Irak en llamas

7 octubre 2019

Las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra civiles armados por cuarto día consecutivo el viernes, según los manifestantes llenaron las calles desafiando el toque de queda de 24 horas al día declarado por el primer ministro Adel Abdul Mahdi.

La cifra de muertos reportada el viernes por la noche era de 65, mientras que se espera que crezca el saldo por los enfrentamientos continuos el viernes. El número de muertes sin duda es mucho mayor. Se reportan más de 1.5000 heridos, tanto por municiones reales como balas de goma, gases lacrimógenos y cañones de agua.

Manifestantes antigubernamentales cantan consignas durante una manifestación en Bagdad el viernes [crédito: AP Photo/Khalid Mohammed]

Soldados fuertemente armados, miembros de los escuadrones élites de contraterrorismo de Irak y policías antimotines se encontraban desplegados para prevenir que los manifestantes marcharan hacia la plaza Tahrir en el centro de Bagdad y la Zona Verde, el fuertemente fortificado centro del Gobierno iraquí, las embajadas occidentales y los varios contratistas militares contratados para apuntalar el régimen. Se han colocado francotiradores en los techos para matar a manifestantes.

El Gobierno ha suspendido el internet en todo Irak para suprimir la organización de nuevas protestas. Hay reportes de escuadrones de la muerte yendo a las casas de activistas conocidos y asesinándolos.

Por ahora, estas medidas represivas han sido contraproducentes. Cada asesinato estatal está alimentando la ira popular contra el Gobierno. Los empobrecidos barrios chiitas de la ciudad Sadr, donde hace más de una década las milicias se enfrentaron a las tropas estadounidenses, están dominados por rebelión. Las multitudes ahí han presuntamente incendiado los edificios gubernamentales y las oficinas de los partidos chiitas que apoyan el Gobierno.

Las protestas, que exigen empleos, mejores niveles de vida y un fin a la corrupción, son las más grandes y propagadas en el país en los más de 16 años desde que Washington lanzó su guerra para derrocar el Gobierno de Sadam Huseín.

La mayoría de aquellos que se están enfrentando a las fuerzas de seguridad entrenadas por EUA en las calles son jóvenes desempleados o jóvenes trabajadores cuyas vidas enteras han sido marcadas por la criminal guerra de agresión estadounidense, los subsecuentes ocho años de ocupación estadounidense y los conflictos sectarios instigados por Washington como parte de su estrategia de dividir y conquistar.

Los efectos de la guerra estadounidenses equivalieron a sociocidio, es decir, la destrucción sistemática de toda una sociedad. El número de iraquíes que perdieron sus vidas por la guerra se estima en más de un millón. En el que era uno de los sistemas de salud, educación y asistencia social más avanzados en Oriente Próximo fueron demolidos, junto con el grueso de la infraestructura del país.

Washington lanzó la invasión de 2003 con base en mentiras sobre las “armas de destrucción masivas” y la concepción predatoria de que, al conquistar militarmente a Irak, podría tomar control de los vastos recursos energéticos de Oriente Próximo y detener el declive de la hegemonía global del imperialismo estadounidense.

No obstante, la guerra en Irak y las guerras de cambio de régimen en Libia y Siria organizadas por EUA resultaron en debacles. Tres años después de retirar a la mayoría de las tropas estadounidenses de Irak, el Gobierno de Obama envió a otros 5.000 soldados para la supuesta guerra contra el Estado Islámico, que convirtieron en ruinas las ciudades predominantemente sunitas en la provincia de Anbar y Mosul, la segunda ciudad más grande de Irak.

Después de gastar billones de dólares y sacrificar las vidas de 4.500 tropas, junto con decenas de miles de heridos, Washington se ha visto incapaz de establecer un régimen títere de EUA en Bagdad estable.

El actual primer ministro, Abdul Mahdi, en un ejemplo típico de los políticos burgueses en bancarrota política que la guerra y ocupación estadounidenses colocaron al frente. Inicialmente un baazista y luego miembro líder del Partido Comunista de Irak, Mahdi cambió sus lealtades en el exilio hacia la ideología islamista del ayatolá Jomeini de Irán. Finalmente, halló su camino al régimen títere erigido por los estadounidenses en 2004 como su “ministro de Finanzas”.

Sus intentos de gobernar Irak con base en una política sectaria tan solo han resultado en el saqueo del país a una escala de cientos de miles de millones de dólares. Han fracasado en proveer empleos, servicios esenciales como agua y electricidad o reconstruir la infraestructura destruida del país.

En el mismo discurso en que anunció el toque de queda de 24 horas, el primer ministro insistió en que no había ninguna “solución mágica” para resolver las demandas de los jóvenes manifestantes.

