El expresidente argentino Carlos Menem falleció el 14 de febrero a la edad de 90 años. Su salud se había ido deteriorando desde junio del 2020, a causa de persistentes infecciones bacteriales.
Fue muy odiado por los obreros argentinos por destruir empleos y socavar niveles de vida durante la década de los 1990. No obstante, su vida fue laudada por el presidente Alberto Fernández, por la vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner, por el expresidente derechista Mauricio Macri y por otros líderes peronistas y del Partido Radical.
Aunque varios partidos y frentes representantes de las posiciones políticas del pablismo, morenismo y guevaraismo, tales como el frente pseudoizquierdista FIT y sus principales miembros PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas) y PO (Partido Obrero), tomaron distancia de ese cínico espectáculo, evitaron mencionar su propia complicidad, su propia traición, que facilitó el ascenso de Menem al poder y que una y otra vez frenaron las luchas revolucionarias de la clase obrera.
El pablismo, junto con su versión argentina, el morenismo, se habían fundado sobre al rechazo nacionalista del marxismo revolucionario y la quiebra irrevocable con el trotskismo y la Cuarta Internacional. Ambos se basan en rechazar el papel revolucionario de la clase obrera, otorgando a otras fuerzas —la clase media, los campesinos, la burguesía nacional— la tarea de combatir el imperialismo y lograr el socialismo.
Estas mismas tendencias que hoy repudian al gobierno de Menem, con sus medidas económicas neoliberales y sus perdones a los líderes de la dictadura militar que raptaron, torturaron y asesinaron a obreros y jóvenes izquierdistas, no mencionan sus propias propuestas de amnistía general en 1980, a fines de la dictadura, o su apoyo a la Guerra de las Malvinas, cuando insistían en que la clase obrera apoyara a los militares en nombre del antiimperialismo, la unidad nacional, y la mal llamada “revolución democrática”, propagando la ilusión que ésta llevaría al socialismo.
A pesar de sus diferencias políticas y tácticas, los gobiernos burgueses de Argentina durante todo este periodo histórico tenían en mente sólo un propósito: aplastar el movimiento revolucionario de la clase trabajadora.
En los años 1970, ni los peronistas ni la junta militar (1976-83) pudieron detener por completo la lucha de los trabajadores, a pesar de la salvaje represión de los militares.
En 1981, en un intento desesperado de unir a los argentinos detrás de la dictadura, las fuerzas armadas lanzaron la invasión de las islas Malvinas (Falklands). Fueron derrotadas.
Esa derrota acabó con el régimen militar. Siguió la elección de Raúl Alfonsín, candidato del Partido Radical. Con el colapso del peso y la hiperinflación, y con la clase obrera en abierta rebeldía, en septiembre 1988 Alfonsín se vio obligado a organizar elecciones apresuradas; y la clase gobernante se decidió por Menem y los peronistas.
El gobierno de Menen, la tercera instancia de un gobierno peronista en Argentina (1945-55, 1972-76, 1989-99), fue una respuesta nacionalista, corporativista y rabiosamente antisocialista de la clase de poder y de los militares argentinos para suprimir los levantamientos de la clase obrera. Hasta el presente periodo, y con el mismo fin, el peronismo opera con la estrecha colaboración de las burocracias corporativistas sindicales y las tendencias de pseudoizquierda.
Menem, miembro del Partido Justicialista (peronista), gobernó en Argentina entre 1989 y 1999. Durante la campaña electoral de 1988, Menem, hijo de una familia terrateniente de la provincia andina de La Rioja y gobernador derechista de esa región, se presentó como el “candidato de los humildes”, continuador de las medidas de bienestar social y de nacionalismo de los primeros años de Perón de fines de los 1940 y principio de los 1950.
Esas medidas eran imposibles bajo el capitalismo, en medio de una crisis de deuda y de hiperinflación. No bien llega al poder, Menem siguió la política que exigía el Fondo Monetario Internacional y los buitres de Wall Street.
Como muestra de la continuidad de su gobierno con la política de la dictadura militar, en 1990 Menem nombró como uno de sus ministros a Domingo Cavallo. Cavallo había desempeñado varios cargos durante la dictadura, incluyendo como presidente del Banco Central. El día en que se lo nombró, la bolsa de Buenos Aires respondió con un aumento de su índice de valores del 30 por ciento. El nombramiento de Cavallo también contó con la aprobación de Wall Street y el FMI. Cavallo continuó las medidas económicas del régimen militar. Privatizó a la economía e impuso un plan neoliberal “hecho en Wall Street”.
