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El capitalismo contra la ciencia: las lecciones del frenesí de 36 horas sobre la vacuna Moderna

El anuncio del lunes por parte de la empresa biotecnológica Moderna con sede en Boston de que la primera prueba de una vacuna para el COVID-19 en humanos tuvo buenos resultados fue recibido con una marea de histeria y adulación en los medios de comunicación.

La principal noticia en los programas vespertinos fue el “revolucionario” tratamiento que fue llamado un “avance”. NBC News declaró que el hallazgo estaba “generando una marea de optimismo”. En todas partes, la línea era la misma, desde Fox News hasta CNN y PBS.

Supuestamente se había descubierto una cura milagrosa y Wall Street estaba extático. Los mercados surgieron a raíz de las noticias. El índice Dow Jones Industrial Average aumentó 900 puntos. El precio de las acciones de Moderna saltó más de $20.

Pero, en menos de 36 horas, esta campaña comenzó a colapsar bajo su propio peso.

Resultó que nadie había prestado atención al hecho de que la información proporcionada por Moderna era muy limitada, y que el fabricante había ocultado o no tenía datos sobre los resultados de la mayoría de los participantes en el minúsculo estudio.

Cuando la revista médica STAT publicó un informe con los cuestionamientos científicos más básicos sobre la supuesta vacuna innovadora, las acciones de Moderna se desplomaron en un 10 por ciento, arrastrando con ello al Dow Jones.

Pero eso no le importó a Moncef Slaoui, el miembro de la junta directiva de Moderna al que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, recurrió para que encabezara la campaña del Gobierno para desarrollar una vacuna “a máxima velocidad”. Slaoui anunció el viernes que vendería sus acciones de Moderna el lunes, lo que significa que se hizo 2,4 millones de dólares más rico como resultado del bombardeo publicitario, pero no se llevó ninguna de las pérdidas cuando surgieron preguntas sobre el estudio.

En su informe, STAT señaló que “varios expertos en vacunas consultados por STAT concluyeron que, según la información facilitada por la empresa con sede en Cambridge, Massachusetts, realmente no hay manera de saber lo impresionante —o no— que pueda ser la vacuna”.

STAT señaló que, a pesar de la participación del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAD, sigla en inglés) en el ensayo de la vacuna, “el NIAID no publicó un comunicado de prensa el lunes y se negó a hacer comentarios sobre el anuncio de Moderna”.

Mientras que 45 personas recibieron la vacuna, Moderna proporcionó datos sobre los resultados de solo ocho.

Además, STAT escribió:

El informe de los anticuerpos neutralizantes en los sujetos vacunados proviene de la sangre extraída dos semanas después de haber recibido la segunda dosis de la vacuna. Dos semanas. “Eso es muy pronto. No sabemos si esos anticuerpos son duraderos”, dijo Anna Durbin, investigadora de vacunas de la Universidad Johns Hopkins.

En su comunicado de prensa, Moderna señaló que los niveles de anticuerpos observados en las personas a las que se les administró la vacuna “eran iguales o superaban los niveles generalmente observados en los sueros de los convalecientes” de los pacientes recuperados. Pero STAT señaló que “de 175 pacientes recuperados de COVID-19 estudiados, 10 no tenían anticuerpos neutralizantes detectables”.

Durbin señaló: “Pensé: ¿Generalmente? ¿Qué significa eso?”

STAT concluyó: “Su pregunta, por el momento, no puede ser respondida”.

En condiciones de muertes a escala masiva, desempleo masivo y dislocación social generalizada por la pandemia de COVID-19, la promoción descaradamente irresponsable de la vacuna Moderna es otra muestra del nivel ilimitado de corrupción que impregna todos los aspectos de la élite política y los medios de comunicación.

Para Wall Street y las compañías farmacéuticas, la pandemia es maná del cielo. No solo han recibido un rescate de 6 billones de dólares, sino que podrán ganar miles de millones de dólares cobrándole extra a una población asustada y enferma por los tratamientos y vacunas que podrían salvar vidas. Para la clase dirigente, el desarrollo de una vacuna no se trata de preservar la vida, sino de determinar quién ganará el sorteo del coronavirus.

Al igual que la promoción de la hidroxicloroquina por parte de los medios de comunicación y luego del remdesivir de Gilead, la promoción de la vacuna de Moderna sigue un patrón familiar.

La atención de los medios de comunicación en torno a los resultados de Moderna sirve para crear la impresión de que una cura milagrosa está a la vuelta de la esquina. El objetivo es reforzar la campaña de regreso al trabajo de la clase dirigente. Se pretende promover un estado de ánimo en el que el coronavirus no sea considerado peligroso, que todo está bajo control y que la vida puede “volver a la normalidad”.

Sin embargo, la experiencia con los ensayos de vacunas ha demostrado que los resultados prometedores de los primeros ensayos suelen estar plagados de reveses en los estudios de población más amplios. Solo el 10 por ciento de los medicamentos que superan la primera fase de investigación logran llegar al mercado.

