La pandemia de COVID-19 expone al Nuevo Partido Anticapitalista de Francia

por Alex Lantier
23 mayo 2020

La pandemia COVID-19, al exponer la asombrosa incompetencia e indiferencia ante la vida humana de los gobiernos capitalistas de todo el mundo, ha intensificado enormemente el conflicto de clases. Esta primavera, los trabajadores de Italia a los Estados Unidos y Brasil lanzaron una ola de huelgas salvajes y paros para exigir equipos de protección y el derecho a refugiarse en casa. A medida que los gobiernos, los bancos y los sindicatos organizan internacionalmente una campaña políticamente criminal para que los trabajadores vuelvan a trabajar sin haber sido sometidos a suficientes exámenes o protección, la pandemia está desenmascarando a los grupos proimperialistas de clase media que la clase dominante ha promocionado falsamente durante mucho tiempo como la “izquierda”.

Los trabajadores sólo pueden luchar contra la pandemia mediante una ruptura política y organizativa con estos partidos y sindicatos afiliados, que son cómplices de políticas que provocan muertes masivas. Esto se desprende de la declaración reaccionaria, titulada “Construyamos ahora la transición al ecosocialismo”, emitida el mes pasado por una coalición de partidos pequeñoburgueses que incluye al Nuevo Partido Anticapitalista pabloista (NPA) de Francia, los Anticapitalistas del gobierno de Podemos de España, la Alianza Rojo-Verde (RGA) de Dinamarca, el Partido Socialista y Libertad (PSOL) de Brasil, el Partido Nava Sama Samaja de Sri Lanka y Socialist Action de los Estados Unidos.

Si bien se autodenominan “Executive Bureau of the Fourth International” (EBFI, Secretariado Ejecutiva de la Cuarta Internacional), su hostilidad hacia la clase obrera y el trotskismo, es decir, hacia el internacionalismo marxista, es prácticamente evidente. Su declaración mantiene un silencio ensordecedor sobre la reaccionaria política de vuelta al trabajo; sobre la propaganda de guerra contra China y los obscenos rescates bancarios acordados en los países imperialistas; sobre los planes de despidos masivos y de austeridad en medio del colapso económico desencadenado por la pandemia. En cambio, lanzan un ataque nacionalista y retrógrado contra las cadenas de suministro mundiales que emplean a cientos de millones de trabajadores y transportan alimentos y medicinas a miles de millones de personas en todo el mundo:

El COVID-19 es una pandemia del neoliberalismo, producto de esta fase globalizada del capitalismo. El capitalismo, impulsado por la globalización neoliberal, ha extendido su manto por todo el planeta. Las cadenas de producción mundiales, que se proporcionan para que las empresas aumenten sus ganancias, hacen que cada país sea vulnerable a la más mínima crisis, y la hipermovilidad que las sostiene ha eliminado todo mecanismo de seguridad sanitaria y ecológica. Una relación depredadora con la naturaleza, basada en el uso de combustibles fósiles y la gran agricultura capitalista, con sus desiertos verdes, destruye tanto el equilibrio de los ciclos fundamentales del sistema terrestre (carbono, agua, nitrógeno) como la relación de los seres humanos con la biosfera, con la red de vida de la que sólo somos una parte.

La afirmación de que la pandemia de COVID-19 es un castigo por la globalización y por la relación inmoral de la industria con la naturaleza es una mentira. El coronavirus SARS-CoV-2 causó la pandemia, pero la responsabilidad de su alcance e impacto recae en los gobiernos capitalistas, sobre todo en los centros imperialistas de América y Europa. No financiaron con prontitud las políticas de refugio en el hogar, sino que entregaron rescates de billones de dólares y euros a los bancos, lo que provocó cientos de miles de muertes y una mayor propagación del virus. El regreso prematuro al trabajo se cobrará miles de vidas más.

