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Gobernador de Florida DeSantis otorga medalla al asesino de la CIA del Che Guevara

El 16 de septiembre, gobernador de Florida Ron DeSantis otorgó la Medalla de Libertad de Florida al asesino de la CIA Félix Rodríguez, quien encabezó la captura y el asesinato del líder guerrillero argentino Che Guevara en Bolivia en octubre de 1967, entre otras proezas sangrientas en servicio al imperialismo estadounidense.

Gobernador DeSantis otorgando una medalla al asesino de la CIA Félix Rodríguez (Foto: flgov.com)

La ceremonia del 17 de septiembre ocurrió en el Brigade 2506 Museo y Biblioteca, dedicado al ejército proxy de exilios cubanos al que la CIA dio armas y entrenamiento para la Invasión de bahía de Cochinos de 1961, que resultó en un fracaso. Una horda de personajes derechistas, encabezada por DeSantis, emitió denuncias histéricas del comunismo, llamamientos al chovinismo nacional, y una glorificación de los crímenes sangrientos de la CIA.

En su discurso, Rodríguez señaló que tal vez se requiere métodos similares en los Estados Unidos: “Entendemos la experiencia de perder nuestro país al comunismo, mucha gente no entiende eso … y estoy muy preocupado sobre lo que sucede hoy en día en este país”. Él continuó, “La gente dice que no podría pasar en América … comienza a pasar aquí”. Luego subrayó la importancia de votar en las elecciones de 2022 para prevenir que EE.UU. se convierta en “los Estados Unidos del socialismo”.

Rodríguez nació en una familia acomodada propietaria en Cuba, que huyó a Miami después de la revolución de 1959 que derrocó la dictadura respaldada por Estados Unidos de Fulgencio Batista (dos de los tíos de Rodríguez tenían posiciones oficiales en el régimen). Un anticomunista rabioso, Rodríguez inició su entrenamiento con grupos armados de exilios cubanos derechistas, un hecho que llamó la atención de la CIA. Estaba involucrado en un complot para asesinar a Fidel Castro antes de ser introducido ilegalmente a Cuba para cometer el sabotaje en preparación para la Invasión de bahía de Cochinos en 1961.

En 1967, fue desplegado a Altiplano en Bolivia, donde Che Guevara encabezaba un grupo pequeño de guerrilleros en un intento fallido de duplicar los resultados de la Revolución cubana. La debacle al final fue un presagio del papel desastroso que jugaría el guerrillerismo pequeño burgués nacionalista por toda América Latina y, en particular, los que promovían el concepto de que grupos armados de radicales operando en el campo con el apoyo del campesinado podrían llevar a cabo la revolución socialista sin necesitar la intervención consciente de la clase obrera y la construcción de un partido revolucionario dentro de esa clase.

Rodríguez dirigió las operaciones de una unidad del ejército boliviano que había sido entrenado y armado especialmente por el ejército estadounidense para el objetivo de liquidar a los guerrilleros.

Los guerrilleros, que fracasaron en ganar el apoyo de los campesinos bolivianos y estaban completamente aislados de las luchas poderosas de mineros y otros trabajadores bolivianos, fueron rodeados y aniquilados. Capturaron a Guevara y posteriormente lo ejecutaron sumariamente. Fue Rodríguez el que entregó el orden de Washington de matar a Guevara; aseguró que el soldado que llevó a cabo la ejecución no le disparó más allá del cuello, para que pareciera que él falleció en el combate. El cadáver plagado de balas del líder guerrillero luego fue exhibido públicamente por el ejército boliviano.

El cadáver de Che Guevara exhibido en Vallegrande, Bolivia. (Foto sacada por operativo secreto de la CIA)

Las demás proezas “heroicas” de Rodríguez incluyen su participación en el entrenamiento de grupos paramilitares en Vietnam del Sur durante la Operación Phoenix durante la guerra en Vietnam. Empezada en 1967, era una campaña secreta de terror sistemático empleando matanzas dirigidas, encarcelamiento arbitrario y la tortura (la violación incluida) de paisanos de Vietnam sospechados de tener simpatía por el Frente Nacional de Liberación. De esta manera, unas 81.000 personas fueron “neutralizadas”.

