La serie ‘Trotsky’ de la televisión rusa: un espectáculo degradado de falsificación histórica y antisemitismo

por Fred Williams y David North
2 febrero 2019

Trotsky, la miniserie rusa sobre León Trotsky, está disponible en Netflix. El WSWS publicó originalmente este comentario sobre la difamatoria serie de ocho episodios en inglés el 25 de noviembre de 2017.

La televisión rusa marcó el centenario de la Revolución de Octubre con la emisión de una serie de ocho capítulos titulada Trotsky. La serie es una exhibición de la depravación política, intelectual y cultural de todos los involucrados en el patrocinio y la producción de esta falsificación grotesca de la historia. No hay excusas para ninguno—los productores, directores, guionistas, actores y personal técnico—que haya participado en esta mezcla de mentiras, pornografía, anticomunismo y antisemitismo descarado. Todos ellos, individual y colectivamente, no merecen más que desprecio. Su asociación con esta empresa patológicamente reaccionaria definirá sus carreras para siempre.

En la medida en que este Trotsky tenga algún significado duradero, será como una muestra del miedo y el odio a la Revolución de Octubre por parte del régimen y la élite oligárquica rusas. Un cuarto de siglo después de la disolución de la URSS, el régimen de Putin —que promovió este filme más o menos abiertamente y dio la bienvenida a su emisión en Kanal Pervyi (el canal de TV más importante) como un evento oficial— no puede permitir nada que se acerque a un retrato objetivo y honesto de la Revolución de Octubre.

El afiche principal de  Trotsky 

Por encima de todo, el régimen de Putin y la camarilla semicriminal de oligarcas que deben su poder y riqueza actuales al robo de activos estatales tras la restauración del capitalismo requieren la perpetuación de la narrativa anti-Trotsky. Las mentiras empleadas para justificar el terror de Stalin hace ochenta años siguen siendo la base de la historia oficial rusa. La serie de televisión se aparta del guion de los Juicios de Moscú de 1936-38 solamente en su apego más explícito al antisemitismo.

El régimen de Stalin, el cual aún buscaba presentarse como la continuidad política de la revolución socialista de 1917, retrató a Trotsky como el agente del imperialismo británico, el fascismo alemán y el mikado japonés. El Gobierno de Putin, el cual se esfuerza por presentarse como la resurrección de la Sagrada Rusia, retrata a Trotsky como el anticristo judeo-bolchevique. De hecho, el principal póster publicitario de la serie consiste en una imagen inquietante de Trotsky vestido de negro y con los ojos tapados por lentes de sol en los que se refleja un fuego infernal. Sobre su pecho hay una cruz ensangrentada.

Sin duda, la Iglesia ortodoxa rusa, religión oficial del Estado actual, dio su bendición a la presentación de Trotsky como una figura demoníaca, mefistofélica. Trotsky es acompañado por el retrato artificial de otro socialista judío, Alexander Parvus (Gelfand), el supuesto cerebro de la traición detrás de bambalinas. ¿Qué motiva las intrigas de Parvus? En esta historia de horror antisemita, la respuesta es la codicia insaciable.

En varias entrevistas, los directores del filme, Alexander Kott y Konstantín Statski, y uno de los guionistas, Oleg Malovichko, explicaron su concepción del personaje principal de la serie. “Trotsky fue una estrella de rock, solo le faltó una guitarra”. Kott y Statski no le dan a Trotsky una guitarra. Pero lo visten de cuero negro, lo rodean de admiradoras y le suministran alucinaciones, no necesariamente inducidas por drogas, sino que son el producto de un alma atormentada.

El actor elegido para interpretar el papel de Trotsky, Konstantín Jabenski, ya lo había interpretado hace una década, más o menos favorablemente, en la serie Yesenin. Según Konstantín Ernst, uno de los principales productores de la nueva serie y director general de Canal Uno, “[Jabenski] lo había interpretado erróneamente, y lo discutimos con Kostya. Tomó todo en cuenta y entendió qué hacer y cómo actuaría ahora”. Aparentemente, Jabenski aprendió bien su lección. Señala en el sitio web del filme: “Trotsky fue un hombre terrible con un destino terrible. … No me atrajo nada de Trotsky”. Esta es una confesión de degradación artística. Con esta declaración, Jabenski le niega cualquier elemento de humanidad al personaje para el que fue seleccionado para interpretar.