La industria y la ciencia mundial no son las causas de la pandemia, sino las herramientas que la clase trabajadora puede utilizar para combatirla. Los viajes internacionales han aumentado enormemente desde el decenio de 1970 y el surgimiento de la producción industrial transnacional fue posible gracias a los avances en la tecnología de las computadoras, los contenedores y el transporte. Esto acelera la propagación inicial de las enfermedades. Sin embargo, es absurdo concluir de esto que la globalización causa pandemias. Un virus altamente contagioso como el SARS-CoV-2 se extendería internacionalmente, con o sin los viajes y el comercio modernos. Remontándonos a la pandemia de gripe de 1918, a la Edad Media o incluso al Imperio Romano, las pandemias de viruela, gripe, cólera o peste se propagaron internacionalmente, matando a millones de personas.

En comparación con estas épocas anteriores, la tecnología del siglo XXI proporciona a la humanidad una asombrosa capacidad científica y de fabricación para movilizarse contra una pandemia. En pocas semanas, equipos internacionales de científicos identificaron el virus del SARS-CoV-2, publicaron su genoma y proporcionaron pruebas de diagnóstico para el COVID-19. Se identificaron las formas en que se transmite. La globalización de la industria también significa que docenas de países pueden fabricar equipos de protección, respiradores y medicinas que antes habrían sido difíciles de producir en masa fuera de los centros imperialistas. Miles de millones de trabajadores esperan y exigen legítimamente que esos recursos sean aprovechados para luchar contra la pandemia.

Al plantear de forma directa y urgente la tarea de utilizar los recursos económicos para satisfacer las necesidades sociales, la pandemia puso a prueba el orden social existente. El capitalismo, que organiza la economía basada en el beneficio privado en lugar de las necesidades sociales, fracasó estrepitosamente. En los círculos dirigentes se supo, durante casi dos decenios desde la epidemia de SARS de 2002, que esa pandemia era un peligro. Sin embargo, la labor relacionada con las vacunas y los tratamientos contra el coronavirus no contaba con fondos suficientes y fue abandonada en gran medida. Este año, incluso en los países ricos, las pruebas, los respiradores y el equipo de protección no estaban listos para la población. Ni siquiera se disponía de máscaras, incluso para el personal médico en la primera línea de combate.

Otro fracaso clave del capitalismo, sin duda, es el hecho de que su desarrollo de las fuerzas productivas perjudica al medio ambiente. La agroindustria ha sido objeto de exposiciones devastadoras y la quema de combustibles fósiles para generar energía ha desencadenado un calentamiento global sin precedente. Sin embargo, se trata de problemas mundiales que requieren la movilización internacional de recursos científicos e industriales para producir alimentos sanos, eliminar la contaminación y detener el calentamiento global. Esos problemas no pueden resolverse con llamamientos para que se retroceda en el tiempo a la época anterior a la globalización, se ponga fin a la agricultura en gran escala o se limiten los intercambios económicos a las fronteras del Estado nación.

La fuerza que puede movilizarse para utilizar la industria mundial de manera planificada y científicamente guiada es la clase obrera internacional. Organizándose en comités de acción, independientes de los sindicatos en sus lugares de trabajo y a través de los medios de comunicación social, pueden no sólo garantizar la seguridad en el lugar de trabajo, sino también tomar el control de la industria y utilizarla para lanzar una lucha mundial contra el virus basada no en el beneficio, sino en la ciencia médica. Sin embargo, esto significa una lucha internacional para expropiar a la aristocracia financiera, tomar el poder del Estado y construir el socialismo. Requiere, en particular, una ruptura política consciente con las capas reaccionarias de los académicos de la clase media, los funcionarios de los sindicatos y los operadores de los medios de comunicación representados por el EBFI.

El “ecosocialismo” del EBFI no es más que un barniz verde diseñado para encubrir su apoyo a los rescates bancarios y otras políticas derechistas de la clase dirigente. Dice: “En esta situación, la gran mayoría de los gobiernos se han visto obligados a tomar medidas extremas. Debemos defender las medidas que atacan la forma y la sustancia del neoliberalismo y el sistema capitalista”. Incluso mientras se preparan despidos masivos, denuncia a la industria, diciendo: “La crisis actual muestra claramente que una parte significativa de la producción capitalista es puramente depredadora, totalmente superflua y derrochadora”. Añade que “un reajuste industrial masivo puede hacerse en un plazo relativamente corto, dependiendo de la voluntad política”.

