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El asesinato de Bagdadi y la crisis de Washington en Oriente Próximo

El discurso el domingo por la mañana de Donald Trump anunciando el asesinato selectivo del líder del Estado Islámico de Irak y Siria (EI) Abubaker Bagdadi fue otro espectáculo degradante de la criminalización del Gobierno estadounidense y la crisis terminal de la democracia estadounidense.

Trump reveló lo que describió como un asesinato “despiadado”, “vicioso”, y “violento” del líder del Estado Islámico, afirmando que murió como un “cobarde” y “perro”.

Describiendo a Bagdadi y sus seguidores como “perdedores” y “monstruos salvajes”, Trump afirmó que, como resultado de la redada de las fuerzas especiales estadounidenses en Siria, “el mundo es un lugar más seguro”.

Todo esto, por supuesto, son disparates. El valor estratégico de la muerte de Bagdadi es insignificante. Según todos los informes, murió como un hombre enfermo que sufrió heridas graves durante un bombardeo en 2017, obligándolo a esconderse y desempeñar un papel nulo en las operaciones del Estado Islámico. Lo único que devendrá de su asesinato y la retórica matona y provocativa de Trump será otra ola de violencia terrorista.

Abubaker Bagdadi pronuncia un sermón en una mezquita en Irak (Video militante vía AP, Fichier)

El único interés real de Trump al ordenar su asesinato fue conseguir un “lugar más seguro” en la Oficina Oval ante los ataques cada vez más severos dentro de la élite gobernante estadounidense y su aparato miliar y de inteligencia por la política en Oriente Próximo.

Como con el asesinato selectivo de 2011 del líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, en Pakistán, es posible que la descripción de la muerte de Bagdadi y el Estado Islámico haya sido en gran parte inventada.

En cuanto a los “monstruos”, no cabe duda de que Bagdadi y el Estado Islámico hayan llevado a cabo actos monstruosos durante el surgimiento del movimiento y su conquista subsecuente de porciones grandes de Irak y Siria. Pero ambas cosas fueron engendradas por las guerras interminables del imperialismo estadounidense en Oriente Próximo, comenzando por la guerra del golfo Pérsico en 1991, seguida por la invasión de Afganistán en 2001, la campaña de “shock y pavor” en Irak en 2003, las guerras de cambio de régimen en Libia y Siria y la disque guerra contra el Estado Islámico.

Estas guerras han cobrado millones de vidas y desplazado a decenas de millones de sus hogares, creando la peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. Los crímenes de guerra perpetrados por el imperialismo estadounidense en Oriente Próximo eclipsan por mucho las atrocidades del Estado Islámico, las cuales fueron a su vez sus envenenados productos. La ideología brutal y atrasada de Bagdadi y el Estado Islámico solo pudo obtener cierto apoyo dadas la obliteración de la sociedad iraquí y la provocación deliberada de conflictos sectarios.

La propia trayectoria de Bagdadi deja esto en claro. Se unió a la rebelión sunita contra la ocupación estadounidense de Irak en 2003 y fue detenido por las fuerzas estadounidenses en 2004 durante el sitio de Faluya. Estuvo captivo por 11 meses en la infame prisión estadounidenses y centro de tortura de Abu Ghraib y subsecuentemente en el campamento Bucca, donde les permitieron a los islamistas capturados por el ejército estadounidenses reclutar y entrenar a otros. Luego fue liberado.

Se convirtió en el líder de un grupo en Irak afiliado con Al Qaeda, una organización que resultó de la guerra orquestada por la CIA en Afganistán en los años ochenta. Pudo crecer debido a la desafección sunita hacia la ocupación estadounidense y subsecuentemente las políticas represivas del régimen respaldado por EE. UU. en Bagdad, encabezado por los partidos chiitas sectarios.

Para 2013, se mudó a Siria, obtuvo armas, financiamiento y reclutas gracias a la operación de EE. UU. y la OTAN para cambiar el régimen en el país. Esta campaña descansó en el uso de milicias islamistas como tropas terrestres patrocinadas. Lo que le permitió obtener seguidores desorientados con su ideología sectaria y reaccionaria a nivel internacional fueron las décadas de crímenes estadounidenses contra países predominantemente musulmanes.

La organización conocida como el Estado Islámico solo se convirtió en un problema para Washington después de volver a cruzar la frontera oeste de Irak, capturando aproximadamente una tercera parte del país del control del corrupto régimen respaldado por EE. UU.

Bagdadi no solo era conocido por las agencias de inteligencia estadounidenses, sino que toda la evidencia apunta a que era un activo de al menos una de sus facciones. Desempeñó un papel útil en la estrategia de dividir y conquistar en Irak y la guerra de cambio de régimen en Siria.

Su muerte no ocurrió porque fue descubierto de repente en su escondite en la provincia de Idlib al noroeste de Siria, el último bastión de las antiguas fuerzas encabezadas por Al Qaeda y financiadas por la CIA del “Ejército Libre Sirio”. En cambio, fue porque le quitaron la protección con la que contaba. Apenas los elementos de la CIA o la inteligencia militar que lo apadrinaban se convencieron de que Bagdadi ya no era más útil vivo que muerto, se selló su destino.

Así fue con bin Laden en 2011. Había sido encerrado en una instalación amurallada en Abbottabad, donde lo protegía la inteligencia militar paquistaní.