Los que protestan saben que, por el contrario, Irak cuenta con los quintos yacimientos de petróleo crudo más grandes del mundo y que obtiene más de $6 mil millones en ingresos petroleros cada mes, cuyo grueso fluye a las manos de los capitalistas extranjeros y a una diminuta élite financiera iraquí con sus políticos y lacayos corruptos. No hay nada “mágico” en entender que, bajo el control del pueblo obrero iraquí, esta enorme riqueza podría utilizarse para atender las necesidades desesperadas de decenas de millones.

Las protestas han estremecido el régimen hasta sus cimientos precisamente porque la supuesta base de apoyo de los partidos gobernantes es la mayoría chiita de la población. Lo que está emergiendo en Irak y el resto de Oriente Próximo es el resurgimiento de la lucha de clases en oposición al sectarismo y la represión por medio de los cuales el imperialismo y las camarillas gobernantes nacionales han dominado la región.

Este estallido social es parte de un movimiento más amplio que ha el estallido de protestas contra la dictadura policial-estatal del general Sisi en Egipto, las manifestaciones de masas contra las medidas de estil del FMI en Líbano y la huelga de más de un mes de 146.000 maestros contra el Gobierno jordano.

Estas luchas están exponiendo nuevamente la bancarrota política de la burguesía nacional, tanto en Irak como en todo el mundo árabe. Desde los regímenes baazistas de Sadam Huseín y Bashar al Asad, hasta los títeres directos como Abdul Mahdi y Sisi, esta clase ha probado ser orgánicamente incapaz de resolver cualquiera de las demandas democráticas y sociales de las masas árabes o establecer una independencia auténtica del imperialismo.

Contra el trasfondo de la creciente amenaza de otra guerra imperialista de EUA, esta vez contra Irán, cabe notar que los levantamientos en Irak han sido recibidos con una hostilidad explícita en Washington y Teherán.

Los oficiales iraníes han sugerido que estas protestas masivas contra el desempleo, condiciones de vida intolerables y la corrupción gubernamental son el producto de “infiltrados” respaldados por EUA, Israel y Arabia Saudita. Claramente, los gobernantes burgueses-clericales de la República Islámica de Irán temen que la revuelta en Irak sirva como una chispa para reencender las protestas de masas de la clase obrera iraní que hubo en 2017-18 contra el desempleo, la caída en los niveles de vida y los recortes sociales generalizados.

Por su parte, el Departamento de Estado de EUA ha emitido una declaración pro forma afirmando el derecho a la protesta en lo abstracto mientras denunció la “violencia” de los manifestantes, no de las fuerzas de seguridad, apelando a la “calma”. Mientras tanto la prensa corporativa estadounidense ha ignorado en gran medidas las protestas masivas y la sangrienta represión del régimen iraquí.

Tan solo hay que imaginarse la respuesta de los imperialistas “defensores de derechos humanos” si numerosos manifestantes fueran asesinados a tiros en Irán, Venezuela, Rusia o cualquier otro país en la mira de Washington para un cambio de régimen. Sin embargo, en el caso de Irak, el imperialismo estadounidense teme desesperadamente que la intervención revolucionaria de las masas vaya a socavar sus objetivos de guerra.

Los acontecimientos en Irak asumen una importancia internacional inmensa en condiciones en que no existe un movimiento de masas contra la guerra en Estados Unidos e internacionalmente. Esto está relacionado con el papel desempeñado por la pseudoizquierda. Estas tendencias políticas que emergieron de los movimientos de protesta de la clase media en los años sesenta y setenta han girado bruscamente hacia la derecha. Reflejando los intereses sociales de las capas privilegiadas de la clase media-alta, estos grupos, algunos que aún se hacen llamar socialistas, han sido clave en proveer justificaciones para las intervenciones y masivas masacres imperialistas bajo la bandera cínica de los “derechos humanos”.

El resurgimiento social de masas en Irak, ampliamente visto como un posible campo de batalla para una guerra estadounidense contra Irán, apunta al único camino para detener una nueva y terrible guerra en Oriente Próximo y, con ello, la amenaza de una conflagración global.

Es la lucha de la clase obrera contra el capitalismo en Irak, todo Oriente Próximo, Estados Unidos e internacionalmente, que ofrece las bases para la aparición de un nuevo movimiento de masas contra la guerra. Este movimiento debe estar armado con el programa del internacionalismo socialista para unir a los trabajadores en todo el mundo y poner fin a la fuente de las guerras, la desigualdad social y la dictadura: el sistema capitalista.

(Publicado originalmente en inglés el 5 de octubre de 2019)

Bill Van Auken