Estos charlatanes suponen que los rescates de los Estados capitalistas y el pago del seguro de desempleo atacan la sustancia del capitalismo. Afirman que la pandemia “demuestra que la reducción significativa de las horas de trabajo puede producir bienes esenciales y que las garantías salariales y de ingresos y el acceso universal a los sistemas de salud y educación son totalmente viables en un régimen de transición, en el que los sistemas energéticos y productivos son totalmente reemplazados, y enormes contingentes de trabajadores son trasladados a diferentes sectores económicos compatibles con una transición ecosocialista...”.

Qué fraude. La pandemia ha demostrado no que el orden existente es capaz de un cambio progresivo, sino su bancarrota, su inhumanidad y la necesidad de su derrocamiento.

Lejos de asegurar el acceso universal a la salud y al bienestar, los gobiernos capitalistas dejaron a millones de personas en sus casas sin atención médica, negaron a los ancianos un tratamiento que podría salvarles la vida basándose en criterios de edad bárbaros y ahora están obligando a los trabajadores a volver a trabajar en medio de la pandemia. En los países europeos ricos, aun cuando se prodigan billones de euros en rescates bancarios, los trabajadores sobreviven con prestaciones míseras y millones pasan hambre o dependen de la caridad en los distritos de clase trabajadora de las grandes ciudades. A nivel internacional, un cuarto de millón de seres humanos corre el riesgo de morir de hambre debido a las perturbaciones en la agricultura y el comercio mundiales y cientos de millones de trabajadores corren el riesgo de perder sus empleos.

La pandemia ha expuesto el ecosocialismo del EBFI y toda una serie de grupos seudoizquierdistas similares. Se aprovecha de las cuestiones ecológicas para repudiar la política de clases, el socialismo y el marxismo. Si todavía se promociona fraudulentamente como una estrategia “anticapitalista” por grupos pequeñoburgueses, antimarxistas, eso no tiene nada que ver con la política de izquierda y mucho menos con la política socialista o de la clase trabajadora.

Hace dos tercios de siglo que los antepasados políticos del EBFI rompieron con el trotskismo y se desvincularon en 1953 con el Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI). Dirigido por Michel Pablo y Ernest Mandel, exigieron que la Cuarta Internacional se disolviera políticamente en partidos estalinistas y nacionalistas burgueses que habían dominado los movimientos revolucionarios de masas de los años 40 contra el fascismo o el colonialismo. A través de estos partidos—que habían impedido que la clase obrera tomara el poder y así preservaron el dominio capitalista en partes decisivas de Europa, África y Asia después de la Segunda Guerra Mundial—los pablistas se adaptaron al sistema capitalista de la posguerra.

El rechazo de los pablistas a la lucha por la conquista del poder por parte de la clase obrera les granjeó el apoyo de las capas pequeñoburguesas del movimiento juvenil de los años sesenta que surgió en el movimiento contra la guerra de Vietnam y en el período previo a la huelga general de Francia de 1968. Las figuras líderes de los partidos del EBFI son en gran parte miembros de esta generación, reclutados en el movimiento pablista basado en políticas de identidad de género, raza y etnia. Esta perspectiva también los alineó con los intelectuales pequeñoburgueses antimarxistas que desarrollaban varias formas de política ecologista.

Estas concepciones se explicitaron en una obra de 1964, Estrategia Obrera y Neo-capitalismo, de André Gorz. Un postmodernista franco-austriaco que en 1980 publicó un ataque al marxismo titulado Adiós al proletariado, Gorz era un defensor de la política medioambiental. Escribió que “desde el interior del sistema capitalista”, la izquierda debería hacer propuestas “para transformar radicalmente la sociedad ... con reformas estructurales”, como en la política ambiental. Mientras que explícitamente abogaba por las reformas bajo el capitalismo, Gorz afirmó que estas eran medidas revolucionarias, o incluso socialistas: “No es necesariamente reformista ... exigir reformas no basadas en lo que es posible dentro de un determinado sistema social o de gestión, sino en lo que debe hacerse posible dadas las necesidades y demandas humanas”.

