistencia iraquí le impidieron a EE.UU. controlar completamente los recursos del país y Oriente Medio. Durante los últimos tres años, las victorias del EI en Irak y la decisión de Rusia de apoyar al gobierno sirio de Assad en conjunto con Irán han representado reveses importantes para la agenda de Estados Unidos.

El gobierno de Trump seguirá las intrigas estadounidenses en Oriente Medio. Ha llenado su gabinete presidencial de figuras estrechamente involucradas en estos 25 años de intentos para subordinar a la región a los dictados estadounidenses. El CEO de Exxon Mobil, Rex Tillerson, cuya compañía intentó comprar gran parte de la industria petrolera de Irak, fue nombrado secretario de Estado. El exgeneral James “Perro rabioso” Mattis estará a cargo del Pentágono. Mattis fue el comandante de los marines en el asalto del 2004 en Faluya, se opuso a la retirada de las fuerzas estadounidenses en el 2011 y ha abogado por una confrontación militar con Irán para destruir su influencia en Irak y Siria.

El grado de agresión en Oriente Medio durante el gobierno de Trump dependerá de la intensa lucha dentro de la clase política estadounidense para determinar cuál rival debería convertirse en su próximo objetivo inmediato. Las acusaciones del Partido Demócrata y la prensa que alegan que la victoria electoral de Trump se debió a una “interferencia rusa” son el resultado de su preocupación de que la próxima administración moderará la campaña militarista contra Rusia en Oriente Medio y Europa del Este para enfocarse en escalar el conflicto contra China.

Independientemente del frente que elija el gobierno entrante, queda claro que Barack Obama está dejando un legado que peligra con convertirse en una tercera guerra mundial.

James Cogan