La vacuna contra el dengue fabricada en 2015 por la compañía farmacéutica francesa Sanofi, por ejemplo, pasó por varias fases de ensayo. La compañía fue criticada por descartar las señales de alerta temprana que indicaban que quienes recibían la vacuna podían desarrollar una forma grave de la enfermedad. Esta condición se denomina refuerzo por dependencia a anticuerpos, lo que puede desencadenar una situación en la que la reproducción del virus se ve reforzada. En 2017, el Gobierno de Filipinas suspendió el uso de la vacuna en medio de los temores y la ira generalizados del público en relación con su seguridad, después de que 800.000 escolares fueran vacunados.

El rápido desarrollo de medicamentos que se introdujeron prematuramente en los mercados ha tenido resultados catastróficos. La talidomida, que se comercializó por primera vez en 1957 en Alemania Occidental, se promovió como un medicamento de venta libre para la prevención de la ansiedad, el insomnio y las náuseas matinales. En 1961, se reconoció que causaba graves defectos congénitos. El dietilestilbestrol (DES), una píldora de estrógeno comercializada entre los años cuarenta y setenta para mujeres embarazadas con el fin de prevenir abortos y evitar problemas en el embarazo, dio lugar a que las hijas de mujeres que usaban DES fueran propensas a desarrollar una forma rara de cáncer vaginal.

El Dr. Anthony Fauci, que es el jefe del NIAID en los NIH, y también el asesor de salud de la Casa Blanca, comentó sombríamente ante el comité del Senado sobre Salud, Educación, Trabajo y Pensiones que una vacuna fiable y probada sería necesaria para luchar contra la pandemia. Pero enfatizó que tomaría por lo menos de 12 a 18 meses, a pesar de las promesas de Trump y sus asesores de entregar una vacuna antes de fin de año.

La vacuna debe someterse a varios ensayos cuidadosamente controlados antes de que se pueda garantizar su eficacia y seguridad. Habrá que inocular a millones, si no miles de millones, de personas para luchar contra la pandemia. Si los efectos secundarios de la vacuna produjeran consecuencias mórbidas o letales incluso en una fracción del 1 por ciento, estas cifras se elevarán a cientos de miles, si no millones de personas.

Más allá de los intereses mercenarios y depredadores que han quedado claros en la exagerada propaganda de los medios de comunicación sobre la vacuna de Moderna, todo el marco del esfuerzo de los EE.UU. para desarrollar una vacuna para el COVID-19 ha estado dominado por intereses geopolíticos nacionalistas.

Un artículo reciente de la revista Science señala que el programa de desarrollo de vacunas “a máxima velocidad” de la Administración de Trump se basa en “evitar la cooperación internacional y cualquier candidato a vacuna de China”, y tiene como objetivo desarrollar vacunas “reservadas para los estadounidenses”.

Señala: “Aunque Warp Speed [máxima velocidad] no ha descartado ningún tipo de vacuna, no considerará las fabricadas en China, como la vacuna de virus inactivado que recientemente ha demostrado proteger a los monos del coronavirus, por primera vez logrado”. Añade: “El objetivo principal de Warp Speed es proteger a los Estados Unidos”.

En otras palabras, los Estados Unidos están decididos a dominar el mercado crítico de la vacuna para el COVID-19, adelantándose a la colaboración internacional que es fundamental para cualquier respuesta seria a la enfermedad.

Esta semana también estuvo marcada por la apertura de la 73ª Asamblea Mundial de la Salud anual, en la que los Estados Unidos trataron de culpar a China por la pandemia, incluso cuando el número de infecciones se acerca a los cinco millones y más de 325.000 han sucumbido al virus.

Según el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, “El acceso al Acelerador COVID-19 está uniendo esfuerzos en muchos frentes para garantizar que dispongamos de terapias y vacunas seguras, eficaces y asequibles en el menor tiempo posible. Estas herramientas proporcionan una esperanza adicional de superar el COVID-19, pero no pondrán fin a la pandemia si no podemos garantizar un acceso equitativo. En estas circunstancias extraordinarias, necesitamos liberar todo el poder de la ciencia, para ofrecer innovaciones que sean escalables, utilizables y que beneficien a todos, en todas partes, al mismo tiempo. Los modelos tradicionales de mercado no ofrecerán la escala necesaria para cubrir todo el mundo”.

Pero estas aspiraciones contrastan fuertemente con la respuesta de los Gobiernos capitalistas de todo el mundo, que han abandonado todo esfuerzo por contener la pandemia, incluso cuando pretenden posicionar a las grandes corporaciones para que se beneficien de ella.

La lección básica del frenesí por la vacuna Moderna es que la lucha contra el COVID-19 se desarrollará en dos frentes: el frente médico y la lucha social y política contra el sistema capitalista.

No puede haber mayor contribución a la búsqueda de una solución a la pandemia de COVID-19 que la lucha por acabar con el control privado de la industria farmacéutica, con el objetivo de proveer el bienestar público y no el lucro.

(Publicado originalmente en inglés el 19 de mayo de 2020)

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