Gorz estaba conscientemente exponiendo en forma teórica la política del cinismo: mientras apoyaba la continuación del dominio capitalista, planteaba demandas que admitía que eran irrealizables dentro de este orden social. Llamó ambiguamente a su teoría “una estrategia progresiva para la toma del poder por la clase obrera que no descarta la posibilidad o quizás la necesidad de una toma revolucionaria del poder en una etapa posterior”. Esta fue la forma en que Gorz señaló que pretendía relegar la toma revolucionaria del poder por parte de la clase obrera a un futuro lejano e indefinido. En la práctica, esto significaba dar luz verde a varios partidos burgueses o pequeñoburgueses para cubrir su política reaccionaria presentando demandas que sonaban radicales sin tener ninguna intención de luchar por ellas.

Después de 1968, esos escritos corruptos proporcionaron una justificación teórica para las alianzas entre las organizaciones pablistas y una serie de partidos burgueses recién fundados, como el Partido Socialista de Francia, fundado en 1971, el Movimiento Socialista Panhelénico (PASOK) de Grecia, fundado en 1974, y el Partido de los Trabajadores de Brasil, en 1980. Estos partidos burgueses prometieron políticas radicales, “socialistas” o ecológicas para ganar apoyo y votos y luego invariablemente traicionaron estas promesas una vez en el cargo. Apoyados por los partidos estalinistas y pablistas, jugaron papeles de liderazgo en la política burguesa durante décadas.

Sin embargo, durante las tres décadas que siguieron a la disolución estalinista de la Unión Soviética en 1991, el antagonismo entre la clase obrera y este orden político corrupto se ha vuelto imposible de suprimir. La restauración del capitalismo por el estalinismo en la Unión Soviética reivindicó plenamente las advertencias de León Trotsky sobre su papel contrarrevolucionario. En medio de la creciente ira social y desilusión política entre los trabajadores a nivel internacional, los eventos también reivindicaron plenamente la oposición de principios del CICI a la política seudoizquierdista de las organizaciones pablistas.

En su congreso fundacional de 2009, el NPA renunció formalmente incluso a un vínculo simbólico con el trotskismo y celebró sus ya estrechos y antiguos vínculos con el PS Francés. Esto eliminó el último obstáculo ideológico para un abrazo entusiasta de las políticas de derecha por parte del NPA. El principal miembro del NPA, François Sabado, respondió a los obscenos rescates de los bancos europeos en 2009, después de la caída de Wall Street, pidiendo que se incrementaran: “Según el laureado de la economía Nobel Paul Krugman, el plan de Obama para un rescate de más del 5 por ciento del PIB sólo tratará con la mitad del probable impacto de la recesión. ... Por decirlo suavemente, los rescates europeos son de tamaño reducido: 1,3 por ciento del PIB en Gran Bretaña, 1 por ciento en Francia, 0,8 por ciento en Alemania, 0,1 por ciento en Italia”.

Sabado acogió con beneplácito los rescates de 2009 como “más intervención del Estado en la economía, para salvar a los bancos, para la concentración y reestructuración industrial y financiera. Es un cambio comparado con la política de libre mercado sobre 'cada vez menos gobierno' de Reagan y Thatcher”.

De hecho, los billones de dólares y euros entregados a los superricos fueron una señal de un asalto internacional a la clase trabajadora de una ferocidad sin precedentes. A nivel internacional, los partidos socialdemócratas o nacionalistas con los que se habían aliado los partidos del EBFI se derrumbaron en medio de la creciente indignación de los trabajadores por sus políticas de austeridad. El PASOK sufrió una desintegración electoral que lo redujo a una pequeña grupa en 2015, seguido por el PS francés en 2017 y el Partido de los Trabajadores de Brasil fue derrocado del poder en 2016 por una operación de cambio de régimen de derecha, después de que su popularidad se hubiera derrumbado.

