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La respuesta de la élite gobernante a la pandemia del coronavirus: negligencia maligna

La pandemia mundial de coronavirus entró ayer en una nueva fase, con 16.000 nuevos casos registrados en todo el mundo por la Universidad de Johns Hopkins. Otras 250 personas murieron el viernes en Italia, que anunció 2.547 nuevos casos. Los casos de España casi se duplicaron, aumentando 2.086. En los Estados Unidos, se descubrieron 572 nuevos casos y nueve muertes.

El viernes, el New York Times publicó estimaciones internas de los Centros para el Control de Enfermedades (CDC, sigla en inglés) que presentan varios escenarios para la propagación del virus, concluyendo que "entre 160 y 214 millones de personas en los Estados Unidos podrían infectarse en el curso de la epidemia", y que "de 200.000 a 1,7 millones de personas podrían morir". El Times continuó, "de 2,4 millones a 21 millones de personas en los Estados Unidos podrían requerir hospitalización, potencialmente aplastando el sistema médico de la nación, que sólo tiene alrededor de 925.000 camas de hospital con personal".

Ante este creciente desastre, existe un enorme abismo entre la gravedad de la situación y la respuesta de los Gobiernos del mundo.

En la superficie, esta respuesta parece ser caótica, desorganizada e improvisada. Todo esto es cierto. Pero de este caos aparece una política definida, que puede definirse como negligencia maligna. Es decir, los Gobiernos están tomando una decisión deliberada de minimizar su respuesta y adoptar una actitud de indiferencia ante la propagación del virus.

El presidente Donald Trump se pronuncia durante una rueda de prensa sobre el coronavirus en la Casa Blanca, 13 de marzo de 2020, Washington (AP Photo/Evan Vucci)

A fines de la década de 1960, cuando las huelgas masivas, los disturbios urbanos y las protestas contra la guerra se extendieron por los Estados Unidos, Daniel Patrick Moynihan, el asesor de derecha del presidente Richard Nixon, propuso una política de "negligencia benigna" en las ciudades estadounidenses, es decir, una política de ignorar las causas de los masivos disturbios sociales con la esperanza de que esto fomentara la despoblación de los centros de lucha de la clase obrera.

En su respuesta totalmente pasiva a la pandemia de coronavirus, que sólo puede controlarse a través de una intervención gubernamental masiva y coordinada, los Gobiernos han extendido la política de "negligencia benigna" a algo mucho más siniestro.

Esta semana, la canciller alemana Angela Merkel dijo que entre el 60 y el 70 por ciento de la población alemana estaría probablemente infectada, lo que podría significar la muerte de cientos de miles o millones de personas. El jueves, el Primer Ministro británico Boris Johnson declaró: "Debo ser sincero con el público británico: muchas más familias van a perder a sus seres queridos antes de tiempo".

Ni el Gobierno británico ni el alemán anunciaron una asignación adicional importante de fondos para hacer frente a la crisis. Más bien, el principal asesor científico de Johnson, sir Patrick Vallance, insistió en que el Gobierno británico no debería intentar evitar que el coronavirus infecte al público: "No es posible evitar que todo el mundo lo contraiga, y tampoco es deseable".

No hay duda de que al menos algunos miembros de la clase dirigente ven las muertes por coronavirus como algo deseable. El columnista del diario británico Telegraph , Jeremy Warner declaró abiertamente lo que se está discutiendo en los círculos gobernantes cuando escribió, "el COVID-19 podría incluso resultar ligeramente beneficioso a largo plazo al sacrificar desproporcionadamente a los dependientes ancianos".

Pero la respuesta más insensible ha venido de los Estados Unidos. El viernes, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump dio una conferencia de prensa en la Casa Blanca junto con los ejecutivos de algunas de las mayores empresas de salud y de ventas de los Estados Unidos.

Trump no anunció ninguna medida adicional para detener la propagación de la enfermedad o ampliar el tratamiento para los enfermos. Más bien, anunció que prácticamente toda la respuesta del Gobierno se entregaría a las corporaciones privadas.

