La elección de Nayib Bukele en El Salvador refleja un continuo giro hacia el imperialismo estadounidense

por Andrea Lobo
8 febrero 2019

El domingo pasado, El Salvador vivió una de sus elecciones presidenciales más aplacadas desde el final de la guerra civil de 12 años en 1992. Todos los candidatos avanzaron una retórica de anticorrupción para encubrir su apoyo compartido a las mismas políticas derechistas de austeridad social y militarización a instancias de la oligarquía local y el imperialismo estadounidense.

La abrumadora victoria Nayib Bukele, el exalcalde de la capital, San Salvador, fue principalmente una expresión del odio popular hacia los partidos gobernantes tradicionales y las fuerzas políticas vinculadas con una sangrienta guerra civil cuyas heridas económicas y sociales siguen abiertas—la ultraderechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), un movimiento guerrillero convertido en el partido burgués ahora en el poder—.

Bukele, como candidato de la Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA), recibió 53 por ciento de los votos, suficientes para evitar una segunda ronda. El empresario multimillonario, Carlos Calleja de la coalición encabezada por ARENA recibió 31,8 por ciento de los votos, mientras que el excanciller del FMLN, Hugo Martínez, obtuvo 14,4 por ciento.

La abstención de casi 50 por ciento, más de 10 por ciento por encima de las elecciones presidenciales en 2013 y la mayor tasa desde los noventa, reflejó el ensanchamiento de la brecha política entre los trabajadores, campesinos y jóvenes y la clase gobernante en su conjunto. Durante los últimos cinco años, el FMLN perdió más de un millón de votos y ARENA tres cuartos de millón.

La prensa salvadoreña e internacional han promovido a Bukele por varios años como un líder “nuevo” y “cool” y han intentado distanciarlo de la cúpula del FMLN y de ARENA, el cual fue fundado por el líder de escuadrones de la muerte, el mayor Robert D’Aubuisson, y gobernó el país por dos décadas.

En 2016, Foreign Policy (parte del grupo Washington Post, propiedad de Jeff Bezos) nombró a Bukele uno de los 15 “tomadores de decisiones” más importantes del mundo por colocar postes de luz y gentrificar el centro de San Salvador, y por anular una prohibición de patinaje. El domingo, el alemán Deutsche Welle destacó el comentario de Bukele de que, “Los dos grupos que crearon la guerra todavía quieren seguir gobernando y, es más, son corruptos”.

Sin embargo, lejos de ser un político “de afuera y anticorrupción”, Bukele fue expulsado del FMLN hace un poco más de un año por “difamar” los dirigentes y presuntamente agredir violentamente a una oficial local. Después de no lograr registrar un nuevo partido el año pasado, se unió a GANA, un partido recientemente separado de ARENA y fundado por el expresidente Antonio Saca, cuya campaña presidencial exitosa en 2004 fue financiada con millones robados de donaciones taiwanesas para la reconstrucción del país tras los devastadores terremotos de 2001. En septiembre pasado, Saca confesó haber malversado y lavado más de $300 millones de fondos públicos durante su gestión.

Más allá de proveer una nueva fachada para la misma élite política podrida, el auge de Bukele refleja el continuo giro de la burguesía latinoamericana en oposición a los Gobiernos de la llamada “marea rosa” en las últimas dos décadas, de la cual formó parte el FMLN. Este proceso ha estado marcado por un brusco desplazamiento a la derecha y un giro geopolítico en apoyo a la reafirmación de la hegemonía en la región por parte del imperialismo estadounidense, particularmente en contra del aumento en la influencia de Rusia y China en este periodo.

En parte debido a estas presiones, Bukele centró su campaña en la promesa de una Comisión Internacional Contra la Impunidad en El Salvador (CICIES) basada en la comisión “contra la impunidad” en Guatemala, la cual cuenta con el respaldo de la ONU.

Empleando verdades a medias como “Habrá suficiente dinero cuando nadie robe”, Bukele ha buscado encubrir su oposición a tocar la propiedad y los miles de millones de ganancias que el capital nacional y extranjero saquean de los trabajadores salvadoreños. Al mismo tiempo, Washington ha exigido la creación de una CICIES desde que Guatemala aceptó la formación de la CICIG en 2006 y Honduras de la MACCIH en 2016.

Estados Unidos ha promovido fuertemente estos esfuerzos como escaparates para adornar a estos Gobiernos corruptos y semicoloniales y como herramientas políticas para presionar a las élites locales a adherirse estrictamente a los intereses financieros y geopolíticos estadounidenses. Por ejemplo, después de que el presidente guatemalteco, Jimmy Morales, prometió que se opondría al establecimiento de lazos diplomáticos con China, el Gobierno de Trump silenciosamente toleró la expulsión de la CICIG en agosto del año pasado.