Durante los años 1980, Rodríguez era un asesor del ejército salvadoreño y sus escuadrones de la muerte infamosos mientras llevaban a cabo sus masacres brutales de paisanos para suprimir el movimiento guerrillero de Farabundo Martí.

Él también tenía un papel clave en el escándalo de Irán-Contra, siendo el oficial jefe de la CIA en la base aérea Ilopango en El Salvador que era un centro de suministros en la operación ilegal de dar fondos y apoyo a mercenarios Contras en una campaña de terror con el objetivo de derrotar el gobierno sandinista de Nicaragua.

Rodríguez contrató como su delegado principal en su operación al exilio cubano terrorista y agente de la CIA Luis Posada Carriles, quien fue responsable por el bombardeo en 1976 de un avión cubano civil, matando a 73 personas, así como el asesinato del adversario principal de la dictadura de Pinochet Orlando Letelier en las calles de Washington, D.C.

Había cargos generalizados, incluso desde el interior de la Administración de Control de Drogas estadounidense, que bajo la supervisión de Rodríguez y Posada Carriles, la base aérea de Ilopango se empleó por los Contras para recibir vuelos del narcotráfico a los Estados Unidos como una parte de la operación financiera ilegal protegida por la CIA.

Así pasó la carrera sórdida –goteando con sangre y mugre– del asesino patrocinado por el Estado y el criminal al que DeSantis describió como “un luchador por la libertad valiente y audaz”.

La celebración oficial de tal personaje por un representante mayor del establishment estadounidense y un candidato principal para la nominación Republicana de 2024 tiene implicaciones siniestras.

El gesto fascistizante fue dirigido en parte a reforzar el apoyo por DeSantis entre los elementos más rabiosamente derechistas entre la comunidad de exilios cubanos, que forman uno de sus electorados claves. Esta provocación, sin embargo, no puede ser separada de la crisis social más amplia en que los Estados Unidos se encuentra.

Un aliado clave del expresidente Trump y un proponente principal de la política mortífera de “inmunidad colectiva”, DeSantis ha prohibido mandatos de mascarillas en las escuelas y se ha opuesto a requisitos de vacunación en los lugares de trabajo, mientras da apoyo oficial a promotores de desinformación antivacunas y teorías de conspiración. Estas políticas han llevado a una explosión de casos mientras el número de víctimas ha aumentado más allá de 56.000.

La administración de Biden, que está encabezando la reapertura completa de las escuelas, ha adoptado la “inmunidad colectiva” en su esencia si no su nombre, llevando a veintenas de brotes entre estudiantes y las muertes de docenas de niños. En su totalidad, unas 713.000 personas han muerto de COVID-19 en Estados Unidos.

Han forzado a los obreros que trabajen bajo condiciones inseguras y ellos han visto una caída de sus condiciones de vida, mientras la riqueza de los superricos ha aumentado astronómicamente. Este estado está provocando una ira masiva y un movimiento huelguístico creciente dentro de la clase obrera. Los Estados Unidos de 2021 es un polvorín social.

La clase gobernante está consciente de esta oposición creciente y tiene miedo de sus implicaciones. La insurrección del 6 de enero en Washington D.C. planteó el espectro de una dictadura fascista en los Estados Unidos. Las secciones más despiadadas y abiertamente reaccionarias de la clase gobernante están preparándose para emplear la fuerza y el terror para estrujar la oposición doméstica. Cuando Trump, DeSantis y otros personajes fascistizantes dan diatribas histéricas contra el socialismo y el marxismo, reflejan los temores muy reales de la clase gobernante. En este contexto, hay que considerar el honor dado a un asesino vicioso de la CIA como Rodríguez como una amenaza, y una advertencia a la clase obrera.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 11 de octubre de 2021)

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