Manuel Noriega y el militarismo estadounidense

9 junio 2017

Manuel Noriega, el exdictador militar de Panamá y un “activo” de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés), murió el lunes por la noche después de una cirugía cerebral en un hospital panameño.

Noriega gobernó como jefe de Estado de facto tras la sospechosa muerte del general Omar Torrijos, exmandatario militar del país, quien a su vez había llegado al poder en un golpe de Estado en 1968. Torrijos inició programas de asistencia social para los pobres y presionó a Estados Unidos para que cediera su soberanía sobre el Canal de Panamá. El gobierno de Carter acordó hacerlo a través del tratado de 1977, ante la fuerte oposición del Partido Republicano. Se ha sospechado ampliamente que la causa de la muerte de Torrijos fue una bomba suministrada por la CIA y plantada con la colaboración de Noriega.

En diciembre de 1989, Noriega fue derrocado por medio de una invasión estadounidense que Washington denominó “Operación Causa Justa”. Luego, pasó los últimos 27 años de su vida en prisión, primero en EE.UU., luego en Francia y finalmente en Panamá, por cargos relacionados con tráfico de drogas, chantaje, extorsión y represión.

La muerte del exdictador panameño recibió poca atención en la prensa estadounidense. Después de tres décadas, las cuestiones relacionadas con su derrocamiento por parte de Washington se han desvanecido de la memoria pública.

Sin embargo, los acontecimientos alrededor de la “Operación Causa Justa” merecen ser examinados, ya que en muchas formas marcaron la pauta para una serie de guerras e intervenciones militares estadounidenses cada vez mayores alrededor del mundo.

En ese momento, la invasión de Panamá fue por mucho la mayor operación lanzada por el ejército estadounidense desde el final de la guerra de Vietnam. Unos 26.000 soldados estadounidenses participaron en la invasión. Más de la mitad de ellos ya estaban en la Zona del Canal de Panamá ocupada por EE.UU., superando el tamaño del ejército panameño en cinco frente a uno. Miles de civiles panameños murieron o salieron heridos de esta puesta en práctica temprana de la doctrina “Shock y pavor”, asolando principalmente la barriada El Chorrillo que rodeaba la sede militar panameña.

El gobierno del presidente estadounidense, George H.W. Bush, afirmó que la invasión tuvo como objeto proteger vidas estadounidenses después de que un soldado estadounidense muriera cuando aceleró su automóvil contra un retén militar panameño. En realidad, este incidente fue sólo el pretexto que buscaba Washington para una operación que ya venía planeando por meses.

Dos días después del inicio de la invasión de Panamá, el Comité Político de la Liga de los Trabajadores (Workers League), la predecesora del Partido Socialista por la Igualdad en EE.UU, emitió una declaración denunciando la intervención estadounidense como un acto de agresión imperialista.

“El ataque contra Panamá muestra que el imperialismo estadounidense recurre cada vez más a la fuerza militar”, señalaba y continúa: “Lejos de ser una señal de fuerza, el acudir a la fuerza militar refleja la debilidad y crisis del capitalismo estadounidense. Con su sistema financiero en ruinas, frente a déficits presupuestarios y comerciales cada vez mayores y ante la debilitante competencia de rivales imperialistas más eficientes, especialmente Japón y Alemania Occidental, el imperialismo norteamericano pretende imponer por la fuerza lo que ya no tiene en recursos económicos para mantener —su dominio sobre las naciones de América Latina”.

Observando el aumento de la influencia europea y japonesa en una región que Washington había considerado como su “propio patio trasero”, la declaración continúa: “De esta manera, Estados Unidos no sólo está flexionando sus músculos para expulsar a Noriega, sino para enviarles la advertencia a sus principales rivales económicos en Europa y Asia que, a pesar de estar en declive económico, aún posee ventajas militares decisivas.

“La combinación de debilidad económica con fuerza militar es una mezcla explosiva. Pero a la larga, el primer factor es el más decisivo, y la creciente imprudencia en el uso de su poderío militar significa que inevitablemente, el imperialismo estadounidense se dirige hacia una debacle monumental”.

La invasión de Panamá llegó apenas un mes después de la caída del muro de Berlín y poco más de un año antes de la Primera Guerra del Golfo, en la cual el imperialismo norteamericano sometió a Iraq al bombardeo más intenso en la historia militar. Washington estaba decidido a reafirmar su hegemonía global a través de agresión militar, aprovechando las oportunidades abiertas por la campaña de la burocracia estalinista en Moscú para restaurar al capitalismo.

Los grupos de poder en EE.UU. también buscaban “patear al síndrome de Vietnam”, como George W. Bush lo puso más tarde, borrando el legado de una derrota imperialista bajo el contexto de oposición social de masas.

