La puesta en libertad de Hosni Mubarak y las lecciones de la revolución egipcia

27 marzo 2017

El exdictador egipcio, Hosni Mubarak, fue liberado oficialmente el viernes pasado. Su abogado anunció provocativamente que el líder de 88 años de edad ya había dejado el hospital militar en el distrito de Maadi en El Cairo y que había disfrutado un desayuno con amigos en la casa de su familia.

El fallo del tribunal de apelaciones es una decisión final. A principios de marzo, la Corte Suprema de Egipto eximió a Mubarak de toda responsabilidad en la muerte de ochocientos manifestantes que fueron asesinados por sus fuerzas de seguridad en los primeros días de la revolución egipcia. Mubarak fue derrocado el 11 de febrero del 2011, tras 18 días de manifestaciones de masas. Había gobernado Egipto con mano dura por tres décadas, contando con el pleno respaldo de las potencias imperialistas.

Su excarcelación refleja el avance de la contrarrevolución desde el sangriento golpe militar del 3 de julio del 2013 contra el presidente islamista, Mohammed Mursi, líder de la Hermandad Musulmana. Menos de cuatro años después, los nuevos gobernantes militares en El Cairo, apoyados por las potencias occidentales, han rehabilitado a su antiguo líder mientras reprimen a las masas egipcias con aun más brutalidad que entonces.

La junta dirigida por el general, Abdel Fatah al-Sisi, quien fue entrenado en EE.UU., mantiene encarcelados a más de cuarenta mil opositores del régimen y ha condenado a muerte a más de mil. Poco después del golpe, según Human Rights Watch, tuvo lugar “el peor incidente de ejecuciones en masa extrajudiciales en la historia moderna de Egipto”. El ejército y la policía incursionaron en dos campamentos de protestantes contra el régimen y mataron a más de mil personas, incluyendo a mujeres y niños.

¿Cómo puede ser posible que, a tan sólo seis años de la revolución egipcia, parezca no haber quedado nada de esta, mientras que Mubarak, el símbolo del antiguo régimen, puede volver a aparecer en público libremente? ¿Quién es políticamente responsable y cuáles son las lecciones políticas que debe extraer la clase obrera para hacer frente a los conflictos que se aproximan?

La clave para responder estas decisivas preguntas, relevantes tanto para los trabajadores en Egipto como internacionalmente, se encuentra en estudiar la Revolución Rusa. En su conferencia “¿Por qué estudiar la Revolución Rusa?”, David North, el presidente del Consejo Editorial Internacional del World Socialist Web Site, explicó cuál fue la condición decisiva que le dio la victoria a la clase obrera:

“El movimiento obrero ruso, apoyado por un levantamiento revolucionario del campesinado, asumió dimensiones gigantescas en 1917. No obstante, ninguna lectura realista de los acontecimientos de ese año permite concluir que la clase obrera habría llegado al poder sin el liderazgo proporcionado por el Partido Bolchevique. Trazando la lección esencial de toda esta experiencia, Trotsky insistiría más tarde: “El papel y la responsabilidad de la dirección [de la clase obrera] en una época revolucionaria es colosal”. Esta conclusión sigue siendo tan válida en la situación actual como en 1917”.

La revolución egipcia fue sin duda un gigantesco levantamiento y la clase obrera fue su motor. El 25 de enero del 2011, decenas de miles de personas inundaron las calles de El Cairo y otras ciudades industriales importantes. El 28 de enero, “El viernes de la ira”, un sinnúmero de manifestantes repelieron a las notorias fuerzas armadas de Mubarak en batallas callejeras. En los días que siguieron, millones tomaron las calles en todo el país. El 7 y el 8 de febrero, una ola de huelgas y ocupaciones de fábricas envolvió Egipto — el golpe fatal para el régimen de Mubarak.

Después del 11 de febrero, la clase obrera continuó desplegándose como la fuerza decisiva de la revolución. Los días que siguieron el derrocamiento de Mubarak fueron testigos de cuarenta a sesenta huelgas por día. Sólo en febrero de ese año hubo más huelgas que en todo el 2010 y estas, junto con otras protestas, se volvieron aún más frecuentes en el 2012 y el 2013. Sin embargo, lo que faltó en Egipto, a diferencia de Rusia, fue un liderazgo político con un programa revolucionario.