Ese mismo mes, enfrentándose a constantes impagos financieros y un estancamiento económico, el Gobierno del FMLN se sintió obligado a romper sus lazos diplomáticos con Taiwán y reconocer a Beijing, el cual se comprometió a un programa de asistencia de tres años de $150 millones y una donación de 3.000 toneladas de arroz. Mientras tanto, se han llevado a cabo discusiones sobre vender el puerto de contenedores inactivo de La Unión a empresas chinas y darles permiso a construir una zona libre empresarial.

El Gobierno de Trump respondió retirando temporalmente a su embajadora, Jean Manes, quien había declarado previamente, “La estrategia expansionista de China en la región es alarmante, tanto económica como militarmente”.

El mismo Bukele ha criticado la decisión del Gobierno del FMLN de romper lazos con Taiwán y reconocer a Beijing como el único Gobierno legítimo de China, prometiendo “revisar el acuerdo, pero no necesariamente romper relaciones con China”.

El Gobierno del presidente saliente, Salvador Sánchez Cerén, ha seguido reconociendo a Nicolás Maduro como presidente de Venezuela, en contra del golpe militar siendo orquestado por Washington para traspasarle el poder al activo de la CIA, Juan Guaidó, quien ya felicitó a Bukele por su victoria. Por su parte, Bukele ha llamado a Maduro y al presidente nicaragüense, Daniel Ortega, “dictadores” e indicado que su nuevo partido, a diferencia del FMLN, “no está sujeto a esos Gobiernos”.

Sin embargo, a medida que se profundiza la crisis del capitalismo global—un proceso acelerado por la guerra comercial y económica contra China— e impulsa la crisis de gobierno burgués en El Salvador y toda la región, la clase gobernante teme cada vez más que estos nuevos partidos gobernantes basados en plataformas de “anticorrupción” constituyan un paliativo muy limitado.

Por ejemplo, la revista Forbes para México, donde el presidente recientemente elegido y demagogo de “anticorrupción”, Andrés Manuel López Obrador, ya está enfrentándose a un malestar social de masas, indicó el lunes, “Al final la foto de El Salvador y del joven Bukele es la misma que la de otros países de Latinoamérica, con sus diferentes matices… El riesgo: que esos rostros que vienen a oxigenar la política no cumplan con las expectativas de cambio y, por el contrario, terminen tan ‘manchados’ como los político y partidos tradicionales ( sic )”.

Apenas sea inaugurado el 1 de junio, Bukele se enfrentará a un crecimiento económico anémico dependiente de las remesas provenientes de los migrantes en Estados Unidos, así como a un éxodo cada vez mayor de migrantes que buscan escapar la pobreza y violencia generalizadas y los planes del Gobierno de Trump de cancelar el Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) y deportar a cientos de miles de salvadoreños.

La Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social reportó recientemente que, de los 91.000 jóvenes salvadoreños que entran en el mercado laboral cada año, solo 12.400 o 13,6 por ciento consigue un empleo formal.

El censo más reciente muestra que el salario mensual promedio en El Salvador es de $300, pero 64 por ciento de los asalariados gana menos. Oxfam reporta que la pobreza multidimensional afecta a 53 por ciento de la población. En 2014, la caridad británica halló que 160 salvadoreños eran dueños de más de $30 millones en activos y que colectivamente controlaban el equivalente del 87 por ciento del producto interno bruto (PIB). Esta desigualdad, particularmente como resultado del boom en las bolsas de valores desde entonces, sin duda es mucho mayor hoy.

Además, el Gobierno de Bukele se enfrentará a tasas de interés mucho más altas, una deuda pública equivalente a 70 por ciento del PIB y una presión cada vez mayor del Fondo Monetario Internacional para que implemente nuevos impuestos regresivos y políticas de austeridad social. El porcentaje del PIB presupuestado por el Gobierno en salud y educación ya es menor que los niveles de 2009, cuando el FMLN llegó al poder, mientras que en 2019 se desembolsarán $1,8 mil millones para pagar la deuda, comparado con $1,6 mil millones en total para educación y salud.

La propuesta más frecuente para El Salvador en meses recientes por los tanques de pensamiento estadounidenses es la creación de nuevas zonas económicas especiales libres de impuestos, perpetuando el lugar de El Salvador en la economía global capitalista como una plataforma de mano de obra barata gobernada por un puñado de oligarcas cada vez más ricos. La mayoría de las exportaciones salvadoreñas se producen actualmente en 17 zonas libres, enfocadas en maquiladoras textiles de capital estadounidense, coreano y taiwanés.

En medio de un resurgimiento de la lucha de clases y radicalización de los trabajadores y jóvenes internacionalmente, la clase obrera salvadoreña solo puede luchar contra esta superexplotación y los consiguientes niveles desorbitantes de desigualdad si extraen la lección esencial de las sangrientas derrotas de las luchas revolucionarias después de 1979: solo puede enfrentar al imperialismo construyendo un partido auténticamente socialista e internacionalista —una sección del Comité Internacional de la Cuarta Internacional— y librando una lucha intransigente por su independencia política contra todas las organizaciones y partidos procapitalistas y nacionalistas como el FMLN, los sindicatos y sus apologistas de izquierda.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 7 de febrero de 2019)