Para 1994, el noventa por ciento de las empresas estatales había sido privatizado. Las brutales medidas de austeridad causaron la caída debajo de la línea de la pobreza de un tercio de todos los argentinos. Encima de una tremenda desocupación, el mercado laboral se transformó con la explosión de empleos tercerizados y temporales (“gig”).
Lo que caracterizó la década de Menem fue la privatización de empresas estatales, como la empresa petrolera YPF, las aerolíneas nacionales y el sistema de telecomunicación. También se abolieron subsidios y tarifas para liberalizar el comercio exterior. Sus medidas, similares a las de Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos, crearon una ola de desocupación —oficialmente el 30.9 por ciento (4 millones de trabajadores)— y recortes de sueldo. También se privatizó el sistema jubilatorio nacional, siguiendo el modelo de Pinochet en Chile; y se liberalizó el mercado de trabajo. Las medidas de austeridad, para controlar la inflación, más atacaron los empleos.
Además, el gobierno de Menem se alió al imperialismo yanqui, enviando fuerzas militares argentinas a participar en la primera guerra del golfo Pérsico y facilitando la venta de armas a regímenes de derecha en América Latina. También perdonó a los condenados por tortura y asesinato durante la dictadura fascista militar. En esto contó con el apoyo de la federación sindical CGT, cuyos líderes habían estado involucrados en la formación de escuadrones de muerte derechistas en los 1970, y que suprimieron la lucha de clases.
La clase obrera rechazó con energía las medidas de Menem con huelgas y protestas. En 1993 ocurrió el “Santiagazo”, una enorme protesta de los trabajadores del estado de la provincia más pobre de La Argentina, reclamado sueldos atrasados, incendió a oficinas del gobierno y a las casas de oficiales sindicales y del gobierno. Esa rebelión prendió la mecha de un polvorín social, detonando manifestaciones, huelgas, ocupaciones de fábricas, bloqueos de carreteras, ollas populares y otras formas de protesta, incluyendo huelgas generales. La rebelión obrera cubrió todo el territorio del país. El gobierno de Menem respondió con brutal represión policial.
El Santiagazo develó la naturaleza reaccionaria y proempresaria del gobierno de Menem, también su disposición a utilizar la represión del Estado para imponer las medidas de los bancos y los capitalistas financieros, aumentar la explotación, imponer la pobreza sobre la clase obrera y generar un “surplus” de obreros a merced de los intereses de lucro de las grandes empresas, del FMI y de Wall Street.
La política de Menem fue una traición abierta de sus promesas a la clase obrera —su promesa de adoptar las medidas económicas nacionalistas del primer gobierno de Perón. Su gobierno continuó y completó la política de la dictadura militar y del gobierno de Alfonsín, en un contexto de crisis mundial, del colapso de los previos modelos de intervención estatal —sustitución de importaciones y concesiones a la clase obrera— y del colapso de los modelos económicos nacionalistas a través del mundo, incluyendo crucialmente la disolución de la Unión Soviética en 1991.
La crisis social y económica argentina tomó lugar en el marco de una crisis capitalista mundial que incluyó la implosión económica mexicana, la “crisis tequila” de 1994, y la crisis monetaria asiática de 1997.
La capacidad de Menem y de la clase dirigente de controlar la explosión de la resistencia obrera, dependió en gran medida del papel de los sindicatos corporativistas aliados al peronismo y también de las tendencias estalinistas, pablistas y morenistas.
Luego de una década en el poder —Menem intentó cambiar la Constitución para ser reelegido por tercera vez— los peronistas sufrieron una amarga derrota electoral, el reflejo de un enorme disgusto a causa del empobrecimiento de la mayoría de los habitantes, la cada vez más grave polarización social y la enorme aceleración de la desocupación durante la era de Menem.
A fines de la presidencia de Menem, trece millones de argentinos (de una población total de 27 millones) estaban hundidos en la pobreza, según cifras oficiales. Al mismo tiempo, se estima que las ganancias de las principales quinientas empresas del país habían aumentado 69 por ciento entre 1993 y 1997.
Lo siguió a Menem el presidente Fernando de la Rúa, del Partido Radical con dos años y medio de más austeridad para la clase obrera y más concentración de riqueza para una diminuta oligarquía financiera, antes de ser derrocado en el 2001 por una masiva revuelta de obreros argentinos. Se vio obligado a huir de la Casa Rosada, la casa de gobierno en Argentina, montado en un helicóptero.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 1 de marzo de 2021)
