Glenn Greenwald, el colaborador más destacado del denunciante Edward Snowden y crítico de renombre mundial de los medios de comunicación y las agencias de inteligencia estadounidenses, ha dimitido de The Intercept, la publicación que fundó en 2013, en protesta por sus intentos de silenciar sus informes críticos del Partido Demócrata.
Según Greenwald, un periodista ganador del premio Pulitzer, The Intercept “infringió mi derecho contractual de libertad editorial, censuró un artículo que escribí esta semana, negándose a publicarlo a menos que elimine todas las secciones críticas del candidato presidencial demócrata Joe Biden, el candidato apoyado con vehemencia por todos los editores del Intercept con sede en Nueva York involucrados en este esfuerzo de supresión”.
Continuó:
“El artículo censurado, basado en correos electrónicos y testimonios de testigos revelados recientemente, planteó preguntas críticas sobre la conducta de Biden. Al no estar satisfechos simplemente con evitar la publicación de este artículo en el medio de comunicación que cofundé, estos editores del Intercept también exigieron que me abstenga de ejercer un derecho contractual independiente de publicar este artículo con cualquier otra publicación”. The Intercept se negó a publicar un artículo de Greenwald que discutía el contenido del disco duro que supuestamente se dejó en una tienda de reparación de computadoras en Delaware y fue abandonado por Hunter Biden, el hijo de Joe Biden.
Los archivos documentan los asuntos comerciales de Hunter Biden, que a menudo hacen referencia a su padre, directa o indirectamente. Los archivos también incluyen fotos personales comprometedoras y videos de Hunter Biden. La autenticidad de los archivos no ha sido negada por la campaña de Biden.
En comentarios sobre la renuncia, el periodista Matt Taibbi escribió: “El hecho clave del episodio de Greenwald: The Intercept aceptó sin críticas los dictados de John Brennan, Jim Clapper y Michael Hayden, y eliminó un artículo de su fundador ganador del Pulitzer porque era crítico del probable próximo presidente”.
Greenwald cofundó Intercept en 2013 para ayudar a difundir información suprimida por la prensa convencional. Pero, según el relato de Greenwald, desde entonces el periódico ha cambiado de posición para convertirse en parte de la élite política en la órbita del Partido Demócrata.
Greenwald escribió en su carta de renuncia:
Cuando dejé The Guardian en el apogeo de los reportajes de Snowden en 2013 para crear un nuevo medio de comunicación, no lo hice, no hace falta decirlo, para imponerme más restricciones a mi independencia periodística. Exactamente lo contrario era cierto: la principal innovación pretendida del Intercept, por encima de todo, era crear un nuevo medio de comunicación donde todos los periodistas talentosos y responsables disfrutarían del mismo derecho a la libertad editorial en el que siempre había insistido para mí mismo. Como le dije al exeditor ejecutivo del New York Times, Bill Keller, en un intercambio de 2013 que tuvimos en el New York Times sobre mis críticas al periodismo convencional y la idea detrás del Intercept: “los editores deben estar ahí para empoderar y habilitar un periodismo fuerte, altamente fáctico, agresivo y confrontativo, que no sirva como barricada para neutralizar o reprimir el periodismo”.
Agregó una acusación mordaz contra su antiguo empleador:
La iteración actual del Intercept es completamente irreconocible en comparación con esa visión original. En lugar de ofrecer un lugar para publicar la disidencia, las voces marginadas y las perspectivas inauditas, se está convirtiendo rápidamente en otro medio de comunicación con lealtades ideológicas y partidistas impuestas, una gama rígida y estrecha de puntos de vista permitidos (que van desde el liberalismo de la élite hasta el izquierdismo blando, pero siempre anclado en apoyo definitivo al Partido Demócrata), un profundo temor de ofender al liberalismo cultural hegemónico y a los eruditos de Twitter de centroizquierda, y una necesidad generalizada de asegurar la aprobación y la admiración de los principales medios de comunicación que el Intercept fue creado para oponerse, criticar y subvertir.
De hecho, Intercept en los últimos años sirvió como centro de coordinación para las falsas afirmaciones de los demócratas de “intromisión” rusa en las elecciones presidenciales de 2016, que se utilizó para afirmar que el editor de WikiLeaks, Julian Assange, conspiró con el Gobierno ruso. En 2018, Intercept difamó a Assange, alegando que habló “de una manera sexista” y expresó, según el titular de un artículo, una “preferencia por el Partido Republicano sobre Clinton”.
Greenwald dice que tiene la intención de seguir publicando en Substack, utilizado por el reportero Matt Taibbi y otros editores.
La respuesta de la editora en jefe del Intercept, Betsy Reed, fue engañosa y vengativa, afirmando que el periodista veterano era “una persona adulta que hizo una rabieta”.
Escribió:
Glenn exige el derecho absoluto a determinar qué publicará. Cree que todo el que no está de acuerdo con él es un corrupto, y todo el que presume editar sus palabras es un censor. De ahí proviene la absurda acusación de que los editores y reporteros del Intercept, con la única y noble excepción de Glenn Greenwald, hemos traicionado nuestra misión de involucrarnos en un periodismo de investigación intrépido.
Al no contradecir la declaración de Greenwald de que el Intercept estaba obligado por contrato a no censurar sus artículos, el Intercept está admitiendo implícitamente que es cierto.
Greenwald es uno de los periodistas más respetados del mundo. Sus informes se han convertido en un blanco del autocrático presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. En enero, el fiscal general de Brasil presentó cargos de conspiración criminal contra Greenwald por exponer los delitos del Gobierno.
Los artículos de Greenwald de 2013, basados en documentos filtrados por el excontratista de la Agencia de Seguridad Nacional, Edward Snowden, ganaron un premio Pulitzer. Desempeñó un papel clave en el inicio de las denuncias de Snowden sobre el espionaje inconstitucional y generalizado de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, sigla en inglés) contra el público estadounidense y mundial. El denunciante de la NSA ha sido acusado en virtud de la Ley de Espionaje, potencialmente enfrentando la pena de muerte, por exponer los actos criminales del Gobierno. Ha vivido en el exilio forzado en Rusia durante más de seis años.
Si bien Trump ha buscado repetidamente usar los negocios de Hunter Biden para su propia ventaja política, los demócratas han afirmado que cualquier evaluación crítica del tema es inadmisible, alegando que la historia es “propaganda rusa”.
“Sabemos que toda esta difamación contra Joe Biden proviene del Kremlin”, dijo el presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, Adam Schiff. “Eso ha quedado claro durante más de un año, en el que han estado impulsando esta falsa narrativa sobre este vicepresidente y su hijo”.
El mes pasado, Twitter y Facebook bloquearon la distribución de una historia del New York Post que informaba sobre el contenido de la computadora portátil. A los usuarios que intentaron tuitear el enlace se les envió un aviso que decía: “No podemos completar esta solicitud porque este enlace ha sido identificado por Twitter o nuestros socios como potencialmente dañino”.
Cualquiera que haya intentado ver o retuitear las publicaciones compartidas ya existentes del enlace recibió una advertencia que decía: “El enlace puede no ser seguro”.
(Publicado originalmente en inglés el 4 de noviembre de 2020)
