El asedio en Hodeida, un crimen de guerra de Washington en Yemen

16 junio 2018

El asedio del puerto yemení en el mar Rojo de Hodeida iniciado por las fuerzas encabezadas por Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) en las primeras horas del miércoles podría cobrar la vida de hasta un cuarto de un millón de personas dentro de la hacinada ciudad, según estimados de las Naciones Unidas, además de millones más de hambre y enfermedades en el resto del país.

Desatar el sufrimiento de las masas civiles es precisamente el propósito del asalto en Hodeida, la principal entrada de comida, combustibles y medicina para al menos 70 por ciento de la población del país, la cual depende de las importaciones para hasta el 90 por ciento de su comida. El objetivo es matar de hambre al empobrecido pueblo yemení hasta someterlo.

La batalla por el control de la ciudad, el centro urbano más concentrado de todo Yemen, con una población de entre 400.000 a 600.000 personas, promete ser la más sangrienta desde el comienzo de la guerra contra la población yemení en marzo del 2015 con el objetivo de derrocar el Gobierno de los rebeldes hutíes y reinstalar un régimen títere de Riad y Washington encabezado por Abd Rabbuh Mansur Hadi.

En poco menos de tres años desde que comenzó la guerra, al menos 13.000 personas han fallecido, en su mayoría víctimas civiles de ataques aéreos saudíes. No obstante, el embargo de comida y medicamentos y la destrucción de infraestructura básica por parte de los saudíes se han cobrado muchas más vidas.

Solo el año pasado, alrededor de 50.000 niños yemeníes se murieron de hambre —alrededor de mil cada semana— según el grupo de ayuda humanitaria, Save the Children. Un millón de yemeníes están infectados de cólera, una epidemia que ha significado la muerte de casi 2.500 personas. Como parte de sus preparativos para la ofensiva en Hodeida, aviones de guerra saudíes bombardearon una clínica de cólera administrada por Doctores Sin Fronteras.

Esta guerra total contra la población entera, como las que libró el Tercer Reich de Hitler hace tres cuartos de siglo, sería imposible sin el apoyo ininterrumpido —militar y político— del imperialismo estadounidense desde su inicio.

Estados Unidos, junto con sus principales aliados de la OTAN, Reino Unido y Francia, ha provisto a los saudíes de aviones, buques, misiles y cohetes para destruir Yemen y masacrar a su pueblo. Durante sus ocho años en el poder, el presidente Barack Obama presidió ventas de armas valoradas en $115 mil millones a la dictadura monárquica en Riad. El Gobierno de Trump, el cual ha buscado forjar un eje antiiraní con Arabia Saudita, los otros jeques petroleros del golfo Pérsico e Israel, ha presumido sus ventas de armas a Riad que podrían alcanzar la cifra de $110 mil millones.

El Pentágono asistido directa e indispensablemente en la acometida encabezada por los saudíes, por medio del reaprovisionamiento de combustible en el aire a aviones para bombardear a civiles yemeníes, dotando de personal un centro de comando conjunto en Riad con oficiales estadounidense de inteligencia y logística y aplicando con buques estadounidenses el embargo de Yemen liderado por Arabia Saudita y los EAU. Recientemente, fueron desplegados boinas verdes estadounidenses para participar en las operaciones antiyemeníes de las fuerzas saudíes en el terreno. Bajo el pretexto de la “guerra contra el terrorismo”, el Pentágono ha librado su propia guerra aérea en Yemen, realizando al menos 130 bombardeos aéreos y desde drones en el 2017, cuatro veces más que en el 2016.

El Gobierno de Trump avaló el asedio en marcha en Hodeida a través de una declaración del secretario de Estado, Mike Pompeo. Anunció que había hablado con los gobernantes emiratíes y “dejado en claro nuestro deseo de atender sus preocupaciones de seguridad”. El Pentágono notificó que oficiales estadounidenses están ayudando a seleccionar blancos en la ciudad porteña.

Debido a la magnitud de la catástrofe en Yemen y el papel criminal asumido por el Gobierno estadounidense, es significativo que la prensa corporativa estadounidense ha ignorado en gran parte el asedio de Hodeida, como lo hizo durante los sitios que dejaron en ruinas las ciudades de Mosul en Irak y Raqqa en Siria, matando a decenas de miles de personas y, si vamos al caso, a un estimado de entre 500.000 a un millón de civiles en la guerra estadounidense para deponer a Sadam Huseín de Irak.