Trotsky interpretado por Konstantin Khabensky

El filme gira en torno a un dispositivo argumental ridículo y totalmente desconectado de la realidad histórica. Los guionistas fabrican una relación estrecha y prolongada entre Trotsky y el hombre que finalmente lo asesinará. Su asesino, Frank Jacson (Ramón Mercader) se hace pasar por un periodista canadiense (falso) y se acerca a Trotsky para una serie de entrevistas (nunca buscadas o concedidas en la vida real). Tras un rechazo inicial, Trotsky acepta las entrevistas, ¡aunque sabe que Jacson es un ferviente estalinista! Trotsky pasea tranquilamente por las calles de la ciudad de México con Jacson (otra ficción), quien pronto se convierte en un confidente e invitado bienvenido en la casa de Trotsky. Estas largas confesiones, pergeñadas por los guionistas, comienzan en mayo de 1940, el momento del primer intento de asesinato, realizado por el pintor David Siqueiros y su banda de asesinos estalinistas. Continúan hasta agosto de 1940, justo hasta el día del homicidio, 20 de agosto (puesto erróneamente por los cineastas como 21 de agosto).

Como explica el guionista Malovichko: “Jacson representa los ojos y oídos del espectador. Como entrevistador, nos ayuda a penetrar en los secretos de la personalidad de Trotsky. … Queríamos hacerle preguntas incómodas a Trotsky, esas que evitó en sus memorias y escritos. ¿Por qué, por ejemplo, mató a tanta gente? Usando las entrevistas entre Jacson y Trotsky, podíamos hacer esas preguntas incómodas. Queríamos hacer de Jacson algo así como la voz interior de Trotsky, una voz que él siempre quiso reprimir”.

Las numerosas escenas del pasado de la vida de Trotsky dan una visión monstruosamente distorsionada de su biografía. La lista de distorsiones y mentiras es tan larga que se necesitaría un libro para refutarlas todas.

En una de las primeras escenas, cronológicamente, en una prisión de Odessa en 1898, se presenta a un “Leiba” Bronstein de 19 años como un joven judío advenedizo que no entiende al pueblo ruso. Como es típico en los retratos antisemitas del joven Bronstein, se le asigna el nombre Leiba, la forma yiddish del nombre ruso Lev. De hecho, Lev fue el primer nombre del joven Bronstein. Pero esa es una distorsión menor, comparado con lo que sigue.

Bronstein/Trotsky ha sido arrestado y encarcelado. En la cárcel el joven revolucionario forma su filosofía política, no inspirada en libros, sino en el consejo de un mentor poco probable. El director de la prisión, Nikolái Trotsky, le enseña durante un juego de ajedrez que solo se puede gobernar al pueblo ruso a través del miedo. Por el contrario, declara airadamente, los sueños ingenuos del joven revolucionario solo conducirán a la visión pesadillesca de una supuesta cita de Dostoievski: “Y luego, en el siglo XXI, acompañado por el aullido de la multitud triunfante, un degenerado sacará un cuchillo de su bota, subirá las escaleras hasta la imagen maravillosa de la Madonna Sixtina [un cuadro de Rafael visto por Dostoievski en un museo de Dresde], y cortará esta imagen en nombre de la igualdad universal y la fraternidad”. Así, Bronstein aprende una lección básica: el pueblo ruso solo será controlado por el miedo, pero él debe aprender a desatar a la multitud para ganar el poder. El Jacson de 1940 pregunta con curiosidad: “¿Así que tomaste su apellido?”. Trotsky responde: “No solo lo tomé, lo hice inmortal”.

