Reporte detalla el impacto psicológico y sanitario de la deportación en los niños

por Meenakshi Jagadeesan
21 febrero 2018

En agosto pasado, la revista médica Frontiers in Pediatrics publicó un informe académico titulado "El temor a las deportaciones masivas en Estados Unidos: implicaciones sociales en comunidades pediátricas necesitadas" que detalla las consecuencias a largo plazo del estrés que sufren los niños cuyos padres corren el riesgo de ser deportados. El informe, escrito por Marie Leiner, Izul De la Vega y Bert Johansson, proporciona un resumen sistemático y escalofriante del impacto sociopsicológico de las deportaciones masivas en millones de personas. El estudio se produjo en medio de una represión intensa contra inmigrantes, con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) efectuando un asombroso aumento del 30 por ciento en arrestos desde el 2016, sumando al menos 143.470 arrestos en el año fiscal 2017.

Leibers y sus coautores señalan que independientemente del estatus migratorio de los niños, sus padres —generalmente los objetivos de las redadas migratorias— tienden a usar "mecanismos de supervivencia negativos" para lidiar con el estrés persistente y la depresión relacionada con su situación. Debido al miedo y la inseguridad constante, los padres y, por extensión, los niños "experimentarán un acceso limitado a los pilares que sustentan a la sociedad, incluido el acceso a la educación, la protección por ley, necesidades básicas (por ejemplo, alimentos y vivienda, atención médica) y oportunidades para planificar su futuro".

En términos reales, esto significa que los padres que temen las deportaciones dejan de llevar a sus hijos a la escuela, los niños no denuncian el abuso familiar y los padres dejan de buscar ayuda para adquirir alimentos, albergue o atención médica, preventiva y urgente, para ellos y sus hijos. Sobre todo, el ambiente de miedo e inestabilidad impide no solo a los padres, sino también a los niños, hacer planes para el futuro.

Como explica el reporte, cada uno de los comportamientos descritos anteriormente tiene una consecuencia aún más nefasta para el desarrollo infantil. La falta de escuela significa que los niños inevitablemente se quedan atrás de sus compañeros; la continuación del abuso conduce a un devastador impacto físico y psicológico que creará cicatrices de por vida.

Además, la falta de acceso a las necesidades básicas y la atención médica preventiva inhibirá el crecimiento y el desarrollo cerebral, y la incapacidad para visionar un futuro seguro hace que los niños sean potencialmente propensos a "muchos problemas físicos, mentales y emocionales".

Lo que aumenta el riesgo a las comunidades que son objeto de estas redadas es que normalmente suelen ser las más económicamente desfavorecidas. Algunos de los estudios anteriores sobre el tema citados en el informe tienen hallazgos detallados sobre cómo la pobreza afecta el desarrollo cerebral de los niños, lo que conduce a "la disminución de la capacidad de lectura/lenguaje y funciones ejecutivas", además de "problemas conductuales, cognitivos y emocionales.” Los hijos de inmigrantes que enfrentan la amenaza de las deportaciones enfrentan una doble barrera estructural a una vida saludable.

Si bien los efectos a largo plazo de las deportaciones masivas en los niños aún no se han estudiado, Leiner y sus colegas señalan que la situación es muy parecida a la que enfrentan los niños que viven en una situación de "miedo generalizado" sistemático. Los estudios que cubren estas situaciones —sean redadas de inmigración, violencia que es el resultado del terrorismo, la guerra o el crimen organizado— han concluido que este es el principal factor de los resultados negativos.

Con base en estos estudios, la conclusión revela que los efectos a largo plazo de las deportaciones masivas en curso producen una terrible consecuencia social. El reporte señala que "el sentimiento de que la sociedad ha fallado a los individuos es la semilla que genera individuos dedicados al crimen, la delincuencia o simplemente desconectados de la sociedad y que no tienen la intención de contribuir positivamente a una sociedad armoniosa y equilibrada".

Las terribles consecuencias de las deportaciones masivas no permanecerán restringidas a las comunidades que son el blanco directo de dichas operaciones. Podrían, como Leiner et al. comentan, iniciar "posibles consecuencias involuntarias que involucran un aumento en discriminación racial/étnica, sentimientos de estigma y posible menor tolerancia a la diversidad racial/étnica". Las consecuencias negativas que inicialmente se verán en las comunidades de inmigrantes pronto se extenderán y "afectarán a todas las personas" en el país.

El reporte concluye con la sugerencia de que la única manera de avanzar es a través de la creación de un "enfoque multidimensional para planificar, comprender y considerar todas las implicaciones sociales, económicas y culturales" de las políticas migratorias en consideración. Además, lo que se necesita es una inversión en "programas para la infancia que se centren en las familias como un núcleo inseparable".

Estados Unidos tiene la dudosa distinción de ser uno de los dos Estados miembros de la ONU que no han ratificado la Convención de los Derechos del Niño (1989), el otro siendo Somalia. La proposición básica que subyace la convención es que en todas las acciones que afectan a los niños, un Estado debe considerar "el mejor interés del niño" como una consideración principal. Un sello distintivo de una sociedad civilizada es su tratamiento de los sectores más vulnerables de su población, incluidos los niños. En este sentido, el trauma producido por la política del Gobierno de EE. UU. contra los inmigrantes, respaldada por los Partidos Demócrata y Republicano, refleja la brutalidad del capitalismo estadounidense.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 17 de febrero de 2018)