Va ganando fuerza un ataque encabezado por Estados Unidos contra Siria

por James Cogan
14 abril 2018

Sigue ganando fuerza la posibilidad de un ataque dirigido por Estados Unidos contra el gobierno de Assad en Siria en las últimas 24 horas, con buques de guerra estadounidenses, franceses y británicos desplegados en el Mediterráneo oriental y aviones preparados para operaciones en diversas bases en Europa y Medio Oriente.

Los preparativos militares están acompañados por los esfuerzos diplomáticos de la administración Trump para convencer al gobierno ruso del presidente Vladimir Putin de no hacer nada mientras las potencias imperialistas infligen muerte y destrucción a su aliado sirio. Rusia ha desplegado miles de tropas y significativos recursos aéreos y navales para apoyar a las fuerzas de Assad en la ahora guerra civil de siete años contra rebeldes respaldados por Estados Unidos y Europa, que incluyen a afiliados de Al Qaeda y otras milicias islamistas.

La preparación para un ataque continúa, aunque su justificación aparente —que las fuerzas de Assad usaron armas químicas prohibidas el pasado fin de semana en la ciudad de Douma” ha sido expuesta con tan poca credibilidad como las afirmaciones imperialistas de 2002-2003 según las cuales Irak tenía “armas de destrucción masiva”.

Los equipos de inspección rusos no encontraron pruebas del uso de armas químicas en Douma (Duma) y la policía militar rusa está protegiendo el presunto sitio del incidente para evitar cualquier intento por parte de los rebeldes sirios de contaminarlo. A iniciativa de Rusia, un equipo de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), con sede en Holanda, llegará a Siria el domingo para realizar su propia inspección.

Tal es la ausencia de evidencia de un ataque químico que el secretario de Defensa de Estados Unidos, Jim Mattis, se negó el miércoles a acusar al gobierno de Assad. “Todavía estamos evaluando la inteligencia, a nosotros mismos y a nuestros aliados. Todavía estamos trabajando en esto”, les dijo a los periodistas. Sorprendentemente, Mattis hizo esta declaración horas después de que Trump tuiteara que las fuerzas rusas en Siria deberían “prepararse”, porque los misiles vendrían “bonitos, nuevos e ‘inteligentes’”. (Mattis también admitió en febrero que no había pruebas de que el gobierno sirio utilizara gas sarin antes de que los Estados Unidos lanzaran ataques con misiles contra Siria en 2017).

Los cautelosos comentarios de Mattis no impidieron que el presidente francés Emmanuel Macron declarara ayer en la televisión nacional que su gobierno tenía “pruebas de que la semana pasada, incluso hace 10 días, se usaron armas químicas —al menos cloro— y que fueron utilizadas por el régimen de Bashar al Assad”. El gobierno francés no proporcionó nada para corroborar estas afirmaciones.

Tampoco la falta de pruebas impidió que el gabinete de la primera ministra británica, Theresa May, respaldara la participación británica en “acciones” contra Siria, sobre la base fraudulenta de que era “altamente probable” que el gobierno de Assad usara armas químicas.

No se puede subestimar el peligro de que los ataques de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña contra Siria puedan llevar a enfrentamientos directos con las fuerzas rusas.

Los informes de las noticias indican que el ejército sirio ha vuelto a desplegar su fuerza aérea y otros activos críticos en las instalaciones gestionadas y defendidas por los rusos, incluida la base naval de Tartus y la base aérea de Latakia. Entre 10 y 15 buques de guerra rusos y submarinos han abandonado el puerto y, según informes, están realizando entrenamientos con munición real anticipando un potencial choque con los buques estadounidenses, franceses y británicos que convergen en la costa de Siria. Los combatientes rusos y los cazabombarderos, algunos armados con misiles antibuque, patrullan el espacio aéreo sirio.

El gobierno de Putin y el ejército ruso, que declararon públicamente que tomarían represalias si sus fuerzas fueran atacadas, se dedican a aparentes esfuerzos frenéticos para convencer a la administración Trump de que retroceda. Alexander Golts, un periodista y analista militar ruso, dijo al New York Times: “En este momento, la conversación es sobre la necesidad de una escalada. Prácticamente hemos llegado al borde de la guerra”.