Otra explicación ficticia para la personalidad “sanguinaria” de Trotsky es el tormento personal causado por su identidad judía. Se burlan de Trotsky por ser judío, entre otros, su padre, Stalin, Lenin y Nikolai Markin (un marinero cercano a Trotsky, muy difamado en el filme). El otro judío malévolo que juega un rol importante en esta ficción es Alexander Parvus. La serie presenta a esta figura histórica como una burda caricatura de la personalidad real. Parvus es un aventurero lujurioso y loco por el dinero, que busca desestabilizar Rusia a pedido del Gobierno alemán (¡empezando en 1903!). En realidad, Parvus fue reconocido durante años como un importante teórico y estratega político en el movimiento socialdemócrata ruso y europeo. En 1897 fue uno de los primeros en desafiar el revisionismo de Eduard Bernstein, y entre 1904 y 1906 participó activamente en el desarrollo de la teoría de la revolución permanente de Trotsky. Fue después de 1907, tras la derrota de la primera revolución rusa, que Parvus se desmoralizó políticamente y se involucró en actividades comerciales dudosas que iban a destruir su reputación.

Pero la compleja personalidad de Parvus se disuelve en el avaro especulador inventado en los filmes de propaganda antisemita que los nazis produjeron entre 1933 y 1945.

El tratamiento de Lenin, aunque sin connotaciones antisemitas (el líder bolchevique no era judío), es un retrato absurdo de esta figura histórica y monumental. Se lo presenta como un megalómano conspirador, epítome de “una voluntad de poder” totalmente despiadada e inhumana. Nadie puede escapar a su impulso de dominar y controlar. En la víspera del II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, en 1903, Lenin incluso amenaza con arrojar a Trotsky a la calle (desde un balcón del tercer piso) si este no sigue sus instrucciones en el congreso siguiente. Después de liderar la insurrección en 1917, Trotsky entrega el poder a Lenin, mientras Stalin mira con aprobación.

Natalia Sedova, la segunda esposa de Trotsky, es representada como una bohemia en París cautivada por la crítica de Trotsky a Freud en una conferencia en Viena, un evento que, como innumerable sucesos en la serie, nunca sucedió. Pero se usa a Freud para dar más “pistas” sobre el carácter de Trotsky. Primero que nada, en 1903, aquel mira a Trotsky a los ojos y le dice que solo ha visto esos ojos entre “asesinos en serie y fanáticos religiosos”. Al mismo tiempo, Freud señala que la conducta de Trotsky en la conferencia era la de un “agresor sexual” que no puede satisfacer sus impulsos agresivos, debido, quizá, “a la debilidad”. Más tarde, en 1940, Freud aparece ante Trotsky en una alucinación que, otra vez, es una ocurrencia injuriosa del guion. Luego de que Trotsky le asegura a Freud que no ha sucumbido a “la debilidad” y que no tiene miedo de morir, Freud agrega: “¿Sabes quién no teme morir? El que ya está muerto por dentro”. El episodio termina, puntuado por una música oscura y ominosa, pero quien tenga un mínimo conocimiento de la lucha vigorosa de Trotsky por construir la Cuarta Internacional (fundada en 1938) y derrotar al estalinismo sabrá que Trotsky no era precisamente un hombre “ya muerto por dentro”. Estas escenas encarnan una psicología mala, un contenido histórico peor y una realización fílmica trivial.

Otros personajes merecen mención. Se muestra al marinero Nikolai Markin (1893-1918) como un bandido bufonesco, borracho (que estafa al dueño de una casa de empeños, por ejemplo), que no solo ayuda a Trotsky y su familia en 1917, sino que, inexplicablemente, tiene una autoridad considerable entre sus compañeros en Kronstadt y los delegados del Sóviet de Petrogrado. Se retrata a Markin y a los marineros de Kronstadt como el elemento principal en el derrocamiento del Gobierno provisional, actuando, empero, como una mafia descontrolada; apenas se ve a los obreros, y los campesinos están totalmente fuera de escena. La muerte de Markin en la Guerra Civil, cerca de Kazán, fue una genuina tragedia descrita adecuadamente en la autobiografía Mi vida de Trotsky, pero el filme usa al joven héroe sobre todo para sugerir que tuvo un romance con Natalia Sedova (Jacson le dice a Trotsky que había rumores al respecto), una invención total del guionista Malovichko.

Mientras tanto, la periodista revolucionaria Larisa Reisner y la artista mexicana Frida Kahlo son presentadas de manera semipornográfica, para excitar a la audiencia e ilustrar la inmoralidad sexual bolchevique.

