Los “chalecos amarillos” montan una protesta prenavideña contra Macron

por Alex Lantier
28 diciembre 2018

El sábado, decenas de miles de manifestantes de "chaleco amarillo” protestaron en Francia, en medio de una creciente ola de huelgas vecinas en España y Portugal, donde los manifestantes también se pusieron chalecos amarillos. Miles de personas se unieron a las marchas en las principales ciudades francesas, o bloquearon cruces de carreteras y las fronteras de Francia con España, Italia o Alemania, para expresar su oposición a Macron y a la Unión Europea (UE).

Según el Ministerio del Interior, hubo 2.000 "chalecos amarillos" en París, donde los manifestantes se dividieron entre los Campos Elíseos y Montmartre, después de haber engañado a la policía para que pensaran que estaban marchando hacia Versalles. Las autoridades habían cerrado preventivamente el palacio de Versalles, al lado del cual colocaron cañones de agua. En las provincias, según cifras oficiales, miles se manifestaron en Burdeos, Toulouse y Lille, mientras que cientos protestaron en Nantes, Marsella y Lyon.

Como de costumbre, las fuerzas de seguridad reaccionaron con una represión violenta. En París, arrestaron a Eric Drouet, un camionero que ayudó a lanzar las protestas de los "chalecos amarillos" en Facebook, alegando que tenía una "especie de macana". Otro video de amplia circulación mostró un policía sacando su pistola y apuntando a los manifestantes después de lanzarles granadas de concusión sin provocación a los manifestantes.

La movilización fue una reprimenda al ministro del Interior, Christophe Castaner, quien la semana pasada declaró sobre las protestas de los "chalecos amarillos”, “ya basta", y ordenó a la policía echar abajo los bloqueos de carreteras. Sin embargo, después de más de un mes de protestas y represión policial contra los manifestantes, el movimiento sigue siendo muy popular. Tiene un 70 por ciento de apoyo por el público francés, y varias encuestas dicen que entre el 54 y el 62 por ciento de los franceses quieren que el movimiento continúe.

Citando cifras del Ministerio del Interior, que contaron el sábado a 40.000 manifestantes, mucho menos que los 125.000 que anunciaron después de la primera protesta del 17 de noviembre, todos los medios franceses predicen el final inminente del movimiento y el regreso al orden.

Queda por verse si la caída en las cifras de participación refleja la manipulación del Ministerio del Interior, los manifestantes que toman un descanso para las vacaciones de Navidad o un alejamiento más duradero de los bloqueos y marchas de los "chalecos amarillos". Lo que está claro, sin embargo, es que la oposición política y la ira social a todo el Gobierno de Macron y la maquinaria estatal francesa continúan creciendo en la clase trabajadora.

La situación política es cada vez más explosiva. El Gobierno no ha satisfecho ni una sola demanda subyacente a las protestas: igualdad social, grandes aumentos salariales, aumentos a los impuestos sobre los ricos, la renuncia de Macron y el fin de la represión policial. De ahora en adelante, además, todos son conscientes del gran abismo de clase que separa a los trabajadores de las burocracias sindicales y los partidos oficiales de "izquierda" que se sorprendieron y se horrorizaron ante las protestas.

Macron, quien llamó a los trabajadores hostiles a su política "perezosos" y despreciablemente les dijo a los trabajadores desempleados que "cruzaran la calle" para conseguir un trabajo, ahora solo puede mantenerse en el poder escondido detrás de los vehículos blindados y las descargas de gases lacrimógenos de la policía militar. Un equipo de helicópteros ahora está listo para rescatarlo del palacio del Elíseo, en caso de que los manifestantes alguna vez asalten su residencia oficial. Y cualquier excursión fuera del Elíseo le está prohibida, incluso ir al cine o a la panadería, según Le Monde, porque es "demasiado peligroso".

A medida que su apoyo popular se desploma a cerca del 20 por ciento, el diario agregó que "El Elíseo ahora está gobernado a puertas cerradas".

Es cada vez más claro que, el homenaje de Macron al dictador colaboracionista Philippe Pétain en noviembre, después de que los transeúntes lo abuchearan durante su "gira conmemorativa" de los campos de batalla franceses de la Primera Guerra Mundial, refleja que vio en Pétain a otro jefe de Estado que también inspiraba un enojo y repugnancia entre las masas. Unos días después, justo antes de la primera protesta de los "chalecos amarillos", Macron admitió públicamente que "no había logrado reconciliar al pueblo francés con sus élites". Este mes, según informes, dijo a sus asesores políticos que él era el blanco del “odio” de los franceses.

Pese al reconocimiento del odio hacia Macron, la élite dominante capitalista no cambiará su política, salvo en una dirección más violenta y represiva. Dirigiéndose a Macron, los manifestantes han lanzado una lucha contra todo un régimen europeo e internacional que impone los dictados de los bancos y la aristocracia financiera contra los trabajadores. La única forma de combatir las demandas de austeridad del capitalismo europeo es movilizar a los trabajadores de todo el continente para expropiar los bancos y transferir el poder a la clase trabajadora.

A pesar de la oposición manifiesta y abrumadora entre la mayoría de los franceses, la élite gobernante continúa exigiendo austeridad y militarismo. El Gobierno de Macron está planeando recortes drásticos en el seguro del desempleo, las pensiones y los salarios del sector público. Pierre-Alexandre Anglade del oficialista República en Marcha (LRM, por su sigla en francés) declaró con una expresión seria: "Para esto fuimos elegidos y esta debe seguir siendo nuestra brújula".

Desde Chad, donde estaba discutiendo la estrategia militar neocolonial de la OTAN, Macron amenazó a los manifestantes el domingo: "Está claro que se darán las respuestas judiciales más severas. Ahora el orden debe reinar, la calma y la buena armonía. Eso es lo que necesita nuestro país”.

Macron ha pedido meses de "coordinación" de políticas con los manifestantes para 2019. Al igual que sus promesas de un aumento del salario mínimo o su cancelación de la subida inicial del impuesto sobre el combustible, esta oferta no tiene ningún valor. Macron solo ha regalado migajas, y también de mala fe, ya que está claro que tiene la intención de recuperar estas migajas lo antes posible.

El martes, el primer ministro Edouard Philippe anunció que estaba suspendiendo todas las concesiones de Macron a los "chalecos amarillos", alegando que eran demasiado caras. Un par de horas después volvió a retractarse, en medio de una ola de ira en las redes sociales. Pero estos dos giros de 180 grados en el transcurso de unas pocas horas demostraron que las promesas del Gobierno no merecen ninguna confianza en absoluto.

El Gobierno está cultivando su influencia a través de la facción de los "chalecos amarillos libres" liderada por Jacline Mouraud, quien desea establecer un diálogo con Macron, haciéndose eco del "diálogo social" entre las burocracias sindicales, la patronal y el Estado, o Francis Lalanne, quien está proponiendo una lista de "chalecos amarillos" para las elecciones europeas. Los encuestadores ya están calculando si la lista de Lalanne podría aumentar la influencia de Macron y LRM en el Parlamento Europeo.

Para los manifestantes de los "chalecos amarillos", como para toda la clase trabajadora, no hay nada que negociar con Macron o con la Unión Europea. Las luchas de clase en ascenso en Europa e internacionalmente, así como las contradicciones políticas cada vez más profundas dentro de la propia Francia, apuntan más bien a una rápida aparición y escalada de la confrontación política entre los trabajadores radicalizados y el reaccionario régimen de Macron.

(Publicado originalmente en inglés el 24 de diciembre de 2018)