Un mes de la pandemia de coronavirus: 7,2 millones de contagios y 165.000 muertes

5 agosto 2020

El mes de julio fue el más mortal hasta ahora en la pandemia de COVID-19, la cual sigue devastando a la población global.

Más de siete millones de personas se infectaron de la enfermedad el mes pasado, comparado con 4,4 millones el mes anterior. Además, 165.000 personas fallecieron, comparado con 139.000 el mes anterior. En total, se han contagiado 18,4 millones de personas en el mundo y, para cuando se acabe el día, las muertes llegarán a 700.000.

Voluntarios sanitarios indios toman muestras como parte del estudio de campo de Incursión No Invasiva de India e Israel en un hospital público en Nueva Delhi, India, el viernes 31 de julio de 2020 (AP Photo/Manish Swarup)

El centro del desastre global es Estados Unidos, el país capitalista más rico, con la desigualdad social más extrema y donde la vida humana tiene el menor valor.

En Estados Unidos, hubo dos millones de casos nuevos en julio, por encima de los 800.000 de junio, y fallecieron 27.500 personas, otro récord mensual. Si el virus mantiene este ritmo, habrán muerto 330.000 personas en EE.UU. para fin de año.

La coordinadora de la Fuerza de Trabajo sobre Coronavirus de la Casa Blanca, la Dra. Deborah Birx, advirtió el domingo en el programa “State of the Union” de CNN, “Lo que vemos hoy es diferente a marzo y abril. Está extraordinariamente extendido”. Luego añadió que la pandemia se ha arraigado tanto en las áreas “rurales como urbanas”.

El desastre es la consecuencia predecible del abandono por parte de la Casa Blanca de cualquier esfuerzo para contener la pandemia como parte de su campaña para obligar a los trabajadores a volver prematuramente a los centros laborales, donde la enfermedad está fuera de control. En abril, cuando los estados de todo el país reabrieron las fábricas, el país apenas había cruzado el primer millón de casos confirmados de coronavirus y se acercaba a las 58.000 muertes conocidas en solo este país.

Hace siete semanas, el vicepresidente Mike Pence declaró que las “alarmas sobre una segunda ola de contagios de coronavirus” eran “exageradas”. Aseveró que habían logrado un “gran progreso” que es “motivo para celebrar”. El “éxito” del Gobierno había resultado hasta ese momento en 2,2 millones de casos de COVID-19 y más de 121.000 muertes.

Actualmente, el verdadero testamento de la respuesta del Gobierno consiste en las muertes y sufrimiento masivos que continúan en todo el país. Hay más de 4,8 millones de casos en Estados Unidos, más del doble que a mediados de junio. Se han muerto 38.000 hombres, mujeres y niños más, llevando el total nacional a poco menos de 159.000.

La gravedad es similar en Latinoamérica, que ha registrado cinco millones de casos y más de 203.000 muertes. La situación más peligrosa ocurre en Brasil, gobernado por el fascistizante Jair Bolsonaro, quien desestimó una y otra vez la pandemia, tildándola de “gripecita” e ignorando activamente las advertencias de sus principales oficiales sanitarios. Durante el brote en Brasil, ha despedido a dos de ellos. El país ha sufrido hasta ahora más de 2,7 millones de casos de COVID-19 y se espera que cruce las 100.000 muertes esta semana.

En México, gobernado por Andrés Manuel López Obrador, ha habido 439.000 casos y 47.000 muertes. Ambas cifras son vistas como vastos subregistros de la propagación y letalidad de la pandemia en el país.

Asimismo, la pandemia se salió de control en India. Hay 1,8 millones de casos conocidos, con más de 50.000 casos nuevos cada día. Casi 39.000 personas han fallecido. Tan solo tomó 25 días para que se añadiera un millón de casos a la cuenta, desde el 10 de julio, cuando el total de casos de COVID-19 en India era de 794.000. Esto significa que más de la mitad de los casos totales del país ocurrió en las últimas cuatro semanas.

