Las acusaciones estadounidenses de un ataque sirio con gas nervioso: La anatomía de una mentira

por Patrick Martin
15 abril 2017

Las acusaciones de Washington contra el gobierno sirio sobre un presunto ataque químico el 4 de abril en la ciudad de Khan Sheikhoun, al sur de la provincia de Idlib, han sido apadrinadas por una semana entera de propaganda mediática, junto con el apoyo acrítico de todo el espectro político oficial al subsecuente bombardeo que el presidente Trump ordenó contra Siria.

Dichas acusaciones son increíbles y absurdas. La campaña montada por el gobierno de Trump, las agencias de inteligencia, el Pentágono y el Partido Demócrata refleja un completo desprecio hacia la inteligencia de la gente. Creen que pueden mentir con impunidad ya que no serán desafiados por los disciplinados medios de comunicación estadounidenses.

Ninguna mentira es demasiado grande. Si las agencias de inteligencia declararan mañana que Putin fue el responsable de una serie de tornados o un huracán en la costa estadounidense del Golfo de México a través de un programa secreto ruso para alterar el clima, dichas acusaciones serían reproducidas como “verdad evangélica” por NBC, CBS, ABC, CNN y Fox, mientras que el New York Times publicaría una “investigación” de cuatro páginas, con mapas y gráficos proporcionados por la CIA.

Cuando un policía le dispara a un joven obrero, pasan meses o años para completar la investigación. Pero con los acontecimientos en Siria, el gobierno estadounidense sentenció el caso en minutos y en tres días ejecutó la condena, disparando 59 misiles de crucero Tomahawk a una base aérea siria.

En un análisis criminal, se deben investigar tres factores: el motivo, los medios y la oportunidad. En relación con el presunto ataque químico en Khan Sheikhoun, ni los rusos ni los sirios tenían un motivo. El régimen de Assad (Asad) no tenía nada que ganar de atacar un pueblo sirio con gas nervioso que ni siquiera es un objetivo militar importante. Inevitablemente, tal ataque iba a provocar represalias militares por parte de Washington, algo que Asad, al borde de una victoria completa en la prolongada guerra civil siria, no desearía arriesgar en lo más mínimo.

Al contrario, los llamados rebeldes sirios y el gobierno estadounidense tenían el motivo, los medios y la oportunidad. Los rebeldes considerarían cualquier cantidad de muertos como un pequeño precio a pagar para lograr que EE.UU. intervenga en la guerra civil que están perdiendo. Tienen gas nervioso y demostraron previamente — en el atentado de Ghouta en el 2013 que mató a muchas más personas — la voluntad y capacidad para urdir tal provocación.

Con igual importancia, los rebeldes y sus patrocinadores en la CIA tuvieron la oportunidad. Según un análisis detallado del ataque en Khan Sheikhoun, realizado por el respetado físico estadounidense y experto en misiles, Theodore Postol, profesor emérito en la universidad MIT, la evidencia física sugiere que el sistema de entrega del gas nervioso fue una granada de mortero colocada en el suelo, no una bomba lanzada desde un avión de combate. Eso significa que seguramente el ataque fue llevado a cabo por aquellos que controlan dicho territorio: las fuerzas rebeldes vinculadas con Al Qaeda.

El análisis de Postol fue hecho en respuesta al documento de cuatro páginas emitido el martes por el Consejo de Seguridad Nacional (NSC; National Security Council) que coordina la política exterior y militar de la Casa Blanca. Este último pretendía demostrar que el gobierno sirio fue el responsable del presunto ataque con el químico sarín.

Los medios estadounidenses han descrito el documento del NSC como un informe inusualmente detallado y objetivo que utilizó material de inteligencia desclasificado para dicha investigación. El diario Washington Post indicó que el gobierno estadounidense logró “revelar inteligencia que desacredita los esfuerzos de Rusia para proteger a su aliado, el presidente sirio, Bashar al Asad, de la responsabilidad por el ataque químico de la semana pasada”.

El Post llegó a categorizar los “resultados desclasificados” como “parte de una reprimenda coordinada contra Rusia” que fue además complementada por “nuevos detalles sobre lo que creen saber los funcionarios estadounidenses en cuanto al ataque químico de Khan Sheikhoun”, los cuales fueron dados por la Casa Blanca en una rueda de prensa sobre el documento.