El WSWS advirtió a los trabajadores desde el inicio de la revolución contra ilusiones en el carácter democrático de la burguesía. David North escribió en la perspectiva del 1 de febrero del 2011: “Como es de esperarse en los primeros compases de una convulsión revolucionaria, las consignas que predominan son de carácter general democrático. Las élites gobernantes, por temor al abismo al que se aproximan, buscan desesperadamente mantener lo que pueden del viejo orden. Promesas de “reforma” se deslizan fácilmente de sus labios...

“Sin embargo, el tipo de la unidad democrática propuesto [...] ofrecerá nada sustancial a la clase trabajadora, los pobres del campo y los amplios sectores de jóvenes que han salido a las calles. No se pueden satisfacer las necesidades vitales de las masas de la sociedad egipcia sin un cambio radical en las relaciones de propiedad existentes y la transferencia del poder político a la clase obrera”.

La perspectiva estratégica que sirvió de guía para que la clase obrera rusa tomara el poder en octubre de 1917 fue la Teoría de la Revolución Permanente desarrollada por León Trotsky. Esta estableció que, en los países con un desarrollo capitalista tardío, la revolución democrática sólo podría ser completada a través de la conquista del poder por la clase obrera y una revolución socialista. Además, declaró que la victoria de la revolución en un país dado depende de una estrategia internacional que aúne a los trabajadores de todo el mundo.

La revolución egipcia confirmó dicha perspectiva pero de forma negativa. En el transcurso de la revolución, la burguesía demostró ser una fuerza contrarrevolucionaria en su totalidad, colaborando con el imperialismo y defendiendo esencialmente los mismos intereses de clase que la casta militar. Esto fue tan cierto para la Hermandad Musulmana, la cual fue proscrita, como lo fue para los partidos burgueses “liberales”, como la Asociación Nacional para el Cambio de Mohammed el-Baradei o la Corriente Popular Egipcia nasserista de Hamdeen Sabahi.

El papel más fraudulento fue aquel desempeñado por los grupos pequeñoburgueses de la seudoizquierda como Socialistas Revolucionarios (SR), que está alineado con la Organización Socialista Internacional de EE.UU., el Partido Socialista de los Trabajadores de Gran Bretaña y ciertas tendencias dentro de Die Linke de Alemania. Durante la revolución, se dedicaron a subordinar la clase trabajadora a sectores de la burguesía.

Inmediatamente después del derrocamiento de Mubarak, estas fuerzas propiciaron ilusiones de que los generales del régimen, bajo la dirección de Mohamed Tantawi, implementarían reformas sociales y democráticas. Conforme aumentaba la oposición de las masas obreras al ejército, la seudoizquierda comenzó a respaldar a la Hermandad Musulmana. SR proclamó a los islamistas “la derecha de la revolución” y pidió votar por Mursi en las elecciones presidenciales. Tras ganar, lo celebraron como una “victoria para la revolución” y como “un gran logro en contra de la contrarrevolución”.

En el 2013, con las protestas contra Mursi, SR volvió a apoyar a los militares. El nuevo “camino a la revolución”, insistieron, era el movimiento Tamarod, el cual era financiado por el aparato militar y de inteligencia. El golpe militar trajo al brutal régimen contrarrevolucionario de al-Sisi al poder, fue descrito por SR inicialmente como una “segunda revolución”.

Actualmente, SR teme que la implacable represión de la junta y la cada vez más profunda crisis social desencadenen otro levantamiento revolucionario de la clase obrera. En una reciente declaración, la organización declara que, “Es necesario reconstruir la oposición social y política al régimen y sus políticas, mediante organizaciones políticas, sindicatos obreros, organizaciones estudiantiles y juveniles y frentes políticos que puedan unir de vuelta a las fuerzas de la revolución del 25 de enero”.

En otras palabras, quieren seguir avanzando su desastrosa política de subordinar a la clase obrera a una u otra “unidad” con los partidos y organizaciones de la burguesía.

La cuestión clave de la revolución egipcia sigue siendo la construcción de una sección egipcia del Comité Internacional de la Cuarta Internacional que reivindique la perspectiva política de la revolución permanente ante la clase trabajadora en Egipto. En este país como en el resto del mundo, los trabajadores tienen que prepararse para las luchas revolucionarias que se avecinan a través de un cuidadoso estudio de la Revolución Rusa.

Para registrarse a la serie de conferencias del CICI en conmemoración al centenario de la Revolución Rusa, puede visitar wsws.org/1917.

Johannes Stern