La enfermedad también está repuntando en los países europeos, como España, Francia y, en menor grado, Alemania. Todos los tres países fueron fuertemente golpeados cuando apareció el coronavirus por primera vez en Europa en marzo y abril, y han hecho un mejor trabajo que EE.UU. en suprimir sus brotes. Pero, como consecuencia de los esfuerzos de sus Gobiernos para enviar a los trabajadores de vuelta al trabajo, el número de casos está incrementando. Alemania promedia más de 600 nuevos casos diarios; Francia más de 1.000 y España más de 2.000.

Por todo el mundo, la enfermedad está alimentando el desempleo, la pobreza, la falta de vivienda y el hambre. Según las Naciones Unidas, la inanición vinculada a la pandemia está matando a 10.000 niños cada mes.

En abril, la Organización Mundial de la Salud advirtió fuertemente que no se debían realizar reaperturas económicas prematuras si el país no podía “hallar, aislar, hacer pruebas y tratar todos los casos y rastrear cada contacto”. Durante ese mismo periodo, el Dr. Anthony Fauci, el principal experto de enfermedades contagiosas de EE.UU., advirtió que abandonar las restricciones sobre las operaciones empresariales causaría “sufrimiento y muertes innecesarios”.

En cambio, la élite política estadounidense, desde la Casa Blanca hasta los gobernadores estatales de ambos países, abandonaron sus esfuerzos para contener la pandemia, permitiendo que los negocios reabrieran y alimentarán la propagación de la enfermedad. La oligarquía financiera estadounidense es totalmente indiferente a la muerte y el sufrimiento de millones.

Estados Unidos ha adoptado una política de facto de “inmunidad colectiva”, obligando a los trabajadores a regresar a las fábricas, plantas y oficinas para que las corporaciones puedan seguir extrayendo plusvalía de ellos y así pagar los miles de millones y trillones de dólares que fueron obsequiados a los ricos.

Mientras que esta política es particularmente atroz en Estados Unidos, se ve reproducida en todos los países. La principal preocupación de los Gobiernos no ha sido preservar la salud y el bienestar de la población, sino la riqueza de la oligarquía financiera.

El desastre del COVID-19 es el producto de la anarquía e irracionalidad del capitalismo, puestas de manifiesto de la manera más desnuda en el mundo industrial en Estados Unidos. La destrucción de la infraestructura sanitaria por décadas es parte de la financiarización y desindustrialización de la economía y la destrucción de los empleos, los salarios y los servicios sociales.

En vez de la cooperación global, Estados Unidos está utilizando la posibilidad de una vacuna para beneficio propio, involucrándose en lo que el Wall Street Journal llamó “una competición geopolítica de altas apuestas para garantizar las provisiones de un descubrimiento científico que podría conllevar un poder económico y político enorme”.

El 28 de febrero, hace más de cinco meses, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional hizo un llamado a una respuesta globalmente coordinada de emergencia a la pandemia de coronavirus. En un momento en que el total de casos era de 100.000 y las muertes eran 3.000, el CICI advirtió que “el peligro no se puede exagerar”. En vez de tomar medidas para detener la pandemia, la clase gobernante utilizó el desastre sanitario para atiborrarse, lucrando de la muerte y la devastación social.

Más de 18 millones de personas se han contagiado y más de 700.000 han muerto. ¡Setecientas mil personas! Todas con sus familias, amigos y compañeros de trabajo devastados por cada pérdida. Y no hay un fin a la vista.

No podría haber una exposición más condenatoria de la bancarrota social, política y moral del capitalismo. La clase obrera no se olvidará de lo que ha ocurrido. La pandemia, actuando sobre una crisis preexistente del sistema capitalista, ha creado las condiciones para convulsiones revolucionarias enormes en Estados Unidos y todo el mundo.

(Publicado originalmente en inglés el 4 de agosto de 2020)

El autor también recomienda:

The global pandemic, the class struggle and the tasks of the Socialist Equality Party [1 agosto 2020]

Bryan Dyne