El New York Times precisa que el documento “contiene inteligencia estadounidense desclasificada sobre el ataque y una refutación de las afirmaciones de Moscú de que los insurgentes soltaron el gas para incriminar al gobierno sirio”. El Wall Street Journal, Los Angeles Times y los noticieros presentaron el informe de inteligencia como algo incuestionable.

En cambio, estos reportes no son sólo demostrablemente falsos, sino absurdos. Cualquier análisis serio del documento del NSC deja ver que éste consiste de una serie de afirmaciones sin evidencia alguna.

El documento de la Casa Blanca se parece mucho a la evaluación emitida por la “comunidad de inteligencia” de EE.UU. — las 17 agencias que conforman el enorme aparato de espionaje, provocación política y asesinatos selectivos del imperialismo norteamericano — sobre la supuesta interferencia rusa en las elecciones presidenciales estadounidenses del año pasado.

Está lleno de frases como, “Estados Unidos está seguro de que…”, “Tenemos confianza en nuestra evaluación”, “Evaluamos que…”, “Nuestra información indica…”, “Es claro que…”, y así sucesivamente. En otras palabras, “este es el gobierno de Estados Unidos, tienen que confiar en nosotros”.

El informe hace referencia a “inteligencia de señales”, sin ninguna elaboración. Luego declara algo estándar en todos los documentos oficiales que citan información presuntamente suministrada por las agencias de espionaje: “Nosotros no podemos dar a conocer públicamente toda la inteligencia disponible sobre este ataque debido a la necesidad de proteger fuentes y métodos...”. Una vez más, “confíen en nosotros”.

El informe del NSC hace el primer intento del gobierno estadounidense para atribuirle un motivo al supuesto ataque químico sirio. “Evaluamos que Damasco lanzó este ataque químico en respuesta a una ofensiva de la oposición en la provincia norteña de Hamah que amenazaba infraestructura clave. Es probable que participaran líderes militares de alto rango del régimen en la planificación del ataque”.

No presentan ninguna evidencia para hacer estas amplias afirmaciones. Esto suscita varias preguntas, como ¿por qué debería recurrir el gobierno sirio de repente a gas sarín en una ciudad sin importancia militar, mientras que no utilizó gas nervioso y nunca fue acusado de hacerlo durante las batallas críticas del año pasado en Alepo? Las fuerzas del gobierno retomaron las áreas rebeldes de dicha ciudad, cuya población era la más grande del país y actividades económicas las más importantes antes de la guerra civil, en una lucha sangrienta que se llevó a cabo sin el uso de armas químicas.

Incluso cuando las fuerzas del presidente Bashar al Asad fueron atacadas en Latakia, su provincia de origen y donde la población local de minoría religiosa alauí, la cual representa su principal base de apoyo, se encontraba bajo la amenaza de ser exterminada si los islamistas sunitas resultaban victoriosos, no recurrió a armas químicas para derrotar la ofensiva rebelde.

El New York Times intentó resolver este problema citando a “funcionarios de la Casa Blanca, hablando desde el anonimato para discutir el informe de inteligencia desclasificada”. Estos funcionarios “afirmaron que el gobierno sirio, bajo la presión de las fuerzas de oposición alrededor del país y careciendo de suficientes tropas para responder, utilizó el agente nervioso y mortal sarín contra los rebeldes que estaban amenazando el territorio controlado por el gobierno”.

Esta explicación tiene incluso menos sentido que el informe del NSC, ya que el supuesto ataque químico no iba destinado “contra rebeldes que estaban amenazando el territorio controlado por el gobierno”, sino contra civiles en un pueblo bajo control rebelde, incluyendo — como lo han enfatizado reiteradamente los medios de comunicación y funcionarios del gobierno de Trump —un gran número de mujeres y niños. En otras palabras, los medios estadounidenses están simplemente apilando una mentira sobre otra sin siquiera tomarse el tiempo para intentar que las nuevas mentiras sean consistentes con las viejas.

Desde un punto de vista militar, el haber recurrido a armas químicas en Khan Sheikhoun no tenía sentido. Desde un punto de vista político, hubiese sido algo contraproducente para el régimen de Asad. Sin embargo, para los “rebeldes” islamistas apoyados por EE.UU., tal atrocidad constituye una mina de oro política, dándole potencialmente un pretexto a EE.UU. y eventualmente a la OTAN para intervenir en una guerra civil que los rebeldes están perdiendo fulminantemente.