Desde entonces, la clase dominante ha integrado cada vez más partidos de seudoizquierda como los del EBFI pablista en la maquinaria estatal para declarar la guerra y la austeridad contra los trabajadores. El EBFI apoyó la guerra de la OTAN de 2011 contra Libia, el armamento de los grupos “rebeldes” en Siria y la operación de cambio de régimen dirigida por la OTAN y la consiguiente guerra civil en Ucrania en 2014. En 2015, el EBFI saludó la elección de su aliado griego, Syriza (la “Coalición de la Izquierda Radical”), que impuso recortes sociales draconianos y estableció campos de detención masiva de refugiados. Los partidos del EBFI están en dos gobiernos de austeridad en Europa: los anticapitalistas españoles se unieron al gobierno de Podemos-Partido Socialista Español, mientras que el RGA forma parte de la coalición parlamentaria del gobierno danés.

El papel del EBFI en la aclamación y la aplicación de políticas de derechas le hace cada vez más consciente de su violenta hostilidad al marxismo. Uno de los estudiantes que se ganó al pablismo en Francia después de la huelga general de 1968 fue el miembro franco-brasileño del NPA y coautor de un “Manifiesto Ecosocialista” de 2001, el profesor Michael Löwy. Cuando se le pidió que discutiera el ecosocialismo en una entrevista en 2012 con la ex revista estalinista Mouvements, Löwy respondió: “Por supuesto, el ecosocialismo no es en solidaridad con los llamados socialismos del siglo XX, la socialdemocracia y el estalinismo. También requiere cuestionar y criticar los límites del marxismo”.

Entre lo que él veía como los “límites” del marxismo, Löwy subrayó que era su concepción de una crisis revolucionaria y la necesidad de una revolución socialista que surgiera del crecimiento de las fuerzas productivas de la humanidad: “El límite más importante es el concepto de 'desarrollo de las fuerzas productivas' y la idea de que el socialismo debe suprimir las relaciones de producción capitalistas porque se han convertido en 'obstáculos' o 'cadenas' que bloquean su desarrollo. El ecosocialismo rompe definitivamente con esta concepción”.

Löwy añadió que su ecosocialismo está estrechamente ligado a su apoyo al “anticapitalismo romántico”. Definió esto como “una protesta cultural contra la civilización capitalista e industrial moderna en nombre de ciertos valores del pasado. El romanticismo protesta contra la mecanización, la racionalización instrumental, la reificación, la disolución de los lazos comunales y la cuantificación de las relaciones sociales”.

La pandemia ha expuesto la bancarrota histórica de estas políticas pesimistas y retrógradas de la pequeña burguesía proimperialista. Durante décadas, el riesgo de pandemia, la amenaza del calentamiento global y otros problemas medioambientales urgentes eran bien conocidos, pero no se hizo prácticamente nada; el impacto en vidas humanas de la pandemia COVID-19 por sí sola podría ascender fácilmente a millones. Los problemas ambientales no pueden resolverse de hecho sin que la clase obrera internacional tome primero el poder en una lucha por el socialismo contra el sistema de Estado nación capitalista. Sin embargo, para librar tal lucha, el movimiento en desarrollo de la clase obrera internacional debe estar armado con una clara comprensión de la brecha de clase que separa el marxismo revolucionario de la política “ecosocialista” de las organizaciones seudoizquierdistas de las clases medias.

Ya antes de la pandemia se estaba desarrollando una ola mundial sin precedentes de protestas y huelgas contra la desigualdad social. En el año 2018 se produjeron huelgas masivas de maestros en una rebelión contra la burocracia sindical estadounidense y las protestas de “chaleco amarillo” de Francia organizadas a través de los medios de comunicación social. El año pasado se produjo la primera huelga nacional de maestros en Polonia desde que el régimen estalinista restauró el capitalismo en 1989, las huelgas organizadas a través de los medios de comunicación social por las enfermeras portuguesas y las protestas masivas en el Sudán, Argelia, el Líbano, el Iraq, el Ecuador, Bolivia, Chile y otros países. La época en que el impacto de la restauración del capitalismo por el régimen estalinista en la Unión Soviética fue suficiente para suprimir la lucha de clases internacional y la lucha por el socialismo ha terminado.