Yemen ocupa un lugar emblemático en la situación global tres décadas después de la disolución de la Unión Soviética, la cual desató un periodo de guerras continuas y violencia imperialista irrestricta.

Se han vuelto prácticamente habituales los crímenes de guerra de escalas similares a los años treinta y cuarenta. Las poblaciones civiles pueden ser masacradas, los refugiados en la frontera sur estadounidense y en el mediterráneo pueden ser tratados con los métodos de la Gestapo, el ejército israelí puede matar a tiros a manifestantes palestinos desarmados con impunidad y la protección de Washington, y todo esto si acaso ha alzado cejas en la prensa corporativa.

Un par de editoriales fueron excepción del silencio mediático. Ambos aparecieron el jueves, uno en el New York Times y el otro en el Washington Post. Apestando a hipocresía, expresaron cierta inquietud dentro de la élite política estadounidense hacia los acontecimientos en Yemen.

El editorial del Times afirma que la guerra ha resultado en “incontables muertes civiles, muchas atribuidas a los bombardeos indiscriminados de la coalición”. Luego, añade: “Según el derecho internacional, estos ataques podrían calificarse como crímenes de guerra, en los que EUA y Reino Unido, otro proveedor de armas, son cómplices”.

Por su parte, el Washington Post advierte, “Estados Unidos, que ha les ha estado entregando inteligencia a sus dos aliados y reabasteciéndolos de combustible y municiones, será cómplice si el resultado es el que los funcionarios humanitarios prevén: inanición, epidemias y otros sufrimientos humanos que superan todo lo presenciado por el mundo en muchas décadas”.

El hecho de que los dos periódicos referentes de la élite gobernante estadounidense empleen la palabra “cómplice” para describir el rol de Washington en Yemen tiene un significado innegable. En términos legales, la complicidad atañe responsabilidad criminal por asistir o instigar la perpetración de un crimen.

En el caso de Yemen, la complicidad concierne crímenes de guerra de una magnitud mundial e histórica que nunca pudieron haber sido cometidos sin la asistencia e instigación dl imperialismo estadounidense.

Con base en los principios y criterios legales empleados en los juicios de Nuremberg que enviaron a los líderes supervivientes del Tercer Reich a la horca o a prisión, hay muchos en Washington que deberían ser enjuiciados hoy día enfrentando una cadena perpetua o peor por los crímenes perpetrados en Yemen.

Esto no solo incluye a Trump y a los oficiales de su Gobierno involucrados directamente en las atrocidades en el país—Pompeo, el secretario de Defensa, James “Perro Rabioso” Mattis, Nikki Haley y otros altos funcionarios en el aparato militar y de inteligencia—, sino también a sus predecesores, Barack Obama, John Kerry, Ashton Carter, Susan Rice y otros responsables por iniciar el apoyo estadounidense a la guerra encabezada por el régimen saudí.

Con base en el precedente de Nuremberg, los directores ejecutivos de empresas como Lockheed Martin, Boeing y Raytheon que han lucrado miles de millones de dólares en la provisión de armas para el asesinato de hombres, mujeres y niños yemeníes también estarían en la banca de acusados, al igual que los líderes políticos de ambos partidos que han respaldado la política estadounidense y los representantes de la prensa que han operado abiertamente como instrumentos de propaganda bélica.

Apelotonados junto a ellos entre los acusados, habría que hacer campo para sus contrapartes británicas de los Gobiernos de los primeros ministros Theresa May y David Cameron, incluyendo a sus respectivos oficiales de política exterior, militar y de inteligencia, al igual que los vendedores de armas británicos que han obtenido ganancias enormes del baño de sangre en Yemen.

Sin embargo, la realidad es que ninguno de los criminales de guerra en Washington y Londres será llamado a rendir cuentas por sus crímenes en Yemen —ni en Irak, Afganistán, Libia, Siria y más allá— sin la movilización de la clase obrera estadounidense y británica, unida en lucha con los trabajadores en Yemen y todo Oriente Próximo y el planeta. Bajo condiciones en las que el asesinato masivo en Yemen y el resto de Oriente Próximo amenaza con desencadenar una guerra regional o incluso mundial, la lucha por construir un movimiento de masas contra la guerra, basado en la clase obrera y la juventud y dirigido en contra del sistema capitalista es la tarea política más urgente en la actualidad.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 15 de junio de 2018)

Bill Van Auken