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Ante muertes masivas bajo los Gobiernos de Europa, los trabajadores deben luchar por el cierre de la producción no esencial y las escuelas

Alguien muere cada 17 segundos en Europa por el coronavirus. La Organización Mundial de la Salud informa que más de 29.000 personas en Europa perdieron la vida durante la semana que terminó el 15 de noviembre. Si las muertes continúan a este espantoso ritmo, y hay razones para creer que aumentarán a medida que los sistemas de salud colapsen, Europa verá entre 120.000 y 150.000 muertes cada mes.

La escala de muertes registradas en cada uno de los principales países europeos es asombrosa. Francia tuvo un promedio diario de 500 muertes la semana pasada. En Italia, 731 personas perdieron la vida el martes, seguidas de otras 753 el miércoles. El número de muertos en los mismos días fue de 435 y 351 en España, y 598 y 529 en el Reino Unido. Incluso en Alemania, aclamada anteriormente como una historia de éxito por la historia corporativa, murieron 357 personas murieron el martes.

El continente no ha sido testigo de muertes masivas de esta escala desde la barbarie de la Segunda Guerra Mundial. Como fue el caso durante la primera mitad del siglo XX, la clase dirigente de todos los países europeos ha concluido que la muerte en masa de cientos de miles e incluso millones de personas es inevitable y necesaria para proteger las ganancias corporativas. Recae en ella la responsabilidad política de lo que solo puede describirse como un crimen de lesa humanidad.

Mientras que los políticos europeos contrastaron su abordaje al COVID-19 con el catastrófico manejo de la pandemia en los Estados Unidos por parte de la Administración de Trump durante sus primeras etapas, todos los Gobiernos del continente están implementando una política al menos tan criminal y homicida como la del ocupante de mentalidad fascista de la Casa Blanca. Se trata de la política de “inmunidad colectiva”, que consiste en permitir que el virus se propague entre toda la población, independientemente del costo en vidas humanas, para que las grandes empresas puedan seguir obteniendo ganancias y manteniendo sus generosos pagos a sus accionistas súper ricos.

El modelo de esta estrategia de asesinatos masivos en todo el continente fue Suecia. Desde el comienzo de la pandemia, las autoridades suecas decidieron rechazar todas las medidas de cierre nacionales y regionales a favor de permitir que las empresas permanecieran abiertas. El resultado fue una de las tasas de mortalidad más altas del mundo, ya que el virus se propagó por hogares de ancianos mal equipados. Se dejó que muchos residentes de edad avanzada murieran sin tratamiento. Los abrumados hospitales de la región de Estocolmo se negaron a atender a los pacientes mayores de 80 años.

Estas horribles condiciones fueron el resultado deseado de la política del Gobierno, que era alcanzar la “inmunidad colectiva” lo más rápido posible. Justificando su decisión de mantener abiertas las escuelas primarias y secundarias, el epidemiólogo estatal sueco Anders Tegnell escribió a su homólogo finlandés a mediados de marzo: “Un punto a favor de mantener abiertas las escuelas podría ser para alcanzar la inmunidad colectiva más rápidamente”.

Tegnell se convirtió en el símbolo de la élite gobernante a nivel internacional para avanzar su política de garantizar ganancias para las empresas y muertes. Esto se resumió en un artículo de mayo en la revista Foreign Affairs con el título programático, “La estrategia sueca contra el coronavirus pronto será la del mundo”. Para estos sociópatas no tiene ninguna importancia que el esfuerzo de Tegnell por alcanzar la “inmunidad colectiva” ni siquiera se acercara. Suecia sigue siendo uno de los países con las tasas de infección más altas, y la tasa de mortalidad se ha disparado dramáticamente en las últimas dos semanas, obligando a su Gobierno a adoptar restricciones para los eventos y reuniones sociales.

Tan pronto se levantaron las medidas de cierres que fueron impuestas a la élite gobernante por medio de huelgas salvajes y protestas de la clase obrera en la primavera, los Gobiernos europeos de todas las tendencias políticas se dispusieron a sabotear cualquier esfuerzo concertado para contener la pandemia y garantizar que la producción económica y el flujo de ganancias a los bancos y a la oligarquía financiera volvieran a la normalidad. La Unión Europea y sus Estados miembros les entregaron 2 billones de euros a los bancos y a las grandes empresas en rescates. Esta transferencia de riqueza sin precedentes de abajo hacia arriba fue plenamente respaldada por los sindicatos, como lo demuestra la declaración conjunta emitida por los sindicatos franceses y alemanes aplaudiendo los masivos obsequios de la UE a los bancos y las corporaciones.