Trotsky y Frida Kahlo, un tema recurrente en la serie televisiva

Las escenas en Trotsky son en un momento absurdas, en otro despreciables, y a menudo una combinación de ambas. Los directores no pueden contener su alegría maliciosa al mostrar en rápida sucesión la muerte de los cuatro hijos de Trotsky: Nina (tosiendo sangre en su lecho de muerte en 1928); Zinaida (suicidándose en Berlín en 1933); Sergei Sedov (fusilado por los verdugos de Stalin en 1937); y Lev Sedov (envenenado cuando se recuperaba en una clínica de París tras una operación del apéndice).

De todas las falsificaciones históricas, la peor es la escena final, sobre el asesinato de Trotsky en agosto de 1940. Con Jacson/Mercader en la habitación contigua, Natalia y Trotsky reciben un telegrama del consulado canadiense que explica que Jacson no es un ciudadano de ese país, como él ha afirmado. Se dan cuenta de que Jacson es un asesino de la GPU. Pero, luego de decirle a Natalia que la ama, Trotsky se somete de forma voluntaria a su destino en manos de Jacson. Cuando este se muestra reacio a cumplir su misión, Trotsky lo golpea con su bastón. Finalmente, en defensa propia, Jacson agarra un piolet colgado en la pared del estudio de Trotsky y se lo clava salvajemente a su víctima tres veces. Prácticamente cada detalle en esta escena implica una mentira y falsificación. Trotsky no sabía que Jacson era un agente de la GPU. Jacson tenía escondido en su impermeable el piolet con el que atacó a Trotsky. Y lo peor de todo es que se retrata al asesino como un héroe que defiende correctamente a Stalin y que ha tenido la superioridad moral en todas sus conversaciones con Trotsky. Por fin, Jacson/Mercader libera piadosamente a su víctima atormentada de una vida vacía y sin sentido.

Trotsky y Jacson en una de sus excursiones inventadas en las afueras de la Ciudad de México. En esta ridícula escena, Trotsky prueba su punto empujando a Jacson al agua supuestamente con cocodrilos. Jacson, por supuesto, sobrevive, aleccionado, pero después puede llevar a cabo su asesinato

El filme concluye con una fantasía descabellada. Después de ser asesinado, vemos a Trotsky caminando en una tormenta de nieve antes de ser atropellado por su tren blindado de la guerra civil, que había aparecido en cada episodio como el álter ego simbólico de Trotsky (cruel, implacable, despiadado en su poder destructivo).

Este filme es una farsa de la historia. Todos los que participaron en su producción se han deshonrado a sí mismos.

Algunos historiadores criticaron la serie luego de ver los primeros episodios. Konstantín Skorkin, autor de un estudio importante sobre opositores victimizados por Stalin, escribió un artículo titulado, “La serie ‘Trotsky’ es la siguiente chapuza seudohistórica de Canal Uno”.

Joshua Rubenstein, autor de la biografía Leon Trotsky, de 2011, dijo en septiembre: “Me intriga la idea de que los productores pongan a Trotsky en el centro de la narrativa y no a Lenin. Me pregunto cuál es su intención al poner a una figura explícitamente judía como Trotsky en el centro de la historia”. Continuó: “Si dicen que Trotsky estuvo detrás de la ejecución del zar [como sugiere el filme], no es cierto. Lenin y Sverdlov ejecutaron al zar… Si dicen que fue Trotsky, entonces realmente cuestiono sus motivos porque este es un punto muy sensible. … Trotsky siempre quiso llevar al zar a juicio y actuar como fiscal. … El zar es una figura honrada por la Iglesia ortodoxa rusa —decir que un judío estuvo detrás de su ejecución es una acusación muy explosiva—”.

Alexander Reznik, que ha escrito dos libros sobre Trotsky, resumió los problemas de la serie: “En esencia, los problemas con Trotsky fluyen uno tras otro: 1) menosprecio por el contexto histórico, 2) interpretación tendenciosa de los acontecimientos, y 3) distorsión generalizada de los hechos”. Dado que la serie se emitió de forma prominente en Canal Uno, Reznik concluye que los creadores de Trotsky “son responsables de la falsificación de la historia ante una audiencia enorme”.

Como Trotsky escribió hace ochenta años, la mentira es el cemento ideológico de la reacción social y política. Los intereses y la supervivencia de la oligarquía capitalista que gobierna actualmente, al igual que la burocracia estalinista de la que surgió, dependen de mentiras.