El documento del NSC no intenta abarcar, mucho menos rebatir, tales argumentos. Su documento de cuatro páginas incluye sólo una página de supuestos “hallazgos” de las agencias de inteligencia estadounidenses que consisten en afirmaciones infundadas y difusas. Además, incluyen una página disputando las afirmaciones de Putin y Asad de que no ocurrió ningún ataque con un gas nervioso.

El documento del NSC se refiere a imágenes de videos y testimonios de testigos oculares sobre el impacto del agente químico, así como informes de médicos turcos, pero esta evidencia no indica el origen de la sustancia, si fue de hecho un factor en las muertes de Khan Sheikhoun.

Criticando lo reclamos rusos de que todo fue una provocación falsa, el documento del NSC declara, “Sin embargo, es claro que la oposición siria no podría haber fabricado esta cantidad y variedad de videos e informes desde el sitio del ataque y los centros médicos en Siria y Turquía, engañando a los observadores de la prensa y las agencias de inteligencia”.

¿Por qué deberíamos creer que “los observadores de la prensa y las agencias de inteligencia” estaban entre los engañados? Es mucho más probable que las agencias de inteligencia estadounidenses y los “observadores” sobre todo empleados por el New York Times, Washington Post y otros aparatos mediáticos que utiliza el gobierno estadounidense fueron partícipes activos de esta charada.

La CIA tiene una amplia experiencia en la elaboración de tales provocaciones y fabricación de “pruebas”, que luego transmiten sin contratiempos a través de sus medios de comunicación preferidos. Así, crean la impresión de ser información “objetiva”. Absolutamente ningún reportaje que haya sido provisto de esta manera merece la más mínima credibilidad.

Cabe destacar que el gobierno ruso ha pedido en repetidas ocasiones una investigación objetiva e internacional sobre lo que pasó en Khan Sheikhoun. Esto va en contraste con la conducta de la administración de Trump, que ha actuado con la pretensión de ser juez, jurado y verdugo a la vez — dictando los hechos, identificando a los responsables y llevando a cabo el castigo en un período de tres días. Este método no tiene nada que ver con justicia ni el “derecho internacional”, sino con la “ley de la selva”, en la que prevalece la potencia militar imperialista más poderosa y puede hacer lo que quiera.

Hay muchas razones para creer que el ataque con gas venenoso en Khan Sheikhoun fue escenificado por la CIA y sus títeres “rebeldes” para instar un cambio de política en Washington y así abrir paso a una intervención militar de las fuerzas estadounidenses. Esta operación sigue el patrón del último presunto ataque químico en agosto del 2013, cuando los rebeldes estaban buscando obtener apoyo estadounidense y el secretario de Estado, John Kerry, les dijo que hacía falta alguna eventualidad. Poco después, más de mil personas murieron por un ataque con gas nervioso en Ghouta, un barrio rebelde de Damasco.

Los que se beneficiaron políticamente de este ataque fueron los rebeldes sirios. Seymour Hersh, uno de los pocos periodistas que sigue ejerciendo su profesión y no está en la cárcel ni el exilio, realizó una exposición minuciosa del ataque de Ghouta, demostrando que lo más probable es que este fue realizado por el Frente al Nusra, la filial de Al Qaeda en Siria, con armas químicas entregadas por Turquía. El Frente al Nusra, ahora con otro nombre, es actualmente la fuerza dominante en la región alrededor rde Khan Sheikhoun.

El ataque de Ghouta no tuvo el efecto esperado. Después de que el Parlamento británico votó en contra de participar en una ofensiva contra Siria y en vista de las tensas divisiones dentro del Pentágono sobre intervenir o no, el presidente Obama se echó atrás, lo que ocasionó una enorme frustración por parte de la CIA y líderes demócratas como su exsecretaria de Estado, Hillary Clinton.

Si Clinton hubiese ganado las elecciones presidenciales del 2016, sin duda habría habido una escalada militar inmediata y dramática con una intervención estadounidense en la guerra civil Siria. Tras la sorprendente victoria de Trump, se desató un conflicto alrededor de acusaciones falsas de que Rusia había manipulado las elecciones para ayudarle a Trump, las cuales buscaban forzar una política más agresiva del nuevo gobierno hacia Rusia y Siria.

Esta lucha dentro de la clase gobernante estadounidense aparentemente culminó con la victoria de las agencias de inteligencia y los demócratas, con la adopción de Trump de un curso dirigido hacia una intervención militar de gran escala en la guerra civil siria, lo que plantea un riesgo alto en desencadenar un enfrentamiento directo con la potencia nuclear de Rusia.