El momento de la muerte de Bagdadi fue determinado de manera totalmente política. La decisión de Trump más temprano este mes de aprobar la invasión turca del noreste sirio y su repliegue parcial de tropas estadounidenses de la región desató una tormenta política en Washington. Esto no solo erosionó su apoyo dentro del Partido Republicano mientras se enfrenta a un juicio político, sino que provocó prácticamente un amotinamiento dentro de la cúpula militar.

Intentó contrarrestar esta oposición con el asesinato de Bagdadi, pero también enviando tropas estadounidenses de vuelta a Siria con el objetivo de “resguardar” los yacimientos petroleros del país. Para ello, se envió una unidad acorazada, presuntamente compuesta por 30 tanques Abrams y 500 tropas de apoyo.

Trump declaró que las tropas estadounidenses “podrían tener que luchar por el petróleo” en una región donde los Gobiernos de Turquía, Rusia y Siria, además de fuerzas kurdas y sunitas, están operando de forma cercana. Añadió que “podría hacer un acuerdo con ExxonMobil o alguna de nuestras grandiosas compañías” para entrar y explotar el crudo “apropiadamente”.

Trump utilizó la ocasión para repetir su crítica de la guerra estadounidense en Irak, alegando que Washington no “se quedó con el petróleo”.

Pese a confirmar el motivo verdadero de las guerras libradas en nombre de combatir el terrorismo y las “armas de destrucción masiva” —asegurar la hegemonía estadounidense sobre las regiones estratégicas de producción petrolera—, Trump también dio una explicación descarada de por qué él y capas significativas de la clase gobernante estadounidense buscan un giro estratégico lejos de las guerras en Oriente Próximo.

“Hemos estado en Oriente Próximo ahora al costo de $8 billones”, dijo y añadió: “Les diré quién ama que estemos ahí, Rusia y China. Porque, mientras expanden su ejército, estamos agotando nuestro ejército allá”.

Detrás de las promesas demagógicas de Trump de poner fin a las “guerras por siempre” de Washington, yace la orientación estratégica de preparar guerras contra las “grandes potencias” rivales de EE. UU. que cuentan con armas nucleares, Rusia y China.

Hay poca evidencia de que el asesinato de Bagdadi tendrá incluso el impacto extremadamente limitado en la consciencia popular generado por el asesinato de bin Laden.

No obstante, dentro de la prensa burguesa y la dirección del Partido Demócrata, ha producido el efecto deseado. Algo típico en los medios fue la declaración del corresponsal de ABC, Terry Moran, quien describió el asesinato como “una gran victoria para el presidente” y afirmó que “este es el tipo de liderazgo presidencial que la gente espera”.

Puede que sea el liderazgo que los comentaristas de la prensa esperan, pero no hay razón para calumniar a todo el pueblo estadounidense afirmando que lo que quieren de Washington son más asesinatos extrajudiciales.

En lo que se refiere a los demócratas, todos sus líderes en el Congreso describieron el asesinato como una gran victoria. Además, lo han utilizado para argumentar que se deben continuar las guerras estadounidenses en Oriente Próximo. Bernie Sanders, el supuesto candidato izquierdista de la nominación presidencial demócrata, tuiteó en apoyo al asesinato del “asesino y terrorista”, mientras aplaudió “los esfuerzos valientes de los kurdos y otros aliados estadounidenses”.

Adam Schiff, quien está liderando la investigación de juicio político contra Trump, dio una respuesta representativa del resto de los demócratas. Describió el asesinato como un “éxito operacional”, mientras lamentó que Trump no les avisara con anticipación a los líderes legislativos.

“Si esto hubiera escalado, si algo hubiera salido mal, si nos hubiéramos involucrado en un combate armado con los rusos, le beneficia al Gobierno poder decir, ‘Le informamos al Congreso que iríamos y ellos estaban al tanto de los riesgos”, dijo.

Pero, a pesar del argumento de Schiff a favor de una cubierta legislativa para una operación que pueda desencadenar la Tercera Guerra Mundial, Trump insistió en que no les dijo a los demócratas en el Congreso sobre el asesinato planeado porque habrían divulgado la información, es decir, que sus oponentes políticos son “traidores”.

En gran medida, las críticas de la prensa y los demócratas a Trump fueron para contrastar la retórica imprudente del mandatario con el abordaje supuestamente digno de Obama hacia el asesinato de bin Laden.

La realidad es que Obama le otorgó a la Presidencia fascistizante de Donald Trump un aparato y una justificación pseudolegal para asesinatos selectivos en todo el mundo, incluyendo ciudadanos estadounidenses.

Contra el trasfondo de un resurgimiento masivo que ha visto a millones tomar las calles para exigir un fin a la opresión capitalista y la desigualdad social —como en Chile y Líbano— junto con un repunte en huelgas en EE. UU. por parte de los trabajadores automotores, maestros y otras secciones de la clase obrera, el peligro es que los asesinatos extrajudiciales serán cada vez más utilizados como una herramienta de represión social tanto en casa como en el extranjero.

El intento de Trump, respaldado por los demócratas y la prensa, de promover el asesinato de Bagdadi como un “momento unificador” será inmediatamente eclipsado por una intensificación inexorable de la lucha de clases en EE. UU. y todo el globo. La tarea crítica es armar este movimiento en auge con un programa internacional socialista.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 28 de octubre de 2019)

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