Independientemente de su afiliación política, los Gobiernos de todo el continente resolvieron a toda costa mantener la economía en pleno funcionamiento y dejar las escuelas abiertas para que sirvan de guardería para que los padres se mantengan en el trabajo. Desde la coalición de los demócratas-cristianos y socialdemócratas, hasta el Gobierno francés del exbanquero de inversiones Emmanuel Macron y la coalición española entre el PSOE socialdemócrata y el “populista de izquierda” Podemos, todas estas combinaciones políticas presidieron la adopción de una estrategia de “inmunidad colectiva” que ha resultado directamente en la presente catástrofe. Los Gobiernos estatales de Alemania, dirigidos por el Partido Verde y La Izquierda, no han sido menos despiadados a la hora de imponer los dictados de las corporaciones que el Gobierno de derecha conservador de Boris Johnson en Reino Unido, como lo demuestran los elogios del “modelo sueco” por parte del ministro presidente del partido La Izquierda en Turingia, Bodo Ramelow.

Mientras los cadáveres continúan amontonándose, la clase dirigente europea no tiene intención de cambiar de rumbo. Macron ha declarado despiadadamente que todo el mundo debe aprender a “vivir con el virus”, una propuesta escandalosa cuando puede haber una vacuna en tan solo unos meses.

La amarga oposición de las elites corporativas y políticas al cierre de escuelas está teniendo un papel central en la propagación del virus. En Alemania, las infecciones entre los niños se multiplicaron por diez entre principios de octubre y principios de noviembre. Pero, cuando los 16 ministros presidentes estatales del país se reunieron con la canciller Angela Merkel el lunes, se negaron incluso a adoptar el requisito de utilizar mascarillas para los profesores y los estudiantes.

El ministro presidente del estado alemán de Baviera, Markus Söder, fue grabado recientemente en vídeo expresando sin rodeos la determinación de la élite gobernante de mantener abiertas las escuelas, declarando: “Nuestros niños necesitan ser atendidos si queremos evitar un cierre económico. Ese es el contexto: las escuelas y guarderías también tienen el propósito de mantener la economía en funcionamiento”.

Los trabajadores y los jóvenes no están dispuestos a arriesgar su salud y posiblemente morir para asegurarles ganancias al Deutsche Bank y BNP Paribas, a corporaciones como Volkswagen y Airbus, y a las vastas inversiones en las bolsas de Londres, Frankfurt y París.

En las últimas semanas, hubo huelgas en las escuelas francesas en condiciones en las que hasta 35 estudiantes se apiñan en habitaciones mal ventiladas y sin protección. Estas protestas se produjeron después de la ocupación de cientos de escuelas en toda Grecia y de las manifestaciones de los estudiantes en Polonia. Los estudiantes de las escuelas de las ciudades alemanas de Worms y Essen han anunciado esta semana planes de huelgas escolares para protestar por las peligrosas condiciones y pedir una educación segura.

Un número cada vez mayor de trabajadores y jóvenes apoyan la demanda de cerrar la producción no esencial y detener las clases presenciales para contener el virus. La lucha por una política racional contra el COVID-19, sin embargo, no es solo una cuestión médica, sino sobre todo política. Los Partidos Socialistas por la Igualdad en toda Europa y en el mundo han subrayado que es necesario construir un movimiento en la clase obrera europea e internacional que luche por el socialismo.

La experiencia de la pandemia hasta ahora, incluyendo los cierres en primavera, ha demostrado la incompatibilidad de una lucha científica contra el COVID-19 bajo el capitalismo. Los trabajadores se quedaron con míseros pagos del seguro por desempleo o sin ingresos del todo, los jóvenes con programas de aprendizaje en línea disfuncionales, y las pequeñas empresas y lugares culturales y artísticos que cerraron en la ruina. Los trabajadores de los servicios esenciales —salud, logística y distribución de alimentos— recibieron suministros irregulares de equipos de protección de calidad desigual.

Mientras se entregan billones de euros a los súper ricos, la afirmación de que no existen recursos para financiar las necesidades sociales cruciales es una mentira absurda. Estos recursos existen, pero la élite política se ha opuesto ferozmente a ponerlos a disposición de la población y, en cambio, ha trabajado sin descanso para entregarlos a la aristocracia financiera. La única manera de evitar la muerte a una escala verdaderamente horrorosa es emprender una lucha para expropiar estos recursos vitalmente necesarios como parte de la lucha por el socialismo.

Para llevar a cabo esta lucha, los trabajadores necesitan sus propias organizaciones independientes en oposición a los sindicatos, que en todas partes han ayudado a hacer valer la campaña de regreso al trabajo. La creación de comités de seguridad de base en cada escuela y lugar de trabajo, que coordinen sus luchas más allá de las fronteras nacionales, no son fundamentales solo para monitorear y detener la propagación del virus, sino que pueden servir de marco para organizar una huelga general a nivel europeo e internacional para tomar control de los recursos necesarios para una respuesta científica y humana a la pandemia.

La condición previa para esa respuesta es la confiscación de la riqueza mal habida de los súper ricos y la transformación de las grandes empresas en servicios públicos controlados democráticamente por la clase obrera. La protección de la salud y la vida humana, no las obscenas ganancias de los oligarcas capitalistas, debe guiar todas las decisiones sociales. Esto significa una lucha por movilizar a la clase obrera en toda Europa y a nivel internacional hacia tomar el poder político, reorganizar la vida económica según líneas socialistas y establecer los Estados Unidos Socialistas de Europa.

(Publicado originalmente en inglés el 20 de noviembre de 2020)

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