Ahora, la política de regreso al trabajo en medio de la pandemia está creando las condiciones para una nueva y poderosa lucha que moviliza a la clase trabajadora internacionalmente. En 2017, había casi mil millones de trabajadores sólo en el sector industrial. A medida que masas de agricultores de Asia y África viajaban a las ciudades para encontrar trabajo, las filas de la clase obrera crecieron en 1.200 millones entre 1980 y 2010. La lucha por imponer un plan racional y científico contra la pandemia une a la clase obrera a través de líneas raciales, nacionales y de género en una oposición irreconciliable a la aristocracia financiera.

Esto lleva a la clase obrera a un conflicto cada vez más directo con los partidos del EBFI. No apoyan, sino que temen las luchas de los trabajadores, lo que se refleja en el hecho de que el NPA francés denunció inicialmente los “chalecos amarillos” como “multitudes de extrema derecha”. Así que cuando la declaración del EBFI propone un movimiento, es uno que deja fuera a la clase obrera, la acción industrial de cualquier tipo, o cualquier lucha para tomar el poder político. En su lugar, saluda las iniciativas de “movimientos de mujeres, jóvenes y el medio ambiente”, afirma:

Hay ejemplos de estas iniciativas de la población o de sectores organizados, como los campesinos, los indígenas, los desempleados y las comunidades de la periferia de las grandes ciudades, las redes de solidaridad feminista, entre otros. Estas iniciativas están forjando alternativas muy interesantes, como la fabricación colectiva de máscaras de tela para donar a la población con el fin de asegurar la prevención de contagios, la donación y producción alternativa de alimentos, la defensa del sistema de salud pública y la demanda de acceso universal al mismo, la exigencia de garantizar los derechos laborales y el pago de salarios, la denuncia del aumento de la escalada de violencia contra las mujeres y el agotador trabajo de cuidado que realizan durante el aislamiento en el hogar, entre otros.

Esas políticas—que movilizan a las confederaciones de agricultores, las organizaciones basadas en la identidad racial o étnica y los grupos feministas, como sustitutos de la clase trabajadora—son inadecuadas a primera vista para hacer frente a la pandemia. ¿Por qué deberían los trabajadores mendigar donaciones caritativas de alimentos “alternativos”, cuando es la clase obrera la que transporta, elabora y comercializa los alimentos en la principal cadena alimentaria industrial? ¿Cómo se puede poner fin a la campaña de austeridad de la burguesía y a su devastador impacto en los sistemas de salud pública de todo el mundo sólo mediante movimientos locales de grupos de campesinos, indígenas y mujeres? ¿Y por qué la población debería estar satisfecha con las máscaras de tela hechas a mano, cuando se pueden fabricar más eficazmente en las fábricas máscaras y otros equipos de protección más seguros y eficaces?

Si los agentes políticos que dirigen el EBFI hablaran con honestidad, responderían: la población debería aceptar las máscaras hechas a mano para que las fábricas puedan quedar bajo el control de los bancos y la clase dirigente, y para que los dividendos de las acciones puedan seguir vertiéndose en nuestras propias carteras. Si esto cuesta millones de vidas, añadirían, que así sea.

La amenaza de pandemia a miles de millones de vidas ha revelado el conflicto irreconciliable entre los intereses de los trabajadores y los representados por la seudoizquierda pequeño-burguesa. Este conflicto subyace en la defensa de principios de décadas del CICI de las tradiciones de la Revolución de Octubre y del trotskismo contra organizaciones como el EBFI. La cuestión decisiva a la que se enfrenta la clase obrera internacional en su lucha es asegurar su independencia política de estas fuerzas de la clase media. Cuando vean que los trabajadores construyen comités de seguridad, comités de acción y otras organizaciones de lucha fuera del control de las burocracias sindicales, tratarán de intervenir. Sin embargo, será para dividir el movimiento y atarlo al sistema de Estado nación capitalista. La alternativa revolucionaria para los trabajadores que buscan defender sus vidas, sus condiciones de vida y sus organizaciones de lucha es la defensa del internacionalismo marxista por parte de la CICI contra la seudoizquierda.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 21 de mayo de 2020)