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Wall Street se da un festín con las muertes

Ayer, 14 de abril, el total de muertes a nivel mundial por la pandemia del COVID-19 superó las 126.000. En Estados Unidos, más de 2.400 personas murieron el martes, llevando el total de víctimas en el país a 26.000. No cabe duda de estas cifras son sustancialmente menores a la cantidad real de personas que ha fallecido por contraer el coronavirus.

EE. UU. no ha vivido una crisis en su territorio que haya tenido un impacto tan devastador para el bienestar social del pueblo estadounidense desde los años treinta. Las imágenes de fosas comunes siendo cavadas en la ciudad de Nueva York, bolsas para cadáveres apiladas en los hospitales de Detroit y filas interminables de carros cuyos conductores esperan poder recolectar comida para alimentar a sus familias serán recordadas como las fotografías de Dorothea Lange durante la Depresión. Decenas de millones de estadounidenses no tienen ingresos ni ahorros suficientes para pagar sus hipotecas, renta, primas del seguro médico, intereses en préstamos y otros gastos diarios, semanales y mensuales de los que no pueden escapar. Más de 16 millones de personas han presentado solicitudes de beneficios por desempleo. Tomará semanas, si no meses, para que lleguen sus cheques por desempleo. El pago prometido de $1.200 que supuestamente fue parte del proyecto de ley CARES el mes pasado ha aparecido en muy pocas cuentas bancarias.

Se está desarrollando un desastre social. Las menciones en la prensa de “rayos de esperanza” no guarda ninguna relación con la realidad siendo vivida por la vasta mayoría de la población. Los comentarios de que habrá “picos” y luego se “nivelará” son en gran parte hipotéticos. La pandemia está asolando todo el país. Para los millones que conservan sus trabajos, presentarse a trabajar significa correr el riesgo serio de exponerse al coronavirus.

Pero aún así, en medio de esta inmensa crisis, hay una pequeña porción de la sociedad que ha prosperado holgadamente durante este tiempo de apuros.

Hace apenas tres semanas, el 23 de marzo, el índice bursátil Dow Jones Industrial Average (DJIA) cerró con 18.591 puntos. Durante las cinco semanas previas, cuando se reconoció de forma gradual y renuente la seriedad de la pandemia, el Dow cayó casi 35 por ciento desde su máximo el 13 de febrero de 29.551.

Desde el 23 de marzo, dos cifras han aumentado conjuntamente, las muertes del COVID-19 y el DJIA (junto a los otros principales promedios de la bolsa de valores como el S&P y NASDAQ).

El 23 de marzo, el número de víctimas por la pandemia en EE. UU. había alcanzado los 556. En los cuatro días siguientes, el Congreso aprobó con prisa el rescate multibillonario de las instituciones financieras y corporativas y sus inversores. La “Ley CARES” fue promulgada el 27 de marzo. Ese día, el DJIA cerró con 21.636 puntos. Las expectativas de la inminente aprobación del rescate aumentaron el mercado casi 3.000 puntos en cuatro días. Pero, entre el 23 de marzo y el 27 de marzo, las muertes de la pandemia en EE. UU. casi se triplicaron a 1.697.

Durante la semana del 30 de marzo, hubo un aumento aún más explosivo de víctimas de la pandemia. Para el viernes 3 de abril, las víctimas llegaron a 7.139. Durante todo el fin de semana, la prensa intentó preparar al público para otro rápido aumento en las muertes. Pero también hubo un tono distinto en la narrativa de los medios. El repertorio de la prensa adoptó frases como “señales esperanzadoras”, “doblando la esquina” y los inevitables “rayos de esperanza”. Esto fue combinado con una campaña cada vez más agresiva a favor de un regreso al trabajo más o menos pronto.

A lo largo de la semana, el rápido aumento en las muertes reveló la expansión de las dimensiones de la tragedia social. El aumento en los promedios de la bolsa de valores reflejó las expectativas de la élite financiera tras recibir billones de dólares por parte del Gobierno, de que podrá lucrar de la crisis y salir más pudiente y poderosa que nunca.

Para el lunes 6 de abril, las muertes por COVID-19 llegaron a 10.895. El Dow cerró con 22.679 puntos. Para el 9 de abril, la cifra de fallecidos subió a 16.712. El Dow cerró con 23.319 puntos. Ayer, mientras el número de muertos superaba la impactante línea de los 26.000, los inversores y especuladores miraron con gusto cómo el Dow ganaba otros 569 puntos y cerraba con 23.935 puntos.

Qué el lector tome una pausa para repasar estos números. Desde el 23 de marzo, la pandemia del COVID-19 reclamó, según las estadísticas oficiales, más de 25.000 vidas en EE. UU. Durante el mismo periodo, el DJIA brincó más de 30 por ciento.

En la superficie, no hay nada en las noticias económicas que justifique este aumento extraordinariamente rápido en los mercados. De hecho, toda la información disponible indica que el impacto global de la pandemia será tan serio y prolongado como la Gran Depresión de los años 1930.

Ayer por la mañana, el Fondo Monetario Internacional emitió un reporte intitulado, “El Gran Encierro [o Gran Confinamiento]: la peor depresión económica desde la Gran Depresión”. Redactado por la economista jefa del FMI, Gita Gopinath, el reporte califica la situación de “una crisis como ninguna otra” y pronostica un declive prolongado en el crecimiento económico global. “Esto convierte el Gran Encierro en la peor recesión desde la Gran Depresión y mucho peor que la Crisis Financiera Global [de 2008-2009]”. El reporte continúa:

La pérdida acumulada de PIB global en 2020 y 2021 debido a la crisis pandémica podría ser de aproximadamente 9 billones de dólares, más que las economías de Japón y Alemania combinadas.

Claramente, no son las proyecciones económicas actuales las que han impulsado la euforia en Wall Street y es sumamente improbable que el alza en las bolsas se mantenga según se asevera la contracción global. Pero, por ahora, la euforia está siendo alimentada por los billones de dólares en dinero gratis y sin supervisión que está suministrando la Reserva Federal, así como la expectativa de que la crisis abrirá la ventana para que la oligarquía corporativa-financiera en EE. UU. y Europa para reestructurar la economía capitalista y las relaciones de clases de una forma que facilite una transferencia acelerada de riqueza a los cofres de la clase capitalista.

Pero hay otro factor que se contrapondrá a esta euforia: la resistencia social cada vez mayor de la clase obrera, que está desarrollando sus propias ideas sobre cómo debería reestructurarse la economía estadounidense y global y cómo debería redistribuirse la riqueza.

(Publicado originalmente en inglés el 15 de abril de 2020)

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