En lugar de ser probados por los CDC, efectivamente todos los diagnósticos de coronavirus serían realizados por corporaciones privadas como Quest Diagnostics y Labcorp. En lugar de tratamientos en instalaciones hospitalarias o en propiedad pública, se llevarán a cabo en los estacionamientos de los principales centros de ventas minoristas, como Walmart, Target y CVS. Trump dijo que el sitio web para coordinar y solicitar las pruebas sería diseñado y operado por una empresa con fines de lucro, Google. Google aclaró más tarde que no existía tal sitio web.

Trump dejó claro que la pandemia es una oportunidad de lucro para los ejecutivos de la empresa que están a su lado, que desfilaron como si fueran héroes nacionales.

De hecho, su manía por obtener ganancias está detrás de la destrucción y desfinanciamiento sistemáticos de los servicios sociales que han hecho posible este desastre. Durante décadas, estos oligarcas han subordinado todas las necesidades sociales a "los valores de las acciones", la frase utilizada para justificar la cada vez mayor acumulación de riqueza a manos de la oligarquía financiera.

Trump, flanqueado por ejecutivos multimillonarios, apareció como la encarnación del Estado corporativo. El único papel que ve para el Gobierno, aparte de llenar de dinero a Wall Street, es utilizar la emergencia nacional para preparar el de represión policial.

Para las elites gobernantes, la pandemia de coronavirus nunca fue vista como una crisis de salud, sino más bien como un evento de mercado. La preocupación dominante siempre ha sido el impacto de esta enfermedad en los precios de las acciones.

La respuesta ha sido, como en 2008 y 2009, una infusión masiva de dinero y recursos sociales en Wall Street. La conferencia de prensa de Trump siguió al anuncio de un rescate de 1,5 billones de dólares del sistema financiero por parte de la Reserva Federal, una cifra dos veces mayor que el tamaño original del rescate bancario de 2008 y más de mil veces mayor que la financiación de emergencia para el coronavirus solicitada el viernes por la Organización Mundial de la Salud.

Trump le envió un mensaje muy claro a Wall Street: no importa cuánta gente muera ni el infierno que la población se vea obligada a vivir, mi Gobierno protegerá su riqueza.

La oligarquía financiera, con su "atención médica de conserjería" privada y el acceso a las mejores instalaciones —medicamentos antivirales, oxigenación y ventiladores de emergencia— sabe que recibirá la mejor atención incluso cuando los trabajadores médicos de los hospitales desbordados se vean obligados a tomar decisiones desgarradoras sobre quién vivirá y quién morirá.

Wall Street entendió el mensaje. En la media hora que transcurrió entre el momento en que Trump comenzó a hablar y el cierre de los mercados, el índice bursátil Promedio Industrial Dow Jones se disparó en unos 1.400 puntos, en el mayor aumento de la bolsa de valores en la historia.

El principal temor de la clase dominante no son las devastadoras consecuencias para la salud por el coronavirus, sino el crecimiento de las protestas sociales, a las que responderán con violencia y represión. El estallido de huelgas y paros de trabajadores en Italia, en protesta por el hecho de que se ven obligados a trabajar en medio de la pandemia, es sólo el comienzo de la respuesta de la clase obrera.

El desarrollo de un movimiento de la clase obrera en todo el mundo debe estar armado con un programa y una perspectiva. Frente a la negligencia e indiferencia de la oligarquía, la clase obrera debe luchar por una acción masiva y coordinada a nivel mundial para combatir la enfermedad.

Se deben asignar billones de dólares, no para impulsar los valores de las acciones y la riqueza de la oligarquía financiera, sino para garantizar que hayan pruebas universalmente para todos los que la necesiten, la construcción de nueva infraestructura médica, la producción de equipos médicos desesperadamente necesarios, y asistencia económica de emergencia para todos aquellos que no pueden trabajar debido a condiciones inseguras.

La respuesta monstruosa e inhumana a la pandemia por parte de la clase dominante está poniendo al descubierto la verdadera naturaleza del sistema capitalista, que prevé el vasto enriquecimiento de unos pocos a expensas de la gran mayoría. Garantizar la satisfacción de las necesidades más fundamentales de la sociedad civilizada requiere el derrocamiento de este sistema y su reemplazo por el socialismo.

(Publicado originalmente en inglés el 14 de marzo de 2020)

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