La intervención militar en Panamá y la inevitable victoria de las fuerzas estadounidense tuvieron el propósito de revertir una serie de desastres internacionales previos, como las sangrientas guerras apoyadas por EE.UU. en América Central y la expulsión de los marines estadounidenses de Líbano. También, sirvió para distraer de las crisis económicas y sociales dentro del país, incluyendo el “Lunes Negro” en 1987, el mayor desplome de los mercados bursátiles en un solo día.

La guerra unilateral en Panamá fue librada, en gran medida, como un ensayo general para la primera guerra importante del imperialismo estadounidense en la región rica en petróleo de Oriente Medio. Le proporcionó al Pentágono los medios para poner a prueba sus armas y sistemas de control y comando, así como para ensangrentar un poco sus tropas, a pesar de que el combate haya sido limitado.

La invasión de Panamá creó un formato a seguir en futuras intervenciones militares de Estados Unidos en cómo fue vendida al público estadounidense, basándose en la demonización de Noriega como la encarnación pura del mal.

No hay duda el general panameño dirigía un régimen corrupto y represivo. Pero los crímenes de Noriega eran incomparables con los de otros regímenes centroamericanos que Washington respaldaba con asesores y ayuda militar. El total de víctimas de las dictaduras de escuadrones de la muerte en Guatemala y El Salvador alcanzaron los cientos de miles.

Más allá, los presuntos crímenes de Noriega se llevaron a cabo en estrecha colaboración con la CIA. Como lo dijo William Casey, un exdirector de la CIA que murió dos años antes de la intervención militar, dijo que el mandatario panameño, “es mi chico”.

Desde sus años en el colegio, Noriega colaboró con las agencias de inteligencia estadounidenses delatando a sus compañeros de clase. Poco a poco, se llegó a convertir en el “activo” mejor pagado por la CIA en América Latina, recibiendo presuntamente $200.000 al año. Aprovechó su posición en lo alto de la inteligencia militar panameña y como dictador para ayudarle al imperialismo norteamericano en sus guerras contrarrevolucionarias en América Central y como punto de contacto con el gobierno de Castro en Cuba, así como con los poderosos cárteles de drogas en Colombia.

Cuando fue juzgado por tráfico de drogas y extorsión en Miami, Noriega intentó introducir documentos en su defensa para comprobar que sus presuntos crímenes se realizaron en estrecha colaboración con la CIA. La corte apoyó el argumento del gobierno de que permitir que dichos documentos fuesen presentados comprometería la seguridad nacional de EE.UU. y podría “confundir al jurado”.

De hecho, las agencias de inteligencia estadounidenses y la Casa Blanca utilizaron las conexiones de Noriega con los cárteles para el llamado caso Irán-Contra, en el cual la Casa Blanca y la CIA supervisaron el tráfico de cocaína colombiana como un medio encubierto para financiar y armar a los mercenarios de la Contra atacando a Nicaragua.

Los ataques del presidente George H.W. Bush contra Noriega, llamándolo un “narcotraficante” y “asesino”, fueron el apogeo de la hipocresía. Como director de la CIA en los años setenta, Bush fue personalmente a Panamá para reunirse con Noriega y era, en última instancia, el responsable de aprobar sus cheques de pago.

La campaña mediática contra Noriega fue replicada en una guerra tras otra, incluyendo la demonización del “caudillo” somalí, Mohamed Farrah Aidid, el vilipendio del serbio Slobodan Milósevic y Sadam Husein de Irak como “Hitlers” modernos y de Muamar Gadafi de Libia y Bashar al Asad de Siria como criminales de guerra. Al igual que Noriega, todos ellos fueron cortejados y colaboraron previamente con Washington.

La invasión de Panamá también estableció un patrón en cuanto a la total ausencia de un debate democrático sobre la cuestión de la guerra y de una cobertura crítica de los medios corporativos. No se le aviso al pueblo estadounidense ni hubo un debate en el Congreso, mucho menos un voto para declarar la guerra, antes de enviar tropas. Los reporteros en EE.UU. que fueron informados sobre la inminente invasión, se mantuvieron en silencio y lealmente “integrados” en el Pentágono a lo largo de la operación.

Por último, lo acontecido en la guerra contra Panamá desmiente la justificación que Washington ha dado por los actos de agresión militar de los últimos dieciséis años, la llamada “guerra contra el terrorismo”. Todas las tácticas y métodos empleados por el militarismo estadounidense ya existían en 1989, mucho antes de que un atentado fuese atribuido a algún terrorista islamista. En esta instancia, fueron utilizados para subyugar una semicolonia centroamericana oprimida, y han sido empleados una y otra vez como parte de la campaña del imperialismo estadounidense para hacer valer su hegemonía mundial mediante la guerra y la agresión.

Bill Van Auken