En su último tuit sobre el tenso enfrentamiento, Trump señaló que la acción de las fuerzas estadounidenses puede no ser tan inminente como indicó justo 24 horas antes. Escribió ayer por la mañana: “Nunca he dicho cuándo se produciría un ataque a Siria. ¡Podría ser muy pronto o no tan pronto!”.

Mattis siguió el tuit de Trump al decirle al Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes que cualquier decisión sobre una acción militar tenía que considerar “cómo evitar que esta aumente y se descontrole”.

Sin embargo, la Administración de Trump está bajo la intensa presión de poderosas secciones del establishment político y de medios estadounidenses para llevar a cabo sus amenazas contra Siria, independientemente de las consecuencias. El verdadero motivo no es castigar al gobierno de Assad. Es para afirmar la influencia estadounidense en el Medio Oriente, que se ha visto debilitada por las acciones rusas e iraníes que obstaculizaron sus intrigas de cambio de régimen en Siria.

Más fundamentalmente, es parte del conflicto más amplio de los EUA con Rusia, que ahora se clasifica formalmente como un “competidor estratégico” del imperialismo estadounidense.

La clase dominante estadounidense no está preparada para aceptar que Rusia pueda usar su posesión de un vasto arsenal nuclear para desafiar el intento de los Estados Unidos de mantener su dominio global económico y estratégico. Al infligir una gran humillación a Putin en Siria, el aparato de inteligencia militar de Estados Unidos calcula que alentará la oposición a su gobierno dentro de la elite gobernante rusa.

Al ejercer una gran presión política, económica y militar sobre Rusia, el objetivo es establecer un régimen obediente en Moscú. El enfoque completo de los EUA se concentraría entonces en la confrontación con China, que se considera la principal “gran potencia” rival del imperialismo estadounidense.

La agenda subyacente antirrusa, que la Administración Trump ha sido presionada para perseguir mediante la histeria por la supuesta “intromisión” en las elecciones presidenciales de 2016, surgió claramente durante las audiencias de confirmación de ayer para el nuevo secretario de estado nominado, el ex jefe de la CIA Mike Pompeo.

Pompeo no dejó dudas de que el régimen de Putin es el principal objetivo detrás de la crisis de guerra en Medio Oriente. Discutiendo sobre Siria, la imposición de sanciones de la administración Trump a Rusia y la expulsión de diplomáticos rusos por el asunto Skripal en Gran Bretaña, declaró: “Vladimir Putin aún no ha recibido el mensaje suficientemente y tenemos que seguir trabajando en eso ... Esta Administración anunció una revisión de la postura nuclear que ha puesto a Rusia en aviso de que vamos a recapitalizar nuestra fuerza de disuasión”.

Pompeo continuó: “En Siria, hace un par de semanas, los rusos se toparon con un igual. Un par de cientos de rusos fueron asesinados”. Este es un alarde escalofriante sobre un ataque aéreo estadounidense el mes pasado que apuntó y masacró a contratistas militares rusos. Estados Unidos, fanfarroneó, “necesita asegurarse de que Vladimir Putin no tenga éxito en lo que él cree que es su objetivo final”.

Si Trump retrocediera sobre Siria, sería evaluado en los círculos gobernantes de Estados Unidos como una abyecta capitulación ante Putin y solo intensificaría los esfuerzos ya avanzados para sacarlo como presidente.

Otro factor importante detrás del avivamiento de una crisis en Siria es el temor en la clase dominante estadounidense, y la de sus aliados franceses y británicos, de la marea creciente de disturbios obreros que enfrentan, y la creciente radicalización política de la juventud.

La guerra proporciona un medio para desviar el descontento social y el pretexto para intensificar los esfuerzos para perseguir el disentimiento y la oposición. Existe una relación directa entre el impulso a la guerra y los movimientos rápidos para imponer una amplia censura de puntos de vista opuestos en Internet, especialmente por publicaciones como el World Socialist Web Site y en sitios de redes sociales como Facebook.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 13 de abril de 2018)

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